Tierra Adentro

Si las matemáticas no fallan, si las matemáticas son ciertas, Dios le debe a este grupo de mujeres 145 años de vida, eso, claro, bajo la creencia popular de que un escalón subido suma sesenta segundos a nuestra existencia. ¿En eso pensaban cada una de las tardes en que, sin importar el clima, subieron y bajaron más de cincuenta veces de la calle principal hasta sus terrenos? No precisamente.

—Es que los camiones no llegaban hasta arriba, te dejaban el material ahí en el principio del cerro, en lo que entonces era la calle principal, y teníamos que subirlo en costales, poco a poco. A veces los niños, antes de irse a la escuela, bajaban por una poquita de arena, un tabique o dos, lo que se aguantaran, hasta que ya en la tarde, en la noche, llegaban los hombres y ellos sí subían más. Pero nosotras sí, todo el día subiendo y bajando material.

La explicación de Alejandrina es de corrido, cerro verbal que se deslava y a ver quién lo para; cuando suelta una frase, le engarza detrás todas las que puede, hasta que el aire se le acaba y no le da para inflar más palabras: tal vez Alejandrina está acostumbrada a que no la escuchen tanto como ella quisiera y por eso, al menor resquicio de atención, suelta todo lo que se tiene que soltar.

—Pero eso tiene, ¿qué?, ¿treinta años? Pues si tu hermano tenía…

Alejandrina mira a Elsa, que parece hacer cuentas mentalmente pero al final no dice nada, seguramente está acostumbrada a que su madre mida los recuerdos con la edad de ella y sus hermanos: no hay calendario más preciso que la vida de quienes amamos inserta en nuestras propias vidas. Antes de que Alejandrina misma pueda darse una respuesta, o Elsa tenga una, se acaba el descanso y hay que seguir avanzando: el recorrido por las calles de la colonia Gabriel Hernández, en la alcaldía Gustavo A. Madero, de la Ciudad de México, está lejos de terminar: el día apenas comienza y en una colonia siempre hay asuntos por atender y fallos por reparar, ellas lo saben. Hoy, por ejemplo, se trata de un asunto vital: el agua.

De las siete maravillas del mundo antiguo, dicen, los Jardines Colgantes de Babilonia son la única cuya existencia que no se ha podido probar del todo porque no quedan vestigios que pudieran servir para constatarlo. No obstante, si uno necesitara ver lo más cercano a ellos, podría acudir a esta colonia, una concatenación de zócalos, de frisos hechos de pura piedra pura: mucho se parecen al milagro, por lo mucho que desafían al vacío, aunque, en realidad, son parientes más cercanos de la matemática.
—¿No te has cansado? ¿Estás bien? Si quieres nos paramos otro ratito.

Estas mujeres cuidan siempre, a todas horas: es su vocación y parece que, a diferencia de los que no somos de aquí, les sobra el aire para hacer todo, incluso a esta altura. Allá abajo, la ciudad es una pleamar de concreto a varios metros de distancia en caída libre; si uno no quiere sentir vértigo, la solución es sencilla: mirar sólo hacia arriba. Suena como una lección de vida, probablemente lo sea. Cuando uno está aquí, cierta pregunta se vuelve inevitable: ¿quién, en su sano juicio, construiría en una zona tan escarpada que, además, las leyes prohíben habitar? Sencillo: todo aquel que no tenga otra opción.

Acorde a la Constitución de la Ciudad de México, en su artículo 16, sobre Ordenamiento Territorial, en su apartado C, inciso 5, el territorio de la Ciudad de México se clasificará en suelo urbano, rural y de conservación. Un paso más atrás, en el inciso 3, señala que “El Gobierno de la Ciudad evitará la expansión sobre áreas de conservación y de patrimonio natural, fomentará el mejoramiento y la producción de viviendas adicionales en predios familiares ubicados en pueblos, barrios y colonias populares, en apoyo a la densificación, la consolidación urbana y el respeto al derecho de las personas a permanecer en los lugares donde han habitado, haciendo efectivo el derecho a la vivienda”. Por lo tanto, habitar en la Sierra de Guadalupe, área natural protegida, a menos que uno sea un ave endémica o la Tonantzin, es considerado informal. Gran parte de la Gabriel Hernández, sin embargo, está construida en esta zona. “Este suelo, que muchos llaman el pulmón de la ciudad, pierde su capacidad de pulmón si lo empiezan a talar, a cambiar su uso; se genera toda una problemática”, explicó alguna vez la doctora Clemencia Santos Cerquera, para la UNAM, en entrevista con María Luisa Santillán.

Sin embargo, esto no es nada nuevo: los asentamientos irregulares, también conocidos como asentamiento informal o infravivienda, son lugares donde se establece una persona o un grupo de personas, sitios donde el terreno está al margen de los reglamentos o las normas establecidas por las autoridades encargadas del ordenamiento urbano. ¿Quién lo dice? La Subdirección de Investigaciones y Estudios de la Ciudad de México. Por lo regular, señala esta misma institución, estos asentamientos son ocupados por personas que pertenecen a grupos marginados y con una economía limitada, los utilizan para vivienda autoconstruida y con características deficientes, ya que cuentan, por estar ubicadas en los bordes de la ciudad, con servicios limitados. De esto último, todas estas mujeres pueden dar fe: conseguir agua, drenaje, transporte y recolección de basura fue un trabajo, valga como nunca la expresión, cuesta arriba.

—Tampoco los camiones de la basura subían —Guadalupe, a pesar de traer puesto un sombrero de ala ancha, se hace sombra en la cara con la mano derecha—, primero, porque de plano el motor no daba, segundo, no tenían por qué: se suponía que ahí no estaba viviendo nadie, ¿no? Pero era lo que teníamos.

Una vez más, ¿por qué vivir en un lugar así? La invasión u ocupación de predios no destinados a la vivienda humana obedece, en gran medida, al crecimiento poblacional de la Ciudad de México, a la migración de las personas de diferentes estados de la república, la falta de oferta en materia de vivienda y su costo. Las estadísticas no mienten: de los primeros habitantes de la Gabriel Hernández, al menos la mitad venía de otros estados; algunos, como Luci, aún conservan el acento de su lugar de origen. Y porque la historia tiende a repetirse, ahora esta misma colonia ha recibido una oleada de migrantes haitianos; como un puerto, donde las nacionalidades más diversas se dan cita.

—¿No los que está viviendo hasta allí arriba, junto al tanque, son haitianos?

Erika lanza la pregunta, pero nadie tiene la respuesta. Es posible, sí, no sería extraño, pero quién sabe. Además, ¿de qué serviría tener esa información? Es muy probable que esas personas ya no se encuentren aquí el próximo mes, imposible saberlo. “A veces, como nadie los ve porque están hasta allá arriba, los asaltan o se los llevan”. ¿Quiénes se los llevan? Mejor no decirlo en voz alta.

En 2020, la superficie ocupada por AHI (siglas usadas para denominar los asentamientos humanos irregulares) ascendió a 3 138.5 hectáreas, de las cuales 1 510 hectáreas se consideran ya consolidadas, según datos del Instituto de Planeación Democrática y Prospectiva. Si estas zonas son los pulmones de la ciudad, entonces la ciudad tiene fibrosis pulmonar y puede que un día deje de respirar.

Desde este ángulo, parece que a nuestros pies sólo está el vacío, así son el grueso de las calles aquí, por eso los nombres que llevan son precisos hasta lo poético: Cabo San Lucas, Cabo Hornos, Cabo San Roque, Cabo Lobos, epítetos dados por parte de las autoridades del entonces Departamento del Distrito Federal, en 1994, cuando por fin le reconocieron a estas personas el derecho a habitar esta zona de la Sierra de Guadalupe que, antes que otra cosa, era reserva natural.

—Nosotras queríamos que llevaran nombres de revolucionarios —las manos de Alejandrina trazan una línea imaginaria sobre la calle a su izquierda—. Ésta, por ejemplo, se iba a llamar Lucio Cabañas.

La vialidad que señala lleva por nombre Cabo San Lucas, una cinta de asfalto que sube, serpentea y se quiebra casi al ritmo del poema de Francisco Hernández. La taxonomía, si no es la que deseaban los habitantes, sí resulta la más exacta: las calles de la Gabriel Hernández son justo eso, lenguas de tierra que penetran en el límpido mar azul grisáceo del cielo de esta ciudad. La vista desde esta altura es insuperable: al ver la disposición de los edificios, las calles, las plazas y lo que queda de algunos lagos, se intuye que la Ciudad de México es un terremoto vivo aguantándose las ganas de estornudar.

Ya que hablamos de nombres, ¿cuántos de aquí saben que la colonia lleva el nombre de un líder militar, oriundo de Tlaxcala, que se levantó en armas contra el porfirismo y luego fue acribillado en la Ciudad de México en 1913? “Pocos, casi nadie”. Alejandrina sacude la cabeza con incredulidad. “A mí porque me lo enseñaron en un curso de ya no me acuerdo qué”. Quizá Gabriel Hernández fue cabo antes de alcanzar el grado de brigadier, es posible, pero ahora su nombre reposa en el estupor de esta tarde en la que alguno que otro avión, de vez en cuando, rompe la monotonía de un cielo que ya casi olvidó cómo ser azul.

—Y les insistimos —tercia Luci—, yo estaba aquí pegada con los arquitectos de la UNAM que ayudaron al diseño del barrio, pero al final los nombres de nuestras calles los pusieron allá las autoridades.

Al ver estas vialidades, resulta casi imposible pensar en otros más adecuados; si todo el Nilo está en la palabra Nilo, la colonia entera está en el nombre de cada una de sus calles. Cabos, montones de cabos, pero no de los rangos militares (lo que pudo, en algún momento, satisfacer a quienes deseaban aquellos nombres revolucionarios en una colonia que desde sus orígenes se caracterizó por ser combativa), sino cabos de los que tienen que ver con el agua, parientes de la isla, la isleta y la península.

“Nuestras calles”, dijo Luci, y es cierto, son de ellas: antes de que llegaran, esto seguía siendo cerro y el único camino era el que trazaban los animales en su andar. Sus calles, sus colonias, su agua, su lucha: esto les pertenece a sus habitantes porque lo han trabajado desde hace varios años. Podría parecer asunto menor, pero es un tema constante entre ellas el que no les hayan permitido nombrar a su gusto las calles de esta colonia.

―Bueno —Guadalupe se quita el sombrero, se persigna y vuelve a colocárselo—, pues ya se llaman así, ya ni modo.

Luci, cuyo nombre real es Nicomedes (“como mi madrina”, asegura cada vez que ese nombre se pronuncia), recuerda con precisión que la capilla frente a la que ahora pasamos estaba destinada a ponerse unos pasos más allá, “pero yo venía con ellos, cada quien con su plano, y a ver, ¿qué es lo que dicen que quieren hacer? No, mejor así, nosotras proponemos así. Y quedó mejor”. Las demás asienten.

Nosotras, ellas, ustedes: la pertenencia al ser se desgrana en múltiples posibilidades. Cuando Luci (que no sabe que la precisión geométrica en su mirada parece herencia del matemático que llevaba su mismo nombre, ese que también tenía su madrina) dice “nosotras”; cuando Elsa dice “nosotras”; cuando Erika dice “nosotras”; cuando Guadalupe dice “nosotras”; cuando Alejandrina dice “nosotras”, ¿de quiénes hablan? Porque para ellas el nombre no es sólo una etiqueta (“nuestras calles debieron llevar nombres de revolucionarios”), sino un territorio ganado palmo a palmo. Y cuando alguna de ellas dice “nosotras” habla de la Colectiva Mujeres Trabajando, ese pequeño grupo de mujeres que, desde los orígenes de la colonia Gabriel Hernández, han luchado, literalmente luchado, para dignificar y mejorar las condiciones de vida de un lugar que años, muchos años atrás, era apenas un asentamiento irregular a orillas de una reserva natural, pero ya no. ¿Y cómo lograron que les reconocieran la posesión de la tierra?

―Lo importante son los términos ―Alejandrina es enfática―, nosotros no pedimos una regularización sino una desincorporación. Así, al ya no ser reserva natural, no había impedimento legal para otorgarnos las escrituras.

Un pequeño quiebre en el lenguaje, un rincón apartado de la terminología para un pequeño rincón de tierra allí, aunque suene a melodrama mexicano, cerca del cielo. Eso el gobierno lo supo y por ello no pudieron impedirles que obtuvieran derechos y nombres en sus calles (aunque no sean los que esperaban), que obtuvieran servicios; que obtuvieran identidad. De esta manera, las más de quinientas familias, que hasta entonces habitaban en la zozobra, adquirieron sus escrituras y pasaron a formar parte de la colonia que, valga la coincidencia, tenía como última calle, antes de la reserva, la llamada Cabo Finisterre. Aunque a Alejandrina y al resto de las integrantes de la Colectiva no les convenza, aquí las calles fueron nombradas con precisión quirúrgica.

—Ya son las once y no hemos ni recorrido la mitad —Elsa deja escapar un suspiro mitad puesta en escena mitad cansancio y mira hacia arriba, como buscando con la mirada el tanque de agua de la colonia—, todavía hay que llegar a hacer la comida.

De la colonia Gabriel Hernández, ¿qué es lo que se sabe hacia el exterior? Que está cerca de un cerro (forma parte de él o al menos solía formarlo), que está cerca de metro Martín Carrera y, según se vea, de Indios Verdes. Sin embargo, lo segundo que más se escucha de ella es que inició como un sitio de “paracaidistas”, esa palabra que aquí, con el vacío tan próximo, adquiere un significado nunca antes tan preciso. ¿Y qué es lo primero que se escucha de esta colonia? Que lo mejor es no acercarse, sus montones de asesinados a balazos, a puñaladas, a golpes en riñas en alguno de los innúmeros callejones de la colonia (cuya disposición en capas recuerda más bien a una flor de asfalto crudo) parecen refrendar el miedo que se le suele tener. ¿Es cierto eso? ¿Resulta justificada la fama?

—Pues…, como todo, en ciertas zonas.

El gesto de Elsa pretende ser vago, pero es preciso aunque ella no lo desee.

Con una capacidad de asombro menor que el resto de los habitantes de la alcaldía Gustavo A. Madero, los habitantes de la Gabriel Hernández sí han visto, no obstante, casos que los cimbran: Anthony, un niño que era encadenado todos los días por su padre en su propia casa; el derrumbe del techo de un kínder, hace ya varios años, que aunque no cobró víctimas sí resultó escandaloso en todo sentido; un hombre que recibió un tiro en la cabeza dentro de su mismo domicilio y, a la postre, se descubrió que tenía poco de haber salido de la cárcel: hasta para el horror hay siempre suficiente espacio, aunque le gane terreno al asombro. Como a su epónimo, a esta colonia se le fusila por la espalda cada dos por tres y sus pulmones se regeneran al anochecer para, al otro día, recibir más tiros. No es que a algunos de sus habitantes no les dé miedo vivir aquí, es que se trata de su hogar y, en casos como los de las integrantes de la Colectiva, se lo han ganado tan a pulso que irse no es opción.

Si se sube, y se sube, y se sigue subiendo, como hacemos nosotros ahora, la colonia con nombre de militar de la Revolución mexicana se convierte en una colonia con nombre de militar de la Independencia de nuestro país: a las colonias Gabriel Hernández y Vicente Guerrero sólo las separa una canaleta de concreto y un delgado muro del mismo material. Podrían parecer lo mismo, pero no lo son, eso lo explicarán con vehemencia estas mujeres si uno llegase a confundirse.

―La canaleta se mandó construir porque en la época de lluvias se deslavaba el cerro y se inundaba toda la unidad CTM.

Elsa, hija de Alejandrina y miembro de la Colectiva, señala hacia abajo, a un punto que las innumerables construcciones no deja ver. “Y entonces el gobierno mandó a hacerla”.

La marcha se detiene porque dos vecinos le piden a Alejandrina que se acerque, ella entonces se separa del grupo. “Qué calor”, suelta Guadalupe mientras Erika, la integrante más joven de la Colectiva atiende una llamada a unos pasos de nosotros. Al ver a estas mujeres, uno no sospecharía que cada una de ellas ha subido, en promedio, cien veces su propio peso en materiales de construcción por estas empinadas calles. Quizá a ellas mismas les sorprendería. No obstante, la construcción de este último tramo de la Gabriel Hernández no sólo se trató de subir materiales, sino de despejar el terreno.

—Todas las piedras de esta calle las partió mi marido, bueno, con otros vecinos también, ¿tú te acuerdas?

No, Guadalupe no se acuerda, Erika ni siquiera había nacido y Elsa era apenas una niña. Tal vez Alejandrina sí guarde recuerdo de aquello, pero sigue hablando con los vecinos a unos pasos de nosotros, frente a una tienda cuyos refrigeradores luchan a brazo partido contra esta sofocante tarde.

—¿Sabes cómo le hacían? —Luci levanta el índice con gesto pedagógico— Y eso, fíjate, porque un vecino había trabajado de minero cuando era joven: le prendían fuego encima a la piedra, con zacate, con cartón, con madera, la tapaban bien bien y así se quedaba un rato; ya que estaba bien caliente, venían con agua helada, ¡bum!, nomás se escuchaba el tronido de la piedra y ya, mucho más fácil que estarle dando con el pico.

Luci es una guía de turistas en este reino de piedra, de tierra domesticada a golpes. Al final de su historia, una pequeña sonrisa de satisfacción parece decirme “¿tú crees?” y se la devuelvo porque no, jamás me lo hubiera imaginado. Antes de que se me ocurra decir algo (¿qué agregar a una historia así que no sea embeleso?), Alejandrina vuelve al grupo y Erika termina su llamada. Guadalupe alza los hombros para preguntar qué era eso tan importante que tenían para decir esas personas, tanto como para interrumpir el rondín de la Colectiva.

—Que otra vez vinieron unos fulanos a estar preguntando del agua, que por dónde corre, que si estos tubos vienen desde la caja de agua y no sé qué tanto —quizá mi cara de incredulidad es tanta que Alejandrina voltea a verme—. Es que ya desde hace varias semanas los de la unidad de allá abajo se quieren robar el agua de la colonia. Imagínate, agua para 200 departamentos.    

Sigo la trayectoria que marca su índice hasta dar con la edificación a la que se refiere: allí, en medio de la llanura de concreto a nuestros pies, se alza una nueva unidad habitacional. Bueno, tal parece, por el gesto de las demás miembros de la Colectiva, que ya saben lo que viene: además de gestionar actividades culturales para la población, la búsqueda de recursos gubernamentales para el mejoramiento del barrio y jornadas de deporte y salud, ahora la Colectiva Mujeres Trabajando deberá vigilar muy de cerca el agua de su colonia. Mujeres trabajando, al fin y al cabo: el gerundio mejor usado que haya visto.

Ahora, frente a este muro gris que se tuesta despacio bajo el sol de mediodía, Alejandrina anota algo más en su bitácora. Muy seguramente lo discutirán en la siguiente junta, que se llevan a cabo, por lo general, en las instalaciones de su Colectiva, dos salones amplios, bien construidos, donde imparten talleres de danza, grabado y cocina.

—Antes esta pared marcaba el límite del área natural protegida, más allá de él, ya no se podía construir, pero mira cómo está ya.

Un par de casas brotan aquí y allá en medio de lotes baldíos en los que los árboles tienen de fuera los nervios; a todo esto lo rodea un anillo de basura que ha pasado tantas veces por el tamiz de la miseria que ya no tiene otro uso más que el de adornar una que otra crónica. Aquí todo lo que puede servir ya se ha usado. Huele a leña y plástico quemado.

—Es como te dijimos: aquí ya es la Vicente Guerrero.

Sin más explicación, seguimos subiendo hacia nuestro destino, que ahora, después del reporte que recibió Alejandrina, es más importante que nunca: la caja de agua que surte a la Gabriel Hernández, cuya presencia es casi un ripio en esta versificación de árboles y barro, cielos limpios y aves tañendo el aire que aquí arriba es más limpio que una metáfora de Lizalde. Para sorpresa de nadie, en la construcción de esta obra también estuvieron presentes ellas.

―Bueno, con decirte que a los albañiles que estaban construyendo el depósito de agua los asaltaban a cada rato ―Guadalupe medo se ríe y medio se indigna al recordar, las cabezas de sus compañeras asienten bajo este sol que está a punto de volverse despiadado―, así tal cual en calzones los vimos bajar a veces. En serio, los dejaban sin nada porque pues si ahorita está solo, imagínate en aquel entonces.

—Entonces subíamos con ellos y aquí estábamos cuidándolos —Luci señala a Alejandrina con el mentón—, tú te acuerdas.

Sí, se acuerda, pero todas reflexionan (hasta Erika, que no lo vivió pero lo sabe) sobre todos los esfuerzos que tuvieron que realizar para poder tener agua corriente y no depender del sistema de acarreo (con burro, los más afortunados, con aguantador, los otros). De eso, asegura, Guadalupe, ya hacen más de veinte años. “Y luego por qué no te dejaba entrar a tu casa tu marido”, le recuerdan en broma, a lo que Guadalupe, con severidad mansa en el rostro, asiente al recordar. “Se enojaba, cómo no, y ya llegando me decía ‘¿tú qué estás allá arriba haciendo con esos cabrones?’. En serio”.

Sueltan la carcajada, todas, y el agua de sus risas baja dando tumbos por este cerro que desprende un aroma a hierba húmeda, a madera quemada y a desechos humanos.

―Es que una vez los tuvimos que acompañar al MP a declarar, a los albañiles ―sus compañeras asiente mientras se cubren los ojos con la mano―, y salimos como a las dos de la mañana. Cuando llegué a mi casa, mi marido no me abrió. “Ah, pues te gusta estar allá, ¿no? Pues allá duérmete”.

Va a dar la una de la tarde y el representante de la alcaldía Gustavo A. Madero quedó muy formal, según me dicen, de verlas ahí a esa hora en punto. Ya las conoce, sabe que lo mejor, cuando se trata de la Colectiva Mujeres Trabajando, es asistir puntual a la cita o no va a dejar de tener noticias de ellas. Mientras esperan, evocan el camino que las trajo hasta aquí, los años de zozobra, de enfrentamientos con la policía, con grupos de choque y con sus mismas familias, pero saben que ha valido la pena, que aquellos terrenos que alguna vez ocuparon porque no tuvieron más opción (sí, a esta altura se entiende el término paracaidista con una claridad feroz), esos terrenos divididos con palos y trapos, ahora son una colonia organizada.

—Y mañana todavía hay que ver lo del festival.

Aquí, mientras estas mujeres trabajen, siempre habrá un festival, alguna clase, un recital o taller, por eso su nombre es en gerundio: la gramática es estética, cuando se aplica bien en un texto, pero en la vida real, para ellas sobre todo, también es declaración de principios: queda mucho por hacer, pero ellas saben cómo hacerlo.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.