Tierra Adentro
Ilustración de Damián Flores.

Para Quique Sada

Cómo explicarlo. Odio a Salvador Izquierdo porque yo debí ocupar su sitio, es decir, yo debí ser el goleador de nuestro equipo. Él no lo sabe. Quiero decir, no sabe que lo odio. Es más: no sabe ni que sigo existiendo. Si acaso le preguntan, he de ser para él un recuerdo borroso, la vaga presencia de un amigo anulado por el tiempo y la derrota. Pero yo debí ocupar su sitio. No otro: su sitio en el equipo, exactamente ése. ¿Y qué pasó? Pues nada, lo que pasa muchas veces: que el destino, ese puto destino que nos toca a tantos, le dio a él la suerte y a mí nada, ya ni siquiera un rostro para ganarme la vida, pues trabajo como botarga en Espectáculos y Promociones S.A., empresa que me contrata para espectáculos y promociones de todo tipo, como el futbol profesional cada quince días. Salvador, en cambio, es el ariete del equipo, un profesional tan exitoso que ya cotiza en millones desde hace cuatro temporadas.

Todo comenzó en la colonia Santa Rosa de Gómez Palacio. De allí somos los dos. Ambos estudiamos la primaria en la López Mateos, y desde aquellos tiempos se veía quién era el bueno para el fut. Ninguno de los dos salió decente para estudiar, es cierto. Los dos éramos unos burrazos. Nos identificamos por eso y porque vivíamos en la misma calle y porque desde los siete años nos atrapó el futbol. Digo nos atrapó y no es una exageración. Nos atrapó. Ni en la escuela estábamos en paz. No nos entraba nada de lo que enseñaban, ni la pendeja tabla del uno, porque todo el cochino día teníamos la cabeza puesta en el balón. No miento si digo que pasábamos las tardes enteras en el callejón vacío. Allí se juntaba toda la bola para jugar de tres de la tarde a once de la noche. Ahora que ya soy grande y el calor me jode metido en esta esponja, no tengo explicación para aquellas jornadas eternas de futbol bajo la lumbre. Como que el sol no nos hacía nada o como que la pasión de cascarear era más grande que cualquier incomodidad. No olvido que en las vacaciones largas comenzábamos al mediodía y a veces terminábamos a las dos de la madrugada sólo porque nos mandaba callar el vecindario. Qué enfermedad, qué tiempos.

Allí, en esas picas sin fin demostré quién era yo. Simplemente, y no me apena decirlo ahora que soy nadie, fui el mejor del barrio. Mejor que todos, mejor que Chava Izquierdo. Además de los partiditos informales tuvimos un equipo que patrocinó la miscelánea Beto. En todos los encuentros demostré toque, habilidad, fuerza, inteligencia, liderazgo, cañón, güevos, olfato anotador. No me echo flores gratis. Me lo decían todos. «Willy, deberías probarte en las básicas»; «Usted tiene pasta de crack, Willy»; «Willy, su talento está para primera». ¿Y qué pasó? Pues lo que pasa a veces nomás por tomar un camino en lugar de otro. Así que mírenme aquí, dentro de esta botarga de animación, baile y baile durante el medio tiempo en vez de recibir ovaciones y billetes. Puta madre.

Jugábamos todas las tardes, dije. Y es cierto: jugábamos todos las tardes, era nuestra diversión más grande y, sin saberlo, nuestro mejor entrenamiento. Yo estaba pues como navajita cuando a los trece años seguí el consejo de mi tío Polo: «Vaya a probarse, Willy, no lo eche en saco roto. Usted tiene madera. Hágame caso». Y le hice caso, pero para sentirme seguro, para no ir solo, para no sé qué, le dije a Chava que me acompañara, que nos probáramos juntos. Y allá fuimos. Llevamos acta de nacimiento, dos fotos tamaño credencial y un permiso de nuestros padres. Nos caló el Banana Muñiz, ex jugador profesional y ahora encargado de las básicas. Primero, lo físico: corrimos con cronómetro, hicimos abdominales y sentadillas; luego, lo importante: nos midió en un partido informal con los chavos que ya estaban dentro. No quiero mamar, pero jugué el partido de examen como si fuera una cáscara en el callejón del barrio, es decir, demostré quién era yo, que muchos me la pellizcaban aunque tuvieran mayor tamaño o un poco de más edad. Chava, en cambio, colgó de un hilo. Al final del partido el señor Banana nos llamó a los dos. A mí me dijo de volada: «Te quedas, muchacho», y a mi amigo casi lo echa: «A ti tal vez te llamaré después, me gusta tu juego, pero…». No sé de dónde me salieron tanates para defender a mi compañero: «Señor Banana, Chava es muy bueno, no sea malo… una oportunidad, es mi amigo, me entiendo muy bien con él». El entrenador la pensó un poco, miró hacia las tribunas vacías y cuando nos volvió a ver fue para decirnos «Está bien, se quedan los dos». Las horas siguientes fueron una fiesta. Chava y yo regresamos al barrio y no faltó que ya nos imagináramos viajando en avión, jugando en la grande, metiéndonos dinero a lo baboso.

Lo que siguió no puedo explicarlo bien. Digamos que pasó esto: Chava sí aguantó los entrenamientos, yo no. Pasados tres o cuatro meses, comencé a faltar. Cuando vi que mi juego desmejoró, traté de arrastrar a mi amigo, convencerlo de que no valía la pena tanta chinga. Me amonestaron: «Una falta más y es suspensión definitiva». Y pasó, falté una más. Creí que estaban jugando, que cuando yo quisiera me volverían a llamar. Pero ese pedo es cruel, me desbalagué un poco con otros cuates y dejé de ver a Chava, quien sí resistió el trajín. Cuatro años después, todos lo saben, debutó en primera y comenzó a figurar. Yo me convertí poco a poco en lo que soy ahora, en nada. No sé cómo, no sé cuándo pasó lo que me pasó. Lo único que sé es que en este momento viene Chava Izquierdo por el túnel y yo soy una botarga que debe saludarlo sin que él sepa quién le da la mano. Yo era el bueno, se supone. No sé qué pasó.

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