Tierra Adentro

Este relato pertenece al libro Lo mismo que el olvido, publicado en 1986, hace ya casi treinta años. En él, el narrador se orienta en un entorno urbano que le es al mismo tiempo hostil y acogedor —la Ciudad de México—, como debió haberlo sido para el propio Donoso Pareja una vez que llegó de su natal Ecuador. Agradecemos a su hijo, Miguel Donoso Gutiérrez, las facilidades otorgadas para la reproducción de este texto.

Para Aralia

Acevedo observa desde la ventana la calle Popocatépetl, el tráfico infernal, aun en la noche, mientras el tocadiscos gira y deja oír una voz que canta. Raymundo Fagner, piensa, ¿o Chico Buarque? ¿Un disco o un cassette? Who knows?, se dice en inglés sin saber por qué, pensando en mañana, el smog que casi se puede agarrar con las manos, espeso, negro, los tacos a la vuelta de su trabajo, Dinamarca 34, de machitos, mole verde y hasta de ojos. Reforma y sus no sé cuántos carriles, Insurgentes cruzándola alrededor de Cuauhtémoc, ¿o es Reforma dándole la vuelta a Insurgentes?, el cine Roble anunciando El discreto encanto de la burguesía, y mucho más allá Niño Perdido que se convierte en San Juan de Letrán, el teatro Blanquita, los burlesques y la Plaza Garibaldi.

Se mueve unos pasos, con cuidado, en medio de un montón de plantas que poco a poco van devorando la estancia, mientras la cortina de bambú cae, golpeando la ventana. Plantas antropófagas, comenta para sí, y se sienta en una vieja mecedora austriaca para mirar los objetos, las antigüedades que sobreviven al tiempo y a la maleza que lo oscurece todo, que dificulta la movilidad: una plancha de carbón, un fonógrafo, estribos de plata convertidos en floreros, un fuelle, dos o tres gastadísimas botas de vino, probablemente gallegas, lo mismo que una gaita, y entonces se acuerda de la mujer, pasa entre su propia maleza, los libros que lo abruman, y oye nítidamente la canción:

uma parte de mim é tudo mundo
outra parte é ninguém, mundo sem fundo.

Mundo sin fondo, repite, en castellano, y la ve ahí, entre almohadones, larga y desvalida, probablemente bajo el sopor del valium de todas las noches.

Acevedo vuelve en puntillas, lo que es innecesario, pasa junto al baño, frente a su estudio chiquitito, con más libros devorándolo, la reproducción de un velero español, un barco en una botella, y se sabe entrampado, íngrimo entre esas plantas que lo envuelven, esos libros que lo aplastan, esa mujer que duerme lejana, la multitud en el Metro, todos los días, avenida Universidad, el Zócalo, Chapultepec los domingos, atiborrado de gente, el Azteca con ciento diez mil tipos gritando un gol del América o del Guadalajara, da lo mismo, y la voz del cantor expandiéndose desde la aguja y el disco:

una parte de mim é multidao
outra parte estranheza e solidao.

Traduce: una parte de mí es multitud, otra parte extrañeza y soledad. Entonces ríe ante la verdad simple, escueta, ante la emoción que le transmite ese disco que vuelve a poner cada vez, que repite hasta el cansancio.

Oye toser a la mujer, fuma tanto, y se inquieta. Va hacia ella en puntillas, igual que un pájaro deforme, buche y pluma, piensa, con el vientre abultado y las canillas flacas, pero la mujer no ha despertado, sólo ha cambiado de posición, dejando ver una pierna rosada, el muslo amplio, algo de las nalgas porque duerme desnuda. Sabe, por lo demás, que ya no la desea, y mira ese rostro bello todavía, las cejas negras y arqueadas, esas facciones de griega aunque sea gallega, de La Coruña, para ser exactos, y luego respira con alivio porque no tendrá que hablarle, podrá estar solo un rato, como siempre, con una nostalgia permanente de ello, como si ese abismo no pudiera terminar, fuese un anhelo permanente.Regresa a la sala y se interna entre las plantas devoradoras. Se sienta, ahora en un sillón, y se hunde como queriendo desaparecer. Oye:

uma parte de mim beija e pondera
outra parte delira
uma parte de mim almoca e janta
outra se espanta.

La voz es ronca, honda. Tiene que ser Fagner, piensa, aunque poco le importa. Al día siguiente almorzará por ahí, tal vez en El Dragón de Oro, o unas enchiladas con salsa verde en algún lugar barato, hasta unos simples tacos, de pie y a gritos en medio de un sinnúmero de empleados, o en un Vips, lo que sea, y sabe que a las diez de la mañana se comerá unos huevos a la albañil, picantes como nada, con hartas tortillas, esas mismas tortillas que cuando llegó creía que eran tapetes y ponía sobre ellas el vaso y los cubiertos.

Acevedo se pone de pie. Vuelve a la ventana y alza la cortina. Por Popocatépetl pasa un trolebús, en sentido contrario al tráfico corriente. Este país es surrealista, se dice, y recuerda esa estación del Metro donde hay una escalera mecánica para bajar, pero la de subir es a pulso. El suyo también, reconoce, y se pregunta si no será él quien está mal, si la mujer que duerme no será la víctima y no el verdugo. La voz ronquísima y dolorosa parece darle la respuesta:

uma parte de mim é permanente
outra se sabe derrepente.

Oye hondo, queriendo recuperar el sentido, reconociéndose sin admitirse, oscuro, igual que un chorro de sangre próximo a saltar, a desbordarse en la noche, en ese mundo sin fondo.

Alza el brazo de la aguja, de pronto, y lo coloca en otro lugar del disco. Las palabras van tomando forma y escucha nítido:

quiero inventar mi propio pecado
quiero morir de mi propio veneno.

Hace una mueca y retorna a la canción del principio. Decide entonces darle una vuelta a la mujer, sin saber si quisiera que estuviera despierta, atemorizado de que pudiera estarlo. Continúa igual y él regresa. Acevedo la recuerda de antes, en San Juan, en La Habana, unas vacaciones en San Francisco, Pátzcuaro, el Lago de Janitzio, las ruinas de Monte Albán, y la ve imponente, deseándola en ese tiempo y en esos espacios, anchas las caderas, el busto firme, las piernas largas y torneadas.

La voz sigue cantando:

uma parte de mim é só vertigem
outra é linguagem
traducir uma parte
na outra parte
já é uma questao de vida e morte.

Acevedo oye y entiende, y sabe que no lo intentará, que el lenguaje es un código preexistente, exacto, que no puede ser un discurso distinto, que la traducción es imposible, que su señal de siempre ha sido el vértigo. El hombre del disco dice:

será será será
é é é é

Y él sabe que es es es es, mientras canta, siguiendo al otro:

uma parte de mim é permanente
outra parte se sabe derrepente

Para cambiar luego, lejos de la grabación:

quiero inventar mi propio pecado
quiero morir de mi propio veneno.

Ahora se sienta y mira con nostalgia, igual que si se despidiera, la maleza asfixiante, las antigüedades, la puerta de la cocina abierta, antes del comedor, un cuadro de Felipe Orlando, algo de Leonel Góngora, un Alcántara, y la voz taladrándolo, repitiéndose hasta el infinito, desde siempre o nunca, más allá de sí mismo, honda:

uma parte de mim é permanente
outra parte se sabe derrepente
uma parte de mim é só vertigem

pero entiende estranheza y solidao. Se siente lejos, en la tos de la mujer que vuelve a inquietarlo, y va hacia allá en puntillas, temeroso todavía, rastrero, tambaleándose entre las plantas antropófagas, en medio de los libros que lo aplastan, las antigüedades que lo anulan.

Ella ha cambiado otra vez de posición. Tiene ahora las manos sobre los senos, igual que un cadáver, las sábanas a un lado, con su desnudez única, íntima, el pubis alto, la boca abierta, frío pescado sobre la playa, sin aire ya, y el cuello lánguidamente hacia la izquierda, igual que una Piedad innecesaria.

La voz repite:

uma parte de mim é permanente
outra parte se sabe derrepente.

Acevedo toma un saco del clóset y vuelve a la sala. Mira todo una vez más y deja que el disco siga. Sabe, de pronto, que no la volverá a ver, que una parte de él es sólo vértigo, que esa parte aparece de repente; abre la puerta con fuerza y la cierra con suavidad, baja las escaleras de puntillas, temeroso todavía, rastrero.

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