Tierra Adentro
"Autorretrato", 1923. Óleo sobre cartón. Por Abraham Ángel (1905 - 1924). Imagen de dominio público.
“Autorretrato”, 1923. Óleo sobre cartón. Por Abraham Ángel (1905 – 1924). Imagen de dominio público.

En estas últimas semanas una exhibición de arte, Abraham Ángel. Entre el asombro y la seducción, ha generado gran expectación entre la comunidad LGBTTTIQ+, con especial afluencia del público joven. En esta muestra se presenta la incomparable obra y la singular vida de un hombre gay que decidió ser artista, a pesar del contexto abiertamente homofóbico que imperaba en el medio cultural del México posrevolucionario. 

Más allá de la cuota de visibilidad que en los últimos años han ofrecido los espacios culturales a las sexodivergencias, llama la atención que se conmemore el centenario del deceso no solo de un artista homosexual, sino de un hombre totalmente ajeno a los estándares hegemónicos: moreno, de cabello rizado, proveniente del interior del país y con una expresión de identidad que bien podríamos referir hoy como queer, en tanto su rechazo a las normativas y etiquetas de género de su época.

Esta exposición no solo reintroduce a Abraham Ángel en el relato de la historia del arte moderno mexicano, ya que han pasado más de tres décadas de la última muestra individual que se le dedicó, sino que justo ahora nos podemos acercar a este personaje desde una perspectiva más plural y abierta, en la que él y sus vínculos afectivos nos permiten entender las lógicas de resistencia creativa de un sector de la comunidad LGBTTTIQ+, de la década de 1920, frente a la hipermasculinizada y heteropatriarcal visión del México que proyectaba particularmente el muralismo.

Entre el 14 de marzo y el 14 de julio de 2024, en la sala C del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, se presenta Abraham Ángel. Entre el asombro y la seducción. Esta exposición llega a nuestro país tras estrenarse inicialmente en Estados Unidos, después de ser la primera exhibición de este pintor en aquel país. Con curaduría de Marc A. Castro, la muestra fue gestionada por el Museo de Arte de Dallas en mancuerna con el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL). 

Abraham Ángel, el llamado niño pintor, fue un artista mexicano que desarrolló una carrera corta, truncada por una temprana y confusa muerte. A veces, una partida temprana termina por deparar una fama inusitada, no obstante, en el caso de Abraham Ángel, en tan solo tres años de producción, logró crear una estética singular que le otorga un lugar entre los creadores más excepcionales de la llamada Escuela Mexicana de Pintura. Hoy en día, se tienen únicamente documentadas 241 obras de su autoría, de las cuales cuatro se encuentran perdidas y registradas tan solo a través de reproducciones de revistas de la época.

Una parte fundamental de esta exposición es precisamente el trabajo de gestión de este proyecto, ya que a pesar del reducido número de pinturas convocadas ―19 de Abraham Ángel y siete más de otros artistas del mismo periodo― presentan un panorama diverso en cuanto a su conservación. 

En el INBAL se resguardan 11 trabajos de Ángel que forman parte de los acervos del Museo Nacional de Arte y del Museo de Arte Moderno, obras que inicialmente constituían parte de la colección de Francisco Sergio Iturbe, un coleccionista, miembro de la comunidad LGBTTTIQ+ y apoyo de una serie de artistas que no formaban parte del canon hegemónico del gobierno posrevolucionario, como Manuel Rodríguez Lozano y Mardonio Magaña. En un inicio, también ayudó a José Clemente Orozco, a quien Iturbe encargó el mural Omnisciencia, ubicado en el descanso de la escalera de la afamada “Casa de los Azulejos”, sede de uno de los restaurantes más concurridos de la Ciudad de México. Esta obra se erigió como el primer mural del movimiento muralista mexicano pagado por un particular, justo en un momento en que la obra de Orozco sufría de agresiones y rechazos.

Iturbe constituyó un fuerte impulso a las carreras de estos creadores disidentes, incluido Abraham Ángel. De hecho, él le ofreció a Manuel Rodríguez Lozano, pareja y maestro de Ángel, un estudio en la calle de Puente de Alvarado, que también fungía como espacio de exhibición de los trabajos de estos artistas. Dichas obras pasaron a formar parte de la colección de Francisco Sergio Iturbe, constituida desde 1923 hasta mediados de la década de 1930. Al momento de su muerte, en 1957, una parte considerable de ese acervo fue adquirido por el gobierno mexicano. 

El resto de las obras provienen de museos del interior del país, los cuales han puesto por casi un año en préstamo piezas nucleares de su colección en respuesta al centralismo de nuestra cultura; este acto es de reconocerse. Otros cuadros forman parte del patrimonio de museos norteamericanos, resultado de la expansión que tuvo el arte mexicano en la década de 1930, gracias al trabajo de espacios como la Galería de Arte Mexicano, encabezada por Inés Amor. 

Abraham Ángel, Autorretrato, 1923, óleo sobre cartón, Museo Nacional de Arte.

Al iniciar el recorrido nos confrontan una fotografía y un autorretrato de Abraham Ángel a los 18 años. Pese a su corta edad, la tensión de sus labios y la coquetería de su mirada nos dan cuenta de su seguridad; pareciera que nos expresa el saberse parte de una comunidad artística que comienza a reconfigurar al país desde la plástica. De hecho, en el año de factura de su autorepresentación, 1923, Abraham Ángel aparece en una fotografía en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, cuna del muralismo mexicano, precisamente en el momento de develación del mural de Jean Charlot, La caída del templo mayor. Ángel se muestra contiguo a algunos de los nombres más célebres de la pintura mexicana, como David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Carlos Mérida, Roberto Montenegro y Adolfo Best Maugard.

El autorretrato de 1923 nos permite también adentrarnos a los elementos clave de su obra, marcada por representaciones de personajes en un primer plano muy próximo, que parecieran estar desapegados del paisaje del fondo. A la par, la figura de Ángel se presenta en un tono realista, pese a los colores un tanto ilusorios de su rostro; en contraste, la factura del horizonte corresponde a un estilo más sencillo e incluso ingenuo, con una fuerte incidencia del arte popular, en donde unas discretas casas parecen tener el mismo tamaño de una catedral o unos extraños y gigantescos árboles poseen un follaje más parecido a nubes o torundas de algodón. Todo esto enmarcado por colores intensos que permiten ahondar en la sensación fantástica de la obra.

Esta falta de realismo y antiacademiscismo de Ángel hace de su trabajo una propuesta fresca e innovadora, incluso ahora, a una centuria de su creación. Hubo que esperar casi una década, al trabajo de María Izquierdo, para nuevamente encontrarnos con una obra que palpita novedad e insolencia frente a los cánones.

Abraham Ángel a temprana edad se decanta por la poesía hasta que conoce al pintor Adolfo Best Maugard, quien forma parte del proyecto cultural que José Vasconcelos promovió desde la Secretaría de Educación Pública del gobierno posrevolucionario como jefe del Departamento de Dibujo y Trabajos Manuales.

Best Maugard impulsó la educación artística en México al preparar a 150 maestros —entre ellos, Rufino Tamayo, Manuel Rodríguez Lozano, Agustín Lazo, Julio Castellanos y Abraham Ángel—, para difundir en las escuelas primarias un método de dibujo compuesto de siete líneas o trazos básicos, con el que se esperaba reivindicar el arte precolombino y las creaciones populares, con el fin de promover un arte “verdaderamente mexicano”.

Este método recibió fuertes críticas por cuanto se consideraba que estandarizaba las expresiones artísticas y constreñía la mexicanidad a expresiones folclóricas. No obstante, el sistema Best Maugard permitió a los jóvenes artistas comenzar a delinear su propio estilo, el cual, sin embargo, en la mayoría de los casos tardaría un par de años en madurar, hasta ofrecernos algunos de los momentos claves de la pintura mexicana, como es el caso de Tamayo.

En cambio, ya desde 1921, vemos emerger con tan solo 16 años, con una inusual destreza, la obra conmovedora y plenamente moderna de Abraham Ángel, quien en su trabajo más antiguo, Concepción, aprovecha la gramática visual de Maugard para crear un espacio multidireccional donde aves, insectos y un colorido ser humano, flotan libremente creando una obra de carácter primitivista y espontáneo, acorde a las búsquedas vanguardistas internacionales de la época. 

Basta con comparar una serie de mariposas que pintaron Abraham Ángel y su pareja y mentor Manuel Rodríguez Lozano, para entender la originalidad y frescura del trabajo de este joven pintor. Mientras el insecto de Lozano pareciera corresponder a un elemento decorativo, propio de una jarra o un plato proveniente del arte popular, haciendo resonar la crítica de Orozco a que este tipo de métodos solo nos conducirían a una especie de jicarismo, las mariposas de Ángel son de una exuberancia y fantasía inusitadas, son seres antropomorfos alados, que en su intento por robar el polen de una flor, son atacados por una serpiente bicéfala. Las formas ondulantes de cada uno de los personajes hacen una especie de danza del espacio pictórico.  

Es precisamente a través del método Best Maugard que se manifiesta el encuentro de amor y aprendizaje entre Manuel y Abraham. Tras una larga estancia en Europa y ocho años de matrimonio, Manuel Rodríguez Lozano y Carmen Mondragón deciden separarse. Ella comienza una relación con Gerado Murillo, el pintor y vulcanólogo conocido como Dr. Atl, quien empieza a llamarla Nahui Ollin; por su parte, Manuel conocería a un joven Abraham Ángel, a quien le lleva casi 10 años, pero queda cautivado por el orgullo con que expresa su identidad sexodivergente. Así, Manuel rompe con la estructura heteronormada con la que había crecido en sus días como cadete militar, permitiéndose por fin amar a otro hombre.    

Abraham nació en El Oro, Estado de México, como el menor de cinco hijos de un minero escocés que terminó por abandonar a su familia. El hermano mayor, Adolfo, se hizo cargo por medio de un trabajo en la Compañía de Luz, a la cual deseaba que también ingresara Abraham Ángel Card; no obstante, cuando este anunció sus inclinaciones artísticas se creó un desacuerdo que hasta el día de hoy se escribe como el motivo de la expulsión del hogar y por el cual Abraham dejó de usar su apellido para firmar sus obras. 

Sin los sesgos y las censuras de otras épocas, actualmente podemos entender a cabalidad la ruptura familiar, al imaginar la valentía y sinceridad con que este joven anunció a sus parientes que se iría a vivir con su maestro para ser artista y porque estaba enamorado de él. 

Eligió a Manuel por encima de todo y de ello no queda duda cuando se mira el retrato de Lozano, pintado por su Ángel en 1922. A través de las fotos de la época, es indudable el atractivo de Manuel Rodríguez Lozano, sin embargo, al momento de ser pintado por Abraham Ángel, salía de una larga convalecencia, producto de una tuberculosis pulmonar que le diagnosticó el doctor Gastón Melo. A pesar de la barba crecida que da cuenta del decaimiento, la imagen de Lozano es un retrato de amor y un cuadro votivo en el que Ángel parece pedir por su salud.

Abraham Ángel, Retrato de Manuel Rodríguez Lozano, 1922, temple barnizado sobre cartón, Museo de Aguascalientes.

Precisamente, la entrada en escena de Manuel Rodríguez Lozano permite a Abraham Ángel el acercamiento a fuentes no academicistas como los exvotos, obras de pequeño formato, pintadas por gente sin instrucción artística, en las que se agradece o se pide un milagro. Son trabajos de carácter metafísico, inundados de irrealidad como los paisajes que Abraham Ángel pinta de Tepito, Iztapalapa o Cuernavaca, en los que, por encima de un perspectiva ortodoxa, juega con una superposición de planos, la cual provoca que el tamaño de los objetos no se reduzca al encontrarse más lejanos.  

Abraham Ángel crea así un caprichoso universo que parece exhalar un aliento de nostalgia por estos lugares que dan cuenta del paso del mundo rural hacia la urbanización del país. Las casas de adobe, las calles sin pavimento, las antiguas catedrales, las pulquerías y los firmamentos dominados por montañas, que parecieran aludir melancólicamente a su infancia, comienzan a ser invadidos por cables de luz y torres radiofónicas.

Para parecerse al carácter no ostentoso de los pequeños exvotos, tanto Lozano como Ángel deciden recurrir al cartón2 como soporte pictórico, sin embargo, una vez más Abraham Ángel toma su propia dirección, al resolver pintar cuadros de gran formato, en los que principalmente retrata a personajes que provienen de su núcleo familiar. Son seres monumentales que, por la frontalidad con que son dispuestos, en algo recuerdan a los hieráticos retratos costumbristas del siglo XIX, aunque son inundados por una fantasía cromática, inusitada para el arte mexicano. 

Si bien la mayoría de los artistas cercanos al método Best Maugard recurren al colorido del arte popular, en el caso de Abraham Ángel sus piezas resaltan, se intensifican, por su uso de colores complementarios, es decir, aquellos que se encuentran opuestos en el círculo cromático y que, al reunirlos, acentúan y destacan los elementos pintados; en donde aparece un paisaje dominado por árboles verdes, Ángel dispone una vereda roja y una mujer de rostro y prendas rosáceas, mientras que en un firmamento que se perfila violeta, destacan la tierra, la ropa amarilla —enmarcada por una ventana azul— y el vestido naranja de una chica. 

Este uso tan particular de los colores solo era posible de encontrarlo en ese momento en la pintura europea de vanguardia, tanto de los postimpresionistas como de los fauvistas, a los que Lozano tuvo acceso en su vida parisina y con los que seguramente inundó la mente de Ángel, ávido de devorar y apropiar el mundo plástico que se colocaba ante sus ojos.  

Son de destacar las mujeres que protagonizan los cuadros La chica de la ventana y La mesera; aparentemente situadas en ambientes semirurales, poseen una inusual extensión del cabello hasta la altura de la mandíbula, el llamado corte bob, que en la década de 1920, popularizaron las flappers, mujeres de clase media que procuraron romper con las normas sociales impuestas. 

En México, el rechazo a esta moda quedó inmortalizado en el artículo de agosto de 1924 de El Universal, “La tragedia de las pelonas”, en donde se les señalaba de perder su feminidad al llevar el cabello corto. La rebeldía de las mujeres retratadas por Ángel se ha interpretado como metáfora de la vivencia de su propia orientación sexual disidente.

Esta situación ambivalente entre retratos urbanos y rurales marca también la postura de Abraham Ángel ante el extendido indigenismo que se procuró en el México posrevolucionario, cual símbolo del renacimiento de las culturas antiguas. Piezas como La india o Los novios son en apariencia retratos etnográficos de la pervivencia de nuestras raíces precolombinas, cuando en realidad, al mirar los atuendos de los personajes, damos cuenta que son personas mestizas. Algo semejante ocurrió durante el concurso de la India bonita en 1921, en el las concursantes, a pesar de poseer rasgos indígenas, provenían de espacios urbanos.

Abraham Ángel, Los novios,1924, óleo sobre cartón, Colección particular.

El cuadro Los novios es además un caso singular entre los óleos que se conservan de Ángel. Junto con el retrato de Manuel Rodríguez Lozano, estas piezas son las únicas que poseen su marco original, decorado por el artista, a lo que se suma que pertenecían a otro joven creador, que desarrolló de forma temprana un particular estilo al adscribirse al método Best Maugard: Miguel Covarrubias. 

Este óleo presenta con claridad el manejo de la perspectiva alzada con que Ángel marcaba la distancia entre los objetos; en vez de insertarlos en la profundidad del espacio, estos van ascendiendo. Lo anterior podría considerarse un error técnico, sin embargo, fue un recurso utilizado por vanguardias como el cubismo y practicado por el mismísimo Diego Rivera en los murales de la Secretaría de Educación, durante la época contemporánea de Abraham Ángel. Es esa combinación entre una obra aparentemente ingenua, pero con un aire avant-garde lo que dota de originalidad al trabajo de Ángel al paso de los años.  

Su vinculación con el método Best Maugard y su relación con Manuel Rodríguez Lozano no solo le permitieron estar al día con las innovaciones estilísticas, sino también le dieron acceso a diversos artistas, particularmente al grupo que con el paso de los años se integraría a la revista Contemporáneos, muchos de ellos vilipendiados por su homosexualidad. 

Escritores como Xavier Villaurrutia y Salvador Novo admiraron el trabajo de Abraham Ángel. De hecho, es de resaltar la rebeldía y el orgullo con que Ángel y Novo vivieron sus identidades, a diferencia de otros hombres gay de la época que preferían resguardarse en los patrones de comportamiento asignados a los varones. En la exposición es posible ver una pintura academicista de Roberto Montenegro que retrata a Villaurrutia como un dandy en la tónica de Oscar Wilde, mientras Lozano a medio paso entre arte clásico y de vanguardia nos muestra a un Salvador Novo en bata, recorriendo en coche la ciudad por la noche, en ese horario en que son permisibles todo tipo de relaciones. 

Abraham Ángel, El cadete, 1923, óleo sobre cartón, Museo de Arte Moderno.

En un sentido similar, Abraham Ángel retrata a un cadete, recordándonos las filias que hacían Novo y Villaurrutia para tener encuentros fugaces con hombres de bajos recursos; sin embargo, la obra también podría estar rememorando el tiempo en el que Manuel Rodríguez Lozano estudiaba en la academia militar y fue elegido por Carmen Mondragón como el cadete más apuesto. Si pensamos en un militar pintado por algunos de los muralistas, apostaríamos por un hombre de cuerpo vigoroso, mientras que el cadete de Abraham Ángel se mira frágil, delgado y ocupado en su apariencia, al levantar el cuello de su gabardina roja, como si se preparara para un encuentro prohibido en la tolerancia nocturna.   

De Abraham Ángel también se muestra un retrato homoerótico del caricaturista Hugo Tilghman, en el que se exaltan sus atributos físicos y se le presenta mientras juega tenis, un deporte propio de clases privilegiadas, pues por entonces al grupo de los Contemporáneos se les acusaba de burgueses y maricones. 

La relación entre Lozano y Ángel entró en crisis, producto de la aparición del nuevo protegido de Manuel, Julio Castellanos. Cegado por los celos, Abraham Ángel perdió la vida el 27 de octubre de 1924, a causa de una sobredosis con cocaína. En ese momento, el médico y amigo de ambos artistas, Raoul Fournier, declaró que había perdido la vida por una cardiopatía congénita, aunque medio siglo después reveló la verdad a Oliver Debroise, quedando la duda de si fue un accidente o un suicidio.

La recuperación de la figura de Abraham Ángel se dio en el contexto del surgimiento de la pandemia del VIH y de la persecución de la comunidad LGBTTTIQ+. A pesar del rescate de su obra, se priorizaron los detalles confusos de la muerte de Ángel y se acusó a Manuel Rodríguez Lozano de esta, señalándolo de infame y cobarde por dejar a cargo del entierro a la familia del joven artista.

La relación de estos dos creadores estuvo marcada por sinsabores como la de cualquier otra pareja, mas es indudable que Lozano cobijó a Abraham Ángel, lo llevó a vivir con él, confió en su obra e, incluso después de haberlo perdido, pintó su retrato en las claves estilísticas de Ángel —colores encendidos y un hombro que parece dislocado—, además de escribir el primer estudio de su trabajo, presentar en 1925 sus pinturas en Buenos Aires y París, y convencer a Iturbe de coleccionar sus piezas, lo que permitió que actualmente las resguarde el Estado mexicano.

Alfonso Reyes habría de comparar la fugaz e impactante obra de Ángel con la del poeta Arthur Rimbaud, un muchacho desconocido y pueblerino, quien al igual que el mexicano estuvo enamorado de su mentor Paul Verlaine; no obstante, cuando se escribió de la partida de Abraham Ángel, poetas como Tablada solo refirieron la separación del maestro y alumno, en un tiempo en que hablar del amor entre personas del mismo género parecía prohibido.

Abraham Ángel, Me mato por una mujer traidora, 1923, óleo sobre cartón, Museo de Arte Moderno.

Incluso se considera que en uno de sus últimos cuadros, Me mato por una mujer traidora, nos ofrece una clave sobre su situación emocional y su incapacidad de declararlo abiertamente. No obstante, por encima del sufrimiento, la obra es de una fantasía que no se guía por reglas académicas o veristas; los tamaños incomprensibles, los colores encendidos, la perspectiva irreal y los personajes que parecen flotar, al pensarlos a la distancia, parecen proponer una especie de protosurrealismo a la Chagall, justo en este 2024, que también se cumple el centenario de este movimiento. 

Nos quedamos con la ansiedad de saber qué más hubiera creado Abraham Ángel, pero tal como el nombre de su última pintura, solo nos reta a “seguir adelante” con el rescate de su quehacer artístico y celebrar que un museo federal abriera una de sus salas a un hombre homosexual, moreno, de provincia, por ser un espléndido pintor.

  1. Mientras corre la tinta de este ensayo algunos galeristas, críticos e investigadores alzan la voz ante el supuesto hallazgo de nuevos, desaparecidos y no documentados cuadros de Abraham Ángel.
  2. Por cuestiones de conservación del cartón, la iluminación en la sala es baja.