Tierra Adentro

My head is filled with

Fallen statues

DEATH IN JUNE

 

Como cada primavera, regresaron las pesadillas. Habían pasado tres años desde que se lo llevaron y, puntualmente, como un reloj, Ulises regresaba en sueños a visitar a su madre acongojada:

Mamá, en el viento hace un calor de peces dorados.

Los mensajes nocturnos que recibía Rosa María de boca de su hijo desaparecido no tenían sentido:

Mamá, Dios es un juguete de la necesidad.

Eran apenas diálogos parecidos a esto, tenebrosos por poseer algún tipo de lógica torcida, pero lógica al fin. Inaprensibles, simbólicos, no tenían un significado exacto y eso la atormentaba.

Durante mucho tiempo ella se esmeró en buscar una señal, una pista en estas frases desperdigadas que iba anotando en una libreta, al despertar. Alguien le había dicho que una madre y su hijo comparten un lazo inquebrantable, telepático, que incluso trasciende a la muerte.

¿Muerte? No. Ulises estaba en algún lado que no era la muerte, un reino o limbo entre ambos mundos. Incluso en los sueños de Rosa María el rostro de su hijo era diferente, había cambiado y una sombra le empañaba los ojos. Vestía la misma ropa que llevaba la última vez que lo vio, una camisa azul de trabajo y unos pantalones de mezclilla. Los gestos de sus manos de dedos largos, nerviosas y ágiles, la postura de sus hombros adolescentes, el bozo sobre el labio. Todo era idéntico a como lo había visto por última vez, todo excepto esa sombra, ese velo sobre la mirada.

Como en el mito de Perséfone, raptada por un dios infernal, Ulises había comido de los frutos del Hades: seis semillas de granada que lo encadenaban a la tierra. Ahora aparecía cada primavera en el sueño de su madre, con esta vida incompleta y extraña, tan sólo para volver al abismo.

 

2

Mamá, es el dragón del invierno quien devora nuestra casa. Lo he visto caminar tranquilo por el desierto y las ciudades. Lo he visto llamar a los niños por su nombre. Tiene una casa en lo profundo del mar.

Y el problema de Rosa María es que no sabía dónde buscar pues nunca supo quién se lo había llevado o si él mismo se escondía de algún destino fatal. Tres años atrás, Rosa María cruzó la frontera para cuidar a un anciano enfermo en Laredo. Los gringos viejos preferían una enfermera mexicana, eficiente y barata, y ella era la mejor. Gracias a ese tipo de trabajos que hacía cada tanto, la familia había sobrevivido durante años y sus tres hijos tenían educación, comida, techo. Tenía que dejar a los niños solos varios días, pero valía la pena a la hora de cobrar en dólares. Sin embargo, esa última vez, cuando regresó a Tamaulipas, Ulises, el hijo mayor, ya no estaba.

Uno de los días de esa semana llegaron los Zetas y se llevaron a muchos adolescentes de entre quince y veinte años. El segundo día llegó el ejército y se llevó a los que quedaban. Tiempo después, cuando encontraron las fosas comunes, la misma Policía Federal la amenazó para que no se presentara a identificar los cuerpos. Sus otros dos hijos no supieron decirle nada, ni siquiera describir a los hombres que habían sacado a rastras a Ulises de la casa.

Rosa María no abrigaba ninguna esperanza concreta, pero no podía completar el duelo sin la certeza absoluta de la muerte de su hijo mayor. Mientras siguió trabajando. Se especializó en pacientes con cáncer, consiguió una plaza en un hospital y aún atraviesa de vez en cuando la frontera. Ahora gana más dinero que antes, pero siempre llega la primavera.

 

3

Mamá, no llores.

Rosa María despertó sobresaltada, por instinto cogió la libreta donde apuntaba las frases de sus sueños, pero no anotó nada. Era la primera vez que algo de lo dicho por la aparición de Ulises tenía pleno sentido.

Eran tal vez las dos de la madrugada cuando llamaron a la puerta. Golpeaban con fuerza con la mano abierta, con lo que parecía ser desesperación, como quien viene a cobrar una deuda de mucho tiempo atrás.

En un principio tuvo miedo, luego pensó que si vinieran por ella, a secuestrarla o asaltarla, ya hubieran roto la puerta. Se puso el batín y se dirigió a la entrada de la casa. En el portal se encontraba un muchacho de edad indeterminada. Tenía el rostro ensangrentado, se veía desnutrido y enfermo, con los ojos hundidos. Recordaba su mirada a la de su hijo en sus sueños, una mirada de alguien que habita entre el mundo de los vivos y los muertos:

—Señora, vengo por Ulises, no tengo mucho tiempo.
—¿Está bien mi hijo?
—A Ulises lo mataron al tercer día que nos llevaron, junto con otros cinco. No sufrieron, les dispararon y ya. A otros les fue mucho peor. Escuché que habían deshecho todos los cuerpos con ácido. A mí me llevaron a San Carlos a empaquetar marihuana y hielo. Pero me acabo de escapar y Ulises era mi amigo y no podía dejar esto así, no podía no decirle y vine hasta acá. Vine a decirle que ya no lo busque más.

Rosa María sintió la noticia como algo leve o poco profundo, como si aún estuviera soñando. Pensó que el impacto iba a ser mayor, pero el tiempo había erosionado lentamente las superficies de su corazón. Miró al muchacho y algún instinto antiguo se despertó en ella:

—Pero pásale, mira cómo vienes. De seguro no has comido en días.

El muchacho se arrodilló en el umbral y comenzó a llorar, arañándose las mejillas de la desesperación. Estuvo así un rato y después se incorporó y entró. Ya en la cocina, se sentaron a la mesa sin hablar, mientras él comía un plato de frijoles graneados con pan.

—Me tengo que ir, no puedo estar aquí más tiempo.

El muchacho se incorporó y salió a la noche, un poco recompuesto al parecer, alimentado por la comida del mundo de los vivos. Rosa María quedó un momento en el umbral mientras lo miraba alejarse por la calle sin pavimentar. Regresó a la cama y durmió. Durmió sin soñar absolutamente nada, sin visiones ni profecías: sólo la negrura de una noche interior y la vaga bruma gris del futuro.

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