Tierra Adentro
Ilustración realizada por Zauriel Martínez

Supongo que nadie imaginó que, de un día para otro, el abrazo cambiaría tan repentinamente de categoría: pasó de ser un gesto de afecto a un foco de alerta. ¿Alguien puede seguir viéndolo simplemente como una inocua muestra de cariño y no como un perfecto transmisor de gérmenes? Hace poco leí un nuevo manual de etiqueta y protección: “Lo mejor es evitarlos, pero en caso de hacerlo hay que tomar precauciones: nunca mirar a la misma dirección o tener las mejillas juntas, no se recomienda hacerlo cara a cara, mucho menos hablar, y, fundamentalmente, se debe evitar el llanto”. Es desconcertante que ciertas medidas de higiene exijan también el control de nuestras más espontáneas emociones.

Las despedidas y los saludos han adoptado nuevas formas: un choque de pies o de codos, una mano agitada que parece decir quiero ser cordial, pero no te acerques mucho. Funciona cualquier interacción que esquive al otro, nos libre de apretujarlo y sentirlo cerca. No obstante a esos sustitutos, algo falta: una consumación, un punto final, un remate. Quizá experimentamos esa sensación de vacío no solamente por tener que adaptarnos a otro modo de expresión, sino porque el abrazo tiene un lugar destacado en el amplio repertorio de la comunicación no verbal, está tan extendido en la faz del planeta que nos parece natural, esperable. De hecho, no sólo los humanos lo empleamos cotidianamente, sino que incluso ciertos primates lo usan para manifestar que no tienen intenciones agresivas: ciñen a un recién llegado para dejar en claro que está en territorio amigo. Resulta curioso que un gesto civilizatorio como el abrazo (que en la historia humana ha sido capaz de avalar pactos de independencia en Acatempan o Maipú) tenga antecedentes simiescos.

Me pregunto constantemente cuándo regresarán los tipos de contacto físico que nos resultaban habituales o si acaso algunas de nuestras costumbres jamás habrán de restaurarse. También nuestros gestos tienen vida propia: nacen, se reproducen, se multiplican y pueden caer en el olvido. Hay quienes afirman, por ejemplo, que el beso pasó por un importante periodo de decadencia ante la terrible peste negra del siglo XIV: dejó de usarse en la esfera pública para sellar acuerdos pues se había convertido en un peligro de propagación de la enfermedad. La relación con nuestro cuerpo y el de los otros no sólo obedece a ciertos estatutos sociales o éticos, sino que sigue la cadencia y el ritmo de las ciudades, se subordina a sus condiciones de salubridad.

La historia de la expresión de nuestras emociones es también la historia de nuestras culturas, nuestras pérdidas y vínculos. Sin embargo, es una crónica delicada y frágil: la comunicación no verbal está atada al presente, tiene pocas oportunidades de sobrevivir si no es afianzándose a la tradición y cultura popular, aferrándose a continuar vigente en nuestra mímica y memoria corporal.

Por eso me gusta pensar que, poniendo suficiente atención, toda biblioteca puede convertirse en un cementerio de gestos perdidos. Hay en los libros un copioso registro de ademanes en desuso o peligro de extinción. Recuerdo haber encontrado en El asno de oro de Apuleyo un pasaje que me hizo cerrar el volumen de golpe para tratar de calcar con mis manos lo descrito. En el inicio de la famosa historia de Eros y Psique se evidencia la hermosura de esta joven a partir de cómo es vista por los ojos del pueblo mientras camina: En aplicada concurrencia multitud de paisanos y extranjeros acudían atraídos por la fama de tan singular espectáculo y pasmados de admiración ante tan inaccesible belleza, se llevaban la mano hasta la boca con el índice sobre el pulgar, y la adoraban con devoción como si se tratase de la propia diosa Venus. ¿Cómo se vería esa muchedumbre estupefacta? ¿Acompañarían la pose con algunos sonidos o gesticulaciones? ¿O sería un asombro silencioso? Por mucho que he intentado imaginar la escena, me resulta difícil emularla y concebir su replicación entre el gentío. ¿Es ese gesto el ancestro de nuestro actual OK? ¿O acaso precursor de “la pigna”, esa estereotípica mano italiana donde todos los dedos se unen como si pellizcaran el aire?

Qué divertido es exhumar la vida diaria enterrada en los textos literarios. Ciertas costumbres sólo pueden preservarse allí; olvidadas por nuestro cuerpo, subsisten en nuestras palabras. Gracias a mi padre recordé ese momento en el que El Cid Campeador llega ante el rey para pedir su perdón: los inojos e las manos en tierra los fincó, / las yerbas del campo a dientes las tomó. Rodrigo clava las rodillas (“inojos”) y las palmas en el suelo, humildemente pide merced tomando el pasto con la boca. Siempre he tenido interés por saber si este extraño ademán tenía un uso meramente literario o si acaso puede sumarse a nuestro pequeño catálogo de gestos perdidos y servirnos para comprender una organización distinta del cuerpo y del espacio, fungiendo como una excelente vía para trasladarnos, por escasos segundos, a otro tiempo.

Lo mismo me sucede al toparme con las expresiones de dolor en la antigüedad grecorromana. Las mujeres desesperadas de las Metamorfosis de Ovidio experimentan congojas terribles y manifiestan su pesar con actitudes dignas de nuestros melodramas televisivos: suelen golpear o herir sus pechos desnudos con las manos. ¿Es sólo una forma de enfatizar el destino trágico y cruel de los personajes mitológicos? ¿O acaso los griegos y los romanos sufrían así en su vida diaria? En cualquier caso, estas maneras de aflicción parecen excesivas en una época tan contenida como la nuestra: habituada al uso mecánico de emoticones y también a la risa muda. ¿No es absurda la cantidad de veces que en un día podemos teclear “jajaja” sin mover mínimamente el rostro?

Si bien los gestos extintos tienen su atractivo, también es interesante encontrar gestos que han perfeccionado el arte de subsistir, pues trazan una línea directa entre nuestra realidad y el cotidiano de épocas pasadas. ¿No es insólito que el insulto de “la higa” tenga un trayecto comprobable desde Aristófanes hasta Britney Spears? En la comedia de Las nubes, un ultrajado Sócrates sugiere a su interlocutor las bondades de saber distinguir los ritmos métricos: enoplios y dáctilos. Al menos, dice, así uno puede quedar bien en las reuniones. Estrepsíades responde que él ya conoce los dáctilos y aprovecha la polisemia (dáctilos: tanto “dedo” como “un tipo de ritmo”) para burlarse del filósofo. Dime, pues, qué otro dáctilo hay sino el de la poesía épica, replica Sócrates exasperado. En tiempos, cuando era aún niño, éste, dice Estrepsíades mientras obscenamente levanta el dedo medio.

Tristeza, frustración, cariño, odio, terror. Son fascinantes las vías que encontramos para traducir nuestro mundo privado. En su libro La expresión de las emociones en el hombre y los animales, Charles Darwin cuenta que en 1867 hizo imprimir y circular entre misioneros, viajeros y observadores una serie de 15 preguntas sobre el comportamiento humano para poder compararlo con sus estudios de etología animal. Le interesaba conocer la universalidad de nuestros gestos. Recibió 36 respuestas que fueron contestadas por observaciones directas, no por recuerdos. ¿Se mueve la cabeza verticalmente para afirmar y lateralmente para negar?, era una de las interrogantes. Al parecer ese ademán es uno de los que menos variaciones tiene a lo largo del globo, con excepciones insólitas como Bulgaria donde el gesto de “sí” y “no” está invertido al que nosotros conocemos. Dada la generalización del asentir y el negar, existe la hipótesis de que tiene un origen natural: la forma en cómo los bebés dan a entender que quieren o no más leche. Se acercan a su madre buscando su alimento con un movimiento similar al de nuestra afirmación, se alejan mostrando su rechazo al mover la cabeza lateralmente.

Al repasar este breve almanaque de gestos extraviados, recuperados y persistentes, no puedo sino seguir pensando en cuál será el destino de los abrazos. Aunque han entrado en una etapa de cambio y desuso, no creo que se encuentren en peligro de extinción. No al menos con nuestros seres amados, no en las celebraciones importantes, no al enlazarnos al lado de otros para una fotografía en un abrazo lateral. Pero quizá dejen de ser por un tiempo la muestra de afecto y solidaridad más usual entre extraños, colegas o recién conocidos.

Hace más de año y medio, cuando salía de la estación del metro cercana a mi casa, solía encontrarme con frecuencia a un par de adolescentes entusiastas y almibarados. Sostenían una cartulina llena de diamantina que, con colores brillantes, anunciaba: SE REGALAN ABRAZOS. Siempre les saqué la vuelta, huyendo de ellos con cierta antipatía que me producía su interés por apagar incendios forestales con vasos de agua. Más que hacer una buena acción, lo que quieren es verse a sí mismos como protagonistas de los gestos nobles y, de paso, tener un poco de contacto físico, un universo intrigante en esa edad, solía pensar para mis adentros mientras apuraba el paso. No obstante, ahora mientras pienso en ellos recluida en las paredes del departamento, caigo en cuenta de que mis deseos de verlos marcharse se han convertido en realidad. Escribo estas líneas para recordarlos con una mezcla de enemistad y nostalgia, sólo como método preventivo en caso de que nunca vuelvan.