Tierra Adentro

Ella siempre se consideró una persona nocturna.

En las mañanas nunca puede concentrarse. Despierta cansada; su cuerpo se adhiere a su cama como si se tratara de un recién nacido sobre el pecho de su madre. Sus huesos se vuelven densos mientras duerme y sus músculos olvidan su función. Ella tiene que concentrarse en cada célula de su cuerpo para obligarlas a romper la inercia, una a la vez: primero el pulgar de su pie izquierdo tiembla, luego su tobillo gira, con suerte su rodilla se dobla. Con paciencia, ella logra levantarse.

Cuando era niña, esta rutina infernal era obligatoria todos los días. La escuela empezaba a las siete de la mañana y desde las seis ella estaba negociando con sus células: Vamos, un día más y les prometo que volveremos a acostarnos en la tarde. Vamos, quizás hoy aprenda algo interesante. Vamos, por favor, necesito moverme, se está haciendo tarde, no hay tiempo que perder, todos mis compañeros llegan a tiempo y llenos de energía y yo a veces necesito que mi papá me cargue hasta el transporte de la escuela, es una vergüenza…

Ahora que es mayor, ella procura obedecer la tendencia de su cuerpo a quedarse horizontal. Guarda sus energías y las negociaciones para los momentos en los que levantarse no es debatible. Los demás días, ella duerme toda la mañana y se permite las horas necesarias para transicionar del sueño a la vigilia. Una vez despierta, pasa la tarde entera habitando su vida desde su cama. Sabe que su mente funciona mejor mientras menos esfuerzos físicos realice. La cama es una mesa, un avión, una oficina, una biblioteca, un jardín. Ella prefiere actuar con la luna en la ventana, con los pies lejos del piso, con la columna paralela al horizonte lleno de estrellas lejanas.

Es lunes y ella despierta. La asusta la oscuridad en la habitación: hace años que no despertaba antes que el sol. Siente una inquietud en los huesos. Tarda unos segundos en reconocerla: su cuerpo quiere moverse. Su cama la expulsa de su superficie sagrada. De un brinco, ella se levanta.

Observa el cielo oscuro en la ventana y distingue los primeros tonos rojizos del amanecer. Luego da unos pasos para atrás y cae de sentón en el piso. Mira a su lado: en el lugar donde estaba su cama, ahora un hombre le ofrece la mano para levantarse. Ella acepta sin dudarlo, algo en el rostro amable de aquella persona le inspira confianza absoluta. Le recuerda a algún hombre que conoció en su infancia, pero las caras de su pasado están demasiado difuminadas para ser nombradas. El hombre cama le señala la puerta y ella entiende que es momento de salir.

Dan un paseo por las calles solitarias. Hay tantas cosas que ella no había visto jamás: la panadería recién abastecida, el chico que reparte periódicos en bicicleta, la vecina que pasea a sus perros en bata, los colores del sol naciente bailando en el reflejo de las ventanas. El hombre cama la lleva por el parque, donde ella tarda en recordar que a veces la gente corre por gusto y no para escapar de algún peligro. El hombre cama la sube a un camión, donde a ella le sorprende el pulso tan preciso de una mujer que se maquilla los ojos en movimiento. El hombre cama la guía por el mercado, donde ella llora conmovida por las frutas, por los gritos, por la gente.

El hombre cama la abraza mientras ella llora conmovida. 

Pasan el día entero afuera. Ella empieza a pensar que quizás su vida horizontal fue solo un sueño, que apenas nació esa mañana cuando el hombre cama la ayudó a levantarse del piso. Siente una gratitud tan profunda que su cuerpo entero se infla como una nube. Flota de vuelta a su casa justo después del atardecer. 

Ella suele desvelarse, pero el hombre ha vuelto a ser cama y ella sólo puede pensar en dormir. Se acuesta y se deja llevar de nuevo, esta vez por un paseo imaginario. Pero algo está fuera de lugar. En su sueño, cientos de hombres idénticos a su cama la siguen por todos lados. Ella trata de correr, no por gusto sino para escapar de un peligro inexplicable. 

Despierta de nuevo en la oscuridad. Siente que su cama la expulsa y se levanta con el corazón en la garganta. Observa la ventana: la cara del hombre cama la mira en el reflejo. Ella cierra la cortina, pero siente que aquellos ojos vagamente familiares la siguen mirando desde algún lugar. Voltea hacia atrás: su cama sigue siendo cama. 

Aunque todavía es de madrugada, ella sale a dar un paseo. La panadería sigue cerrada y en la calle no hay nadie más que un par de jóvenes borrachos en una esquina. Ella siente que sus células le ruegan regresar. Sin la guía del hombre cama, no sabe a dónde ir y la marean las calles laberínticas. Deambula por horas hasta que logra encontrar su casa.

En su cuarto, su cama todavía es cama, pero la mirada del hombre sigue asediándola desde un lugar incierto. Ella se acuesta y sus células se relajan. Sus músculos se vuelven densos y sus huesos olvidan su función. Su cuerpo se adhiere a su cama, pero ella sabe que esta vez es definitivo: está condenada a ser una persona nocturna para siempre. 

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