Introducción a la historia como lucha: apología de Marc Bloch
Hubo una vez un historiador que escribió un libro que respondía una severa pregunta de su hijo: “Papá ¿Qué es la historia?”. Sin embargo, libro no solo era una tarea paternal, pues el historiador escribía mientras su país, Francia, estaba ocupada por los nazis. Él mismo participa en la Resistencia y terminó el libro ya secuestrado por la Gestapo, que lo fusiló en 1944. El manuscrito del texto fue publicado póstumamente bajo el título Apología para la historia o el oficio de historiador y ha sido parte fundamental de la formación de decenas de historiadores en todo el planeta. Su autor es el heroico Marc Bloch (1886-1944). Este adjetivo no se le otorga como figura fundacional para el ámbito intelectual de la disciplina histórico, lo que le causaría disgusto si estuviera vivo, sino como un ciudadano judío que fue parte de la resistencia organizada frente a la ocupación de las fuerzas del Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial.
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Durante la redacción de este brevísimo homenaje, sucedió que en Francia se le hizo un gran honor a Bloch. El 23 de junio de 2026 se declaró su ingreso al Panthéon.1 Encabezada por Marcon, esta ceremonia fue ante todo simbólica, pues la familia no permitió la exhumación del cuerpo y prefirió que permanecieran en su lugar de enterramiento original, por lo que en el Panthéon solamente se instaló un cenotafio conmemorativo en su memoria y en la de su esposa Simonne Vidal. Así, Marc Bloch es el primer historiador en ser incorporado al Panthéon, reconociendo simultáneamente su contribución intelectual —fue cofundador de la corriente historiográfica bautizada como Escuela de los Annales— y su compromiso cívico frente a la invasión.
Marc Bloch nació en el 6 de julio de 1886 en Lyon en el seno de una familia judía. Su vida y su obra quedaron atravesadas por las grandes tragedias de su tiempo: combatió en dos guerras mundiales, presenció el colapso de la Tercera República francesa y terminó siendo fusilado por la Gestapo en 1944 por su participación en la Resistencia contra la ocupación nazi. En todo caso, reducir la figura de Marc Bloch a la condición de mártir es igual de injusto que reducirlo a la de gran académico. En su vida y obra, ambas dimensiones convergen y se puede considerar que su asesinato a manos de los nazis fue consecuencia de convicciones que también orientaron su trabajo intelectual: el historiador no debe contemplar el pasado desde una distancia segura, sino en interpretarlo críticamente como origen el origen de las fuerzas que moldean el presente.
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Cuando Bloch comenzó su carrera universitaria, la historiografía europea seguía dominada por una tradición decimonónica centrada los hechos políticos, las guerras y las biografías de los poderosos gobernantes. Y es que, durante el siglo XIX, histórica atravesó un momento de consolidación e institucionalización como disciplina. Poseía sus propias metodologías, tenía una identidad académica y era una profesión que se podía estudiar en las universidades, no solamente un oficio practicado por los “hombres de letras” a la vez que la filosofía, la filología u otras disciplinas humanísticas. Este proceso de constitución académica tuvo un campeón: el gran historiador alemán Leopold von Ranke. Sin embargo, esta tradición historiográfica operaba en torno a un universo eminentemente político: la historia aparecía como una sucesión de reyes, tratados y batallas. Por una parte, la disciplina se fundaba en una metodología en la que el documento era el pilar de la argumentación histórica. Sin embargo, los actores sociales cuyas vidas podían ser documentadas por escrito y más en tiempos remotos, eran las de los reyes, la nobleza, los papas y otras élites. Por otra parte, estos relatos históricos enfocados en la política y en la nación, fueron herramientas legitimación y propaganda de los nacientes estados nacionales modernos.
Marc Bloch, a través de su práctica y reflexión historiográfica, contribuyó decisivamente a desmontar esa única visión sobre el quehacer de la historia como disciplina y sobre sus capacidades para explorar nuevos universos temáticos. Junto con el historiador Lucien Febvre fundó en el año de 1929 la revista Annales d’histoire économique et sociale (Anales de historia económica y social), origen de lo que más tarde sería conocido como la corriente de la Escuela de los Annales. El proyecto proponía una auténtica transformación en la disciplina histórica y que obviamente conllevaba cambios metodológicos. Se proponía estudiar la historia, tomando en cuenta a la sociedad en su conjunto, no solamente los procesos políticos y militares. Eso implicaba incorporar herramientas de la geografía, la economía, la sociología y la antropología. En ese sentido, la pregunta histórica ya no era únicamente qué había ocurrido, que antes derivaba en listados de acontecimientos y cronologías simples, sino cómo vivían las personas, cómo trabajaban, qué creían, cómo imaginaban el mundo y qué estructuras condicionaban sus acciones e ideas. Por ello, la simple recopilación documental y su ordenamiento no era suficiente para lograr comprender los procesos sociales a través de la historia. Por ello, la misma actitud disciplinaria se debía transformar, de manera que se debían de plantear problemas históricos que debían ser abordados desde una propuesta interpretativa por parte del historiador. En ese sentido, la historia se volvía una disciplinar interpretatva. Las ideas promovidas por Bloch y Febvre, así como de varias generaciones posteriores, buscaban dejar de ver a la historia como una galería de héroes para convertirse en una ciencia integral de las sociedades humanas.
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Marc Bloch materializó esta nueva manera de hacer historia en una obra Los reyes taumaturgos (1924). En él, manifestó su interés por fenómenos que según los canones seguidos por los historiadores de su época consideraban irrelevantes. Su libro estudiaba una creencia aparentemente absurda: la convicción de que ciertos monarcas tenían la capacidad de curar enfermedades mediante el contacto físico en reinos franceses e ingleses de la época medieval. Lo importante para Bloch no era determinar si aquello era verdadero o falso. Lo importante era comprender por qué millones de personas habían creído en ello durante siglos. La pregunta desplazaba el foco desde los hechos políticos hacia las mentalidades colectivas y los fenómenos socioculturales. Para Bloch no se debe estudiar el “milagro” cometido por los virtuosos reyes para confirmar o negar su realidad, sino para revelar cómo las sociedades producen, mantienen y transforman creencias que dan sentido al poder político; las sociedades no están hechas únicamente de instituciones y bases económicas; también están hechas de imaginarios y valores comunes. Esa perspectiva abrió el camino a la historia de las mentalidades, la antropología histórica y, a un largo desfile de estudios culturales.
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En todo caso, quizá ninguna sus obras han sido tan influyentes como Apología para la historia o el oficio de historiador; una genuina reflexión sobre el propio trabajo histórico. Como ya se mencionó, ésta fue escrita durante la ocupación alemana y publicada póstumamente. En sus libros habitan ideas y debates sobre la observación histórica, la crítica y diversidad de fuentes, los límites del historiador, la interpretación de la historia y sus alcances a nivel social, pues “la incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado”, frase
que se cita a menudo olvidando que Bloch añadía inmediatamente una advertencia igual de importante: tampoco puede comprenderse el pasado sin conocer el presente. Para él, la investigación histórica era un diálogo permanente entre ambos tiempos, pues las ideas, valores y prejuicios del historiador no solamente no pueden sacudirse, sino que es necesario hacerlos visibles en las preguntas que uno le pregunta a los documentos, con la actitud con la que se enfrenta al pasado, y los problemas que se plantean para darle sentido a la investigación histórico. El historiador no era un coleccionista de curiosidades antiguas, sino un agente de su propio presente que al que cuestiona y busca respuestas en el pasado.
Mientras escribía el libro, los nazis ocuparon su país. Bloch a sus más de cincuenta años participó en actividades clandestinas, colaboró en la organización de redes de resistencia y contribuyó a la lucha contra el nazismo. En marzo de 1944 fue arrestado por la Gestapo en Lyon. Tras ser torturado durante semanas, fue ejecutado junto con otros resistentes el 16 de junio de ese mismo año. Tenía cincuenta y siete años.
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Tal vez las palabras más poderosas que plasmó en su Apología, faro de quienes nos dedicamos al oficio de historiar, son más que entrañables y duras como un mandato moral. Marc Bloch presenta una anécdota notable durante un viaje a Estocolmo que realizó junto al historiador Henri Pirenne. En estas palabras se manifiesta el espíritu de dos grandes historiadores. Al llegar a la ciudad, Pirenne mencionó: “¿Qué vamos a ver primero? Parece que hay un ayuntamiento nuevecito.” Después añadió como si quisiera evitar mi asombro: “Empecemos por él… Si fuera anticuario, no tendría ojos más que para las cosas antiguas. Pero soy historiador. Por eso amo la vida”.




