Pasión, inteligencia, asertividad. Tres cualidades que definen la personalidad de uno de los hombres más importantes para la cultura mexicana de nuestros días. Pasión por la poesía, por el arte, por las culturas, por la vida; inteligencia para comprender los terrenos que pisaba y los proyectos que llovían en su imaginación; asertividad para moverse en los difíciles campos de la política y renovar a fondo las prácticas de la difusión y la promoción culturales y artísticas en prácticamente todo el país. Ese fue don Víctor Sandoval. Así como se sostiene que José Vasconcelos cambió el rostro cultural de México durante la primera mitad del siglo xx, considero que don Víctor hizo lo propio para la segunda mitad, legado que aún permanece y se incrementa a través de infinidad de instituciones, premios, encuentros, publicaciones, una cauda de artistas que apoyó y un sinfín de promotores culturales que con vehemencia orientó a lo largo y ancho del país.
En oficinas, casas, templos, museos, parques, calles, restaurantes o frente al mar, conversar con don Víctor era una lección permanente. Sus amplios conocimientos por los vericuetos de nuestra historia, su memoria asombrosa, su modestia, su alegría, su amor por lo mexicano, su habilidad para salir prudentemente victorioso en las más diversas batallas, fueron en todos y cada uno de sus días enseñanza y advertencia, ejemplo, disciplina y comprensión. Recorrer con el maestro el centro de la ciudad de México, la avenida Álvaro Obregón, Coyoacán, o las ciudades de Zacatecas, Querétaro, Puebla, Oaxaca y su natal Aguascalientes era una auténtica delicia, una forma nueva de renacer en cada uno de los rincones de la patria. José Guadalupe Posada, Manuel M. Ponce, Saturnino Herrán, Salvador Gallardo Dávalos, Desiderio Macías Silva, su inolvidable mujer María de los Ángeles, sus hijos y sus nietos, así como Saúl Juárez, Marco Antonio Campos, Hugo Gutiérrez Vega, Juan Gelman y un largo pero selectivo etcétera, eran su eterna compañía, espejos desde donde sintetizaba sus pasiones por el arte, por la cultura, por Tierra Adentro, por la amistad, por la vida. Además, como poeta, nos deja uno de los grandes poemas del siglo XX mexicano: Fraguas, donde la ciudad de su niñez y juventud se vuelve eterna.
El pasado mes de enero vi a don Víctor por última vez. Después del abrazo y de preguntarme por Marisol, por nuestros hijos y nietas, me comentó que ya era tiempo para regresar, aunque ahora solo, al modesto hotelito de siempre en las playas colimenses de Cuyutlán, como lo hacía con María de los Ángeles desde recién casados. “Voy a saludarlo” —dijo con mirada pícara y los hombros alzados—, “quizás a despedirme del mar… ¿te parece bien en septiembre o en octubre?” Quedamos de comunicarnos a finales de junio. La sorpresa de su muerte me dolió profundamente. Llevaré sus saludos al mar.
Víctor Sandoval durante
sus años de infancia en la década de los años treinta.
Fotografía: Archivo de la familia Sandoval Ávila.
Víctor Sandoval, el poeta, el promotor cultural, ya no está entre nosotros. Llueven sobre Aguascalientes los versos de la imaginaria “Fraguas”: Si naciste en Fraguas / olvídate de todo. / Fraguas es una hoja en blanco, / La memoria no existe. Con esos versos concluye “Fraguas”; el poema está terminado y el poeta sabe el origen y destino de las palabras que iluminaron su camino. El poeta ha sido sobrio y exigente. Se niega a llenar páginas con vacíos. Sólo quiere verter lo que el venero de su poesía le ha permitido volver palabra, verso, canto. El promotor cultural ha sido extenso y múltiple en su obra.
Siempre entre el “pie de verso” escrito en la página y los deberes de la oficina pública. Entre la admiración por Ramón López Velarde y la búsqueda de esa patria de todos. La tierra de nuestros mayores que es la nuestra. La que debe prepararse para los que vendrán después de nosotros. La de oportunidades de acceso a los bienes y servicios culturales para un número mayor de mexicanos que habitaban esa extensa geografía patria. Mente creativa. Una casa de cultura. Otra era su visión de las cosas. Un corredor de casas de cultura. Otra su dimensión de la patria de todos. Una Institución Estatal de Cultura. Otras las necesidades. Un corredor cultural regional para que fluyera el conocimiento de las artes. Que transitaran por ahí las obras y sus creadores. Los circuitos artísticos. Los festivales. Los encuentros entre los creadores y su público. Una revista cultural que desde el fulgor de su nombre lopezvelardeano, abarcara a los mexicanos de todas partes del país: Tierra Adentro, revista cultural nacida en Aguascalientes. El premio nacional de poesía Aguascalientes para sustituir a los juegos florales de la patria chica. Un premio nacional de arte joven para pintores de todo el país. Encuentros, festivales, infraestructura cultural. Un ir y venir por todas partes con la mente dinámica y la acción dispuesta. Si el presente demandaba acciones lúcidas e imaginativas para crear un mejor país, el pasado había legado un patrimonio artístico que nos proporcionó identidad y pertenencia, que debían proyectarse hacia el futuro. Mantener y preservar ese patrimonio no sólo era un deber, sino una obligación. Dígalo si no la intensa labor de don Víctor para crear en Aguascalientes, entre otros, el Museo José Guadalupe Posada, para promover y difundir la vida y la obra del grabador. Pionero en muchas gestiones relacionadas con la promoción cultural. Enarboló siempre la bandera de la descentralización para disminuir asimetrías buscando la igualdad de oportunidades para los estados del país. Comprendió, e hizo entender, que no se podía ver sólo al centro del país y su capital como si se mirara el todo. Érase un norte y un sur. Érase el mar al oriente y al occidente también: México, un país con sus cuatro puntos cardinales pletórico de habitantes compartiendo los mismos rasgos de identidad enriquecida por la diversidad y la pluralidad de sus regiones culturales. Rápidamente aprendí con don Víctor la regla básica: “La cultura no se lleva ni se trae, se preserva, se promueve y se difunde.” Muchas son las medallas y preseas obtenidos por don Víctor Sandoval a lo largo de toda una vida dedicada a la poesía y a la promoción cultural. Justo sería que las instituciones a las cuales sirvió con eficacia y lealtad instituyeran una con su nombre para reconocer el mérito en el campo de la promoción y gestión cultural. Esto honraría la memoria del maestro Sandoval y a las instituciones que lo otorgaran, pues con ello reconocerían en él a uno de sus mejores hombres. Un hombre de corazón amplio y reconocida vocación de servicio.
Para el Maestro, sólo estas palabras de reconocimiento y gratitud esperando lo acompañen en su viaje hacia la luz: Gracias, don Víctor. Gracias por todo.
San Pedro Garza García en Monterrey, Nuevo León, es el municipio más rico de México y América Latina. Mauricio Fernández Garza, dos veces ex alcalde de esta demarcación, es conocido por su franqueza delirante: nada más enrarecido que un político con tintes monacales. El Alcalde (2012, 80 min., Bambú TV ) es un documental que describe una etapa salvaje de un país marcado por la violencia y el desprestigio de la clase gobernante.
Polémico hasta el extremo, coleccionista tanto de opiniones lapidarias en su contra como de ardientes manifestaciones de apoyo, egocéntrico y excéntrico, rudo y directo, rebelde ante todo lo que no cuadre con las convicciones propias, dueño de una mansión que es al mismo tiempo una obra de arte y una galería ecléctica, viajero constante, millonario y bon vivant, el dos veces ex alcalde del municipio de San Pedro Garza García, Nuevo León, Mauricio Fernández Garza, hasta hace poco más de un año parecía tenerlo todo, excepto un filme sobre sí mismo, realizado no por iniciativa suya sino debido a la curiosidad periodística de los autores, donde pudiera narrar en primer plano y de viva voz su historia para someterla al juicio de los espectadores. Ya lo tiene. Se trata del documental El alcalde, dirigido por Carlos F. Rossini, Emiliapor Bambú Audiovisual, Imcine/Foprocine. En junio de 2012, durante una visita a Monterrey, al toparme con Diego Osorno, me invitó a la primera exhibición de su película en la ciudad.
Lo primero que me cruzó por la mente fue preguntarme qué sentido tenía ver un documental sobre un político, sobre todo en un momento tan cercano a las elecciones, cuando las promesas de campaña y las rencillas entre los diferentes candidatos presidenciales habían agotado mi tolerancia respecto al tema.
No obstante, en cuanto recordé algunas anécdotas sobre Mauricio, y sobre todo ciertas historias de su gestión como munícipe, acepté de buena gana. Creo que hice bien, pues uno de los parlamentos del filme que se me grabaron decía más o menos: “La gente está harta del político mentiroso, del político oportunista, del político ratero… yo no soy político, lo que me interesa es mi patria”. Palabras que parecen demasiado sobadas (incluso las de “yo no soy político”, que recuerdan a Gabriel Cuadri), pero que en boca del protagonista dejaban un poco de espacio para la duda o la aceptación. ¿Por qué? Porque es de todos sabido, por lo menos en Nuevo León, que la fortuna de Mauricio Fernández se acumuló mucho tiempo antes de que decidiera contender por la alcaldía por primera vez, porque asimismo se sabe que la gente le pidió que se postulara, porque si de algo se le ha acusado no es de mentir, sino de su exceso de franqueza, que a veces raya en tonos de brutalidad.
El alcalde es una película con un solo personaje, un largo monólogo donde los realizadores ocultan las preguntas que le hicieron al protagonista, aunque los espectadores pueden adivinarlas fácilmente; un juego sutil de acercamientos y distanciamientos al rostro de Mauricio Fernández mientras cuenta su historia, sólo interrumpido de cuando en cuando por tomas a los techos moriscos de su residencia, a Es de todos sa bido, por lo menos en Nuevo León, que la fortuna de Mauricio Fernández se ac umuló mucho tiemp o antes de que decidiera contender por la alcaldía por primera vez sus piezas de arte contemporáneo o prehispánico, a su colección de fósiles, por películas de sus cacerías y por algunas notas de noticiarios televisivos que sirven de apoyo al relato. En ella, el ex presidente municipal de San Pedro parece encarnar el más feliz estereotipo del norteño: abierto, veraz, acaso un poco pagado de sí, sincero, retador, simpático, versátil, sencillote, malhablado, alegre, satisfecho de sus logros. No importa el tema que aborde —su adolescencia, la cacería como pasión, su lucha contra el narco, sus problemas con la federación, sus posesiones— poco a poco seduce al espectador, eliminando sus opiniones preconcebidas, sus tapujos y prejuicios, hasta echárselo a la bolsa. Es fácil, por ello, darse cuenta de por qué los realizadores decidieron centrar el filme en un primer plano de su persona y el relato en sus palabras, tras eliminar el resto del material acumulado durante la investigación. Es fácil reconocer aquí el olfato periodístico de Diego Enrique Osorno, así como su instinto de narrador. Es fácil, en fin, advertir que el éxito de un documental como este iba a depender de la empatía que el ex alcalde despertara en el público. Si con cualquier otro personaje una película de tales características corría el riesgo de convertirse en un bodrio somnoliento, con Fernández Garza resulta un modo interesante, novedoso, divertido e incluso emocionante de entender la actualidad de nuestro país.
Luego de la realización de El alcalde, es seguro que las discusiones en torno a Mauricio no sólo continuarán entre los nuevoleoneses, sino que subirán de tono, ahora con información de primera mano. Y seguirán siendo discusiones apasionadas, con arranques de indignación o de ira. Sin embargo, como siempre que se habla de él y de sus acciones, no es difícil asegurar que, incluso al tratarse de sus detractores más firmes, mientras lo critican asomará en sus labios una sonrisa irónica, sí, pero también de orgullo por contar en el estado con alguien dispuesto a “agarrar el toro por los cuernos” y a no titubear si es necesario saltarse las trancas de la legalidad y de la política correcta con tal de amansarlo.
Una de las muchas fuentes del centralismo radica en la incapacidad para crear espacios de diálogo y de construcción de plataformas en aquellos sitios considerados de la periferia. Sin opciones en el horizonte lo más sensato siempre es moverse hacia las ciudades donde se encuentra aquello de lo que se carece. Ésta es una verdad universal que soporta la migración: migrar es más fácil que construir. Desde hace muchos años esta ecuación también se ha aplicado a las políticas culturales de nuestro país, específicamente las editoriales. ¿Dónde se encuentran los grandes corporativos de la edición en nuestro país y sus editores? En la ciudad de México. ¿Dónde se editan más libros, con mejor calidad y con un alcance real de lectores y de prensa? En la ciudad de México.
“Hasta ahí un problema reconocible, aceptado, digerido ya.” Un lugar común si se quiere ver. Lo inédito es que desde hace algunos años persiste un boom de editoriales independientes en nuestro país cuya base de operaciones no es ya la ciudad de México sino ciudades como Guadalajara, Oaxaca y Monterrey.
En Monterrey, desde hace algunos años ha venido ocurriendo un proceso similar de edición independiente, término que también se presta para amplia discusión, pero si lo vemos como la edición que un particular empieza sin el apoyo de una editorial trasnacional podríamos limar una primera aspereza de las muchas aristas que tiene el tópico. Durante algún tiempo, para poder ser publicado en Monterrey existían sólo dos caminos: ser editado en la Secretaría de Cultura del Estado o bien, en la Dirección de Publicaciones de la Universidad Autónoma de Nuevo León, con tirajes cortos, poca difusión (que sólo alcanzaba con hacer una presentación del libro) y peor aún, poca distribución. Los libros resultaban opacos apenas salían de la imprenta. Se presentaban por lo general una vez y después se donaban a bibliotecas cuando mejor les iba.
El sello que cambió ese panorama fue Editorial Castillo, del librero Alfonso Castillo. Su casa editora fue producto de su cadena de librerías norteñas y pronto atrajo la atención de una generación de escritores del norte. En esta casa publicaron autores como Hugo Valdés y Alfredo Espinosa, por mencionar algunos, pero lo que sorprendió fue que Castillo se hiciera con los derechos de la obra de Elena Garro, una de las autoras consagradas de la literatura mexicana aunque ya poco publicada en esos días. Cuando Castillo dejó la estafeta y se consagró a publicar literatura infantil y juvenil y libros de texto, con tan buen éxito que la editorial terminó siendo vendida al grupo McMillan, la estafeta de las ediciones independientes en Monterrey contaba ya con otros proyectos editoriales. Uno era el del grupo de escritores de la Mancuspia: Héctor Alvarado, Dulce María González, Mario Anteo y Patricia Laurent Kullick, quienes editaban el sello de los Libros de la Mancuspia de autores regiomontanos, de tiraje corto, casi de bolsillo, libros sin solapas, pero con buen papel y buena edición donde se publicaban autores noveles como Jáqueline Zúñiga, Cuitláhuac Quiroga, Luis Javier Alvarado y los mismos integrantes del grupo. Los Libros de la Mancuspia fueron quince en total.
El otro proyecto es la aún vigente Ediciones Oficio, que surgió de una revista de cultura democrática con más de veintitrés años de antigüedad y del mismo nombre. Oficio es dirigida por el poeta Arnulfo Vigil y tiene en su catálogo a escritores nuevoleoneses, de corte nacional e internacional con géneros como poesía, cuento, novela, ensayo, reportaje, entre otros. Uno de sus autores, por ejemplo, ha sido Diego Osorno. También, durante finales de los años noventa surgió el proyecto de la poeta Alexandra Botto, Homo Scriptum. Había otros proyectos aislados como Cuadernos del Topo, dirigido por el escritor Hugo Valdés. Estos libros eran editados por el Municipio de Escobedo Nuevo León; algunos títulos fueron El sol sea con nosotros, de Ramón López Castro. Similar a estos ejercicios, la poeta Minerva Reynosa, Óscar David López y Gabriela Torres Olivares contaban también con Harakiri Plaquettes, donde publicaban a autores jóvenes y donde también vieron a la luz textos suyos. En toda esta primera etapa las características principales de las ediciones regiomontanas fueron: impresiones de tiros breves, ediciones con buen cuidado editorial, cajas de texto con cierta intuición formal, pero donde el libro procuraba ser lo más barato posible para que pudiera venderse o agotarse su tiraje en las presentaciones del mismo, salvo los libros de Editorial Castillo que llamaban la atención por lo contrario: usaban un papel caro para el momento (cuché), además de invertir mucho en el diseño. Aún así, la mayoría de los escritores publicados eran locales o bien, escritores de corte “nacional” que tenían lazos con los editores regiomontanos, que no necesariamente entregaban obras “vivas”.
Cuando estas editoriales tendieron a la baja al desaparecer por el cambio de ciudad de los dirigentes de los proyectos, la vida regiomontana en torno al libro terminó volviendo a sus cauces tradicionales, las publicaciones en la unal o del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León. Sin embargo, desde hace cinco años aproximadamente han surgido en Nuevo León una serie de editoriales nuevas e independientes que se han sumado con éxito en el mundo editorial regiomontano y nacional.
Una de ellas es Posdata Editores, dirigido por el poeta José Jaime Ruiz e Iván Trejo. Posdata se enfoca en la publicación de poesía y también cuenta con una línea de relato corto o microficción, La hormiga iracunda, única en Latinoamérica, donde ha publicado a autores como Ana María Shua y Alberto Chimal. Su catálogo de poesía se concentra en poetas latinoamericanos y polacos y es, además, envidiable. Tiene entre sus autores a personalidades como Paulina Vinderman, Rafael Courtousie, Juan Gelman y Juan Manuel Roca, o el regiomontano Guillermo Meléndez. Posdata está agrupada dentro de la Asociación de Editores Mexicanos Independientes, lo que le permite llevar sus publicaciones a diversas ferias del libro en todo el país. Vaso Roto es otro sello regiomontano que también ha traspasado las fronteras. Dirigido por la poeta y traductora Jeanette L. Clariond, los alcances de Vaso Roto giran en otro engrane: cuenta con bellas portadas y un cuidado editorial profesional, en gran medida publica traducciones de poetas europeos, árabes o de otras latitudes. Tiene en su catálogo a autores como Charles Simic, Harold Bloom, Abbas Beydoun, Ledo Ivo, Adonis y el ensayista Michael Taylor. La línea editorial de Vaso Roto también contempla ensayo, narrativa y literatura infantil.
Junto con estas editoriales han surgido otras con líneas temáticas similares en cuanto al hecho de hacer más profesional la edición, impresión y diseño, sin importar el material con el que están manufacturados los libros. Me refiero a la Regia Cartonera, proyecto dirigido por Nervinson Machado y Laura Fernández. Lo primero que llama la atención de estos libros es que tienen, a diferencia de otras cartoneras, un cuidado editorial y una formación de página envidiable. El diseño de sus tapas es también de mucha calidad y no es raro encontrar obras de artistas gráficos que le dan vista al cartón. Son libros de cartón, cosidos y pegados, y también tienen una rigurosa selección de textos y cuentan entre sus autores con Raúl Zurita y Carlos Velázquez.
Existen otros proyectos editoriales interesantes en la ciudad, Editorial Acero, por ejemplo, que publica narrativa. El año pasado convocó a un premio internacional de novela que obtuvo el narrador español Manuel Luaces. Acero además es parte del grupo independiente Fractal Editores, que también publica poesía. Este proyecto lo dirige Xitlally Rivero, Norma Roffe y el escritor Felipe Montes, entre otros y tiene su salida de ventas en sitios web como Amazon, Lulu y Apple Store.
Hay otro par de noveles editoriales regiomontanas, una es Analfabeta, dirigida por Sara Sánchez, Alejandro Vázquez, Carlos Lejaim y Francisco Blando. Analfabeta realiza libros artesanales impresos bajo demanda y tienen dos líneas editoriales: Alfa, para libros de ficción o creativos y Beta, para todos los títulos de ensayo, historia o crítica. La otra editorial es Ediciones Intempestivas, dirigida por Héctor Alvarado y Livier Fernández. Ediciones Intempestivas apuesta por autores locales, con ediciones limpias, en formato casi de bolsillo y son la revisión, la versión 2.0, digamos, de los antiguos libros de la Mancuspia.
Lo que engloba a todas estas editoriales es que han subido el nivel de calidad y la apuesta por autores de otras latitudes. Vaso Roto, por ejemplo, casi no ha publicado a autores regiomontanos, salvo a la narradora Dulce María González, lo mismo que Posdata Editores que tiene un pequeño porcentaje de regiomontanos en su catálogo. También, estas editoriales han dejado de ver a Monterrey como un proyecto finito, sino como punto de partida. Sus libros se encuentran lo mismo en las principales librerías de la ciudad de México como en Madrid. Organizan concursos internacionales como Editorial Acero o bien compaginan su propuesta editorial con talleres y seminarios como es el caso de la Regia Cartonera. Han salido de las fronteras del cerro de la Silla. Hacen, buscan autores con más proyección, cada vez asisten a más ferias libreras fuera de la ciudad. Concretan redes y alianzas, aunque no necesariamente van en grupo para buscar más opciones de distribución, un punto que deberían hablar. Del lado de las instituciones, la uanl también ha dado un cambio de timón porque han hecho coediciones con editoriales como Anagrama, Destino, Praxis, Jus, Almadía. Célebre es la antología de narradores regiomontanos que esta casa editorial publicó con Anagrama. Mejores autores, mejores ediciones, un plan de distribución y difusión mucho más ambicioso han puesto a las nuevas editoriales regiomontanas en otro camino. Tal vez no se convertirán en trasnacionales, pero es seguro que lograrán conformar catálogos que sobrevivirán al tiempo. Aunque sean de una ciudad afincada en el desierto, estas editoriales son finalmente un oasis que tiende a convertirse en palabras frescas para revivir un poco en la árida estepa regiomontana donde la televisión basura y la cultura del trabajo tienen cegada, de otro modo, a la gente.
“Escribo por las mañanas”, decía don Víctor, aquí en el estudio de su casa, en 1959.
A Víctor Sandoval lo conocí luego que, gracias a sus gestiones y apoyos al frente del Consejo Regional de Bellas Artes, zona centro, que agrupaba diversas casas de cultura en 1974, se fundara en San Luis Potosí el primer taller literario dependiente del inba fuera de la capital. Mi edad, en 1975, era de veinticinco años. Fue entonces cuando un sábado, en la sala donde sesionaba dicho taller, se abrió la puerta y el arquitecto Javier Cossío, director de la institución, anunció al “maestro Víctor Sandoval”. Todos los presentes, a excepción del coordinador, Miguel Donoso Pareja, nos quedamos en nuestros asientos, acaso porque chocaba contra las ideas que creíamos comunes al grupo el mostrar respeto a lo que suponíamos autoridad o burocracia. Luego, cuando el maestro Sandoval se dirigió a nosotros sentí en su voz una mezcla de acentos que me desconcertó, pues en su hablar rápido y, no obstante, claro, había un tono que parecía perentorio y, al mismo tiempo, amistoso y solidario. Pocos meses después él decidió que las reuniones del taller, que eran quincenales, se alternaran entre las casas de cultura de San Luis Potosí y Aguascalientes.
De esta manera, en 1976, luego de la sesión vespertina de un viernes, en Aguascalientes, asistimos a una conferencia impartida por Arturo Azuela. Al finalizar se ofreció un brindis y hubo bocadillos. Con nosotros, como integrante del taller, se encontraba Alejandro, el hijo del maestro Sandoval. Y alrededor de las once de la noche sólo nos encontrábamos en el lugar algunos integrantes del taller y el coordinador, con permiso de Víctor Sandoval. El pequeño auditorio de la Casa de la Cultura estaba situado en el primer piso, con tres balcones que daban a la calle, frente a una funeraria. Las botellas de vino sobrantes se quedaron con nosotros y así se armó una borrachera generalizada. Había en el lugar un piano vertical que alguien comenzó a tocar. Sobre sus teclas se derramó vino en varias ocasiones. Se bailó. Se leyó poesía. Se cantó. Y uno de los balcones sirvió como mingitorio al aire libre, frente a la funeraria que brindaba su servicio esa noche. Muchos años después, en 2009, tuve el privilegio de participar en Aguascalientes, con Marco Antonio Campos, en la presentación del libro que reunía la obra del maestro Sandoval: Poesía reunida (Fondo de Cultura Económica, 2008). Tras la ceremonia fuimos invitados a cenar y ya en el restaurante, estando frente al maestro, le conté aquel desaguisado de 1976, bajo la creencia de que él no se había enterado. “Claro que me di cuenta”, me dijo con esa sonrisa espontánea y pícara que lo distinguía, “a ustedes no les dije nada, pero a tu maestro Donoso no le fue tan bien, le descontamos de sus honorarios la reparación del piano y yo tuve que disculparme con el dueño de la funeraria”.
Luego proseguimos relatando anécdotas relacionadas con los integrantes y coordinadores de los talleres literarios que él impulsó en diversas ciudades del país. Esa fue la última ocasión que estuve con él y lo vi reír como pocas veces, imaginando las necedades y las inocentadas de aquel grupo de muchachos que encontró su vocación y se formó en la literatura gracias a su visión y sus gestiones.
“Escribo por las mañanas”, decía don Víctor, aquí en el estudio de su casa, en 1959.
Tres acontecimientos asociados con Tierra Adentro coincidieron, curiosa o asombrosamente, en octubre de 1999: la aparición de su número 100, sus veinticinco años de vida y los setenta de su fundador, Víctor Sandoval. Yo dirigía entonces la revista y, para celebrarlos, concebimos una mirada no al cuarto de siglo transcurrido sino al futuro inminente; no a los avatares editoriales de una publicación sino a la materia que les daba sentido. Ese número de aniversario, dedicado a las nuevas generaciones y perspectivas en las artes de México, fue la contribución de Tierra Adentro a la vasta reflexión colectiva que despertó la llegada del año 2000, bajo el lema unificador “Del siglo xx al tercer milenio”. Hoy creo que ese vistazo hacia el nuevo siglo fue la mejor celebración de la labor de una revista que siempre quiso ser un observatorio, una ayudante del porvenir, y el mejor homenaje a un hombre de cultura que lo había dado todo por las nuevas generaciones, por abrir cauces, crear vasos comunicantes entre las artes y animar los espacios con los que México llegaba al fin de siglo.
En las tareas de la cultura, Víctor Sandoval es uno de los constructores del puente entre los dos siglos. Al cumplir setenta años, su labor era parte de la obra cultural del país en el siglo XX, base de la del siglo XXI. La edición especial de Tierra Adentro contiene una entrevista con él que Juan Domingo Argüelles subtituló con sobria precisión: “Medio siglo de poesía y promoción cultural”. Ahí Sandoval se reconoce el “amante de dos amantes” igualmente celosas y posesivas, difíciles de servir y, sobre todo, de complacer: la promoción cultural y la creación literaria. Su dedicación a la primera es tan visible que es común perder de vista la que concedió a la segunda. Pero basta leer el sereno recuento que hace de su vida para descubrir en él al poeta nato, a una sensibilidad precoz en busca de medios de formación y expresión de un mundo interior rico y auténtico. En medio de ese mosaico de revisiones de la novísima creación artística —de las artes plásticas a la música, del teatro al ensayo, de la danza al cine, del videoarte a la fotografía y la poesía—, en medio de la “huida del arte joven hacia el futuro” que traza el ensayo de Raquel Tibol, la remembranza de Víctor Sandoval se lee como una raíz de la que surge esa fuga, la suma intensa de los dos últimos tercios del siglo desde la experiencia de un poeta que también se supo expresar sirviendo, alentando, facilitando, la expresión de otros.
El poeta-promotor, el amante de dos amantes, se despedía del siglo y daba la bienvenida al nuevo, al que todavía pudo acompañar por algo más de una década, con estas palabras: “Se nos ha hecho tarde en este siglo lleno de prodigios y horrores esperando el nuevo milenio… A estas alturas a mí sólo me queda decir, con mi admirado Quevedo: ‘Nada me sorprende, el mundo me ha hechizado’”. Cuento entre mis privilegios su trato y haber sido parte, mínima, de los muchos proyectos y voluntades que su ejemplo y su visión movieron a lo largo de los años.
Víctor Sandoval en 1957, cuando era secretario particular del gobernador de Aguascalientes Luis Ortega y Douglas.
María de los Ángeles, Gelos, y Víctor Sandoval el día de su boda en 1956.
María de los Ángeles, Gelos, y Víctor Sandoval el día de su boda en 1956.
Quiero resaltar un par de colaboraciones que tuve con Víctor Sandoval, a quien conocí en 1960 cuando él era secretario del gobernador de Aguascalientes, y la ciudad, en aquellos años, todavía era bastante mojigata. La primera: el gobernador había decidido que se mejorara el edificio del palacio de gobierno, y a Sandoval se le ocurrió llamar a Osvaldo Barra, un pintor chileno, el último ayudante de Diego Rivera. Sandoval lo invitó para que pintara los murales de las paredes del patio cerrado del palacio. Barra decidió comenzar en el muro del fondo, y como ya existía la Feria de San Marcos, decidió representarla. La feria es un carnaval donde la gente se olvida de su mojigatería y da rienda suelta a sus instintos y deseos de diversión. Osvaldo Barra representó una especie de balcón donde estaban todos los artistas e intelectuales que habían nacido en Aguascalientes: Gabriel Fernández Ledezma y el propio Víctor Sandoval, todos ubicados en el balcón, sólo que justo al centro estaba el fiel retrato de la madama más conocida de Aguascalientes. Entonces, la gente mojigata comenzó a hacer marchas para que se borrara el mural. ¿Qué hizo Víctor? Yo ya tenía prestigio como gente de crítica y hacía comentarios de arte en los periódicos y, con frecuencia, colaboraba en el programa de la cultura de Excélsior. No nos conocíamos. Víctor me llamó por teléfono y me dijo: “véngase”. Fui a Aguascalientes en el vochito que era de Osvaldo Barra (quien por cierto manejaba muy mal, de milagro llegamos vivos). Observé el mural, lo vi muy bien pintado, regresé y le dediqué una página completa en “Diorama de la Cultura”, que en ese entonces salía en un formato grande en el periódico, y se acabó la protesta. La gente más reaccionaria de Aguascalientes, me insultó en sus periodiquitos de a centavo. Me echaron todos los agravios del mundo pero el mural se quedó. Y no sólo se quedó, sino que Osvaldo Barra siguió pintando. Pero esta parte central del mural, que aún se conserva, se quedó.
La segunda: estaba el concurso para escuelas de artes plásticas que había propiciado Víctor en Aguascalientes. Cualquier escuela tenía derecho a participar en este certamen. Los estadounidenses ex veteranos que tenían escuelitas de arte en algunas ciudades y llegaban a participar, también tenían derecho; eran escuelitas, pero sus estudiantes eran personas de edad mayor, ¡gente que había vivido guerras! Eso era hasta cierto punto malo porque estaban los muchachos y muchachas de las escuelas auténticamente de arte, batallando contra esas otras que eran para entretener a veteranos. Un día me llama Víctor y me dice: “Raquel, esto está mal, ¿qué hacemos?” Le contesté: “muy fácil: hay que poner un límite de edad, ponemos como margen treinta años y le cambiamos el nombre, hacemos las Bienales de Arte Joven”. A Víctor le entusiasmó el nombre. Lo oficializó, y de ahí en adelante se resolvió la dinámica. La Bienal se fue para arriba y agarró el prestigio que tuvo durante muchos años.
Víctor Sandoval tenía una enorme virtud: siempre se mantuvo como vigilante de las disciplinas artísticas; nunca miraba las cosas de lejos, y cuando nos reuníamos, cuando íbamos los jurados Víctor se unía a desayunar con nosotros para captar lo que estaba ocurriendo en ese momento. La bienal se fue para arriba y empezó a salir gente joven realmente sorprendente. Muchos que llegaron a ser figuras nacionales emergieron de ahí.
Víctor Sandoval, fundador de la revista Tierra Adentro. Fotografía: Rogelio Cuéllar.
Bajo la guía de don Víctor Sandoval (1929-2013), las disciplinas artísticas realizadas por los más jóvenes encontraron una raíz a la cual asirse. A su partida, el poeta Marco Antonio Campos, amigo y colega del fundador de Tierra Adentro, perfila al poeta y al ser humano, y pone en su justa dimensión al hombre que nutrió y dio carácter a lo que hoy es el programa cultural más generoso para los jóvenes escritores.
Decir Víctor Sandoval es hablar de varias facetas: del infinito promotor cultural, del admirable poeta de Fraguas, del gran amigo de sus amigos. La historia del promotor cultural es una historia que nació hace más de cuarenta años en Aguascalientes y creció en todo el país. Desde hace unos veinticinco años he tenido la oportunidad de trabajar, estando yo en la unam, a menudo con él; lo he visto como director de Promoción Nacional de Bellas Artes (1977-1982), como subdirector de Bellas Artes (1982-1988) y director de Bellas Artes (1989- 1992), como ministro de cultura en España (1992-1994) y como secretario del Seminario de Cultura Mexicana, del cual soy miembro asociado. En esos años he podido observar y confirmar las grandes virtudes de Víctor en tareas: eficacia, imaginación, prudencia, paciencia y una tenacidad invencible. Él formó en mayor o menor medida al equipo que ocupa aún hoy puestos culturales: a Jaime Vázquez, Eduardo Langagne, Enrique Romo, Víctor Manuel Cárdenas y, sobre todo, a mi antiguo y buen amigo Saúl Juárez, que tanto me recuerda en el buen trato a Víctor. Él, a su vez, siempre ha visto como un modelo de su actividad al ex gobernador aguascalentense Enrique Olivares Santana.
El mapa cultural de Aguascalientes sería otro sin Víctor Sandoval. Durante diecisiete años, aquí y allá, alternados, dirigiendo la Casa de la Cultura del estado, o fundando en los años setenta un amplio número de las Casas de la Cultura desde Tijuana a Campeche, cimentó las bases para lo que después serían en el país los Institutos Culturales o, en buen número de casos, las Secretarías de Cultura. Al menos dos museos aguascalentenses, idea y creación de él, son un referente internacional, y dos premios son un referente nacional. Por un lado el Museo de Aguascalientes y el Museo José Guadalupe Posada y, por el otro, el Premio de Arte Joven y el Premio Nacional de Poesía, el más prestigiado y dotado de los premios literarios. En el primero de los museos tiene cabida la obra de Saturnino Herrán, en las salas de la sección del recinto construido por José Refugio Reyes, ¿cuántos y cuántos visitantes no vienen casi en exclusiva a Aguascalientes sólo para ver en directo las obras de Herrán y Posada? Debe recordarse que para salvar la obra de Herrán, para que permaneciera en México, aun ante la irritación de los familiares, Sandoval negoció que se declarara patrimonio nacional, o aún mejor, patrimonio del Estado, como en alguna medida ocurrió en los casos de Posada y Jesús F. Contreras.
No olvidemos que aquí fundó en los años setenta Radio Casa de la Cultura, la Feria del Libro, el Cine Club y un programa de ediciones. En sus años al frente de la Casa de la Cultura, Sandoval convirtió al solar nativo en el estado de la república con mejor infraestructura cultural. Directores posteriores del instituto han preservado y desarrollado esa infraestructura. Nunca ha olvidado a Aguascalientes en los veintisiete años que vivió fuera de la ciudad. El ateo Sandoval ha tenido como santa patrona a su tierra originaria. Él pudo decir, desde joven, esos versos del poema Humildemente de su amado Ramón López Velarde:
Cuando me sobrevenga
el cansancio del fin,
me iré, como la grulla
del refrán, a mi pueblo,
a arrodillarme entre
las rosas de la Plaza,
los aros de los niños
y los flecos de seda de los tápalos.
Cuando el primero de enero de 1977 Juan José Bremer invita a Sandoval a la ciudad de México como director de Promoción Nacional de Bellas Artes, fue una suerte para la cultura del país. Es cuando se idean y se ponen las primeras y modestas raíces para el desarrollo cultural del norte, que ahora tiene en algunos estados una insólita pujanza, cuando se empieza a tejer la gran red de talleres y premios con que cuenta Bellas Artes y echa a andar asimismo diversos festivales: el Festival Nacional de Teatro, el Festival de Arte Popular, el Festival de Danza de San Luis Potosí, el Festival de Música de Cámara en San Miguel Allende. Como se sabe, es también el fundador de la revista Tierra Adentro.
Al pedirle el ex presidente José López Portillo la renuncia a Juan José Bremer en 1982, el nuevo director Javier Barros Valero, quien no conocía a Víctor Sandoval, lo nombra, para la sorpresa del designado, subdirector de Bellas Artes. Me enorgullece recordar que en los años ochenta, cuando él era subdirector de Bellas Artes y yo jefe de departamento y después director de Literatura de la unam, él, Saúl Juárez y yo echamos a andar numerosos encuentros internacionales, nacionales y regionales de poesía, de literatura y de periodismo, de los cuales el que más ha perdurado y del que se siente más cercano es el de Poetas del Mundo Latino, que en su segunda época ha tenido un doble vigor. No olvido en su momento la viva y creativa colaboración que nos dieron generosamente Margo Glantz, Felipe Garrido y Jaime Vázquez en la dirección de Literatura de la unam y, desde la uam, Jorge Ruiz Dueñas y Evodio Escalante. También echamos a andar el Encuentro de Narradores Latinoamericanos en Morelia y el caóticamente exitoso Encuentro de Escritores Jóvenes. Asimismo, Bellas Artes y la unam iniciaron una serie de homenajes a poetas y escritores relevantes que después se volvieron una infinita y mala costumbre. En algo Sandoval, Saúl y yo coincidíamos entonces: dar un vivo apoyo a los poetas y escritores jóvenes, y a los de los estados de la república. México, contra lo que han creído muchas veces en la capital, es un país y no una gran ciudad.
Víctor Sandoval se fue en 1992 a Madrid con cargo de ministro cultural. A él debo haber permanecido cerca de tres meses en la Residencia de Estudiantes. A nadie trató tan bien como a mí. Por varios meses tuve la oportunidad de seguir su trabajo: fundó el Instituto de México, empezó a formar la biblioteca de autores mexicanos en el instituto, llevó a cabo numerosos actos culturales y, sobre todo, como quiera donde que ha pasado, ganó muchos amigos. En los últimos cincuenta años otros promotores culturales han brillado en determinados periodos. Que yo sepa, nadie en México lo ha hecho tanto tiempo como él. En los veinticinco años que lo he visto trabajar de cerca, Víctor siempre parece estar pensando qué nuevo acto cultural, qué nueva exposición, qué nuevo concierto, nuevo aniversario, nueva conferencia o congres organizar. En México, quien asoma mucho la cabeza se la cortan; sin duda una de las causas de la persistencia de Sandoval se ha debido a su discreción, su modestia, su rara y milagrosa mano izquierda. Nunca ha buscado ser foro de arco; nunca, en algo que organiza, ha querido ser la figura destellante. Ha entendido, como pocos, que los puestos son para servir y no para servirse, que en la locomotora uno debe ir en el cabús y no creerse a la vez el dueño y el maquinista. Con habilidad ha buscado ese equilibrio entre el servicio a la comunidad y el servicio a los amigos. Esto es elemental y claro, pero pocos lo entienden: si uno sólo se apoya en los amigos se le ataca por mafioso, pero si no los apoya, cuando vienen los problemas y los conflictos, ¿quién lo va a apoyar si los hizo a un lado? Un puesto, lo ha dicho Sandoval, es para eso, para hacer amigos, y así ha sido su historia; por lo general, los que llegan a los puestos culturales (no es privativo de México) lo que ganan al final son enemigos.
Nada más lejos de Víctor que el burócrata típico que con el menor puesto se encierra en su oficina y es dócil y sumiso con los poderosos y despreciativo y huidizo con los que no tienen poder o no les sirven. Esos, que a menudo confunden un puesto con el poder. Esos, que una vez que llegan a ese puesto se creen importantes, y les ocurre una metamorfosis extrañísima: se vuelven invisibles para la mayoría de los que los buscan. Ustedes marcan a la oficina y la secretaria los borra del mundo: “El licenciado acaba de salir hace un momento, ¿no puede dejar su nombre y número de teléfono y él se reporta cuando regrese?”, “el licenciado está en junta, ¿no puede hablar después?”, “el licenciado está en la otra línea, ¿de dónde habla usted?”, “el licenciado no regresa hasta la semana próxima”, “el licenciado tuvo que verse con el secretario, o el gobernador, o con el importantísimo Perico de los Palotes, o con el más famoso Fulano de Nadie…” Es decir, el licenciado se ha vuelto invisible. No existe. O en el caso de hacer un servicio, que para eso les pagan y para eso están, creen que el pobre beneficiado les debe agradecer por toda la eternidad cada vez que se encuentran, su servicio o favor. Esos que cuando usted al fin los encuentra en la calle o en el pasillo, bajan la vista o hacen que no lo ven. Son los que creen que su oficina es proporcionalmente la Casa Blanca, el Elíseo o el Kremlin. Esos que al perder el puesto vuelven a su condición de nadie. Son los personajes encarnados sin saberlo, de Gogol y de Kafka.
Nada más lejos de eso que Víctor Sandoval. Víctor es de esos hombres que cuando le piden un servicio o un favor buscan hasta lo último hacerle un favor o servicio a quien se lo pide, y si es amigo se desvive por hacerlo. Si pudiera definirlo afectivamente diría que Víctor es un gran amigo de sus amigos y yo, considerándome su amigo, sólo he recibido de él muestras de su bondad. Con él jamás he notado ni la diferencia de edades ni ideológicas. Él siempre ha sido priísta, orgullosamente priísta, y yo he creído que el intelectual no debe tener partido para tener la libertad crítica. No siempre el pri se ha portado bien con él y, curiosa o paradójicamente, la administración panista que ahora se despide, desde el primer día hasta el último, le tendió la mano y escuchó siempre con atención sus propuestas, muchas de las cuales se llevaron a cabo. Tanto el ex gobernador Felipe González como el gobernador interino León Rubio, y muy especialmente Alejandro Lozano, director del Instituto de Cultura, le tuvieron toda suerte de consideraciones, las cuales hoy culminan con la apertura del Centro de Estudios Literarios Fraguas, que lleva el nombre de su mejor poema, sin duda el mejor poema que ha escrito un aguascalentense, y uno de los poemas mexicanos más importantes del siglo que apenas nos dejó, y el cual tiene como fondo la ciudad que llama Fraguas, pero que puede parecerse a Aguascalientes imaginada o soñada por un hombre que se reúne con un grupo de amigos en el Café de Andrea, que es simbólicamente el antiguo Café Fausto del Hotel Francia. Ese hombre, quien es dentro del poema el cronista minucioso del nacimiento, desarrollo, auge y destrucción de la ciudad. Sin buscarlo o quererlo acaso el propio Sandoval, el poema pertenece ya al imaginario colectivo aguascalentense y Fraguas se convierte en Aguascalientes, o mejor, en Fraguascalientes: una ciudad forjada en la fragua, no con hierro sino con palabras. Esas palabras que desdichadamente hoy no pueden oír en su admirable armonía el padre ideal de Víctor, Salvador Gallardo Dávalos, ni el hermano y compañero del alma tan temprano Desiderio Macías Silva, pero que lo acompañan como sombras presentes, como lo acompañamos sus amigos para decirle gracias, muchas gracias Víctor, tú sabes cuánto te debemos y te queremos, y decirte que pocos árboles de setenta y cinco años tienen en sus ramas tal número de buenos frutos.
El Aguascalientes al que vuelves ya es otro. No son los mismos los ruidos de Fraguas, ni existe el yunque de diamante de tu padre ni su tren de esmeraldas. Pero queda el corazón, y en poesía lo que habla es el corazón.
Este texto se publicó originalmente en La Jornada Aguascalientes. Agradecemos a Marco Antonio Campos la autorización para la reproducción del artículo.