ENTRE TACHO Y EL AYATOLÁ: GUERRA, INTERVENCIÓN E IMPERIALISMO ESTADOUNIDENSE EN AMÉRICA LATINA Y MEDIO ORIENTE
La voluntad imperialista de los Estados Unidos de América es un fenómeno histórico que se ha manifestado en intervenciones, guerra y manipulación. Diversas naciones han sido víctimas de la añeja doctrina Monroe, en la que la consigna “América para los americanos” ya no es una máxima independentista evitaba que los gobiernos europeos se inmiscuyeran en la política del “nuevo continente”, sino un despliegue autoritario de la ideología norteamericana para apropiarse de territorios tanto de los pueblos originarios como de influir en la política de sus vecinos. Después de que las dos guerras mundiales permitieran que Estados Unidos se consagrara como una potencia mundial, dicha actitud intervencionista se proyectó hacia cualquier nación que en el que se vieran amenazados sus intereses o los de sus aliados.
La historia reciente de América Latina y Medio Oriente no pueden ser comprendidas, lamentablemente, sin tomar en cuenta el descaro con el que Estados Unidos se ha entrometido en los procesos políticos de ambas regiones. Sin embargo, en pleno recrudecimiento de la Guerra Fría, Latinoamérica y Medio Oriente sucedió un gran suceso intervencionista que hundió ambas regiones en un caos y absurdo político-militar: el llamado escándalo Irán-Contras.
*
El mismo año (1979) en el que Anastasio Somoza Debayle —último heredero de la dinastía que gobernó Nicaragua durante más de cuatro décadas y tío de una afamada conductora de radio— abordó un avión rumbo al exilio después del triunfo de la revolución sandinista, el ayatolá Ruhollah Jomeini regresaba triunfalmente a Irán tras la caída del sha Mohammad Reza Pahlavi. Aunque aparentemente disímiles; ambos fenómenos vistos desde Washington representaban la misma amenaza: la pérdida de dos piezas fundamentales dentro de la arquitectura geopolítica que el Estado Unidos había consolidado en la postguerra: un país cuyo sistema político era un montaje para beneficiar las compañías de frutas de capital estadounidense en Centroamérica y una monarquía absolutista que era un satélite imperialista en Medio Oriente que aseguraba el flujo de petróleo a occidente.
*
En Nicaragua, la dinastía Somoza fue producto directo de la presencia estadounidense desde la primera mitad del siglo XX. Tras años de ocupación militar, el ejército estadounidense impulsó la creación de la Guardia Nacional, destinada a garantizar la “estabilidad política del país”, que en realidad era salvaguardar los intereses de las empresas gringas que ahí operaban con las plantaciones de frutas tropicales como el plátano. Anastasio Somoza García, general de la Guardia Nacional, consolidó un régimen dictatorial promovido y apoyado por Washington y la CIA. Así, durante décadas, Nicaragua funcionó como un ejemplo clásico de la política estadounidense en América Latina: promoción y financiamiento a gobiernos autoritarios que eran considerados confiables para protección de intereses estratégicos en la zona. Mientras la familia Somoza acumulaba enormes fortunas y amplios sectores de la población permanecían en condiciones de pobreza, oposición al régimen fue reprimida sistemáticamente. La situación nicaragüense comenzó a deteriorarse en los años setenta. Por ejemplo, en 1972 un terremoto causó un daño terrible casi destruyendo la ciudad de Managua lo cual expuso los niveles de corrupción del régimen acusado de apropiarse de parte de la ayuda internacional y mostrar indiferencia. Paralelamente, un movimiento de izquierda radical, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) logró ampliar su base social, fortalecer su discurso y articular una oposición cada vez más efectiva al alzarse en armas. La irrupción guerrillera de este movimiento culminó en 1979 con la caída definitiva del dictador Somoza Debayle y el triunfo revolucionario sandinista, liderado por Daniel Ortega, quien no solo sigue en el poder, sino que lo hace con síntomas autoritarios como los de aquel dictador de derecha que él mismo derrocó.
*
Igualmente, en 1970, la revolución islámica de Irán transformó radicalmente el equilibrio político de Medio Oriente. Desde el golpe de Estado de 1953, orquestada por EE.UU. y el Reino Unido, (operación Ajax) contra el primer ministro Mohammad Mossadegh que estaba en contra del control occidental del petróleo, Irán había sido uno de los principales aliados de Washington en la región. La monarquía del sha, monarca autoritario que no dejaba de enriquecerse, garantizaba estabilidad para los intereses occidentales, acceso a recursos energéticos y contención frente a la influencia soviética en la zona.
La irrupción de la Revolución Islámica, de amplia base social, y de Jomeini como líder político y espiritual del pueblo iraní, cambió completamente el panorama. El nuevo régimen islámico denunció la influencia occidental, rompió con buena parte del orden regional existente (oponiéndose incluso al sionismo y al Estado de Israel) y convirtió el antiimperialismo en uno de los pilares de su discurso político. Uno de los grandes sucesos que generaron una tensión brutal, fue la toma de la embajada estadounidense en Teherán lo cual simbolizó la profundidad de la ruptura. Para la política exterior estadounidense, Irán pasó de ser aliado estratégico a uno de sus principales enemigos.
*
La llegada de Ronald Reagan a la presidencia en 1981 significó un endurecimiento de la política exterior estadounidense contra las llamadas “amenazas comunistas” en un desplante casi paranoico. Su administración interpretó tanto la revolución sandinista como la iraní como objetivos que debían de ser neutralizados. Aunque los contextos eran distintos, ambos fueron integrados dentro de una misma lógica global: impedir que actores hostiles que se opusieran al orden estadounidense ampliaran su influencia en regiones consideradas estratégicas: América Latina y el Medio Oriente.
En Centroamérica, la prioridad consistió en debilitar al gobierno sandinista. Para ello, Washington (a través de la CIA y otros gobiernos cooptados en centroamérica) financió, entrenó y armó a los llamados Contras. Se trataba de grupos contrarrevolucionarios integrados en gran medida por mercenarios que eran en realidad viejos miembros de la Guardia Nacional de Somoza. Esta operación de contrainsurgencia provocó miles de muertos, desplazamientos masivos y una profunda crisis económica en Nicaragua. Sin embargo, un cambio en la configuración política del Congreso estadounidense implicó la limitación el apoyo a estas operaciones mediante las Enmiendas Boland, que restringían la financiación directa e indirecta a los Contras, debido a la violación de los derechos humanos. Sin embargo, ciertos miembros del gobierno, el ejército estadounidense y la CIA, fueron incapaces de aceptar aquella situación. En un acto de gran perversión, idearon una solución clandestina que conectó América Latina con Medio Oriente de manera inesperada que hoy en día parecería absurda. Se trató de una operación secreta para vender armas a Irán, que bajo el régimen islámico ya era un enemigo. Esta decisión derivó de una negociación estadounidense con Israel. En un inicio, el estado sionista le pidió a EE.UU. para que pudiera venderle armas a Irán para que se alargara su conflicto armado contra Irak y evitar que sostuviera uno con Israel.
Es importante recordar que este conflicto se originó cuando Irak invadió Irán en 1980 porque Saddam Hussein vio en la Revolución iraní de 1979 una oportunidad pues Irán estaba debilitado militarmente y dividido internamente, y Saddam buscaba recuperar el control sobre territorios fronterizos y, sobre todo, ampliar la influencia iraquí sobre la petrolera provincia iraní de Juzestán. Israel, por su parte, no apoyó a Irak sino a Irán de manera indirecta: aunque la República Islámica era ya enemiga declarada de Israel, el estado sionista consideraba peligroso que Saddam emergiera como la gran potencia militar árabe, por lo que le vendió armas, municiones y repuestos militares a Irán durante la guerra. La estrategia fue que ninguno de los dos países saliera demasiado fortalecido. Esto produjo la extraña, pero nada ingenua situación en la que, mientras EE. UU. se acercaba a Irak para impedir una victoria iraní, Israel suministraba armas a Irán. Ese acercamiento de EE.UU. a Irak y su vínculo con la generación de armas químicas como el Ántrax, es otra historia.
Posteriormente, Israel logró que EE.UU. se involucrara en la venta de armas a Irán. En ese sentido, oficialmente Washington mantenía una postura hostil hacia el régimen iraní; pero extraoficialmente, en un inicio ciertos sectores del gobierno comenzaron este vínculo clandestino. También el gobierno estadounidense mostró cierta frustración en tanto que después de enviar misiles y equipamiento a Irán, pero para mediados de los 80, aún no liberaban a los rehenes estadounidenses que seguían secuestrados en el Líbano por el grupo Hezbollah, aliado de la revolución islámica. Las ganancias de esta transacción fueron desviadas ilegalmente para financiar a los Contras nicaragüenses.
Sin embargo, ese flujo de dinero no era suficiente esta no fue la única manera en la que la CIA y el gobierno estadounidense pudieron financiar a la contrainsurgencia nicaragüense. Esta agencia se encargó de organizar narcotraficantes poder vender cocaína a las poblaciones afroamericanas de los barrios marginados de varias ciudades. Parte de las ganancias también fueron destinadas al financiamiento de la contrarrevolución nicaragüense. Uno de los que operó esta red de venta de drogas fue el famoso Oscar Danilo Blandón, vinculado a los Contras que traficó cocaína en Los Ángeles y destinó parte de sus ganancias a apoyar al antisandinismo. Este caso se publicó por el periodista Gary Webb (publicada como Dark Alliance), que planteó una conexión entre narcotráfico, los Contras y la CIA; pesquisas posteriores confirmaron vínculos entre narcotraficantes y redes de apoyo a la contrainsurgencia.
*
Una anécdota (más bien un síntoma del surrealismo) fue que una de las misiones secretas de EE.UU. Irán-Contra, Robert McFarlane, Oliver North y otros estadounidenses viajaron a Irán para negociar la liberación de rehenes y el suministro de armas; como supuesto gesto de buena voluntad llevaron un pastel de chocolate decorado con una llave, símbolo de “abrir la puerta” a una nueva relación y una biblia.
Esta triangulación —tan macabra como absurda— tuvo un responsable: Olliver North, del Consejo de Seguridad del Gobierno de Ronald Reagan, quien desde el inicio estaba acordado que él iba a ser el chivo expiatorio. El escándalo salió a la luz en noviembre de 1986, cuando fuentes iraníes revelaron a una revista libanesa toda la operación. Esta publicación reveló que EE. UU. había estado proveyendo secretamente de armas a Irán. El escándale estalló en términos mediáticos de manera que poco después, funcionarios de Reagan admitieron las operaciones y, a finales de noviembre, se ataron los cabos y se descubrió que parte del dinero obtenido de esas ventas había sido destinado para financiar ilegalmente y a las espaldas de la prohibición del Congreso a los Contras en Nicaragua. La investigación encontró además que Oliver North había organizado buena parte de la operación y trató de destruir documentos: sobrevivió, por ejemplo, un memorándum suyo de abril de 1986 que explicaba el desvío de fondos hacia los Contras. Reagan creó la Comisión Tower para investigar el escándalo y el Congreso realizó audiencias televisadas en 1987; North obtuvo inmunidad para declarar y se convirtió en la figura pública central del caso. Entre todo el caos, McFarlane dijo que la idea del pastel de chocolate con la llave en la negociación había sido idea de Ollie North.
En 1989 North fue condenado por tres delitos —obstrucción al Congreso, destrucción de documentos y aceptar una gratificación ilegal—, pero en 1990 sus condenas fueron anuladas porque su testimonio inmunizado ante el Congreso podía haber contaminado el proceso judicial, y en 1991 se retiraron definitivamente los cargos. Un año después George W. Bush perdonó a todos los involucrados, el último día de su mandato. En 2004 el periodista Gary Webb, fue encontrado con dos balazos en la cabeza. Las autoridades dicen que fue un suicidio.
*
Este escándalo, llamado Irán-Contras fue una situación maquiavélica que parecía un oxímoron —negociar con un gobierno considerado enemigo y vender drogas para sostener una guerra encubierta e ilegal en Centroamérica— y reveló una lógica más profunda. La prioridad del estadounidense definitivamente no era la coherencia ideológica, sino la preservación de la influencia estadounidense y los intereses de las élites en un despliegue prácticas de poder estadounidenses más allá de sus fronteras regionales. Aunque los actores locales tienen programas y agendas propias, así como capacidades de decisión independientes, resulta imposible comprender estos procesos sin considerar el papel intervencionista desempeñado por Washington.
Desde las ocupaciones militares en América Latina durante el siglo XX hasta las operaciones encubiertas en Medio Oriente, la política exterior estadounidense ha recurrido a una amplia gama de mecanismos —militares, diplomáticos, económicos y clandestinos— para influir en la política de otros países y ha sido una constante que es indiferente a la destrucción y sufrimiento de pueblos enteros. Dado el gobierno e ideología estadounidense actual, no parece que esta actitud vaya a ser diferente pronto.




