Tierra roja, atardeceres azules
Enrique Servín contaba que su abuela materna, Julia Sánchez Pareja, dijo cuando vio las imágenes que el Viking 1 envió de la superficie de Marte en el verano de 1976: “Estos gringos, ¿para qué gastan en tanto telebrejo? Y todo para que resulte que es igualito a Fresnillo, Zacatecas”. Una mujer que nació con el siglo, que había visto transformarse por completo la vida —la llegada de la electricidad, de los teléfonos, de los automóviles, de la medicina moderna con los antibióticos y su asepsia—, en 1900 que el ser humano fuera capaz de hacer llegar un objeto a cualquier cuerpo celeste era apenas un sueño —más propio de la especulación literaria, piénsese en De la tierra a la Luna (1865) de Julio Verne, que de algo plausible—, sin embargo, ella con su familia, como millones de personas, vio siete años antes a Niel Armstrong poner el pie sobre la Luna, el 19 de julio de 1969.
La llegada del ser humano a la Luna se consideró como el gran triunfo de los Estados Unidos en la carrera espacial, la competencia tecnológica entre las dos hegemonías mundiales tras la Segunda Guerra Mundial. Los Estados Unidos de América y la Unión Repúblicas Socialistas Soviéticas fueron los grandes triunfadores del conflicto que causó más de setenta millones de muertes entre 1939 y 1945; la confrontación entre ambas potencias era considerado inevitable luego del fin de la guerra, por un lado, cada una era el culmen de sus respectivos sistemas económicos y al interior de ambas se consideraba prioridad detener el avance de la otra y, por el otro, el avance tecnológico que implicó el esfuerzo bélico era incomparable a ningún momento anterior de la historia —una guerra en la que, al comenzar, la caballería era una parte importante de los ejércitos y que terminó con la detonación de bombas de fisión sobre dos ciudades japonesas—. No bien terminó la conflagración era evidente la inevitabilidad de un enfrentamiento, aunque en primera instancia no adquirió forma debido al desgaste, y a que una de las potencias poseía la bomba atómica. El 29 de agosto de 1949 la URSS detonó su primera bomba de fisión, con lo que un conflicto abierto se enmarcó en la destrucción mutua asegurada. La guerra fría comenzó, los campos de batalla serían en las esferas de influencia de ambas potencias y en el avance tecnológico. En ese marco inició la carrera espacial.
Entre las armas desarrolladas por la Alemania nazi se encontraba el cohete V2, el primer misil balístico capaz de alcanzar un vuelo suborbital —primer objeto de fabricación humana en alcanzar el espacio—. Durante la guerra el misil fue utilizado para bombardear Bélgica y el sur de Inglaterra. Tanto la URSS como los EUA se abocaron a buscar e integrar a sus programas de investigación a los técnicos y científicos responsables del desarrollo del V2 a través de la Operación Osoaviakhim, realizada por los soviéticos, y la Operación Peperclip de los estadounidenses. Así fue como llegó a los Estados Unidos Wernher von Braun, uno de los diseñadores del V2 y, posteriormente, del cohete Saturno V. A partir de los diseños y los científicos y técnicos de la Alemania nazi que ambas potencias integraron fueron el núcleo a partir del cual se desarrollaron los programas espaciales de ambas potencias. Todos los cohetes que han alcanzado el espacio fueron desarrollados a partir del V2.
Si en el plano armamentístico los Estados Unidos estuvieron a la cabeza en los primeros años de la Guerra Fría, la URSS lo estuvo en la carrera espacial. En 1957 la Unión Soviética puso en órbita el primer satélite artificial: el Sputnik 1, ese mismo año también pusieron en órbita al primer animal: la perra Laika, a bordo del Sputnik 2; el primer ser humano, Yuri Gagarin, en el espacio exterior en 1961 a bordo del Vostok 1; en 1963 llevaron al espacio exterior a la primera mujer, Valentina Tereshkova, a bordo del Vostok 6.
El 12 de septiembre de 1962 el presidente de los Estados Unidos, John F. Kenndy, dio un famoso discurso en el Estadio de la Universidad de Rice, en Houston, Texas, en el que estableció como objetivo llevar un hombre a la Luna. “Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer otras cosas, no porque sea fácil, sino porque es difícil; porque ese objetivo servirá para organizar y determinar lo mejor de nuestras energías y habilidades…”. El objetivo se logró, aunque Kennedy no llegó a verlo concluido. El programa Apolo logró seis alunizajes entre julio de 1969 y diciembre de 1972, momento en el que fue cancelado el programa por cuestiones de presupuesto. El programa fue la culminación de los proyectos anteriores de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio —NASA por sus siglas en inglés— el Mercury y el Gemini, ambos programas fueron desarrollados para poner a hombres en órbita alrededor del planeta.
El programa Luna de la URSS también comenzó en los 1960 y no ha terminado, lo ha continuado la Rusia post-soviética, y ha tenido como objetivo la toma de muestras y fotografías de nuestro satélite natural. Aunque, como la NASA, no era el único proyecto del Programa Espacial Soviético; de este modo el programa Venera fue el primero en llevar un vehículo a la atmósfera de otro planeta —a Venus en 1967—, así mismo lograr el descenso suave en otro planeta —1970— y en 1975 logró tomar imágenes de la superficie venusina. Por su parte el programa Mars exploró el planeta rojo entre 1960 y 1973, sobrevoládondolo en 1963 y en 1971 aterrizó con éxito sobre su superficie.
La exploración de los planetas rocosos —Venus, Marte y Mercurio, los más cercanos a la Tierra — fue parte de la carrera espacial, en la que por lo menos en los 1960 la URSS también llevó la delantera. El programa Mariner fue la respuesta de los Estados Unidos a la exploración soviética de nuestros vecinos planetarios. El programa se extendió por más de una década, entre 1962 y 1973, y envió sondas a Mercurio, Venus y Marte, en este último el Mariner 9 dejó una sonda en órbita alrededor del planeta rojo para cartografiar su superficie.
Los planetas han despertado la imaginación humana desde que tenemos noticia. Venus, el tercer objeto más brillante del cielo después del Sol y la Luna, figura en la mayoría de las mitologías del mundo, bien sea como dos encarnaciones —la matutina, al ser la estrella de la mañana, y la vespertina, la estrella del atardecer—, múltiples son las características con las que la imaginación humana lo ha dotado en las diversas mitologías. Marte, aunque sin tener la presencia omnímoda de Venus, también nos ha interesado desde tiempos remotos. La encarnación del dios de la guerra es, por supuesto, la más conocida, y al ver su resplandor rojo en la noche es fácil imaginar por qué los griegos y romanos hicieron a ese planeta la divinidad belicosa por antonomasia.
La observación de los planetas, esas estrellas errantes, y sobre todo de Marte, llevó a Tycho Brahe (1546-1601) a hacer las mediciones más precisas de esos movimientos con respecto al fondo estelar, con lo que Johannes Kepler (1571-1630) las leyes del movimiento de los planetas en sus órbitas alrededor del sol, con lo que se confirmó la teoría heliocéntrica propuesta por Nicolás Copernico (1473-1543). El desarrollo del telescopio de Galileo Galilei (1564-1642) permitió ver los planetas.
Y Marte siguió siendo espacio de especulación por los siguientes siglos. Así, Giovanni Schiaparelli (1835-1910) vio formaciones oscuras en la superficie del planeta a las que llamó canales. Por su parte, Parcival Lowell (1855-1915), con diversas observaciones llegó a la conclusión de que no eran naturales y obra de seres inteligentes. No sería la única vez en la que los accidentes orográfico fueran percibidos como construcciones —famosa es la Cara de Marte o Esfinge Cidonia, una meseta fotografiada por el Viking 1 el 25 de julio de 1976 y que, en la fotografía, parece un rostro humano—. Ya que no podíamos alcanzar el planeta más que con la mirada de los telescopios, y con la imaginación, la literatura ofreció vistazos a ese planeta; H. G. Wells (1866-1946) lo hizo el lugar de origen de los invasores de La guerra de los mundos (1898); Edgar Rice Bourroughs (1875-1950) con la saga en torno a John Carter el veterano de la guerra de cesión que es llevado a Marte; mientras que Ray Bradbury (1920-2012) ofrece una mirada desoladora a la destrucción que nuestra presencia llevó consigo al llegar al planeta en Crónicas Marcianas (1950).
La carrera espacial permitió hacer lo que solo era posible hacer con la imaginación: tocar la superficie de otro planeta. Aunque, claro está, esto último solo fue con instrumentos creados por los seres humanos y salvo en la Luna, nunca hemos pisado otro suelo que no sea el terrestre. Alcanzar las estrellas significó que obras humanas orbitaran los planetas y llegaran a posarse en ellos —los Voyager son la obra humana que más lejos ha llegado y en casi cincuenta años de recorrido apenas al llegado al borde del sistema solar—.
El programa Mariner fue sucedido por el programa Viking en cuanto a la exploración marciana. Se trató de dos misiones, cada una lanzada con un cohete Titan —de desarrollo militar y paralelo en los 1960 a los cohetes Saturno—. Ambas misiones llevaban sondas orbitales para fotografiar la superficie del planeta rojo y para servir como el mediador entre el Viking Lander y la Tierra. Su planeación llevó años, ya que el descenso debía hacerse de forma automática, la distancia entre Marte y nuestro planeta hacía imposible la corrección de cualquier error.
El Viking 1 envió las primeras imágenes del suelo de Marte y los primeros videos. Hizo una serie de experimentos para comprobar si había algún tipo de vida. Los “telebrejos” que ofrecieron la imagen igualita a Fresnillo, Zacatecas. La aridez de un paisaje donde eones antes corrió el agua, un planeta que pudiera ser cubierto por tormentas de polvo finísimo que pueden durar meses o incluso años. El programa permitió recabar muchísima información del planeta y de su historia, información que resultó de mucha importancia para los siguientes programas de exploración marciana, que incluyeron los primeros rovers.
El planeta con dos pequeños satélites, Deimos y Fobos, que está a una unidad y media astronómica del Sol, con la mitad del tamaño de la Tierra y con un día —rotación sobre su propio eje— de 24 horas 39 minutos y 35 segundos, sigue fascinando a la humanidad. Un planeta cuyo suelo es rojo y sus atardeceres azules.




