Tierra Adentro
Elena Garro (derecha) en Madrid con motivo del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, acompañada de Susana Gamboa (izquierda) y María Luisa Vera (centro). Archivo Jesús Garro.

Para sus detractores, Elena Garro fue una traidora; para los amantes de su obra, en cambio, fue la víctima de un sistema autoritario y decadente. A partir de Memorias de España 1937, el libro autobiográfico de Garro, el autor de este texto ensaya una interpretación moderada que, sin dejar de reivindicar su genialidad, la muestra como una figura de carne y hueso, con todos sus defectos.

El 6 de octubre de 1968, después de haber acusado ante la prensa a «más de 500 intelectuales mexicanos y extranjeros» de ser los verdaderos responsables de la masacre estudiantil, Elena Garro se convirtió en la «loca» de la literatura mexicana. Carezco de credenciales para hacer un diagnóstico clínico, lo que importa es señalar que para sus colegas ese fue el momento en que perdió la razón. Desde entonces tuvo que cargar con el estigma de lunática, y si algo le permitió sobrellevarlo fue el ejercicio de la escritura. En particular, la elaboración y publicación de Memorias de España 1937.

El proceso de composición de este librito fue muy largo, y el de su publicación no menos azaroso. En lo poco que queda de su diario íntimo podemos constatar que en 1946, muchos años antes de su debut como escritora, algunos de sus recuerdos españoles ya habían cobrado forma literaria. En esos mismos apuntes leemos que en 1973 tenía algunos fragmentos terminados que intentó publicar en México (a través de un tal Federico), sin conseguirlo. Tuvieron que pasar seis años para que revistas españolas como Litoral, Nueva estafeta, Cuadernos hispanoamericanos e Informaciones de las artes y las letras editaran diferentes adelantos, aunque fracasaría por segunda vez en su país después de enviarlos a La semana de Bellas Artes. En la década de los ochenta el libro ya está terminado, pero según Garro su exmarido puso obstáculos para que apareciera: «Helena [Paz] cometió el error de decirle a su padre que yo iba a publicar mis memorias de la guerra de España», le confía a Fernández Unsáin en 1989, que él «se indignó y dijo: ‹Dile a esa mujer que si las publica, la demando y demando a la editorial›». Esta amenaza pierde verosimilitud cuando poco después, en 1992, una última reescritura del libro sale en la editorial Siglo XXI, sin contratiempos.

No es exagerado afirmar que las memorias le tomaron toda su vida. No sólo eso, aparecen jugando el papel de salvoconducto en momentos cruciales de la misma. Por los documentos consultados es posible sugerir que fue el primer proyecto que emprendió como autora en ciernes; páginas que sólo retomaría e intentaría publicar hasta después de su autoexilio en 1972, en un intento por recuperar su lugar como escritora. Su edición definitiva coincide con su regreso a México: se publica meses antes de instalarse en Cuernavaca en 1993. Es como si este libro no sólo le permitiera volver al mundo editorial, sino también a casa. Nada más unas memorias —a diferencia del cuento, la novela o la dramaturgia (los géneros que hasta el momento había ejercitado)— podían contrarrestar el curso de su alienación y reafirmar su condición de sujeto.

Memorias de España 1937 relata lo sucedido en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas que se llevó a cabo en Madrid y Valencia durante la Guerra Civil. Octavio Paz había sido invitado después de escribir su poema «No pasarán» y por ello viaja con su jovencísima esposa y un grupo de escritores comunistas para hacer patente su apoyo a la República. Pero a diferencia de otros testimonios que rememoran el suceso —entre los mexicanos, Silvestre Revueltas y Octavio Paz publicaron los suyos—, el de Elena Garro es malicioso, insolente y profundamente divertido. Antes que otra cosa, las memorias son un ajuste de cuentas con el gremio que la había condenado a la demencia; es su premeditada venganza.

En sus páginas, la representación del congreso guarda muchas similitudes con la de un circo, una especie de carnaval donde todos los asistentes se enmascaran para aparentar algo que no son. No sólo la delegación mexicana es confundida con una troupe de comediantes en su camino a España: el palacio de los duques Heredia-Spínola (que había sido expropiado para funcionar como sede de la «Alianza de intelectuales») es descrito como una fiesta donde todos los asistentes se prueban los trajes de la aristocracia: «No olvidaré a Alberti disfrazado de cochero», recuerda la narradora, «ni a María Teresa [León], con un traje de época precioso. Langston Hughes… se divertía husmeando en los armarios y vistiéndose de príncipe o lacayo». La imagen es tan elocuente como crítica: los intelectuales comunistas aspiran al poder que antiguamente poseía la realeza, parece decirnos, pero lo hacen disfrazados de proletarios. ¡Son unos farsantes! Y este es el engaño que la narradora, como cualquier satírico que se precie, no puede dejar de fustigar. Es una denuncia que sólo su papel de «loca» le permite llevar a cabo: gracias a este sambenito, Elena Garro puede circular irreverente y desafiante entre los miembros de la corte intelectual como un fool que señala sus hipocresías. Pero hay otra lectura posible, tal vez más interesante, y es la que intenta esclarecer el papel que jugó durante el movimiento estudiantil de 1968. A decir de Sylvia Molloy, los relatos de infancia en las autobiografías siempre prefiguran el destino del autor. Y aunque Garro para entonces está casada, sigue siendo una menor de edad; no cumpliría los veintiuno hasta diciembre de ese año. Esta infantilización apunta a un término clave en sus recuerdos: la narradora siempre es «inocente». No sólo porque «no ha llegado a la edad de la discreción», como bien define el diccionario, sino porque está «libre de culpa». En particular de las acusaciones que Sócrates Amado Campos Lemus hizo en su contra, señalándola como dirigente del movimiento, así como de la impresión que dejó entre sus colegas después de haberlos denunciado. Notas en El Universal y El Heraldo de México del 7 de octubre aseguraban que Garro había señalado a Carlos Monsiváis, Rosario Castellanos, Eduardo Lizalde, Sergio Mondragón, Jaime Shelley y muchos otros como responsables de los sucesos. Después de Tlatelolco, Elena Garro terminó encarnando una contradicción ideológica inconcebible: para el Estado, cabecilla de un complot comunista; para la intelligentsia, una informante del gobierno represor. Es decir, una traidora. Una espía que colaboraba con ambos bandos, una suerte de doble agente. Esta es la culpa —también podríamos decir el trauma— que las Memorias intentan exorcizar.

Una noche de 1937, por ejemplo, Octavio Paz, Manolo Altolaguirre y Elena Garro van a cenar a un comedor comunal en Valencia. Durante la sobremesa ella empieza a conversar con un grupo de soldados y les comparte de sus cigarros. Apenas salen del establecimiento dos sujetos empiezan a perseguirlos: «¡Detenida!», le gritan mientras la sujetan de ambos brazos. «¿Por qué?», pregunta Altolaguirre. «¡Es una espía inglesa!», le contestan, «la hemos visto repartir cigarrillos a los soldados para sacarles secretos militares». En otro momento conversa con Anne Marie Barron, una periodista que investigaba el paradero del trotskista Andrés Nin y otros miembros del poum, que estaban siendo cazados por la policía secreta de Stalin en esos momentos. Para prevenirla, Paco Gil le susurra al oído: «Camarada, esta mujer es una espía». «¿Por quién me tomas?», le contesta indignada, «¿has leído algo sobre Mata Hari? Creo que debes estudiar el caso». Y entonces dice: «Bajé corriendo la escalera y topé con un espejo»: «Anne Marie Barron no podía ser espía», concluye, «era demasiado fea». Pero lo que ese reflejo le dice a Garro es que ella sí podría ser confundida con una. De hecho, lo que las memorias intentan dejar en claro es que todo fue una confusión: ella, aunque no lo parezca, siempre fue inocente.

Durante toda su vida Elena Garro aseguró que en esa conferencia de prensa ella no dio nombres; que fueron las redacciones periodísticas las que hicieron la lista de «culpables» a partir de las firmas de los desplegados que apoyaban a los estudiantes. Y eso es muy posible, considerando el modus operandi del PRI. Pero ocho años después de su muerte, y casi cuarenta después de Tlatelolco, se hizo público su expediente de la Agencia Federal de Investigaciones. Ahí se puede constatar, entre otras cosas, que la narradora mentía: al menos el 28 de agosto de 1968 y el 25 de octubre del mismo año visitó sus instalaciones para denunciar como agitadores a Emmanuel Carballo, Luis Villoro, Amalia Hernández, Heberto Castillo, Arnaldo Orfila Reynal, Max Aub, Luis Guillermo Piazza y otros. Esto no invalida nuestra lectura, pero sí le da otra dimensión.

Las Memorias, además de ser una venganza, construyen la imagen que Garro quería legar de sí misma a la posteridad: la de una escritora castigada con la afrenta de la locura por un gremio moralmente inferior a ella. Pero cuando las cotejamos con su expediente tenemos que matizar: este encono ante el fraude y el engaño de sus colegas tal vez sólo enmascare un descomunal remordimiento. Esta es otra interpretación que podemos darle al espejo que interrumpe el trayecto de la narradora: su imagen reflejada podría haber sido tan angustiante que era mejor denunciar las faltas de sus colegas antes que confesar las propias. Ella también recurrió al disfraz, ella tampoco dijo la verdad. Y tal vez sólo así, echando mano de un alto nivel de negación, Elena Garro pudo seguir sobreviviendo. Muchos han subrayado el carácter persecutorio de su obra posterior a Tlatelolco; esa fuerza que parece acecharla pudiera ser su propia mala conciencia.

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