Tierra Adentro
FreeImages, 2019.

Cattelan

 

El juego de mesa

cambiaría para siempre:

seis jugadores por lado,

dos prodigios, cuatro tiempos

de quince minutos,

una copa mundial y otra

de naciones.

 

Todos serían tan felices.

 

Pero dejé la poesía

para empotrar caballos

en las paredes.

 

 

 

Especies endémicas

 

El caballo mongol

fue visto por última vez

el día de mi nacimiento.

 

Reapareció en su hábitat natural

cuando yo tenía doce años

 

pero en estado crítico:

los animales no soportarán

la temperatura extrema de Mongolia.

 

Crecí más todavía, y el número

de caballos se multiplicó.

 

Habría cientos a mis ochenta años,

miles después y el frío

dejará de ser problema.

 

 

 

Escena del crimen

 

Temo que el caballo venga por la noche y me muerda la mano.

Que junto a mí se duerma muchas horas, que su lengua azul

toque otra vez mi nuca y emita ese sonido espantoso.

 

Escucho cómo anda por la sala,

cómo respira, cómo su sangre de treintaiséis litros bombea

su cuerpo y mi tristeza. Soy un niño de ocho años cuya

[pesadilla

tiene cuatro patas, pelo abundante en la cabeza, ojos oscuros

como la luz del cuarto. Ya lo escucho.

Abre la puerta entonces y ay, el sonido de los cascos al

[chocarse.

 

 

 

Destino final

 

Mi caballo era el 108

de Volée Airlines, era

Terry cruzando la calle,

el billete ganador de Evan

y el desastre en la cocina.

 

Mi caballo era Tim Carpenter

aplastado por la grúa, era

el exceso de velocidad

que remueve la cabeza

en dos movimientos.

 

Mi caballo era la música radial

que despedían los coches, era

la cama de bronceado,

los rayos UV que

atravesaron los tejidos.

 

Mi caballo era Tony Todd

pero nunca tuvo

el protagonismo suficiente.