Tierra Adentro
Claudio Pellandini, ca.1885-1895

Alguna vez le dije a mi madre
que fuéramos a caminar a Chapultepec.
Las jacarandas habían tirado su flor
y una perfumada nieve
cubría los pastos del bosque color morado.

De niña anduve de su mano,
del zoológico al castillo,
de la feria a la luna de Remedios Varo,
del museo de piedra a los papalotes.

De niña mi madre calmó mi miedo
a la Piedra del sol.

No recuerdo haber corrido por los adoquines,
ni haberme escondido bajo los ahuehuetes.
Tal vez podríamos remar en el lago por primera vez.

La llamé por teléfono para contarle el florido invierno.
Imaginamos un día de color.
Yo la vi de pantalón de mezclilla
y ella pensó en mis manos pequeñas.
Montaríamos bicicletas que nos llevaran al pasado.
Un mantel de cuadros y canastas de fotografías.
Ella y yo.

Me propuso un día, una hora y un lugar.

Algo sucedió en el medio
—distancia, heridas, silencio—
No quise llegar a tiempo,
ella se resistió a dar con el lugar.

Abel Briquet, c.1890

Abel Briquet, ca.1890

Volví a llamarla y acordamos hacerlo luego.
No un día, no una hora, no un lugar. Después.

Después la nieve se fue pudriendo y,
secos, nuestros planes acabaron en carros de basura.

Otras ramas, otras hojas, otras
flores.

Callada oí correr el tiempo.
Inmóvil vio pasar los días.

Los pinos crecieron altos,
las sequoias no.

En cristal de olvido,
el jardín botánico se quebró.

Chapultepec fue cambiando sin esperarnos a mi madre y a mí.
Si una vez agua dulce de los mexicas, fuente de los molinos,
fábrica de pólvora, guarida de ladrones y bestias salvajes,
palacio imperial y residencia presidencial…

Si un día domingo,
vino la vida y lo derribó todo.
El pasado se volvió imposible.
Nuestro encuentro también.

El lago seco sirvió de fosa de ahuehuetes muertos.
Sin animales, los caminos se vaciaron de niños
y abuelos y novios —y ella y yo—.
La belleza del castillo envejeció ante la juventud de los rascacielos.
El altar a la patria fue profanado por el olvido –como mi madre—.
La fuente del poeta perdió la flor de su palabra –como yo—.

Hoy, ella ha sido madre de otros hijos,
como yo he sido hija de otras madres.
En nuevas casas hemos amanecido
Mientras la nuestra se pierde, noche a noche,
más profundo en el pasado.

Hoy Chapultepec ya no es bosque.
A pedazos se compraron sus paisajes
En millones se vendió el domingo de tantos niños,
Las lanchas de románticos novios, las obleas de los abuelos,
y mi posibilidad de volver a encontrarla.

Altos edificios son ahora lápidas de antiguas
palmas, cedros y sicomoros.
Retoños de algún liquidámbar he visto crecer
entre las grietas del suelo.

Yo no sé ya su rostro.
He dudado a quién olvido, pero a ella
la he perdido con certeza.

Miro al suelo avergonzada
extrañando su imagen difusa.

Los adoquines del bosque se volvieron calles
y las calles estacionamientos.

Nunca volví con mi madre a Chapultepec.

Tal vez no pude reconocerla
y abandonándola al tiempo, me volví huérfana.
Tal vez olvidó mi nombre
y buscando el camino al pasado, dejó de recordarme.

Jacarandas ya no hay y pastos morados tampoco.
Sólo nauseabunda nieve en mi memoria.

Hoy veo pasar el tiempo.
Ausente, anónima,
sin raíz.
Sin voz.

La última vez que hablé con mi madre,
jacarandas habían nevado sobre Chapultepec.
Hoy ya no hay bosques en la ciudad
y entre grises árboles de piedra
vago buscando el rosto de una madre que no se quién es.

Marie Robinson Wright, ca. 1910

Marie Robinson Wright, ca. 1910