A los 57 años de edad, falleció el historiador Guillermo Tovar y de Teresa, autor de La ciudad de los palacios. La redacción de Tierra Adentro envía un sentido pésame a sus familiares y amigos.
Para festejar su cumpleaños, recuperamos el texto de Ignacio Sánchez Prado publicado en el número 176 de la revista Tierra Adentro “Tres notas en la estela de Carlos Fuentes”.
El mejor regalo para Carlos Fuentes sería leerlo. Les recomendamos Cambio de piel, Terra Nostra y La muerte de Artemio Cruz.
Hubo una época, antes incluso de que existiera el Betamax, en que era imposible ver películas fuera de las salas de cine. No se había inventado el DVD y algo como Youtube hubiera resultado inconcebible. Los más acérrimos cinéfilos de entonces buscaban por todos los medios a su alcance los guiones de algunas cintas emblemáticas para fotocopiarlos y leerlos incansablemente.
No imagino mayor aprendizaje para comprender la estructura y el tejido fino de una obra cinematográfica que esa práctica, ahora arcaica. Hoy, no obstante, con solo un par de clics es posible descargar y ver casi cualquier obra de la enciclopedia cinematográfica universal, pero la costumbre de leer guiones (como ver películas una y otra vez) sigue siendo un deleite y una cátedra como pocas.
Para aprender de cine sólo hay que verlo y leerlo. Una y otra vez. Sin descanso y con enorme gozo. Ese, como algunos otros secretos del oficio, se lo aprendí a Gustavo García. Hombre sensible, de un humor desbordante –y a veces temible–; gran erudito y, sobre todo, dotado de una extraordinaria capacidad para estimular en los jóvenes la inquietud por la cultura y en especial por el cine.
Siempre deploró la idea (por lo demás bastante celebrada entre estudiantes de cine y aspirantes a críticos) de separar el cine comercial del cine “de arte”. Con su implacable sentido del humor desmontaba argumentos despóticos y academicistas; al tiempo que lograba transmitir el que, en mi opinión, fue el mayor de sus legados: la curiosidad por ver toda clase de cine, por disfrutarlo y compartirlo; pero siempre con inteligencia; con la capacidad de contextualizar las obras, comprenderlas y ubicarlas en su dimensión precisa.
Confieso que más de una vez me volqué a ver películas que al final no me parecieron tan buenas, simplemente por lo mucho que había disfrutado una reseña o comentario suyos. Era destacable su portentosa ubicuidad. Lo recuerdo dando vueltas por los pasillos de la universidad durante los recesos de su curso, sosteniendo el teléfono mientras conversaba sobre los últimos estrenos en algún noticiario radiofónico matutino. Aquel mismo día aparecía un texto suyo en alguna revista literaria y por la noche seguramente comentaría una cinta más exquisita en un espacio de la televisión pública. Figuró en la mayoría de los medios de nuestro país, y en más de un espacio, su participación llegó a ser lo único destacable.
Pero Gustavo no sólo fue un “crítico” de cine. Para muchos, entre los que me incluyo, fue un verdadero maestro; en el amplio sentido.
Sirvan estas líneas para expresar mi admiración y gratitud por sus enseñanzas. Aún harán falta periodistas como él, capaces de incitar al público a explorar nuevos caminos y, sobre todo, a ejercer algo que hace cada vez más falta en nuestro país: la crítica. Con argumentos certeros, con inteligencia y sin pudores o autocensura.
El pasado 6 de noviembre de este año, falleció a los 92 años la célebre bailarina y coreógrafa Guillermina Bravo.
Originaria de Chacaltianquis, Veracruz el 13 de noviembre de 1920. En 1939 comenzó sus estudios de ballet con la maestra Estrella Morales, durante este periodo fue descubierta por la famosa coreógrafa estadunidense Waldeen von Falkenstein. De 1940 a 1945 participó como bailarina en el Ballet de Bellas Artes, dirigido por la misma Waldeen, con quien inicia, también junto a otras bailarinas, la escuela de danza moderna en México. Como resultado de este crearon el Ballet Waldeen. Con apoyo de José Vasconcelos y el compositor Carlos Chávez, Bravo fundó la Academia de la Danza Mexicana. Finalmente, en 1948 fundó el Ballet Nacional de México. En 1960 la bailarina se retiro.
Tierra Adentro lamenta la triste noticias y recuerda a una de las más grandes representantes del arte en México.
Central Park. Verónica Valerio. Fotografía de Sergio Reyes.
Cancún, Quintana Roo, 7 de noviembre de 2013. Recibo a Verónica Valerio (Veracruz, 1981) en el aeropuerto, procedente de México, D.F., donde vive luego de dejar Nueva York. Llega con su arpa y una maleta ligera. El calor, la luz, la humedad y todos los encantos del Sureste/Caribe significan para ella un Viaje a su infancia; creció cerca del mar, por eso este paisaje aparece constante –en sentido literal y figurado– en su repertorio, sobre todo en sus canciones más recientes, casi todas escritas desde que volvió a México, y producidas por Santiago Ojeda, Ricardo Martín y Hernán Hecht gracias a un apoyo para la producción de música nacional del Instituto Nacional de Bellas Artes, y que conforman el disco “Viajes de ida y vuelta”, motivo de una gira en Quintana Roo, Yucatán y Campeche a partir de pasado mañana, 9 de noviembre, día de su cumpleaños. A la par, durante 2013, Verónica Valerio, armó otra propuesta inspiradora, ésta con el respaldo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes: “Canciones de puertos”, cuyos resultados presentó antes de tomar el avión a Cancún.
Cuando Verónica Valerio se propuso vivir sola en Estados Unidos, primero compró boleto a Nueva Orleáns: “Tenía en mente el blues, el deseo de escuchar conciertos de góspel en vivo, conocer la arquitectura de esta ciudad del Sur, y ser parte de esa historia”. Después, con determinación, llegó a Nueva York (trabajo en Manhattan – casa en Brooklyn) porque “pensé que la convergencia de culturas podría darle perspectiva a mis viajes anteriores, a mis vivencias y a mis sueños e ideales, es decir, a mi música”.
Así, entre viajes de ida y vuelta, esta mujer ha seguido –con disciplina– una línea –personal– que visualizó para llegar plena a la presentación estelar de su disco el 7 de diciembre en el Centro Cultural del México Contemporáneo, ahí junto a la plaza Santo Domingo, en el D.F.
¿Qué tanto abarca este camino?
–El regreso a mi país, el tiempo que me tomó volver a sentirme en casa porque llegué y me sentía perdida –aunque tal vez suene muy trágico–. Este proceso ha tomado dos años, tiempo en el que me cuestioné la mexicanidad desde diferentes contextos: la experiencia generacional y migratoria en contraste con la vida defeña, pues no hubiera sido lo mismo haber llegado a vivir al Sureste o al mismo Veracruz, o sea, ciudades con mar, calor y palmeras, que al D.F, que es asfalto y mares, pero de gente.
Verónica Valerio es perfeccionista hasta en su manera de enfrentarse al mundo real: con valentía, cualidad que –muy probablemente– el FONCA supo dimensionar cuando puso en sus manos la beca de Jóvenes Creadores (noviembre 2012 – noviembre 2013) que la llevó a encontrarse con más jóvenes que se plantean cuestionamientos similares frente a su vida y su obra.
¿Cómo qué?
–De identidad, momento en la vida y de la experiencia creativa. Mis compañeros de composición y yo tenemos muchas coincidencias: los tres venimos de ciudades puerto, uno de Baja California, otro de Tulum y yo de Veracruz, y venimos de experiencias familiares fuertes, que nos han marcado y que han tenido mucho que ver en nuestro proceso de liberación personal hacia nuestro camino en la música. Entonces, pasar tres días con estos dos compañeros hablando por quince horas al día: desayuno, comida y cena, levantándonos a las 7 para hacer yoga, etcétera, fue conmovedor y me reafirmó mucho en mi camino.
Musicalmente, ¿en qué consiste el proyecto de cada uno de ustedes?
–Orlando Infinito tiene un proyecto de seis canciones dedicadas al paisaje de Baja California, ya que nos explicaba que son muy marcados los cambios de estación, y Leonardo hizo una suite para cítara cuyos momentos coinciden con la vida del ser humano: nacimiento, desarrollo, conflicto y muerte. Y lo mío son canciones inspiradas en los puertos, lo que significa recibir la llegada de algo o alguien y la despedida: dejar ir, eso mismo. La condición de los puertos que es recibir y ver partir.
Se nota la poesía.
–Perdóname, pero tengo 31 años. No puedo tomar esa frase en el aire y hacerla dinamita.
Durante el último año, Verónica estuvo involucrada con dos penínsulas, cuatro puertos, varias playas, el metro, re-encuentros con su madre y sus hermanas, Bellas Artes, partidas y llegadas de amigos viajeros, fiestas, romance y muchas clases de enseñanzas: ella es maestra de canto y toma clases de arpa, por mencionar algo de su vida diaria… Todo esto ayuda a comprender su estilo: canciones muy sentidas y vivenciales con música que huele a tradición sonera condimentada con matices contemporáneos y, lo mejor, una voz privilegiada, verdaderamente bonita.
Final
Siento que llega mi finalHay cosas que dije sin pensarBebo un café sin endulzarSentada, varada en la terminalHoy no lo puedo ocultarHay algo en mí que le duele que no estásMi último adiós no fue realApenas un final improvisadoAy, ese día hablé por un cuentoY te fuiste callado.No quise herirte,Mi verdad fue el miedo de encontrarte enamoradoMe salí del cuento Y hoy te busco en todos lados.Hoy no lo puedo ocultarHay algo en mí que le duele que no estás.Mi último adiós no fue realApenas un final improvisado.Bebo un café sin endulzarSentada, varada en la terminal.
Esta es la letra de una de las doce canciones que presentará en Veracruz el 29 de noviembre en el Jardín del Instituto Veracruzano de Cultura, y que también aparecerá en el disco “Viajes de ida y vuelta”. La leo y me pregunto si la improvisación propia de la tradición del son jarocho le influye cuando escribe sus composiciones.
Y Verónica Valerio, nieta de don Pánfilo, un maestro arpista muy querido en el Puerto de Veracruz, me dice de la improvisación: “es la ventana que me ha permitido abrirme a la experimentación de mis propias emociones en mi manera de decir las cosas, de recontextualizarme”.
¿Tu manera de decir las cosas?
–Femenina, urbana y paisajista…
No hemos hablado del arpa, tu instrumento, y llegarás a Veracruz con él, así como llegaste a Cancún hoy, ¿qué arpa es?
–Es un arpa veracruzana, precisamente, que mandé a hacer hace tres años. Es un arpa de 36 cuerdas, pero a diferencia de las jarochas con las que solamente se puede tocar en un tono, ésta tiene unas palancas que me permiten tocar en cualquier tono. Y uso el arpa para acompañar mi voz. Me gusta mucho el danzón, la canción, el son y la música electroacústica. Cuando compongo, trato de que –de alguna u otra manera– eso esté presente, rítmica o metafóricamente. No podría acompañarme de ningún otro instrumento.
¿Llegaste al arpa o ella llegó a ti?
–Llegué al arpa. Con decisión.
¿A dónde viajas cuando compones?
–A mis situaciones recurrentes: miedos, inseguridades, deseos, y a los símbolos mexicanos: los animales, el paisaje, los colores…
Imagínate que tienes frente a ti varios boletos de avión abiertos, míralos bien, ¿por cuál te decides?
–Portugal.
Ah, ¡qué bien! Yo también iría a Lisboa ahora mismo, sin pensarlo demasiado. Allá el mar se mira desde otra perspectiva por la poesía que suscita y la paz que fluye de él hacia la gente. Pero Verónica no se irá mañana ni pasado. Aún le falta cerrar el círculo D.F. –que no sabemos cuánto tiempo tendrá abierto–, ya que también aquí es la casa del trío Playa Magenta, integrado este año por ella, Quique Castro y René Torres. Su instrumentación: marimba midi, arpa, jarana, interfaces y violín eléctrico, aparte de la voz de Verónica Valerio, de timbre fuerte, airosa, transparente, para dejar ver la total armonía entre esa gran proyección que alcanza y los sentimientos profundos que la llevan a pararse frente a otros a cantar, con un arpa en torno a la cual gravitan las olas.
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Viajes de ida y vuelta
Planetario Ka’Yok’ de Cancún: 9 de noviembre, 8 p.m.
Teatro Joaquín Lanz de Campeche, 10 de noviembre, 7 p.m.
Facultad de Ingeniería de la Universidad Autónoma de Yucatán (Mérida), 12 de noviembre, 7 p.m.
En 1978 nació la Muestra Nacional de Teatro (MNT) en León, Guanajuato, auspiciada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Bellas Artes y es coproducida con una entidad federativa distinta cada edición.
El propósito de esta esta emisión es promover el crecimiento del teatro mexicano a nivel nacional e internacional; dar cabida a una amplia gama de participantes como dramaturgos, críticos, especialistas y programadores. Esta muestra reúne distintas agrupaciones teatrales del país; además, presenta exposiciones abiertas al público; venta de libros especializados, capacitación y actividades académicas.
El grupo de Julián Herbert se presenta mañana en el Distrito Federal. En Tierra Adentro publicamos “Huracán”, un poema de Julián que es también una canción de Las Madrastras.
Integrado por Héctor García (guitarra), Julián Herbert (voz), Adalberto Montes (batería), Javo Salas (bajo) y Héctor Zárate (guitarra). Han tocado juntos desde hunio de 2003.
Además de tocar, todos trabajan en disciplinas relacionadas con el ámbito cultural: literatura, artes plásticas, programación, promoción cultural, diseño gráfico. Tienen un disco titulado El diablo es un jardín. Han tocado en distintas plazas de México: Guadalajara, Querétaro, Monterrey, etc. y en Holguín, Cuba. En 2013 se publicará Desde la torre, su segundo trabajo discográfico. Su música puede escucharse en http://pakistanrecords.bandcamp.com/