Heroico cuerpo
Mi hija huele a gasolina.
Es un bidón que tiembla de coraje.
Es un carburador que le tumbó
los dientes a su hermano.
Mi hija huele a gasolina.
Lo percibo mientras sube las escaleras
para encerrarse en su cuarto.
Me palpo de inmediato los bolsillos,
ya no llevo el encendedor.
Mi hija se convertirá en un incendio.
Le ruego que me abra.
La oigo raspar tres veces el pedernal.
Le exijo que no se mate.
Rezo con las manos en la boca,
me enfurece pensar
en todo lo que no es Dios.
No es un extintor,
no es arena contra fuegos,
no es una manta ignífuga,
no es una lluvia que suena
como una cascada de arroz
cayendo infinitamente de la mesa.
Mi hija huela a gasolina
y está embarazada.
Durante un instante,
mi nieto será gestado
por un ave fénix sin alas.
Golpeo la puerta roída,
me rompo un dedo,
golpeo más fuerte
hasta partirme el meñique.
Pienso que el cuerpo incandescente
de mi hija también hará arder la casa.
Por unos momentos,
la habitaremos a ella.
Luego me quedaré sola con su hermano.
Sin dos o tres habitaciones
que nos separen.
Nada me aterra tanto.
Oigo el crepitar de las primeras llamas
que suenan como el llanto
de una adolescente embarazada.
Mi hija es su propia pira.
Corro por el teléfono,
mientras marco el nueve y el uno,
pienso que Dios
tampoco es un camión de bomberos.




