Soberano perdido
Los niños aquí juegan a nombrar las bombas en el cielo,
dibujan en el polvo sus mapas de truenos caídos,
los del rugido que desgarra los techos y los hombros de la gente.
Nombran el estruendo que parte las entrañas de su dios
como en sílabas los ladridos de los perros;
la que siembra en la tierra un ojo de fuego dormido,
la que derrumba la promesa en las madrugadas de agosto
con el filo de lo tierno y de lo irremediable,
como si de una película se tratase, en medio de la sala y la familia,
las manos, las cometas que giran negras sobre la miseria
del fin del mundo televisado, sí, el fin ajeno, el mundo que no es propio
la ilusión concreta de las ideas que nos separan,
tales los idiomas, todas las fortunas de papel
que no sobrevivirán nunca a la fuerza del agua.
Somos la mano que incendia la casa y cierra la puerta desde dentro.




