Tierra Adentro
Fotografía de Christian Moreno, 2023. Recuperada de Pexels.
Fotografía de Christian Moreno, 2023. Recuperada de Pexels.

Era diciembre de 1987 y Miguel cumplía cuarenta y ocho años. El último mes lo había vivido con el cerebro remojado en alcohol, tanto, que convirtió su memoria en un borrón sucio después de perder a su esposa y a su hijo de ocho años en un accidente de carretera en Texas.

Un amigo lo visitó desde México y bebió con él hasta el amanecer. Al día siguiente le presentó a otro amigo, que le ofreció un trabajo para ocupar el tiempo y la cabeza. Era para alguien de confianza que no tuviera nada que perder, le dijeron. Miguel aceptó.

Manejó desde Eagle Pass hasta Ciudad Madera. Cuando llegó, con la misma facilidad de quien compra blanquillos y tortillas en la tiendita a la orilla del camino de terracería, consiguió una cabaña, víveres, una escopeta y amigos. Aprovechó el invierno que soplaba incesante del noroeste y dejó que la nieve se tragara la Pickup 78 junto con la entrada de su nueva casa. Nadie preguntó qué planes traía porque lo supieron desde la primera vez que lo vieron, aunque fingían no saber nada.

Salía a caminar cuando la nieve amainaba, con la escopeta colgada al hombro. Usaba un tronco largo tan grueso como su mano callosa lograba rodear, y lo hundía hasta la mitad para tantear la firmeza del terreno. Luego daba pasos donde las botas y la mezclilla se cubrían con el blanco helado. El vaho se movía frente a él como un fantasma, lo mismo que quería ser. Había sido un invierno duro, más largo que otros, pero consiguió echarle un ojo a la siembra escondida que había trabajado un hombre antes que él en la zona alta de la sierra, a diez kilómetros desde la Capilla del Santo Niño, donde el terreno se volvía casi impenetrable.

***

Desde que la nieve empezó a cubrir la sierra, y las chimeneas a humear al cielo, las desapariciones y la muerte alimentaron el animal de nuestro miedo.

Vimos varios cuerpos sin alma de camino a la capilla del Santo Niño bajo la sombra antigua de los pinos más grandes del bosque.

Primero fueron animales. Criaturas violentadas hasta la muerte, desgarradas por deporte. Donde antes había ojos, ahora sólo huecos negros que guardaban otros tiempos. Nudos de gusanos habitaban su podredumbre, arrastrando su miseria por la carne negra.

Imaginamos una bestia. Algo que había recorrido la sierra por kilómetros hasta nuestra pequeña ciudad, y que se escondía bajo tierra, ahí donde la luz del día no atravesaba el bosque.

El alcalde no nos escuchaba. Ni siquiera cuando desaparecieron los primeros niños, ni cuando se encontraron los cuerpos de personas enfermas que iban a pedir el milagro a la capilla. Todos en la misma área maldita.

Cuando llegó la primavera, teníamos el área bien marcada. Era un triángulo perfecto. Una advertencia para nosotros mismos. Pusimos cruces hechas con ramas colgadas desde los pinos.

***

Miguel cumplía con los mandados sin rezongar. Cada semana, junto al teléfono público de la plaza, se sentaba en el cordón de la banqueta con el sombrero en las rodillas y una taza de café de olla en mano a esperar la llamada del patrón. El sol de mediodía le calaba en la piel, mientras sus pensamientos más oscuros seguían sumergidos en el alcohol de la noche anterior. Había encontrado un modo de sobrevivir que casi lo convencía de que seguía vivo. La llamada apenas duraba un minuto. Daba razón de inconvenientes, si es que los había, de cómo estaba el suelo, el clima y la labor de la tierra.

En la última llamada, el patrón dijo que lo empezaba a considerar para las siguientes temporadas, y enviaría manos de obra para ayudarlo. Y si todo salía bien, tendría un año más en Ciudad Madera con la paga dobleteada.   

Miguel no dijo nada.

El futuro le importaba poco, aunque la ayuda podría ser buena si no tenía que vivir con ella. Se guardó de pedirle municiones. Había tenido una buena caza durante el invierno, y sólo le quedaba una bala que lo hacía fantasear. También ahogó el detalle de las cruces que brotaban por todos lados como piñas de camino a su área. Mientras no se metieran con lo suyo, él no se metería con ellos.

***

Veneramos al Santo Niño de Atocha en su capilla a orillas de un ojo de agua milagrosa. Él responde a los necesitados, a los enfermos, a los cautivos. Somos cautivos en la tierra más fría de México. Acorralados al mal que despierta cada cierto tiempo. Lo despierta la envidia. Cuando los oídos del Santo Niño son más prestos a nuestras plegarias, entonces los que creen tener todas las respuestas fuera de la comunión de Dios, revientan en acciones pestilentes que se esparcen por los bosques como neblina tóxica.

Es la envidia alimentada por el maligno, el innombrable. Nos atormenta con la muerte de animales puros, interceptando a los enfermos camino a sus mandas, desapareciendo a los niños.

¿A quién ha usado esta vez el maligno para burlar los milagros de nuestro Santo Niño?

***

Miguel se dio cuenta de que todavía tenía el control. Cambió el vicio por levantarse cuando la oscuridad aún aplastaba la tierra. Se enfrascó en horas de raspa y rallado de la cosecha. A las ocho de la noche volvía a pisar la cabaña. El día le calaba en todo el cuerpo. Cenaba copioso. Luego desarmaba la escopeta y disponía las piezas sobre la mesa como un cirujano que acomoda los huesos de un animal pequeño. Limpiaba la madera, el mecanismo y los cañones de acero. Sacaba doble brillo al último cartucho mientras el fantasma de su esposa y su hijo le sonreían sentados frente a él. Después se moría en la cama.    

En un amanecer encontró el triángulo marcado de cruces sin cruces. Sólo quedaba una. A los pies de una pared rocosa, un extraño con el cabello separado en mechones gruesos como helecho, estaba arrodillado de espaldas junto al cuerpo que parecía el de un ciervo. Los débiles rayos del sol lo tocaban por ínfimos instantes y delineaban su figura y enseguida se extinguían, como si la espesa oscuridad que lo formaba consumiera la luz.

Miguel se quedó quieto, con una curiosidad marchita renaciendo desde sus entrañas. Pensó que el cuerpo pequeño y huesudo podría corresponder a una mujer vieja, o a un hombre vagabundo. Tal vez, a un miserable que vivía en cuevas y cazaba como los antiguos. Un desgraciado que no tenía nada que perder. Alguien parecido a él, pero sin un trabajo clandestino, que sólo aceptaría un enfermo del alma o un loco. Él era ambos. Los movimientos del extraño eran pocos. Movía las manos, como si confeccionara algo sobre la carne del animal.

De pronto, el extraño se detuvo. Miguel retuvo la respiración y aguzó la vista. No estaba seguro de cuánto tiempo había transcurrido, pero la luz del sol quebraba las sombras entre los pinos y las rocas, y moría en los dos cuerpos. El extraño giró la cabeza hacia él. Entonces Miguel encontró el miedo, una ceniza sucia que se suspendía bajo su piel. Quiso continuar el camino, pero sus pies se volvieron raíces agarradas de la tierra con la fuerza de siglos.

El extraño saltó a la pared rocosa con agilidad felina y quedó sujeto a ella como una mosca. Dejó caer su cabeza hacia atrás y una lengua larga y roja descendió hasta el cuerpo abierto del animal y avanzó como una serpiente de fuego hacia Miguel.

La visión se le llenó de sangre y perdió el conocimiento.

***

El domingo, al terminar la misa, el padre nos anunció que don José tenía una invitación para todos. Don José se paró junto al púlpito y nos miró uno a uno a los ojos. Nosotros no lo esquivamos, nunca lo hacíamos, como si nos hiciera papalotes.

—Esta noshe los espero en mi finca. Tenemos que eshar cabeza al asunto, pues. Estoy seguro de que podemos encontrar al culpable. 

Murmuramos dudas.

—Y también estoy seguro —dijo don José después de chistar con la lengua—, de que no es ninguno de los presentes. Porque el monstruo que hace esas shingaderas, con su perdón, padre Manuel, porque no hay otra palabra, pues —se persignó y miró la cruz por encima del hombro—, no podría pisar esta iglesia.

Las horas del día fueron pura espera. Para la noche, todos teníamos al menos un nombre, un apodo o una referencia.

Faltaron más de la mitad de los presentes a la invitación, aun así, éramos suficientes.

Doña Lety nos sirvió un vasito con sotol puro. Escribimos en un papelito un nombre y lo dejamos en una caja junto a la puerta. Nos retiramos cuando el sotol nos había abrigado la sangre y fuimos inmunes al frío de la noche.

***

Miguel olfateó el árnica y el eucalipto aceitoso en el aire. Le pesaban los ojos como bolsas de arena. Vislumbró una silueta pequeña y ancha acuclillada cerca de él.

—Quéese quieto. ¿Don Miguel, vedad? Soy Sewá. Guadalupe Sewá…

La mujer soltó un hálito tibio sobre su frente y luego presionó con un trapo aceitoso en la sien.

—Le va a quedar hinchado y le va a doler unos días, pero va a estar bien.

Miguel recordó la visión grotesca y lo recorrió una sensación eléctrica. Abrió los ojos, animado por la adrenalina. La mujer que tenía a su lado era un poco mayor que él; robusta, morena y de ojos pequeños.

—¿Usted lo vio?

—¿Qué cosa? —La mujer untó el trapo en un cuenco y lo dobló en cuatro—. ¿El venado de cola blanca? Qué triste, ¿vedad?

—No, no. La cosa… La cosa que estaba junto al venado. Tenía una lengua…

La mujer abrió la boca y se levantó de golpe, como si se hubiera quemado. Dejó el cuenco sobre una mesa de madera rústica y se acercó a la lumbre por el café. Junto al fuego había un estante de barro con frascos y líquidos. Del techo colgaban hierbas amarradas con lazos.

—Usted sabe de lo que hablo. ¡Hable!

La mujer sirvió dos tazas y lo miró de frente. Miguel aceptó la invitación a sentarse junto a ella y abrazó la taza con las manos.

—No somos mushos los que podemos verlo y vivir pa’ contarlo.

Miguel aguantó un quejido. La cabeza le latía.

—Tome el café, le ayudará.

Miguel dio un sorbo. El café estaba amargo, muy diferente al que estaba acostumbrado. De todos modos, le sentó bien.

—Cuénteme que era eso.

—El agua e’ sagrada, ¿vedad?

Miguel no entendió, pero se vio obligado a asentir como respuesta para que la mujer continuara.

—Es una historia muy vieja… Lo sabían muy bien los antiguos que dejaron su peso espiritual en el aire que se arremolina en las cañadas de las cuarenta casas. —El tono de la mujer cambió a uno solemne y bien pronunciado, como si una energía extraña la poseyera—. Cuando el hombre corrompió las tierras y contaminó los manantiales, un espíritu con garras de pedernal y cuerpo de arcilla volcánica se liberó hacia la superficie. Por donde camina propaga la muerte. Es todo lo que conoce.

Miguel pensó en el agua de manantial que usaba para las cosechas. Aunque el mecanismo lo había construido el que estuvo antes que él, ahora él estaba en su lugar. ¿Acaso esa mujer lo estaba acusando de contaminar los manantiales? Había creído que las muertes y desapariciones podían ser coincidencias. Sin embargo, había visto de frente algo que no correspondía a este mundo.

—¿Cómo me encontró?

La señora se encogió de hombros.

—Cuando jui por mis hierbas y por agua, lo vimos ahí tirao, le sangraba la frente… Iba con mi mushasho, trabaja en un aserradero por San Juanito, pero había venido a verme…

Miguel tomó un último sorbo que guardaba un concentrado de canela. El calor le lamió el vientre y le despejó la cabeza.

—¿Asté en qué cree, don Miguel? ¿e’ católico o cristiano?

Miguel pensó que llevaba demasiado tiempo hablando con esa señora, más de lo que había hecho con cualquiera en mucho tiempo.

—Gracias por ayudarme, señora. Me tengo que ir.

—Yo tampoco soy naaa de eso, don Miguel. Soy viuda y vivo sola. Por eso, como a asté, no le caigo muy bien a musha gente. Creo en algo más poderoso, un creador. Y respeto y aprendo de sus creaciones.

Miguel agarró su sombrero y agradeció una vez más antes de salir de la casa. Las bisagras sueltas rechinaron y pudo ver, entre la madera vieja, huecos inconvenientes para el frío de las noches.

***

Doña Guadalupe Sewá y don Miguel, eran los nombres que se repitieron esa noche.

Doña María era una mujer de bien. Caminaba todos los días hacia la capilla del Santo Niño para limpiar sus figuras, cambiar sus velas y rellenar los floreros. Siempre fue generosa y se preocupaba por todos. Solía comprarle remedios a doña Guadalupe Sewá, con quien también era buena, aunque despotricara contra la iglesia.

Doña María era amable y alegre, incluso cuando arrastraba una enfermedad cada temporada. Se ausentó el invierno, y cuando los brotes de las primeras piñas salpicaron los pinos, las piernas de doña María despertaron poco a poco. Se levantó temblando, con el cuerpo ahogado, pero impetuoso. Entonces retomó las caminatas hasta la capilla.

Ayer, varios de nosotros la esperábamos rezando a los pies del Santo Niño. Y otros la vimos sentada en una piedra, esperando el suspiro siguiente para avanzar. Qué valiente era doña María. El Santo Niño aceptaría su manda y le devolvería la salud.

Pero Doña María nunca llegó. Más tarde la encontramos sentada en el triángulo de la misma área maldita. Sólo había una cruz bailando al viento por encima de su cabeza. Tenía los brazos sobre las piernas llenas de venas negras, ramitas que engrosaban hacia los muslos. Tenía la quijada rota, con una boca chueca, imposible. De la mirada opaca brotaba una flor roja. Una flor que polinizaba miedo. Un miedo que nos contagió a todos.

***

Miguel colgó la llamada con el patrón y vio que la gente alrededor de la plaza lo miraba más de la cuenta, como si le escurriera la amargura por el sudor. El patrón le aseguró que la ayuda llegaría la siguiente semana.

Ya en su cabaña, cuando terminó la puerta con madera de pino fresco que construyó para la señora Sewá, la subió en la caja de carga de la Pickup 78 junto con las herramientas. Se le había hecho tarde, pero al siguiente día no tendría tiempo.

—Don Miguel —Don José abrió la reja sin invitación y avanzó hasta él.

Miguel saludó con un movimiento del sombrero.

—¿Ya supo lo de doña María?

—No, señor.

—Pues que la encontraron muerta. —Don José se persignó—. Iba camino a la capilla del Santo Niño. En la misma área por la que usted pasa todos los días pues.

Don Miguel se sacó el sombrero y movió la boca hacia un lado.

—Antes de usted hubo otros. Y después de usted habrá más. Conozco a su patrón, yo también le informo de cómo se mueven las cosas por aquí. ¿Entiende a lo que me refiero?

—No mucho. Dígame bien qué quiere.

—Que doña María era muy querida, pues. Y que la gente se va a quejar. Ya se armaron y, pues, su nombre salió ganador junto con otro.

—¿Qué está insinuando?

—Que estoy de su lado, don Miguel. Estamos en el mismo bando. Pero pues le va a costar un poco, no es tan fácil, pues…

—¿Qué quiere?

—Una semana de paga está bien, hasta que se calmen las cosas, pues.

—¿Y cómo sé que se van a calmar?

—Porque se van a calmar, don Miguel… —Don José le palmeó el hombro—. Yo no sé qué recreaciones tenga, pero se van a calmar, ¿cierto, don Miguel?

—No sé de qué me habla.

—Pues, pronto lo va a saber.

***

El cielo sangraba detrás de los árboles y la oscuridad empezaba a pesar. No fuimos muchos. Sólo quedamos los más leales.

La agarramos en su choza mientras dormía. Le tapamos los ojos para que no nos hechizara. Le amarramos las manos con un nudo ciego. La bruja soltaba gritos de animal herido. Encendimos troncos muertos para iluminar el camino y la arrastramos por la sierra, entre la tierra y las piedras hasta la zona maldita. Queríamos que sufriera, pero tuvimos cuidado de que llegara completa y respirando hasta el pino de la última cruz. Nos gritaba en su idioma, pero las palabras le salían como una pasta entre los labios rotos. Escupía sangre negra de lodo. Pasamos una soga por la rama donde bailaba la cruz y amarramos con el otro extremo la cintura de la bruja. Queríamos que su muerte fuera lenta. Fue difícil porque ya no se sostenía sola, tenía una pierna al revés, igual que las manos y el alma. La alzamos hasta dos metros por encima de nosotros. Y con la fuerza de nuestro odio la mantuvimos ahí hasta sujetar el otro extremo en el árbol vecino. Admiramos nuestra justicia y nos acercamos con la llama…

***

Miguel tomó el camino por la carretera hacia la capilla del Santo Niño. Con la Pickup ahorraría al menos cuarenta minutos de caminata. De copiloto lo acompañaba la escopeta con su única bala, en los brazos del fantasma de su esposa. Su hijo le sonreía por el retrovisor. Sentía una urgencia abrasiva burbujeándole en el estómago. Pensó que había dudado más de la cuenta, pero cuando el cielo sangraba en el horizonte no pudo negarlo más: le importaba algo. Se preguntó si acaso había vivido lo suficiente para encontrar la razón por la que seguía vivo. Si acaso la vida era una rueda infinita que te paseaba sobre fango, flores o piedras mientras perdías pedazos de ti. ¿Cuánto había quedado de Miguel después de tanto paseo? Tal vez ya no importaba, pero los residuos eran suficientes para que hiciera lo que creía correcto.

Pisó el freno cuando por la vista lateral lo alcanzó el guiño de llamas flotantes entre los árboles de la pendiente. El ocaso terminaba y el fuego de esos troncos viejos sería la única luz a kilómetros en pocos minutos. Agarró la escopeta y corrió pendiente arriba.

A medida que se acercaba, distinguió al menos siete siluetas y un bulto amarrado a una cuerda que lo jalaban y lo elevaban hasta la rama de un árbol. Apenas a unos metros lo entendió todo y se escondió tras una roca. Ajustó el rifle preguntándose a qué le dispararía.

El grupo se dispersaba poco. Una vez que Sewá estaba en lo alto, las manos de todos se volvieron una sola garra que sostenía una de las antorchas, acercándose a la carne viva de los pies. Los gemidos de Sewá eran chillidos de un insecto nocturno agonizante. Los movimientos de su cuerpo descoyuntado eran débiles pinceladas negras en la naciente penumbra del bosque. El fuego abrazó las piernas de Sewá y entonces Miguel supo donde iría la bala.

Distinguió la cuerda por arriba del bulto y la cortó con el proyectil. Sewá cayó en la hierba húmeda y el golpe aplastó el fuego de su cuerpo.

La masa humana se dispersó a pasos torpes y dos antorchas alcanzaron el suelo. Las brasas hambrientas recortaron el área maldita como un azote. Sus rostros iluminados gritaban de miedo. Y entonces todos lo vieron: la criatura agarrada a la pared rocosa con la cabeza hacia atrás dejó caer su lengua que se arrastró y se mezcló con las líneas de fuego.

Miguel corrió hacia Sewá, se veía más pequeña de cómo la recordaba. Descubrió que su corazón aún latía. La subió a su espalda para regresar pendiente abajo. No quería mirar el incendio, ni al extraño de lengua de fuego, ni al grupo que gritaba un terror grave y claustrofóbico. Pero le bastó un segundo de curiosidad que lo dejó atrapado en esa visión.

Las garras de pedernal abrían las carnes de los vientres. Las vísceras alimentaban la tierra en cascadas de sangre. La lengua rodeaba sus cuellos, los cortaba con el filo hasta dejar sus cabezas colgando de un hilo de carne. Su boca de volcán les succionaba los ojos y con los colmillos curvos de obsidiana arrancaba las lenguas. Y se reía. Reía como las piedras de un derrumbe, y como la caída del granizo, y como la carrera del viento entre los pinos.


Autores
(Santiago de Chile, 1984). Reside en Ciudad Juárez, Chihuahua desde 2002. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (2009), cuenta con un diplomado de escritura creativa de cuento y novela en la Universidad ITESO de Guadalajara (2025). Practica artes marciales japonesas tradicionales en el Bujinkan Fudōshin Dōjō Juárez desde el 2007. Ha colaborado en antologías de cuentos con las editoriales Letras Negras, Huargo y Amatlioque (Vertebra Oscura 3). También ha participado en revistas literarias de ficción especulativa como Anapoyesis y Penumbria. Es autora de El diablo que me habita (Huargo, 2025). Actualmente trabaja en cuentos para una nueva antología y en una saga de thriller juvenil que une sus dos grandes pasiones: la literatura y las artes marciales