La carretera de Cormac McCarthy, donde la esperanza arde hasta la ruina
Un padre y un hijo recorren una carretera apenas poblada con autos en ruinas y cuerpos incinerados hasta los huesos. Se trata de las sobras del festín caníbal que organizaron los supervivientes del mundo postapocalíptico en La Carretera (2006), novela de Cormac McCarthy, ganadora del premio Pulitzer de ficción en 2007.
Los días en esta historia son grisáceas bóvedas cuya desolación consume la fertilidad de la tierra. Los protagonistas se enfrentan a este infierno helado con los ideales de gentileza y valentía que la humanidad alguna vez tuvo antes de su apocalipsis nuclear. Intentan mantener sus creencias a cada paso, mientras se adentran en las tinieblas de la carretera.
“El hombre”, como lo llama el narrador en tercera persona, encuentra en su hijo el propósito para continuar más allá del instinto, algo que arde desde su interior; pero no puede nombrar. Lo convierte en el destino de sus oraciones que ya no lanza al cielo. “Si él no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca”.
Las plegarias en la carretera son contestadas. La voz de Dios se alza a través de un anciano que encuentran en su camino. Las respuestas que ofrece ponen a prueba las motivaciones que mantienen en marcha al hombre y a su hijo. Es en esa encrucijada donde dos Dioses pugnan: el chico y el anciano.
Una conversación entre dos padres y un Dios
El anciano quien dice llamarse Ely. Después de entregar sus pocas posesiones para que lo dejen vivir, se percata de que ellos no quieren robarle ni devorarlo. Son sólo un padre y un hijo que continúan en la carretera, como él.
Al sentirse seguros, el anciano y el hombre comienzan una charla respecto a qué significa seguir con vida en un mundo como ése, por qué continuar en la carretera y a dónde esperan que los lleve. Cada uno escudriña en las motivaciones que tienen hasta que una confesión del padre rompe la cordialidad entre ellos: “Él es mi Dios”, así se refiere a su hijo.
El anciano se limita a responder que ojalá las palabras del hombre sean mentiras porque, en su opinión, donde los hombres no pueden vivir, a los dioses no les va mucho mejor. Esa sentencia marca el discurso nihilista que el anciano conserva a lo largo de la charla.
Admite que vive como un animal, sin motivación o creencia para seguir. De hecho, llega a insinuar que no tiene sentido sobrevivir y que lo hace sólo porque aún respira. Respecto a algo superior al simple hecho de errar en la carretera, afirma que Dios no existe y si alguna vez lo hizo, abandonó a la humanidad desde hace mucho. El anciano sugiere que los supervivientes son los profetas de un Dios ausente, sin fe o aprecio por la vida.
Hay una segunda confesión que cambia el rumbo de la charla, pero es el viejo el que la enuncia. Dice haber tenido un hijo cuyo destino se niega a relatar al hombre. Deja entrever que el final fue terrible para su pequeño cuando habitó la tierra, tan horrible que afectaría a cualquier padre.
En la obra, el anciano es el único personaje que tiene un nombre, es de origen hebreo: Ely significa “Mi Dios”. Aparece como el profeta de la desesperanza. Proclama la extinción como el final obvio de las carreteras donde vagan los supervivientes.
Ely se considera el encargado de sembrar en páramos infértiles la palabra de un Dios ausente. Piensa en sí mismo como la extensión del abandono divino, aunque la conexión entre el viejo y su creador podría ser todavía más cercana. Desde el inicio de la obra, hay una frase del protagonista que sirve como código para comprender cuán cerca está Dios de su palabra: “Si él no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca”.
Lo anterior está inspirado en Juan 1:1, un versículo del Evangelio de Juan, el cuarto libro del Nuevo Testamento. El texto original presenta a Jesucristo como el “Verbo” (Logos), y afirma que “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Es decir, la palabra, al ser extensión de Dios, también es parte de él.
Entonces, Ely no sólo es el profeta de muerte, sino que es Dios mismo, es una representación de Él. Ocurre algo similar con el chico cuando el hombre afirma que su hijo es un Dios, es palabra y por tanto prueba irrefutable de que hay algo más allá de la fe que los inspira a continuar.
McCarthy es ambiguo sobre el verdadero significado del anciano debido a su prosa minimalista, sin declaración de intenciones. Sin embargo, es irresistible interpretar que el anciano es el Todopoderoso sobre un paraíso moribundo. Un Dios que abraza el nihilismo e impone otra religión, una basada en el abandono para suplir la esperanza y la humanidad.
Un vestigio para reforzar esta inferencia se apoya en una última confesión. El anciano revela que miente al protagonista (y al lector) respecto a su nombre. Admite que no se llama Ely, pero mantiene su identidad en secreto para evitar que la gente hable de él, de lo que dijo o inventen historias sobre las cosas que es capaz de hacer.
Se trata de un Dios que debe mentir sobre su nombre para que nadie lo evoque en sus plegarias. Desea presenciar la ruina. Contempla las consecuencias de su abandono, de su negación a la vida y a él mismo. En este mundo, el hombre no mató a Dios, Él se transformó a imagen y semejanza de la humanidad y el resultado fue devastación.
Bajo su disfraz de profeta de la fatalidad, consigue poner en tensión las creencias del hombre y del chico. Abre viejas heridas en ambos, hendidas tras el abandono de un tercer miembro de la familia, la madre, que debía guiar el camino del chico e iluminar las noches sin estrellas del hombre.
La mujer, acosada por la hambruna y la violencia, decide dejar a su familia e ir a buscar su muerte en la oscuridad. La esposa niega la posibilidad de sobrevivir durante más tiempo y encontrar otro final diferente al suicidio. La frialdad de su partida congela el corazón del hombre, quien decide emprender el viaje junto a su hijo. Una elección que toma siempre que despierta, aunque cada día sea más gris que el anterior.
Seguir llega a ser un tormento, en especial cuando el anciano resalta el sinsentido de permanecer vivo, una idea que toca el alma del hombre porque anhela volver con su esposa. Sabe que suicidarse podría ser una opción para conseguirlo. Incluso su hijo confiesa que quiere morir para reunirse con su madre.
A diferencia del chico, quien verbaliza sus deseos, el padre permanece callado. Su voz es enmudecida debido al poderoso impulso de seguir mientras cuida a su hijo. Sabe que para esto, el instinto de supervivencia es insuficiente. Necesita algo más eterno: el amor.
Amar a su hijo es el camino opuesto al suicidio porque expande cualquier posibilidad que hay al seguir con vida. El hombre entiende que con el cariño puede infundir en su hijo el coraje para afrontar lo que la carretera depare, aunque el anhelo de morir sea tentador.
McCarthy, con su estilo escueto y crudo, deja claro que el aspecto más fuerte del hombre es su corazón. Su amor lo aleja de la nostalgia por su esposa y lo trae de vuelta al presente con su hijo. Así es como sobrevive a sus memorias, que son un idilio en medio del abismo.
Mantenerse con vida es apenas el inicio. El impulso que necesitan sus piernas lo encuentra en la oportunidad de enseñar a su hijo a mantenerse íntegro. Intenta inspirarlo por medio de historias sobre justicia y bondad. Con sus relatos también logra recordar que tiene una misión además de proteger al chico. Debe mantener fuerte el resplandor dentro de sí, uno que nadie pueda extinguir.
Cuida la llamarada que carga en su corazón y la hereda al chico. Es el regalo más valioso que puede transmitir, algo que las palabras no pueden evocar. Para aproximarse a ello, el hombre se deja poseer por una expresión que viene a él tras encender una fogata para hervir agua y salvar a su hijo de deshidratarse en una noche lluviosa: “Llevamos el fuego”.
El chico, desconcertado, pregunta qué significa. Su padre, como si hablara de una verdad absoluta, responde: “El fuego que hay en tu interior”. El hombre sabe que lograrlo no es una proeza de supervivencia, sino de amor.
Mantenerse con vida sólo por instinto en donde existen otros horrores además del canibalismo y la nada sería inútil en su andar. La carretera es implacable porque pone a prueba la fortaleza del espíritu de los protagonistas, su creencia en la bondad y la valentía.
El amor del padre hace que el chico desafíe el mundo agonizante que recorre y comprenda el valor de la vida de los demás, aún en las peores situaciones, cuando la gentileza poco puede lograr. El hombre elige la vida junto a su hijo para cuidar del fuego que ambos llevan dentro.
Pero, como el padre lo demuestra en la novela, la prueba de cualquier decisión es tomarla dos veces pese a conocer las consecuencias. La carretera se encarga de mostrar las peores consecuencias de sus actos. Intenta hacer que olviden lo que se esfuerzan por recordar.
En la carretera recuerdas lo que quieres olvidar
Ellos siguen hacia el sur de Estados Unidos, donde creen que el azul de un océano lleno de vida deslumbrará sus ojos acostumbrados a la oscuridad. Sin darse cuenta, el hombre sigue sus propios pies hasta llegar a la casa de su infancia.
Apenas cruza el umbral, su mente retrocede en el tiempo. Viaja a cuando era niño y el verde del mundo era tan cotidiano como la lluvia de cenizas que ha caído desde el nacimiento de su hijo. El pasado posee al padre, quien apenas es capaz de contenerse al ver cuán alto era a la edad del chico.
“No deberíamos estar aquí”, con esas palabras su hijo lo saca del delirio para continuar. Sabe que atarse al pasado no es una solución, aunque prometa refugio. El chico reprende al padre por quedarse demasiado en esa casa, de la misma forma que el hombre suele regañarlo cuando escucha que desea morir para estar con su madre. El pequeño devuelve el favor.
La gentileza es la máxima entre ellos, es el código de vida que el chico entiende. La violencia de “los malos” que intentan devorarlos es incomprensible para él hasta el punto de asustarlo. La bondad es una forma de resistir y el pequeño la desborda. Intenta demostrarlo en el instante que encuentra a otro niño, quien huye despavorido.
Aunque la gentileza parezca una buena manera de tratar a los demás, puede ser una pésima idea en una tierra donde hay que devorar para evitar ser devorado. A diferencia del chico, el padre lo entiende. De nuevo, la carretera depara un pasaje espantoso, y esta vez pone en contra al padre y al hijo. El idealista contra el materialista.
El primer vistazo que el chico tiene de la maldad es un desfile. En lugar de fuegos artificiales se alzan columnas de humo y fuego. Son la entrada de los tráileres que se asemejan a carros alegóricos y encima los caníbales inician el baile. Algunos esclavizan a otros para que tiren del vehículo, mientras los que están arriba ultrajan mujeres y jóvenes. Sobre las fogatas hay extremidades rostizadas.
Días después, el hombre y su hijo encuentran una casa en buen estado. Por supuesto, las posibles razones detrás de la fabulosa fachada hacen dudar al chico. Sospecha que allí viven caníbales. El hombre ni siquiera se lo cuestiona, sólo lo sabe, pero entiende que debe entrar a tomar lo que pueda para sobrevivir.
La misión termina en fracaso. El hombre rompe el candado de un sótano porque pensó que habría algo valioso dentro. Una vez abajo, encuentra a gente mutilada. Está en la carnicería de los caníbales. Sin más remedio, huye junto a su hijo porque los moradores se aproximan a la entrada. El chico entiende que poco puede hacer. Sólo hay miedo.
Corren hacia lo profundo del bosque porque “los malos” siguen sus pasos. Queda una bala y el hombre piensa usarla en una muerte piadosa. Por primera vez, padre e hijo comienzan a pensar en la misma salida. El pequeño se despide mientras acepta su destino por la desesperación.
Los caníbales se distraen un momento. Padre e hijo aprovechan para alejarse. Continúan con vida y ambos se llevan distintos aprendizajes de esa experiencia. ¿Qué habría pasado si el hombre demostraba la bondad que tanto inculcaba en el chico y dejaba salir a las personas del sótano? Es posible que ellos y otros más hubieran escapado entre el alboroto. Quizá la gentileza no sea una opción tan descabellada.
Aquella experiencia asfixia cualquier bocanada de ternura que pueda emitir el chico. El padre deja en claro que no puede correr riesgos, aunque el pequeño mantiene sus reservas. Comienza a entender que deben buscar una forma entre la crueldad y la compasión para encontrar soluciones.
La prueba para el chico se manifiesta en decepciones. Al llegar a las costas, los recibe un mar muerto. El agua es tan gris como el plomo que abate el optimismo del muchacho, tanto que su padre tiene que pedir disculpas porque desde hacía meses había prometido guiarlo hacia un mar azul.
En la playa, el pequeño cae enfermo de fiebre. Su padre decide nadar hasta un barco en busca de provisiones. Toma un riesgo, algo que, según él, ninguno debería hacer. Al regresar, encuentra a su hijo dormido, sin la cobija ni el carro de supermercado en el que llevaban sus herramientas y la comida enlatada.
El chico reconoce en la mirada de su padre una furia implacable, capaz de exterminar la gentileza que tanto predica. Con el paso más rápido que le permite su enfermedad pulmonar, alcanza a un sujeto más desdichado que él. Con violencia, saca su arma y lo amenaza para que entregue lo robado. Está dispuesto a asesinar y el chico está seguro de eso. Es el horror en su pequeño rostro lo que hace al ladrón arrepentirse.
Dejan al vagabundo desnudo en la nieve, sin zapatos ni comida. El chico se opone a continuar con su padre si no devuelven lo que ellos robaron. Cuando el hombre reprocha que su hijo no tiene por qué ser quien se preocupe por todos, obtiene una respuesta que arrebata su aliento: “¡Sí tengo que serlo!”. Así logra convencerlo para dejar las cosas del ladrón en la carretera, junto a una comida enlatada.
Alguien debe ser el que se preocupe porque el padre no quiere, no puede. Ese peso cae en los hombros del chico, el ser humano que marca la diferencia entre “los malos” y “los buenos”. Él es quien se permite seguir las enseñanzas de gentileza de su padre. El idealismo del pequeño lo inspira a mostrar humanidad en la carretera, pese a que eso signifique arriesgar su vida.
Las lecciones que el hombre transmite al pequeño escaparon a su control. A lo largo del camino, el chico observa cómo su padre ha peleado, recibido una flecha en la pantorrilla y matado a un caníbal que intentó devorarlos, pero nada de esa violencia deja huella en su corazón.
El chico sólo aprende el amor con el que su padre lo cría. La bondad es lo único que los separa de “los malos”. Tanto los caníbales como el padre y su hijo enfrentan la agonía de la carretera, pero sólo el dúo decide respetar la vida de otros, aunque mueran de hambre día tras día.
Ambos se esfuerzan por recordar que son buenas personas, pero es el hombre quien lo olvida con facilidad. Las circunstancias hacen que tome decisiones desesperadas y extermine con violencia a otros. Mientras tanto, las memorias junto al recuerdo de su esposa habitan sus sueños. En cuanto al chico, el pasado de un hogar con sus padres parece ser el verdadero destino que persigue en la carretera. Intenta olvidar los horrores que ha visto.
La única garantía del chico es que él y su padre son “los buenos” y nada más importa. La certeza de ser gentil lo vuelve más fuerte cuando su padre pierde el rumbo. Entiende, mejor que su padre, que el equilibrio entre la crueldad y la bondad es necesario para seguir con vida en la carretera. Ser consciente de ello lo hace saber demasiado, y esa es su pena más amarga. Es la consecuencia de ser un Dios sin quererlo.
Tiene la responsabilidad de permanecer firme, incluso contra su padre. Al final, los aprendizajes sobre ser bondadoso definen al niño hasta que devuelve la enseñanza al hombre. “Olvidas lo que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar”.
Llevamos el fuego
Cada paso que dan para protegerse atiza la flama que cargan. Los consume por dentro, funde carne y huesos hasta convertirse en una antorcha capaz de cegar la vida de otros. El fuego es peligroso y si no se encauza, puede ser portador de cenizas.
Uno de los miedos frecuentes del padre es la posibilidad de que alguien los siga. Debe ser precavido del rastro que dejan. Sus sospechas resultan ser ciertas en uno de los momentos más felices de su recorrido.
Luego del incidente en el sótano, encuentran la entrada a un refugio antibombas. El chico solloza para evitar que su padre entre. Por fortuna, el hombre lo ignora y encuentra un paraíso de comida enlatada. Además, logra bañarse en la casa aledaña. Durante unas semanas, ambos comparten comidas caseras bajo un mundo agonizante.
En una de sus cenas, escucha el eco metálico de unas pisadas sobre la puerta del refugio. Es momento de irse. Toman lo que pueden llevar, sólo para ser víctimas de un robo. Después de alcanzar al ladrón y de recuperar sus provisiones, el hombre encuentra otras personas que llevan el fuego. Las llamas son tan ardientes que pueden quemarlo.
El hombre se enfrenta contra un superviviente armado con un arco. La primera flecha se clava en la pantorrilla del padre, ni siquiera el estallido de dolor es más intenso que el miedo de perder a su hijo. La desesperación nubla su mente, así que confía en sus sentidos para buscar un arma entre las cosas. Sus dedos tientan la superficie fría de un cañón y un gatillo. En una estocada certera, dispara sin apuntar. El proyectil resulta ser una bengala. El cielo cenizo se ilumina con una llamarada roja. Es un amanecer breve que se ahoga al impactar en el pecho de un hombre. El padre sube al departamento en el que su enemigo muere para preguntar por qué los siguen. “¡Ustedes nos siguen a nosotros!”, contesta la mujer entre lágrimas.
Antes de fallecer, la víctima protegía a su familia al igual que el hombre. En otras palabras, ambos llevaban el fuego, pero uno de ellos ardió hasta la ruina. Las flamas dentro del arquero eran tan intensas que lo llevaron a arriesgar su vida de forma innecesaria. En su afán de mantener a salvo a su esposa, cualquier extraño en la carretera era un enemigo. Las llamas lo consumieron y el humo en sus ojos vaticinó la tragedia.
Este proceso es similar al que experimenta el protagonista de la novela. Una noche alcanza a ver a dos hombres y una mujer embarazada alrededor de una fogata. Se acerca a ellos, a unos metros de llegar, el trío corre despavorido. El hombre descubre que es un bebé lo que se asa para la cena. Parece que ellos saben cómo sobrevivir a la hambruna, al menos hasta que la mujer sea incapaz de parir.
Pelear por la vida de su hijo lo hace pensar en enemigos, incluso cuando el único indicio son pisadas sobre la puerta de un refugio nuclear. Sabe que alguien los sigue y el fuego en su interior lo hace olvidar que seguir y cazar son conceptos distintos.
¿Qué hubiese pasado si el arquero se acercaba a él? Si el padre hubiera encontrado primero al arquero, ¿habría pensado que él los seguía y por ello debía exterminarlo? Si el fuego tuviera un mejor encauce los supervivientes podrían verse como aliados. El miedo incinera cualquier posibilidad diferente a una aniquilación mutua, esa es la verdadera tragedia en la carretera.
Para el protagonista, el miedo se convierte en horror porque sabe que tiene el tiempo contado. Tose sangre con mayor frecuencia mientras su escasa fuerza lo abandona. Teme por lo que pasará con su hijo cuando ya no esté para protegerlo. Lo aterra pensar que el chico sea quien aún se preocupe por todos, así sería un blanco perfecto para los caníbales.
La angustia se escapa de los ojos del hombre en su lecho de muerte. Elige volver al bosque a tumbarse junto a su hijo para despedirse de él y hacerle entender que no puede correr riesgos. Pone el arma en sus pequeñas manos. Usa su último aliento para recordar la primera lección que intentó transmitir en aquella fogata meses atrás, pero el chico era demasiado joven para entenderla: “Tienes que llevar el fuego”. Así, los ojos del hombre que había hecho arder su esperanza hasta la ruina se apagan.
El chico se aferra al pecho de su padre, como si tratara de arrastrar de vuelta el alma del hombre a través de su corazón. Permanece allí durante tres días hasta que el peligro llega a él. Un hombre con un rifle se acerca a paso cauteloso entre la arena y los desperdicios del mar. Apenas lo avista, el chico lo encañona con el arma.
El extraño se presenta, sabe que el cadáver en la playa es del padre del muchacho. Pide que no le apunte con el arma, sólo porque no le agrada ser amenazado. Lo hace sin usar el rifle para obligar al chico. Una vez pueden hablar, el hombre advierte que desde ese momento el chico tiene dos opciones: se va con él o sigue su propio camino, pero alejado de las carreteras para evitar a las pandillas caníbales. Insiste en que la mejor opción es abandonar juntos el bosque.
En la mente del chico mantiene un consejo de su padre: “Debes encontrar a los chicos buenos, pero no puedes correr riesgos”. ¿Cuál es la mejor forma de averiguar si alguien es bondadoso? Con una sola pregunta: “¿Llevan el fuego?”. Toma por sorpresa al extraño, enmudece ante las palabras del chico. Entiende que habla en serio por la intensidad de su mirada, como si la bala lista para volar sus sesos estuviera en los ojos del pequeño y no en el arma.
Las palabras del chico evocan la pasión en el hombre que emana de él con una respuesta: “Sí. Lo llevamos”. Ofrece una prueba de ello y revela que viaja con dos niños además de una mujer. El muchacho pudo elegir disparar, protegerse a sí mismo igual que su padre lo hubiera hecho. Pero él es diferente. Encauza el fuego hacia la gentileza que también aprendió de su padre. En sus horas más oscuras, decide creer. Enciende un faro para que la bondad lo encuentre.
Regresa a la carretera luego de despedirse de su padre. Una mujer lo espera con los brazos abiertos. “Me alegro tanto de verte”, dice mientras el chico experimenta la bienvenida más tierna que ha sentido en mucho tiempo. Un abrazo lo cubre, rectifica el camino que siguió desde el inicio. Existen personas gentiles y los une el fuego, los fortalece. De la misma forma ocurre con el ardor que devora a quienes desconfían, como ocurrió con el arquero y casi sucede con el padre.
Llevar el fuego tiene matices, puede proteger y destruir. Elegir cualquiera de ellas depende de cada persona en la carretera. Cada vez que el chico necesite decidir, hablará con su padre. Podría charlar con Dios, aunque prefiere a su padre. Siente que permanecen unidos a través de las llamas que crecen dentro de él.
Las palabras son las que evocan al fuego y las diferentes formas en las que arde. La lista fusiona nombres e ideas: Ely, madre, devastación, ausencia, abandono, padre, hijo, proteger, valentía, bondad. Sería imposible tener todas las representaciones. Aunque este ensayo es una extensión de ellas, de La carretera que, a su vez, se trata de una reminiscencia de la vida misma.
La inspiración para escribir La carretera viene de un escenario terrible para McCarthy. Un futuro lejano con incendios en las colinas. Reflexiona sobre la supervivencia de su hijo y qué significa estar vivos, con qué objeto. Su novela tenía que plantear dudas para existir.
¿Cómo seguir cuando el camino se desmorona frente a los pies?, ¿cómo tener fe cuando una carretera sombría devora la bondad? El protagonista halla la respuesta en el fuego que lo consume hasta la ruina y crece más allá de la esperanza. Es el impulso inextinguible que arde en el interior y reduce a cenizas cualquier adversidad. Es tan indómito que consume la humanidad de las personas hasta convertirlas en llamas andantes.




