Tierra Adentro
Foto de la autora
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“Es de los que desayunan avena en la mañana, muy serio, muy saludable”, me dijo la dependienta de la única librería del aeropuerto de Oslo, cuando vio el libro que me llevaba. Y agregó: “Es un hombre muy bueno. Hace dos años vino y nos dijo cosas muy alentadoras a todos los que trabajamos aquí con los libros, porque también tiene una editorial”. Eso me llevó a una conversación con ella sobre el autor noruego Erling Kagge y sus libros. 

Siempre que estoy en un aeropuerto, me doy una vuelta por las librerías que suelen tener mesas llenas de portadas coloridas, tipografías doradas y diseños de moda. Me gusta echarle un vistazo a las “novelas de aeropuerto”, encontrarme con la traducción de alguna autora latinoamericana, o ver cuál es la nueva tendencia en los libros de superación personal. Aunque se suele despreciar la literatura aeroportuaria como libros de ocasión para quienes buscan entretenerse un rato durante las esperas interminables, los títulos que se seleccionan y se destacan moldean activamente el gusto de los “lectores de desenlaces”, como los llamaría Macedonio Fernández. La literatura de aeropuerto existe para colapsar el tiempo de espera con la menor fricción posible: se lee rápido, se olvida rápido. Es como si el ritmo del aeropuerto fuera lo que estructurara la trama misma, con un despegue, tiempo de vuelo, acaso con turbulencia, y finalmente un aterrizaje, se cierra el libro.

Yo no llevaba nada de esas mesas de novedades. En la mochila cargaba ya la prosa hipnótica y lentísima de Jon Fosse y su último libro, Vaim, que había leído despacio, a su propio ritmo, los días previos. Aparte de Fosse, conozco poco de la literatura noruega y este libro tenía, además, la ventaja de ser de un autor noruego. 

Así que esa vez no solo me acerqué a chismosear entre los estantes: encontré un libro porque había un hueco pequeño en el librero y el título me llamó la atención. Debajo de su título tipo eslogan de superación personal, algo me interesó en las primeras páginas que leí al azar (la prueba silenciosa que siempre hago para saber si me gusta el estilo de un autor). El libro se tradujo al español como Caminar: las ventajas de descubrir el mundo a pie, aunque en noruego el título es mucho más sobrio: Å gå. Ett skritt av gangen, que significa literalmente Caminar, un paso a la vez. Por supuesto, también me llamó la atención porque yo misma venía de caminar sola, en dos semanas, más de doscientos kilómetros, subiendo y bajando montañas noruegas y durmiendo en mi tienda de campaña. Cuando la dependienta me dijo que el autor “es de los que desayunan avena en la mañana” resonó justo con esas últimas semanas en las que yo también desayuné avena todas las mañanas.

La página que leí en el aeropuerto del libro de Kagge, la que pasó la prueba, decía lo siguiente:

“Es de sentido común pensar que uno ahorra tiempo al recorrer una distancia en dos horas en vez de ocho en el mismo viaje. Aunque esto es matemáticamente cierto, mi experiencia es la opuesta: el tiempo pasa más rápido cuando incremento la velocidad del viaje. Mi velocidad y mi tiempo se aceleran en paralelo. Es como si la duración de una hora se volviera menos de una hora marcada por el reloj. Cuando tengo prisa, no pongo atención. […] 

Y este es precisamente el secreto de quienes van a pie: caminar prolonga la vida. Caminar no colapsa el tiempo, sino que lo expande”.

Me pareció una paradoja enorme leer esto en el aeropuerto, donde el tiempo se colapsa porque puedes “ahorrarte” horas de viaje, mientras yo venía de una caminata en la que el tiempo se había expandido y elongado a lo largo de lagos y montañas. Esas noches tan cortas, en las que las gotas de lluvia me despertaban de tan ruidosas (excepto el día en que no me di cuenta y amanecí sobre un río de agua que había empapado todas mis cosas), la sangre de mis pies pulsaba rítmicamente, el aire frío cortaba mi frente… Mientras más lento viajas, más se solidifica la memoria. La propuesta de Kagge, que le roba a La lentitud de Milan Kundera, es que la velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido.

Esto no es una apología de la lentitud ni un melancólico rescate de aquellos tiempos en donde la vida iba más lento y teníamos la capacidad de procesar lo que nos sucedía. Las tecnologías de la información y la velocidad de nuestro mundo nos permiten muchas cosas. Pero hay algo que no logran transmitir: la experiencia. Volviendo a la premisa de Walter Benjamin en “El narrador”, podemos decir que el arte, o la artesanía de narrar, está desapareciendo porque se nos arrebató la facultad de intercambiar experiencias y a nadie le importa realmente escucharlas porque hoy vivimos bajo el imperio de una nueva forma de comunicación, la información, que se valora solo por ser inmediatamente verificable. “Ya no nos alcanza ningún suceso que no se imponga con explicaciones”, dice Benjamin. Y ese es también el colapso del tiempo de búsqueda, de las preguntas, de subir una montaña, porque ahora tenemos toda la información en un clic. 

Durante mi caminata anoté también lo siguiente en mi libreta:

“Ayer caminando me di cuenta de que como no me puedo estar quieta, la única manera de estarme quieta es caminando, moviéndome. Moverme para estar quieta y en paz. Los momentos mínimos como morder el kiwi (que tú partiste y deshidrataste por dos días) en tu avena, y un café calientito en la tienda de campaña, con vista a las montañas. Tomarte el tiempo de calentar las manos entumecidas con la taza tibia y una pluma que se ejercita dibujando los contornos de lo que el ojo le dicta:”

Foto de la autora

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Pero llegar a esa experiencia del tiempo expandido no es una tarea sencilla. Requiere, a diferencia de abordar un avión y cruzar las cordilleras desde el aire, mucho esfuerzo. Es un esfuerzo ciertamente físico, pero sobre todo mental.

Cuando camino, me toma horas poder llegar a un momento en el que estoy en paz con mis pensamientos. Es necesario cruzar el umbral del agotamiento para que los pensamientos dejen de hacer malabares. No es para nada una experiencia feliz y de conexión íntima con la naturaleza, como imaginan los que buscan conectar con los espíritus de los bosques y abrazan árboles. Kagge, él mismo explorador del Polo Norte y de la Antártida, dice lo siguiente al respecto: “Lo que más me gusta de caminar es caminar hasta casi llegar al colapso. El placer de estar exhausto y lo absurdo que es caminar se mezclan hasta que ya no puedo distinguirlos”. A lo que solo puedo añadir: es justo ahí donde mis pensamientos dejan de ser mis tiranos y llega una calma inesperada. No hay ningún atajo posible. Antes de llegar a ese punto de quiebre, pienso demasiado: el pensar no dejan de fluir, como una cascada desordenada, todo el día, mi mente no aprendió a aquietarse. Pero hay una hora, entre la tarde y la noche, en la que mi cuerpo ya no puede más, ya no tengo reservas de energía para que la cascada siga su curso. Más allá del principio del placer hay una pulsión de muerte de cierta manera autodestructiva, pero que también llega con un inesperado goce, que es lo que realmente marca lo sublime. C. llamó a esta paradoja, en un neologismo que acuñó para mi caminata, “dissufrir” (disfrutar+ sufrir).

Ir lento y desayunar avena en las mañanas también puede llevar al goce más sublime, ese que te exige que todo tu cuerpo y mente estén comprometidos. Es una manera de cosechar tiempo.