Tierra Adentro
Portada de "Rutas de neón", Antonio Berumen. Colección Tierra Adentro, FCE, 2026.
Portada de “Rutas de neón”, Antonio Berumen. Colección Tierra Adentro, FCE, 2026.

TRAILERA ESPACIAL

 

Egidio la Vaquera Murrieta llevaba treinta y cinco años transportando litio de Sonora a Marte. Cuando le preguntaban cómo le había hecho para que la contrataran era común que mintiera. Tuve suerte, jota. Agarré jale porque acababan de abrir la mina… ¿Qué estudié? Soy ingeniera aeroespacial, mamita. Me gradué con honores en la Universidad Cósmica Poblana… ¿Cómo le hice? Pues tengo el don, mana. Los gringos me vieron volar y luego, luego me ficharon… Después de tanto tiempo, lo que dijera ya no importaba. La Vaquera era tan hábil al volante que nadie quería conocer la verdad —es probable que fuera más decepcionante que los supuestos cavernícolas jupiterinos—, y esa renuncia le dio la fama suficiente para que en las taquerías de la Luna le pusieran limones extra y los narconautas no le tumbaran la mercancía. A la Vaquera no se le complicaba ser popular, confirmaron varios traileros en las cantinas espaciales. Tenía la sangre liviana. Podía portarse como todo un machote si quería, pero las cumbias norteñas la delataban.

Luego de treinta y cinco años en la misma ruta, la Vaquera anunció su retiro para empezar su propio jardín en su natal Huépac. Quiero un árbol de guamúchil, decía con tono soñador mientras pasaba el dedo índice por la boca de la caguama. Quiero que crezca bien altote, que le cuelguen muchos pájaros. Quiero desparramarme a su sombra, dormir y olvidar todo lo que sueño porque tengo la conciencia tranquila.

En la Minera Folsom S. A. de C. V. lamentaron su decisión. Sin embargo, le recordaron con ahínco que aún tenía un cargamento por entregar. No preocupeishon, tranquilizó a los gringos que no paraban de señalar el contrato. Egidio Murrieta es una risponsibol bitch. No nid tu remember.

Y era cierto. La Vaquera no sólo era la piloto más hábil de la minera, sino la más eficiente. Con las nuevas unidades, explicaron los traileros, uno llega a Marte en doscientos días. Eso sin sumar los apagones, asaltos y repetidas paradas a cantinas espaciales —hay que humedecer el vicio, ¿qué no?—. Así que un viaje de ida y vuelta es un año que no ves a la family y te quitas la soledad con putas robot a veinticinco cibercéntimos. La Vaquera, en cambio, necesitaba apenas cien días. La Pomposa (su nave) era una reliquia que la compañía estaba a punto de vender como chatarra. Egidio la halló en el deshuesadero por casualidad cuando vio los alerones herrumbrosos —con rastros agónicos de rosa mexicano— entre la basura. Fue una señal divina, sonreía la Vaquera cada vez que se acordaba. La imaginé reparada, reluciente, dejando en el espacio una estela multicolor como pista de baile de los setenta. Como si detrás pedorreara una fiesta que nomás no se quiere acabar. ♪ Y es que Mariví es una enamorada/ Una enamorada de cualquier mariconada ♪ Y es que Mariví es una enamorada/ Una enamorada de cualquier mariconada ♪.

La minera no entendía bien su obstinación por comprar aquel montón de fierros oxidados cuando en el hangar tenía una nave nueva platinada; la más elegante de toda la compañía, llegaron a presumir. No obstante, sus tiempos de entrega eran tan encomiables (la Vaquera solía hacer hasta dos viajes anuales) que a la mesa directiva no le importó vendérsela con un descuento que no figuró en la declaración fiscal de ese año.

La Pomposa se convirtió en una atracción de la Ruta Marciana del Noroeste. Tenía propulsores iónicos que alcanzaban velocidades superiores a los noventa mil kilómetros por hora, un motor de propulsión eléctrica continua que se oía como lamento de theremin, rotadores gravitatorios que estabilizaban los giros más violentos en órbita, y un escudo energético reflector que repelía basura espacial, meteoritos y los haces de luz-tractores de los piratas galácticos. Era imposible no voltear a verla, confesaron los traileros con envidia notable. Parecía un asteroide rosa con su propia estación de radio. Sabíamos que la Vaquera estaba cerca cuando escuchábamos en el panel de control a Los Tucanes de Tijuana, Ramón Ayala, Lalo Mora. ¡Buenas, buenas, perritos con rabia!, nos saludaba Egidio bien entusiasmada. Hoy es hoy en el espacio sideral, jotas, a menos que se hayan pasado de galaxia por andar comiendo monda. Recuerden que, si dan vuelta en U que no los agarre tránsito, y si pasan por las cantinas échenle una luz a los chúntaros de Villa de Seris, que sin esos ángeles guardianes y su polvo mágico anduviéramos valiendo ver… güenza en las pieles cósmicas de este océano estelar.

La Ruta Marciana del Noroeste era ideal para un personaje como la Vaquera. Comenzó a la sombra de varios acuerdos políticos que definieron una de las actividades económicas más lucrativas del Estado: la minería estelar. Sonora se había convertido en la principal fuente de litio, y Estados Unidos y Europa en compradores habituales. El proyecto New Promise —la colonización de Marte a manos de países primermundistas— era la propuesta más ambiciosa del último siglo, lo que despegó las ventas del mineral, la migración, la criminalidad y la construcción y ocupación de miles de estaciones espaciales en los ciento dos millones de kilómetros que separaban a la Tierra del planeta rojo. ¡Fue un desmadre!, recordó una taquera de la estación Ley 57. Los ricos estaban desesperados por poner a jalar su pueblito en el desierto colorado. Y pa eso necesitaban un chingo de litio. Pero como las mineras no dejaban de competir unas con otras, nadie le atinaba al billete, pues. Pasaron años hasta que se pusieron las pilas y formaron una sola ruta de distribución que se convirtió en el nuevo sueño marciano.

Cada minera transportaba anualmente miles y miles de toneladas de litio. Las naves subían por el cielo como si se tratara de globos arrojados al viento, se perdían a la vista de todos y regresaban después del cumpleaños de alguien tan sólo para marcharse al día siguiente. No cualquiera podía pilotear esas madres, dijo un trailero de la segunda ola. Antes se necesitaba título, ser mecánico especialista. Por eso los gringos, al principio, contrataban puro trajeado, hasta que los muy weyes se sindicalizaron y exigieron más prestaciones y aumentos salariales. Nadie quiere invertir en la gente, ¿sabe cómo? ¡Menos las compañías gabachas! Y por suerte, en Hermosillo, mucho trailero correoso andaba valiendo verga desde la automatización de las unidades terrestres. Nos la pasábamos tirando barra, pisteando, dando direcciones imaginarias a cualquiera que quisiera oírnos. Las mineras no se lo pensaron dos veces y nos dieron jale de volada. ¿Tú crees que nos íbamos a poner los moños si le quitaban ceros a la nómina? Cuando estás acostumbrado a ganar en pesos, un cheque en dólares siempre tendrá subtítulos al español.

De esa manera, los pilotos con título universitario fueron reemplazados por traileros cocainómanos (cuya única experiencia en el espacio fue un simulador virtual durante la semana de capacitación), siendo el trampolín perfecto para el contrabando sideral de bienes y servicios. Con los años, las estaciones espaciales repartidas a lo largo de la Ruta Marciana del Noroeste —en el pasado, epicentro de importantes investigaciones científicas y prometedores proyectos habitacionales del futuro—, acabaron como nido de migrantes, putas, dealers, cholos, tiangueros y más gente creyente de San Judas Tadeo con la esperanza de llegar a Marte. A las mineras les valió madre el desvergue, señaló un pirata espacial en su quinta cerveza. Sólo exigían que al planeta llegara el litio y no otra cosa. Algunos países hicieron observaciones que pasaron desapercibidas en los noticieros. Hubo multas, protestas, entrevistas, pero nada significativo que detuviera la problemática.

En cambio, los traileros vivían su mejor época. Habían encontrado un paraíso sin límite donde la paga era puntual y sobraban tugurios para despilfarrarla. Ni mandado a hacer, se reía la Vaquera mientras volaba por el espacio. “¡¿Ya vistes, carnal?! Allá va la Pomposa, la nave gay, la nave rosa con el pito alado que tiene un astronauta vaquero en las bolas. ¡La nave de la cumbia norteña!” ♪ En esta vida hay muchas cosas/ pero de día no se conocen hu (hu, hu, hu, hu)/ si ustedes gustan yo los invito/ a mí me gusta vivir de noche (hu, hu, hu, hu) ♪

Con el tiempo, el enigma alrededor de la Vaquera fue motivo de especulaciones en las cantinas espaciales. Lo que se sabía con certeza es que era puto, tenía un ex al que apodaban la Tarzana y era coleccionista de camisas estampadas. La moda de los ochenta era su favorita. Le gustaba el cabello largo y rizado, el bigote sin canas; tenía un arete de plata que se pellizcaba para coquetear y los dedos saturados de anillos de fantasía; en la muñeca izquierda ostentaba un viejo Rolex clásico y dos esclavas: la primera con su apodo en cursiva y la segunda con la fecha en que nació su madre; en el cuello le colgaba una gruesa cadena de oro con forma de víbora, y nunca piloteaba sin su Texana Maverick roja ni sus botas de cocodrilo mutante.

La Vaquera era un espectáculo viviente que provocaba risas o rechazo. Sus apariciones eran garantía de pachangas licenciosas, y si andaba borracha no había quién la apartara del karaoke donde hacía imitaciones de Juan Gabriel. Se remangaba la camisa hasta el ombligo, recordaron los cantineros. El muy joto movía las caderas como si fuera Mata Hari. Algunos aplaudían para animarla, pero otros murmuraban entre sí, intercambiando gestos desdeñosos que casi siempre acababan en sillas desocupadas. Aun así, la Vaquera no se detenía en la pista de baile multicolor. La cumbia norteña era una corriente eléctrica en su sistema nervioso, un escalofrío en su espina dorsal que le erizaba los pelos de la espalda. Cualquiera que le exigiera que se dejara de puterías se llevaba un botellazo en la cabeza. ¡A chingar a su madre!, gritaba Egidio desenfundando una pistola láser con cachas de oro. Yo voy a putear hasta que me jubilen el fundillo. Las peleas eran inevitables. No pasaba una semana sin que lo viéramos en los hangares con el labio roto, el ojo morado y más crudo que aguachile en plato de vidrio. ¡Güera! —golpeaba la mesa de las cenadurías espaciales como si fuese un juez pidiendo orden—, aliviáname con un menudo bien grosero. Tengo licuado el cerebro de tanta riata galáctica.

Ahora que la Vaquera había decidido retirarse, sus aventuras tuvieron un repunte de popularidad en las cantinas, acompañadas con sutiles quejas de abandono que la gente —quienes la querían— remojó con bacanora contrabandeado. Pinche jota traidora, escuché a varios traileros en la barra. A quién se le ocurre perder el tiempo con jardines si aquí arriba sobran placeres. Es probable que la Vaquera supiera lo que opinaban, pero estaba decidida. Treinta y cinco años en el espacio endurecen a cualquiera; endurecen la nostalgia, la piel, la alegría de vivir sin futuro. Los recuerdos acaban en cajas membretadas con plumón indeleble, listas para la mudanza prometida, y el polvo se convierte en una costra que por más que se limpia sólo se eleva hasta aterrizar en el mismo lugar. Cómo me gusta esta vista, jota —el planeta Tierra lucía enorme. Estaba azul y tatuado de nubes. La Pomposa flotaba muy cerca de la atmósfera, igual que una mota de polvo en las pestañas de un rayo de luz—. Mira qué chulada. ¡Asómate! A veces se me van las horas buscando el desierto donde me parieron.

Es difícil saber qué extrañamos, suspiró un tianguero en la estación Palo Verde mientras le compraba pitayas. La sombra en sus ojos delataba tristeza. Cuando nos fuimos de la Tierra nomás pensábamos en Marte. ¡Era nuestra única esperanza! Hablábamos de casas inteligentes, aire nuevo, robots. Se trataba de volver a empezar. Pero nadie nunca llegó. Estas islas que flotan entre las estrellas son todo lo que hay; lo que tenemos, lo que alcanza. Vivimos en la frontera de lo que fue y pudo haber sido. Y eso bajonea con madre.

Los ojos de la Vaquera tenían esa misma sombra. Era una sombra que flotaba sin horario, como la nube que queda después de una tormenta. Nadie lo notó por culpa de sus lentes de sol. Pero ahí estaba, y no se desvanecía, transparentándose cuando veía el desierto a través del cristal de la Pomposa. La melancolía es una enfermedad porque quieres darle vida a lo que ya está muerto. ¡Cómo hay raza habladora! Las biobitches fumaban sin parar afuera de los moteles cápsula. La Vaquera sólo sabía putear. La tristeza le daba alergia.

Verdad o no, a la Vaquera, tras anunciar su retiro, se le vio (supuestamente) el doble de contenta en las cantinas espaciales, besándose con extraterrestres en baños alumbrados por lámparas rojas y dando taconazos en la pista al ritmo del Payaso de Rodeo. Su regreso a casa era inminente, y quizás esa certeza dio sentido a la esperanza que se había empeñado en conservar. No se trataba de un permiso con dos semanas de depurativo propósito —el cosmos solía hartarse de sus perversiones—, sino volver (de forma permanente) a ese lugar que debía estar ocupando y avanzaba sin ella, volviéndose viejo sin notar que el tiempo hacía remodelaciones. Tal vez se aburriría los primeros meses. Quién sabe. Y su cuerpo se desgastaría más rápido con la gravedad de la Tierra. El peso de las cosas sería un reto divertido; nada flotaría con la sensación acuática del cosmos. El sueño sería virulento por culpa de tantas vigilias a la espera de piratas galácticos. Se quedaría dormido frente al holovisor en el preciso momento —aplausos pregrabados— que anunciaran el descuento sorpresa para la crema desvanecedora de varices. ¿Y las tardes? ¿Qué haría por las tardes? Adiós a los arrancones en el Cinturón de Asteroides, a los toros mecánicos en los domos lunares, a las peleas de gallos robóticos en los palenques clandestinos. La vida (lo que quedaba de ella) sería un desfile de recuerdos al borde de la cama, durante un ciclo de mañanas aburridas en un pueblo al que nunca le interesó levantar la cabeza para ver las naves que despegaban. La Vaquera, y todo lo que significó alguna vez, sería tan sólo el chiste personal de un viejo puto a la sombra de un guamúchil.

La Pomposa sería desmantelada, volvería al deshuesadero sin la honra fúnebre que merece. El espacio western moriría con las nuevas leyes de restricción interestelar que ya se habían anunciado, y la Ruta Marciana del Noroeste perdería el boogie oogie oogie de los malandrines retro con nariz empolvada. ¡¿Quién chingados no se retiraría después de saber eso?! La peda, la buena vibra, la pachanga cósmica se apagaría con la rapidez de una bombilla que se funde. El espacio quedaría en manos —otra vez— de pálidos funcionarios conservadores y monopolios de libre mercado. El Vaticano reanudaría sus misiones de evangelización; la cabeza viviente del Papa sería televisada citando Colosenses 3, versículo 2, y un enjambre de puritanos protocolistas daría orden a lo que ya tenía orden pero ellos juzgaban desordenado. Las cantinas serían clausuradas, los prostíbulos de la Luna tendrían putas cristianas arrepentidas. Cualquier espectacular en las estaciones de la Tierra a Marte sería desmantelado. No more 15% off for moon-burgers, alien’s threesome canceled, robot’s closing sale! Total liquidation! Reglas y más reglas para un lugar que era hermoso porque siempre se mantuvo salvaje. Todo se estancaría en un largo proceso burocrático al que le faltó la firma del secretario y es necesario rehacer.

Me pregunto si la Vaquera ya sabía de estos cambios… ¡A huevo que sí! ¿Tú crees que hubiese cooperado si un polidrón la hubiera detenido por usar su abrigo de ante con flecos en vez del aburrido traje de la compañía? Lo más probable es que desenfundara su pistola láser para morir como todo un actor de holonovelas, procurando el desenlace más dramático posible, así los reporteros publicarían una nota roja con su cuerpo ensangrentado. Los titulares dirían: POLINDRONES ASESINOS SE CLAVAN A TRAILERO MUERDEALMOHADAS.

Por desgracia, la realidad es menos teatral: la Vaquera tendría un último viaje licencioso —puteando en las mismas cantinas rascuaches— hasta Marte. Entregaría el litio en la aduana de New Promise y, a su regreso, se descosería dos que tres cholos con tatuajes motivacionales en el pecho. La Pomposa se la quedaría una concesionaria que anotaría (mes con mes) precios cada vez más bajos en el parabrisas. El robot de Recursos Humanos tramitaría su renuncia y después celebraría la fiesta de despedda con un pastel de tres leches y la fastidiosa ronda de abrazos con el personal de la estación. Durante todo el descenso a la Tierra (usando el High Speed Elevator) tendría los ojos fijos en la exosfera, pensando en el desmadre que estuviera haciendo de no haberse retirado. El flotabús se detendría en Huépac sin una cumbia a todo volumen. Y lo más futurista en ese pueblo sería el cajero digital donde recibiría su pensión. Abriría la puerta de su casa, dejaría la maleta en el zaguán. A lo lejos ladrarían los perros fantasmas y sonaría una televisión vieja con programación pública. Entonces arreciaría el viento, levantando un remolino de hormigas y polvo, y desde ese momento nada tendría jamás la inmensa belleza del espacio.

Portada de "Rutas de neón", Antonio Berumen. Colección Tierra Adentro, FCE, 2026.

Portada de “Rutas de neón”, Antonio Berumen. Colección Tierra Adentro, FCE, 2026. Disponible aquí.