¿De quién es la patente de la naturaleza?
Me falta la gracia con la que mi madre me contó esta anécdota. Se encontraba trabajando en su taller de costura —es modista desde hace más de treinta años— cuando la irrupción ocurrió. No son raras las tardes que, como aquella, dedica a ribetear trazos de tela mientras espera la llegada de alguna clienta. Consciente de que tenía agendada una cita a esa hora, respondió al repentino toquido en la puerta con una indicación tan concreta como irreflexiva, casi automática: pasen.
Se materializaron un par de veinteañeras que llevaban encima faldas largas y chalequitos cárdigan. Una de ellas, como si descubriera un cenote o un glaciar, le dijo con admiración a la otra:
—Guau, aquí cosen.
Mi madre encontró imbécil la acotación: ¿en qué otro lugar cosería si no era en el taller donde las había citado? Estuvo a punto de preguntar cuál de las dos agendó el servicio cuando se le adelantó, de nuevo, la entusiasta chica que cinco segundos atrás había pronunciado una obviedad. Su boca era una fábrica de observaciones vehementes: habló de cuán preciosos le parecían los vestidos en exhibición, señaló el espejo enorme que las miraba desde el fondo del probador, se sorprendió por la variedad de máquinas de coser que la rodeaban. Mi madre tuvo que detenerla a media descripción. Preguntó:
—¿Vienen por el vestido de novia?
—Ah, no, no. Formamos parte de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Hemos venido a invitarla a la transmisión de nuestra próxima Conferencia General. ¡Muchas gracias por dejarnos pasar!
Eran mormonas. Mi madre nos había acostumbrado a ignorar los toquidos apostólicos con que los testigos de Jehová se presentaban ante la puerta cada fin de semana. Esa tarde, una confusión laboral hizo que terminara recibiendo propaganda de una denominación cristiana incluso más extraña, conformada por feligreses sonrientes que no beben café y están convencidos de que, al morir, pueden atravesar una progresión eterna que los convertirá en seres semejantes a Dios.
Reconozco la mezquindad del párrafo anterior: ciertamente, uno podría tomar cualquier creencia religiosa y ridiculizarla si se reduce al absurdo con suficiente pericia. Toda teología que busque ser sublime debe aceptar los riesgos de la caricatura. Pero no es la burla atea lo que persigo en estas líneas. Quiero hablar de catecismos.
De las religiones siempre me han fascinado sus diversas formas de propaganda. Crecí en un pueblo al sur de Guadalajara tan uniformemente católico que incluso quienes estudiábamos en primarias públicas, laicas en la medida en que el juarismo lo permite, asistíamos a las peregrinaciones de cada fiesta patronal acompañados por nuestros maestros. Un pueblo tan uniformemente católico que a los hombres nos vestían de Juandieguitos cuando llegaba el 12 de diciembre. Tan uniformemente católico que dos casas por cuadra presumían, en su fachada, una calcomanía con el Sagrado Corazón de Jesús que advertía no aceptar propaganda protestante ni de otras sectas. Jamás tuve que acompañar a mis padres a tocar puertas en busca de nuevos conversos: compartía fe con todos a mi alrededor. Así fue hasta que la literatura y el ateísmo me hicieron una visita simultánea.
Aunque nunca volví a misa, me mantuve atento a los medios con los que el cristianismo —sin importar el bando— procuraba mantenerse a flote. Incluso ahora soy capaz de dedicarle un par de minutos al loco en turno que prodiga admoniciones apocalípticas en una plaza pública y no desdeño a los misioneros encorbatados que han sacrificado su juventud a cambio de la vida eterna. Este vicio, venido de mi morbosa inclinación al chisme, me ha orillado a coleccionar toda clase de folletos religiosos. Uno de ellos cuenta con la pregunta que le da título a este texto: ¿De quién es la patente de la naturaleza?
Con menos de treinta páginas, el panfleto se presenta como una pieza de divulgación cuidadosamente maquetada: incluye bellísimas constelaciones que acompañan una monografía sobre el espacio exterior y el lugar que la Tierra ocupa en él; alterna diagramas sobre los ciclos biogeoquímicos con dibujos de bacterias y animales; expone, en suma, la grandeza de la obra del Creador. La información se despliega con una serenidad casi pedagógica y aparece respaldada por cifras, notas al pie, nombres de investigadores, universidades, revistas especializadas y una bibliografía final que confiere una aparente rigurosidad.
Me sorprendió que el texto no se limitara a predicar la cosmogonía del Génesis. Cada página define conceptos, describe experimentos, reproduce declaraciones de científicos y conduce al lector mediante preguntas que parecen invitarlo a extraer sus propias conclusiones. Por eso me llamó especialmente la atención el tramo en que el folleto abandona la contemplación del mundo natural y se propone desmentir la teoría de la evolución.
No es este el espacio para refutar el pequeño panfleto. Baste señalar algunos aspectos que me resultaron problemáticos, cuando no intencionalmente deshonestos. Con gran elocuencia, el texto regurgita varios de los puntos más gastados del antievolucionismo y los hace pasar por críticas agudas; plantea, por ejemplo, que las mutaciones jamás han producido organismos verdaderamente nuevos, pues las moscas mutantes siguen siendo moscas y los pinzones, pinzones. Aunque intuitiva, esta objeción es apenas una caricatura de lo que la teoría evolutiva sostiene: ningún linaje engendra de súbito un organismo ajeno a su historia. Los cambios se acumulan en las poblaciones, pueden producir divergencia y aislamiento reproductivo, y aun así los descendientes conservan la pertenencia a sus grupos ancestrales. Quiero decir: las aves no dejaron de ser dinosaurios ni los seres humanos dejaron de ser primates.
A la hora de abordar los paradigmáticos pinzones de Darwin, el panfleto sugiere que el aumento del tamaño de sus picos durante una sequía y su disminución posterior se anulan mutuamente y revelan, por tanto, la impotencia de la selección natural. Esto parecería razonable sólo si se presupone que la evolución debe avanzar siempre en una misma dirección, como si condujera de manera inevitable hacia organismos más grandes, complejos o perfeccionados. En realidad, la selección favorece los rasgos que ofrecen una ventaja bajo condiciones ambientales concretas y puede cambiar de dirección cuando esas condiciones se modifican. El ejemplo presentado como evidencia contra la evolución constituye, al examinarse en su contexto completo, una demostración de la capacidad de las poblaciones para adaptarse, divergir y originar nuevos linajes.
Sería un ejercicio estéril enumerar las falacias de un folleto que el lector de este texto no tiene a la mano. Y, como dije, no es la burla atea lo que persigo en estas líneas. Quiero hablar de catecismos.
No puedo evitar alarmarme por un objeto propagandístico que parasita la autoridad de la ciencia que él mismo intenta desacreditar: la presenta como una institución dominada por prejuicios materialistas, pero al mismo tiempo recurre a su prestigio con tal de presentarse ante los lectores como una fuente fiable. Esta clase de panfletos simulan ser el resultado de una evaluación científica neutral, ocultando que han seleccionado las pruebas, distribuido de manera desigual la carga de la demostración y delimitado de antemano las conclusiones a las que puede llegar el lector. Esta sofisticación retórica no atenúa, por tanto, su carácter propagandístico: es precisamente lo que los vuelve eficaces.
Ante esta clase de discursos, no deberíamos conformarnos con ridiculizar a quienes han sido persuadidos por ellos. Divulgar ciencia implica también enseñar a reconocer las diferentes formas de la pseudociencia. Sólo así puede reducirse la desigualdad entre quienes dominan el lenguaje técnico y quienes dependen de intermediarios para comprenderlo.




