La fe con bata blanca
Cuerpo: predilecto recipiente de supersticiones. A sus viscosos pliegues les sobra espacio para que convivan, sin mayores contratiempos, la víscera y la magia. Si abundan pseudoterapias que prometen curar la carne es porque también abundan los misterios que median nuestra relación con ella.
La reciente publicación de mi libro de cuentos (¡no es esto un abrupto espacio publicitario, lo juro!) me ha obligado a vivir, alternando cachitos más o menos bimestrales, entre Guadalajara y Ciudad de México. En mi ciudad natal he tenido que recurrir a las librerías y los clubes de lectura de la Colonia Americana; en la capital, a los de Coyoacán, la Roma, etcétera. En este ecosistema de barrios llenos de cafecitos para hacer coworking y de bares de los que emanan risotadas anglosajonas, me he topado con reiterados anuncios de nuevas terapias para el bienestar físico: desde los sueros vitaminados hasta las bioresonancias, pasando por los escáneres de frecuencias y los baños iónicos.
Dentro del nuevo catálogo del sanatorio pequeñoburgués, la práctica que me ha seducido con mayor intensidad es la de las Barras de Access. Según Access Consciousness, organización que la comercializa y certifica, esta terapia funciona del siguiente modo: al parecer, existen 32 puntos específicos en la cabeza, vinculados con distintos ámbitos de la vida, como el dinero, el amor, la creatividad y la comunicación; durante una sesión, el paciente permanece recostado mientras el practicante toca suavemente los puntos, liberándolos de una carga electromagnética. ¿El beneficio? Una limpieza mental que permitirá superar toda suerte de bloqueos y limitantes.
He visto los sitios donde se realizan las sesiones de estimulación: son todos espacios a medio camino entre el salón de hotel y el spa de masajes. Centros de bienestar. Al principio, quise pensarlos como una variación moderna del santuario de curaciones. Pero no son del todo un templo: les faltan íconos ante los cuales, arrepentidos o extáticos, puedan arrodillarse los fieles de un credo. La clínica de wellness es un espacio inocuo, carente de signos que pudiesen revelar de forma explícita el pensamiento mágico que le subyace.
Estos signos ausentes —santos propios y ajenos, talismanes, variopintas vírgenes— están asociados con estratos económicos de los que el clasemediero busca huir. ¿Por qué una almond mom de la Colonia del Valle habría de atender sus malestares (¡las supersticiones sobre su propio cuerpo!) en el mismo sitio que su trabajadora doméstica? Si unos encuentran protección física en La Santa Muerte, el profesional aburguesado lo hace en el detox holístico. Estos tipos de pseudoterapias adoptan los códigos visuales de negocios cuya legitimidad ya está bien asentada, como la dermatología, la rehabilitación física y la medicina estética. Cómo no: quienes las practican jamás acudirían con un santero. Necesitan que sus supercherías, por más risibles que sean, se articulen en un dialecto social respetable.
El acólito del bienestar, pues, no se asume como un supersticioso. A su compromiso cognitivo con el pensamiento mágico lo delata el hecho de que busca camuflar falsedades valiéndose de versátiles tecnicismos. Hurta de la escabrosa orografía de la Ciencia sus más preciosos minerales: sufijos que resultan llamativos incluso cuando se les extrae de su marco conceptual. Adorna terapias como quien decora bisutería, insertando aquí y allá piedritas lustrosas. Habla de ondas, vibraciones, magnetismo, bioequivalencias, miscelánea cuántica. Qué calma le otorga saber que no tiene que recurrir a limpias con huevo ni a santitos africanos. No cree en esas cosas. No: lo suyo, simplemente, es una forma de autocuidado.
Lo anterior me intriga. ¿Acaso no es interesantísimo que los términos clínicos en los que se plantea la terapia no impliquen, necesariamente, que el paciente esté enfermo? Se trata, más bien, de individuos que nunca terminan de estar del todo sanos. Los fieles del wellness han convertido su propio cuerpo en un armatoste eternamente perfectible. Pensar la carne propia como un área de oportunidad (qué pertinente resulta el tono empresarial de esta etiqueta) conecta maravillosamente con la ansiedad existencial de ciertas clases sociales con un alto grado de profesionalización. Sus integrantes, convencidos del estatus que les otorga el trabajo, el gimnasio y la meditación, terminan siendo vulnerables ante los empresarios que han encontrado el modo de monetizar sus angustias: el miedo a envejecer, la exigencia de productividad y, sobre todo, la necesidad de control sobre el propio organismo.
No crean que no: me entristecen los oficinistas y los aspirantes a emprendedores que han sometido su cuerpo a la lógica bursátil con la que se optimizan inversiones. Incluso considero malvado que la industria del wellness busque transformar problemas derivados de condiciones sociales en simples asuntos de mantenimiento personal. ¿No sufren ya lo suficiente quienes acuden al abrazo cálido de la superchería microburguesa? No me gustaría ser el primero en denunciarlo, pero los clasemedieros también lloran: sus suscripciones de Disney+ y el servicio dental de sus pomeranias cuestan bastante dinero.




