Tierra Adentro
Radio portátil. Fotografía realizada durante la actividad del Estudio Mário Novais: 1933-1983.. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0
Radio portátil. Fotografía realizada durante la actividad del Estudio Mário Novais: 1933-1983.. Recuperada de Flickr. CC BY-NC-ND 2.0

I

Mi bisabuela Venancia solía levantarse a las cinco de la mañana. Abría la puerta de su cocina, removía los pedazos de leña en su fogón para reavivar el fuego, calentaba un poco de café y se disponía a preparar los alimentos. Así transcurrían los días, atendiendo las ocupaciones cotidianas: ir a la milpa, cortar la leña, recoger agua en los tanques, alimentar a las gallinas… hasta que la tarde volvía a caer. Había lapsos para descansar y también para atender a las visitas que llegaban a compartir el pan y las eventualidades vividas en el tiempo sin verse. Afuera, el mundo, más allá de los límites del pueblo natal de mi bisabuela, la vida no parecía inmutarle. Las ansias de los gobiernos y las naciones no existían en la cotidianidad de mi bisabuela, tampoco las innovaciones tecnológicas ni nada que fuera ajeno a su comunidad. Para ella lo verdaderamente indispensable era cosechar los alimentos y sostener a una familia compuesta de siete hijos que estudiaban y trabajaban con mi bisabuela.

II

En el verano de 1978, el hijo mayor de mi bisabuela le regaló un artefacto extraño para ella. Se trataba de una radiograbadora que se encendía al girar la manija y levantar la antena que tenía del lado izquierdo. Mi tío le enseño a mi bisabuela a utilizar el objeto. Al principio a ella le parecía difícil, pero una vez que dominó la técnica, la radio comenzó a ser parte de sus mañanas. Antes de empezar sus labores, la encendía para sintonizar la única frecuencia que alcanzaba a registrarse en su pueblo: XERA, Radio Comunidad indígena. En ese tiempo era un lujo tener dicho objeto en casa. Sobre todo cuando no había siquiera servicio de luz eléctrica en la comunidad. La radio funcionaba con unas grandes pilas D. Para que el paquete de seis pares le durara a mi bisabuela, encendía la radio a las cinco de la mañana y la apagaba a las ocho, justo cuando se iba a la milpa.

La radio pronto comenzó a tener relevancia, no sólo en la vida de mi bisabuela, sino también en la de los vecinos, al notar que en su casa se escuchaba un sonido distinto al canto de los gallos y el chirrido de los insectos que despedían el crepúsculo matutino. La radio alteraba el paisaje sonoro al emitir canciones, comerciales y programas completamente ajenos al espectro aural del pueblo de mi bisabuela. Lo primero que los vecinos notaron fue la música ranchera y los tríos que cantaban en castellano, algo que distaba de la música tradicional que solía escucharse en los días de fiesta, los rezos y los ritos fúnebres. La curiosidad de algunas personas las llevó a preguntar a mi bisabuela qué era aquello que sonaba al interior de su casa. Ala kaxlan son, mencionó, es decir, “un sonido extranjero [foráneo, de metal]”. Así nombró al artefacto, la palabra describía las características del objeto: la relación con lo ajeno al pueblo y la capacidad para emitir sonidos. Un neologismo que pronto se socializó hasta habituarse en el habla de la gente.

Los vecinos se maravillaron con el kaxlan son, que también era nombrado sólo como son, les parecía asombroso que alguien hablara en la radio, como si estuviera adentro, y que se escuchara la música sin la presencia de los músicos. Las personas creían que era un ser animado. Ay sch’ulel te sone1, algunos decían. Mi bisabuela era la única persona que tenía una radio en el barrio donde vivía y la gente sabía que ella iniciaba su jornada cuando se escuchaban los primeros repertorios musicales de la mañana. Así la gente comenzó a familiarizarse con el objeto, incluso a aprender algunas palabras en castellano que expresaban los locutores y las canciones rancheras de la época.

III

A inicios de los años ochenta, la radio registraba la frecuencia de otras estaciones como La voz de los Altos, que emitía desde Jobel, y La voz de la Frontera, situada en Las Margaritas, municipio vecino al pueblo de mi abuela. Así surgieron los primeros locutores que hablaban alguna de las lenguas originarias de la región como el tseltal, el tsotsil y tojol-ab’al. Mi bisabuela recordaba dos nombres en particular: David Hernández y Adelina Luna, pioneros de la locución en tseltal. La gente se sorprendió al escuchar que hablaban en su idioma. Así empezaron a conocer los grandes acontecimientos sociopolíticos que sucedían en Chiapas y en México. Las cosas que pasaban en otras latitudes, lejos de la realidad de la gente, de poco en poco comenzaron a ser noticias que también se escuchaban en las comunidades y que les inquietaban. La radio era una ventana abierta al mundo.

Uno de los momentos que más impactó a mi bisabuela fue la narración de la erupción del volcán Chichonal en marzo de 1982. Ella me contó que, al encender la radio supo lo ocurrido en un pueblo lejano al suyo, en donde una gente se había desplazado y otra quedó sepultada por la explosión. Para ella era extraño que una montaña explotara porque no existía algo así en su territorio, ni se sabía de una montaña que aventara ceniza y gases. Era algo, incluso, ajeno a su lengua al no encontrar una manera de nombrar la palabra “volcán”, que era dicho así por el locutor. La radio ya no sólo se disponía para escuchar música, sino para informar a la gente de lo que pasaba en otros pueblos originarios que mi bisabuela jamás había escuchado, ni visto ni caminado, y por los que, sin embargo, sentía empatía ante las adversidades que vivían.

En el transcurso de ese día, notó que del cielo caían fragmentos de ceniza negra, como si fuera una tenue llovizna, por un momento se asustó al pensar que se trataba de alguna plaga, pero al palpar y oler los restos supo que era ceniza. Entonces lo asoció con la explosión. Las cenizas habían recorrido cientos de kilómetros hasta caer sobre el pueblo de mi bisabuela. En aquella temporada la tierra estaba débil, las semillas no crecían, la escasez de lluvia había secado el suelo. Tras la explosión del volcán y con la llegada de la ceniza, la tierra recobró su fertilidad y los aguaceros se dieron con ímpetu. Los efectos del estallido fueron buenos para el pueblo de mi bisabuela, pero no dejaba de pensar en lo que había pasado con las cientos de familias que dejaron su tierra, su casa y comunidad para salvar su vida.

En ese mismo año, la luz eléctrica llegó al pueblo de mi bisabuela, era un servicio bastante malo e intermitente, pero eso no impidió que las familias se compraran aparatos electrónicos, entre ellos la radio. Lo que un día fue novedad, se convirtió en un objeto usual en la vida de la gente. Todas las mañanas, hasta la fecha, se escuchan las noticias en tseltal y las canciones de antaño que nunca han pasado de moda.

IV

Cuando la electrificación del pueblo se hizo, las familias comenzaron a llevar la radio a la milpa, pues las pilas se disponían para trasladarla fuera de la casa. La gente, al llegar su tierra, colgaban el objeto en alguna parte alta para escuchar las noticias o algún programa musical con un volumen moderado. Esta práctica aún la realizan algunas personas, aunque es verdad que los teléfonos celulares han desplazado a la radio y ocupan la tarea. Recuerdo que, en varias ocasiones, mi bisabuela, mientras removía la tierra y arrojaba las semillas, tarareaba las canciones de Bertín y Lalo, Las Palomas, Las Hermanas Padilla, Antonio Aguilar y más cantantes. Ella nunca habló en castellano, pero podía cantar claramente: cariñito de mi vida dime adiós porque me voy, no te quiero ver llorar, yo no tardaré en volver, aunque yo me vaya lejos no te dejo de querer. Así, la radio se convirtió en una especie de compañía para ella cuando se iba a la milpa, la llevaba en su morral como un reliquia bien atesorada que cuidó hasta su últimos días.

V

Tras la muerte de mi bisabuela en el 2016, la familia guardó sus pertenencias en un baúl que permanece debajo del altar que tenía en su casa. La vieja radio también fue removida de su espacio habitual y el clavo donde colgaba quedó vació, sin sonido, sin tarareos, sin más anécdotas. El objeto que veía cuando llegaba a visitar a mi bisabuela es tan sólo un recuerdo que reside en mi corazón.

  1. “La grabadora tiene alma-fuerza-lenguaje-conocimiento-vida”.

Autores
(Chiapas, 1990). Es ensayista, documentalista y académico tseltal. Doctor en Ciencias Antropológicas (UAM-I). Becario del FONCA y del PECDA-Chiapas, ambos en dos emisiones. Premio Cátedra Gonzalo Aguirre Beltrán a la Mejor Tesis Doctoral en Antropología Social y Disciplinas afines 2024, y Mención Honorífica de la Cátedra Jan de Vos a Mejor Tesis Doctoral 2025. Ganador del primer lugar en cuento del concurso Universidad es diversidad de la UAM 2021. Obtuvo menciones honoríficas de ensayo en el 53 Concurso Punto de Partida de la UNAM 2022, y en el Concurso de Estudiantes de Post-grado del Congreso ERIP-LACES-Universidad de Stanford 2022. Autor de los libros de ensayo bilingüe, tseltal y español, Te sututet ixtabil. El giro de la pelota (Coneculta, 2020) y Ch’ayet k’inal. Las formas de la ausencia (FCE, 2024).
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