Tierra Adentro
Fotografía recuperada de https://www.gob.mx/cultura
Fotografía recuperada de https://www.gob.mx/cultura

En alguna de sus columnas, Cristina Rivera Garza, retomando a Margaret Atwood, sugiere que somos, en gran medida, aquello que olvidamos.1 Mi memoria suele fallar con frecuencia, pero hay un olvido que se impone de manera persistente: el de María Luisa Mendoza. Me explico: cuando me preguntan por mis escritoras mexicanas favoritas, pocas veces aparece la China Mendoza en mi respuesta; cuando me piden recomendaciones de literatura erótica mexicana, pienso antes en Salvador Novo, Inés Arredondo e incluso, en ocasiones, en David Miklos, que en De ausencia (1974). Si Rivera Garza tiene razón y aquello que olvidamos actúa como fuerza constitutiva de lo que somos, entonces, qué significa hoy en día olvidar a María Luisa Mendoza. Cuando digo hoy en día me refiero a un momento atravesado por la recuperación feminista de autoras relegadas por el canon, un fenómeno que, aunque suele presentarse como reciente, tiene ya cerca de cinco décadas en desarrollo; a un contexto en el que la categoría de literatura erótica comienza a desdibujarse tanto de los estantes de las librerías como de las formas tradicionales de clasificar la escritura mexicana, y en el que ciertas formas de escritura centradas en la forma, como la escritura barroca, parecen ceder terreno frente a narrativas que privilegian la trama, la imagen y la acción por encima de la exploración de las posibilidades mismas del lenguaje.

María Luisa Mendoza nació en mayo de 1930 y murió en junio del 2018. Fue diputada federal por el estado de Guanajuato y por el Partido Revolucionario Institucional. Fue una reconocida periodista, gran entrevistadora y, según en sus propias palabras, una novelista ninguneada que nunca escribió la gran obra que habría de consagrarla.2 Coleccionaba tiliches, piezas de arte y pétalos de flores que recolectaba en sus viajes. Escribía cartas y sentía una particular fascinación por los perros y una buena borrachera. Estaba obsesionada con los zepelines y los espejos; incluso circula el rumor de que su cama estaba colocada bajo un techo cubierto de espejos, como si buscara fijar su propia imagen señala Elena Poniatowska.3 Porque quizá lo verdaderamente incómodo no sea la existencia de esos espejos, sino imaginar a la China mirándose en ellos mientras gozaba de su propio cuerpo. Sola o acompañada. Es curioso como nuestra cultural moralina suele necesitar razones más aceptables como la vanidad para explicar aquello que pertenece al deseo. O, dicho de otra manera, cómo olvidamos siempre que somos cuerpos deseantes.

Y la China sabía gozar. O así me la imagino porque nunca la conocí. No la vi defender su jacaranda, como cuenta Jazmina Barrera en “De China libre”; tampoco la vi en televisión nacional.4 Ni siquiera recuerdo haber leído alguna de sus notas periodísticas. Me acerqué a sus libros hace apenas un par de años, cuando ella ya había muerto. Y, sin embargo, siempre regreso a ellos, por supuesto, cuando me acuerdo. Son mis manuales de escritura. Son, además, una especie de dispositivo afectivo cada vez que extraño mi país, que me devuelve a ese México donde nunca se detienen la risa, el albur y las enchiladas. Pero, sobre todo, son libros que me producen un placer genuino, que me divierten, que me hacen gozar el cuerpo. Quizá por eso tiendo a olvidar a la China Mendoza con la misma facilidad con la que olvido responder mensajes de amigos queridos. Porque, si he olvidado algo, significa que aún no he terminado con ello. A veces el olvido no es una pérdida, sino una forma de aplazar el goce. Lo que regresa una y otra vez no lo hace por accidente, sino porque sigue exigiendo un lugar en nuestra historia.

No soy la única que parece olvidarse de María Luisa Mendoza. A pesar de haber sido una de las escritoras más sólidas de la literatura mexicana y de haber sido admirada por figuras como Sergio Pitol, Rosario Castellanos, Salvador Novo, Elena Poniatowksa y muchas otras más, sus libros apenas circulan hoy. No sé encuentran en las librerías y ni siquiera el Fondo de Cultura Económica ha reeditado su obra completa, como señala Minerva Reynosa.5 Sin embargo, el olvido de la China no puede explicarse únicamente por la desidia editorial o los caprichos del canon. El olvido no es solo un accidente del recuerdo, sino su condición de posibilidad: María Luiza Mendoza insiste en regresar porque todavía no hemos terminado de leerla.

Si somos aquello que, en gran medida, olvidamos, olvidar a María Luisa Mendoza pone el goce femenino al centro de aquello que somos. En De Ausencia, la autora narra la vida de Ausencia Bautista, una mujer hedonista y pícara que no envejece. No existe otro personaje semejante en la literatura mexicana, ni tampoco un lenguaje barroco que convierta el orgasmo femenino en una estructura gramatical. En la novela, la sintaxis adquiere un comportamiento erótico: imita el ciclo de respuesta sexual—excitación, meseta, orgasmo y resolución—identificado apenas ocho años antes por William H. Masters y Virginia E. Johnson.

Con la publicación de su libro Human Sexual Response (1966), estos investigadores transformaron el estudio científico de la sexualidad humana al observar y medir las respuestas fisiológicas del cuerpo durante la actividad sexual. Su trabajo contribuyó a desmontar mitos arraigados sobre la sexualidad, como la creencia de que las mujeres alcanzan el orgasmo principalmente a través de la vagina y no del clítoris, así como la idea de que el placer sexual femenino es fisiológicamente menos complejo o menos importante que el masculino. María Luisa Mendoza convierte en estética y en política la ausencia productiva del clítoris y el multiorgasmo femenino dentro de los discursos de su época para construir una literatura barroca bastante original en la literatura mexicana.

En De Ausencia, la gramática se transforma en un orgasmo de largo aliento: la novela está atravesada por frases subordinadas, neologismos, acumulaciones, pérdida del centro sintáctico, respiración agitada y un torrente verbal que vuelve al deseo erótico una fiesta barroca:

Ausencia, Ausencia, tu lugar está en las alturas, belleza, le dijo arrastrando un poco más la camisa de batista que ocultaba una media luna del pezón redondo, erecto, color de hormiga de la mujer que posaba para las micas ocres milagrosamente vueltas por Julien retratos transparentes para su ojo de la máquina de vistas rodantes que iba a patentar, o en lindas antiguas siluetas negras que vendía de papel a los elegantes de Roma y gracias a las cuales napoleónicamente comía, si no imperial, por lo pronto efectivo, modus vivendis recortaris, exclamaba Ausencia, negroris putativis, sentenciaba Julien en el remedo latinismo que concluía, por lo general, no siempre, dependiendo del grosor del vino o del fragor de la lluvia, en coito color de hormiga que exaltaba a la mujer y vaciaba de un tirón al pobre artista que soñaba entre ajigolones de sudor y semen en lograr una lámpara de Aladino que alguna vez, con el tiempo, evolucionara hacia vistas en movimiento que pudieran hacer soñar a los hombres en otros sémenes y otros Aladinos.6

El fragmento anterior funciona como una frase-orgasmo: una sola corriente verbal casi sin pausas en la que la sintaxis abandona la estabilidad de la lógica clásica para entregarse al movimiento acumulativo del deseo. La subordinación, las enumeraciones y los desvíos constantes producen una sensación de ascenso, expansión y desbordamiento que reproduce una experiencia corporal más que describirla. La frase avanza por asociaciones sensoriales y mentales: del cuerpo de Ausencia a la fantasía tecnológica, del latín paródico al acto sexual, como si el pensamiento y el placer compartieran una misma respiración acelerada. El lenguaje no organiza el deseo desde una distancia descriptiva sino que se deja arrastrar por él.

La prosa de María Luisa Mendoza convierte así la sintaxis en una experiencia física. La ausencia de un centro estable, los neologismos, las acumulaciones y los cambios abruptos de registro producen una escritura donde el erotismo, la imaginación y la destreza intelectual ocurren simultáneamente. En la frase conviven el léxico culto, la expresión coloquial, la pseudoerudición humorística y una imaginería intensamente visual y táctil: el pezón “color de hormiga”, el sudor, el semen, la lluvia y el vino construyen un universo donde el goce femenino y lo intelectual no están en disputa. El narrador no observa a los personajes desde afuera, sino que se introduce en el flujo de sus impulsos, deseos y fantasías. La frase culmina en una especie de resolución erótica y verbal: el cuerpo se vacía, pero la imaginación continúa produciendo otros cuerpos, otros deseos y otros mundos posibles.

Todo acto de recordar se construye sobre una superficie inestable hecha de ausencias productivas. Volver a María Luisa Mendoza cada vez que la olvidamos es afirmar que la literatura mexicana también es una literatura de lo erótico, del goce femenino y de las posibilidades del lenguaje. Olvidar a María Luisa Mendoza es recordar, tantas veces como sea necesario, que la literatura mexicana pertenece a las mujeres que escriben y a quienes leen desde el goce, aunque con frecuencia olvidemos aquello que somos.

  1. Rivera Garza, Cristina. 2026. “Somos lo que olvidamos”. La jornada. 24 de marzo. Disponible en: https://www.lajornadamaya.mx/opinion/260565/somos-lo-que-olvidamos-timbre-cristina-rivera-garza
  2. Redacción, 2018. “Murió María Luisa ‘La China’ Mendoza”. Reforma. 29 de junio. Disponible en: https://www.reforma.com/aplicacioneslibre/preacceso/articulo/default.aspx?__rval=1&urlredirect=https://www.reforma.com/aplicaciones/articulo/default.aspx?id=1431176&referer=–7d616165662f3a3a6262623b727a7a7279703b767a783a–
  3. Poniatowska, Elena. 1976. “Las cosas de la China Mendoza y las dos piezas de Héctor Azar”. Novedades. 21 de diciembre.
  4. Barrera, Jazmina. 2019. “De China libre”. De Ausencia. México: UNAM, 7.
  5. Reynosa, Minerva. 2025. “Mula ciega de mina”. Posdata. 31 de julio. Disponible en: https://revistaposdata.com/mula-ciega-de-mina/
  6. Mendoza, María Luisa. 2019. De Ausencia. México: UNAM, 23.