Tierra Adentro
Ilustración realizada por Rosario Lucas

Jamás olvidaré la tarde en que conocí a Satanás.

Había renunciado a mi empleo y, por primera vez en mucho tiempo, podía permitirme rituales innecesarios: hervir té de canela y jengibre a las seis, cuando la luz se hunde y deja en la cocina un resplandor ocre, casi doméstico. Sostenía mi taza —la de Smile, regalo de una excompañera que seguramente ya olvidó mi nombre— y me quedé mirando cómo el sol se colaba por la ventana con la insolencia de quien se sabe a punto de desaparecer. El aroma del té me envolvía como un abrazo tibio.

Y justamente cuando todo era calma, la puerta principal se abrió de golpe.

Un estruendo metálico recorrió la casa y una ventisca irrumpió como si alguien hubiera respirado demasiado hondo sobre mí. Antes de reaccionar, él ya estaba dentro.

Era alto, tan alto como el marco de la entrada, y su cuerpo semejaba la silueta de un hombre hecha únicamente de palitos de madera: astillas, cortezas, fragmentos secos. El rostro era apenas una careta troncosa. Cada paso suyo crujía como hojas muertas, y un olor a madera recién partida se extendió por la cocina. No desagradable: peculiar.

Me quedé clavada en mi sitio, todavía con la taza caliente entre las manos.

Pensé —absurdamente— que, si ese ente quería atacarme, al menos podría arrojarle la taza. No sabía si aquello era real o si la tarde tibia me había inducido a un sueño extraño. Apenas di un paso hacia atrás, chocando con la puerta del refrigerador, y él se detuvo.

“No tengas miedo. No te haré daño”.

La voz no salió de ninguna boca. Se instaló, grave y melodiosa, en mi mente.

Supe entonces que no sólo podía hablarme así, sino también leer mis pensamientos.

“¿Quién eres?”, pregunté sin abrir los labios.

“Tengo muchos nombres. El más conocido es Satanás”.

Mis ojos se abrieron como lámparas en la madrugada. Lo observé de arriba abajo, incrédula. Nada en él encajaba con la figura del Diablo que todos imaginan.

“No te pareces al Diablo de los mitos”.

“No soy como la gente dice. Nadie me conoce realmente. Hoy eres la primera en ver una de mis formas. Puedo ser agua, viento, fuego… o un león rugiente”.

Antes de que pudiera procesarlo, su cuerpo empezó a modificarse: las astillas se replegaron, la madera se volvió sombra y luego piel. En cuestión de segundos tenía frente a mí a un hombre elegante: traje casual, gafas redondas y un sombrero bombín negro que parecía sacado de otra época.

Se recargó en la pared con una naturalidad inquietante.

“Esta es otra de mis formas. Fui quemado por el omnipotente. De mis cenizas surgí hecho de la madera que me consumió. Ese es mi estado original”.

A pesar de mí, algo en su porte —en su arrogancia maligna, en su manera de ocupar el espacio— lo volvía atractivo. Intenté no pensarlo, sabiendo que él lo sabría.

Se acercó un paso, con la sombra del bombín sobre los ojos.

“Estoy aquí porque quiero que seas mi escriba. Quiero que cuentes mi verdadera historia. Estoy cansado de la fantasía con la que los humanos me han inventado. Quiero que sepan quién soy”.

Respiré hondo. Dejé la taza en el fregadero, como si hiciera falta tener las manos libres para enfrentar ese momento.

“¿Por qué yo?”.

“Porque eres igual a mí. No lo malinterpretes. Te he leído. Eres una humana que busca la verdad, aunque te cueste derrotas. Eso es convicción. Y necesito a alguien así”.

La propuesta era tan absurda que, precisamente por eso, me sedujo. Ser la escriba de Satanás. Eso no me inquietaba, sino la exigencia de que cada vez que escribo es una forma de entrega. ¿Qué podía costarme? ¿Mi alma? ¿Un destino incierto en un infierno cuya existencia dudaba? No importó. Sentía que debía aceptar.

“Pero… ¿qué obtengo a cambio?”.

Caminó hacia la sala y se sentó, como si ya fuera dueño de mis muebles. Me indicó que lo siguiera. Obedecí sin pensarlo.

“Pide lo que quieras. Dinero, fama, poder… incluso revivir a alguien”.

“¿Cualquier cosa?”.

“Cualquiera. Pero decide bien. No habrá marcha atrás. Cuando estés lista, volveré”.

Extendió su mano. Vacilé. Después de unos segundos, al estrecharla, sentí un calor profundo, como un sello grabándose en la piel.

Luego desapareció con la misma brisa vespertina con la que había llegado.

Han pasado meses desde aquella tarde. Tengo una hoja en blanco sobre el escritorio. No sé por dónde empezar su historia. O la nuestra.

Lo único que sé es que aún no decido qué quiero pedirle a cambio.

No ha vuelto, pero a veces, mientras camino por la calle, personas desconocidas se detienen frente a mí y preguntan sin más, siempre con la misma voz, el mismo gesto:

“¿Ya decidiste?”.

Y entonces lo entiendo: Satanás me vigila desde todas partes. Tal vez este cuento que acabo de escribir no es el suyo.

Tal vez es mi historia.

O la de ambos.

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