Tierra Adentro

La primera paloma aterrizó mientras el anciano vaciaba la bolsa de papel. El hombre removía los trozos de pan cuidadosamente, con la punta del bastón. La paloma esperó a que la bolsa se vaciara por completo antes de acercarse; se balanceaba y sacudía el cuello como si acabara de despertar. Al cabo de unos minutos, convocadas por la vastedad del almuerzo, tres palomas más frenaron de lleno contra el suelo del parque, y con un batir de alas arrinconaron a la primera, que al verse indefensa levantó el vuelo apenas unos centímetros y fue a pararse detrás de la banca, hasta donde habían llegado algunas migajas que comió sin atender a la mirada que le sonreía.

Desde donde estaba, Mirna alcanzó a ver al hombre agacharse con esfuerzo, como si fuera a susurrarle un par de cosas a la primera paloma. No alcanzó a escuchar lo que le dijo, estaba muy lejos para saberlo, pero advirtió que el ave se mantuvo quieta, comiendo mansamente como un perro de la calle. El anciano se irguió de vuelta y cruzó una pierna sobre la otra, guardó la bolsa de papel en el bolsillo de su saco y en su lugar sacó lo que parecía un fino pañuelo de seda. Daba la impresión de estar vestido para una fiesta. Tal vez iría a una boda, supuso Mirna. Llevaba una boina tejida y atada a la camisa blanca, creyó ver una corbata ancha y negra, del mismo color que el resto de su atuendo.

A Mirna le dio curiosidad lo que podría ocurrir después y siguió mirando al anciano mientras sacudía uno por uno los peluches de su puesto. A esa hora había poca gente en el parque, pero decidió salir a vender porque era mejor estar allí que en casa. Su marido le ayudó a descargar la mercancía desde temprano y se había ido pronto para aprovechar a los clientes que, a diferencia de lo que ocurría aquí, llenaban los andadores del mercado donde tenía la tienda. Él insistía en que no trabajara, pero Mirna quería ayudarlo y de paso sentirse útil, distraerse, tratar de no pensar en las últimas semanas.

Su suegra le había dado los peluches. La señora quería a Mirna y la apoyaba con el negocio. Se portó buena gente desde que llegó a vivir a su casa; la trataba como la hija que no tuvo. Sus cuñados también se alegraron de que su marido la llevara a vivir con ellos. Lo felicitaban por haberse encontrado a una mujer hermosa y trabajadora, y Mirna devolvía el cariño ayudando en las labores domésticas. Ellos ya vivían abajo, con su suegra, y ella y su marido en el segundo piso, en un cuarto que este último empezó a construir tras conocerla. Mirna había caído en blandito, admitió mientras le quitaba la mugre de los ojos a un cerdito sin orejas. Pero la que más la quería en esa casa era Nancy, su sobrina, la única niña entre tanto adulto.

El anciano seguía hablando con las palomas. Sonreía satisfecho, empuñando su bastón con el mentón en el mango. Mirna tomó otro peluche –un conejo verde pastel con una zanahoria en el pecho– y continuó espiándolo. La escena le daba ternura. Desde su lugar vio cómo el anciano llamaba a otra paloma con los dedos. Esta lo ignoró, aunque a Mirna le dio la impresión de que, a su modo, también estaba contenta. Cuando la sintió cerca, el anciano inclinó la espalda hacia adelante, lentamente, y sacando una mano del bastón, intentó acariciarla. La paloma retrocedió unos pasos, pero no huyó del círculo de migajas. Entonces el anciano se echó a reír.

—¿Cuánto por el koala, seño?

Un adolescente se había detenido frente al puesto de Mirna. Llevaba el suéter del uniforme amarrado a la cintura. Estaba hincado frente a un peluche de color gris que según él tenía cara de koala. El animal sostenía con las manitas una rama de bambú con una hoja verde en la punta. Le hacía falta un ojo pero aún conservaba su etiqueta original. 

—Ese está en cien, por el ojito. Si te lo llevas, te lo envuelvo en celofán. Nomás voy aquí de rápido por la bolsa, espérame.

—Mmm, ¿y no tiene otros más baratos? —el chico regresó el peluche a su lugar cuando escuchó el precio—. Estos ya son usados, ¿verdad?

—Sí, pero están cuidaditos, mijo. Chécale. Hay ardillitas, caballos, ositos, pollos, vacas, perros monedero. Toma el que te agrade.

—Oiga, ¿y no vende rosas?

—No, rosas todavía no tengo. Pero traeré la próxima semana. ¿Te aparto un ramo? Las voy a dar en ciento veinte, pero a ti te las dejo en…

El chico había agarrado ahora una vaca que sacudía como si quisiera hacerla volar. Mirna iba a negociar pero aquél se paró de un salto, miró hacia la puerta de la secundaria de la esquina, y al ver que el conserje estaba a punto de cerrar, la dejó hablando sola.

La actitud del chico no le molestó a Mirna. Nancy era igual. A veces, poco antes del accidente, los visitaba a ella y a su marido en la tienda, los saludaba de rápido mientras husmeaba entre las botanas hasta que encontraba sus favoritas, tomaba dos bolsas, le pedía a sus tíos que las apuntara en la cuenta de su abuela, y salía disparada hacia la calle. Mirna aceptaba el hurto con una sonrisa, mientras la niña sorprendía con un empujón por la espalda a uno de los muchachos que la esperaba afuera. Le gustaba corretearse con sus amigos, darse zapes, abrazarse, correr alocada como a cualquier otra adolescente de su edad.

Después de cenar, la suegra de Mirna se ponía al corriente con la cuenta, mientras la familia tomaba café y conversaban de cualquier cosa, por lo general del trabajo de su cuñado en el taller mecánico o de las ganancias de Mirna y su marido en la tienda. A veces, la señora les externaba a ellos dos su deseo de tener otro nieto. A pesar de que creía que Mirna todavía podía embarazarse, su marido siempre evitaba hablar del asunto. Mirna creía que le daba vergüenza explicarles a todos que lo habían intentado tantas veces ya que confesarlo otra vez en voz alta era igual a aceptar su fracaso como hombre. Cuando el tema se tocaba en la mesa, Mirna prefería hablar con Nancy, preguntarle sobre la escuela, saber cuántos amigos tenía o si ya había por allí algún noviecito. Pero no solo era una estrategia para evadir la petición de su suegra. Mirna en verdad quería a Nancy.

Cuando era más chica, Nancy subía a su casa todas las tardes. Le gustaba hacer la tarea allá mientras su tía trapeaba y le hacía chicharrones en la estufa. Pasaban horas platicando y a veces hasta cantaban juntas, como dos mujeres despechadas que fingen el dolor solo para divertirse. Si se quedaba a dormir, la niña llevaba algún peluche al que abrazaba toda la noche, acostada en medio de sus dos tíos.

Sus padres habían cruzado para los Estados Unidos poco después de su nacimiento; habían ido en busca de trabajo, y Mirna, a falta de hijos propios, se había hecho cargo de su sobrina el tiempo que estuvieron lejos. Cuando los deportaron, dos años después, volvieron a casa de su suegra, pero la relación de Mirna con Nancy siguió siendo la misma. Mirna la había visto crecer desde que nació e incluso notaba ciertos rasgos de su personalidad en los modos que tenía para hablar y reírse. Poco a poco se estaba convirtiendo en una señorita, a pesar de que para ella seguía siendo una niña. Su bebé, como le gustaba llamarla.

Nancy iba a cumplir doce años cuando ocurrió el accidente. Había subido una tarde en la que Mirna no estaba en su casa. Quería presumirle a su tía el nuevo peluche que su abuela le regaló por su cumpleaños. Al ver que nadie le abría, decidió esperar sentada en el filo de la barda que daba al patio. El marido de Mirna aún estaba resanando esa zona, por lo que había dejado cubetas y herramientas tiradas por doquier. Su abuela había escuchado el golpe, tal como les contó a todos horas después, pero supuso que era Mirna haciendo su quehacer y continuó mirando la telenovela. Al poco rato la señora llamó a su nieta y al ver que no le contestaba, salió a buscarla. En ese momento encontró a Nancy en el patio, tendida boca abajo, junto a un osito café con un corazón en el pecho. No se pudo hacer nada, contó la madre de Nancy, mientras todos los demás lloraban y culpaban implícitamente a la suegra de Mirna. 

El día del entierro, antes de dormir, Mirna le pidió a su marido que se olvidaran del bebé. Él la acurrucó en su regazo y nadie volvió a hablar del tema.

Cuando terminó de sacudir el resto de peluches, Mirna se sentó en la sillita de madera que le había dejado su marido antes de irse. A muy poca gente, y más a esa hora, le interesaban los peluches de segunda mano, pero ella no perdía la esperanza de venderlos todos. Todos menos uno, el cual apartó de inmediato cuando lo encontró entre los demás peluches luego de despedir a su marido.

Recordó en lo que se había quedado y volteó la cabeza hacia la banca del parque, pero esta ya estaba ocupada por una muchacha de pelo morado que hablaba por teléfono. Las palomas seguían allí, habían aumentado en número y comían concentradas a sus pies. Mirna olvidó el asunto con un suspiro y sacó su celular. Entró a Facebook para matar el tiempo. Debía ser paciente, en cualquier momento llegaría alguien y al saber que no había vendido nada, le ofrecería comprarle el puesto entero, le daría el dinero por los veinte peluches y le dejaría la mercancía para que pudiera venderla al día siguiente, tal como había visto que ocurría en esos videos que tanto le gustaban.

Eran las diez de la mañana y el sol apenas estaba calentando. Los negocios abrían de a poco, una papelería por aquí, una carnicería por allá, mientras que el parque comenzaba a llenarse de gente que hacía tiempo para moverse a otro lado. La plaza comercial de la esquina recién levantaba sus cortinas de metal, pero ya había algunas personas, sobre todo trabajadores de las tiendas, que esperaban sentados a un lado de la entrada. Así fue como Mirna vio de nuevo al anciano.

Daba la impresión de que también él esperaba a que la plaza abriera, pero cuando la gente comenzó a entrar, se quedó allí parado, mirando hacia el techo del edificio. Parecía estar midiendo su altura; usaba el bastón con precisión, como si fuera un flexómetro. El edificio era tan alto que la sombra del techo llegaba hacia donde estaba sentada Mirna, que sonrió amistosamente cuando volvió a encontrárselo. El anciano se movía de un lado a otro, mientras golpeaba el suelo con tal fuerza que parecía que fuera a bailar. Alzaba y bajaba los brazos con esfuerzo, sin importarle que se le abriera el saco. Mirna alcanzó a ver, gracias a esto, la mancha en la bragueta de su pantalón y la cuerda mal amarrada que llevaba alrededor de la cintura. Eran detalles que no había notado en el parque y que ahora, a escasos metros de su puesto de peluches, percibía con incredulidad.

El anciano continuaba moviéndose mientras los visitantes de la plaza lo miraban y se burlaban de él. Una vez más alzó la vista al techo, volvió a golpear el suelo, sonrió como si hubiera terminado la tarea, y volteó a ver a Mirna, que lo miraba con curiosidad, pero esta vez sin ternura. Cuando empezó a caminar hacia ella, se levantó de la silla.

—Que dios la bendiga, señora mía. ¿Cuánto cuestan sus muñequitos?—, gritó el anciano al llegar al puesto. Solo hasta entonces Mirna pudo ver las ojeras que surcaban su rostro, de un color cenizo, casi como si se hubiera golpeado y la sangre llevara coagulada años debajo de sus párpados. Parecía que las arrugas le escurrían por las mejillas. Su ropa olía a orines y humedad, y de su nariz salían vellos canosos tan largos que se confundían con su bigote. Le sonreía a Mirna menos con los labios que con un par de ojos tristes, agrisados, casi púrpuras. Llevaba las uñas largas y amarillentas, con mugre debajo, como si se hubiera rascado una costra sin limpiarse. No traía dentadura, por lo que Mirna tuvo que preguntarle qué se le ofrecía.

—Sus muñecos, ¿cuánto cuestan? Están muy bonitos, sí, muy bonitos. Recuerdo que la primera vez que conocí a Sagrario, le llevé un osito panda. El día que iba a nacer mi Pepe decidimos regalárselo, envuelto en una bolsota así de plástico, sí, de plástico, y una cartita de bienvenida que ella escribió en la cama del hospital, a pesar de los dolores. Le dolía mucho a mi Sagy, le dolía. Ese día les llevé a los dos un ramo gigante de rosas. Estaba contento, cómo no. Iba a ser mi primer hijo. El primero, sí, el primero. Pero yo no supe cuidarlas, dama. Las rosas se me marchitaron a los días. No tuve tiempo de comprarles más. No, no tuve, no pude, no. A mí, las rosas se me mueren, señora. Las rosas, las mujeres y los hijos, sí, las rosas, las mujeres y los hijos.

Dicho esto, el anciano dio un bastonazo en el suelo y soltó una carcajada. Sin esperar a que Mirna le respondiera, señaló con un dedo nervioso un par de palomas que huyeron asustadas por el golpe. 

—Qué buen día para volar. ¿No cree usted, señora mía?

Mirna permanecía con la boca cerrada, no sabía qué decir. El anciano tenía ahora la vista concentrada en los peluches.

—Muy bonitos, sí. Ese de allá, el osito del corazón en el pecho… 

Mirna sintió un dolor en el estómago. Iba a decirle al anciano que ese no estaba a la venta pero él metió la mano en el bolsillo de su saco, como si buscara dinero. En su lugar, sacó un pañuelo percudido y se sonó la nariz. Lo sacudió frente a Mirna, antes de guardarlo de vuelta. No dejaba de temblar. El movimiento hizo que se le cayera la bolsa de papel, hecha bolita, que rodó hasta los peluches sin que se diera cuenta. Varias moronitas de pan cayeron a los pies de un pony maltrecho.

Mirna se agachó para devolverle la bolsa, pero el anciano ya había caminado lo suficiente hasta alejarse entre el tumulto de personas que a esas horas se movían del parque a la plaza y de la plaza al parque, como hormigas laboriosas. Mirna suspiró y volvió a sentarse. Una paloma se había acercado a comerse las migajas del suelo, junto al osito café con el corazón en el pecho que estaba debajo de su silla. Se quedó mirando la bolsa de papel y la apretó sin saber qué hacer con ella.

Cuando se escuchó el golpe, minutos después, la bolsa parecía haber tomado la forma de un grito.

Similar articles