A Hugo Servando Sánchez
Como buen hijo de mi tiempo —audiovisual, antes que nada— la imagen que tuve de Pier Paolo Pasolini fue la de un cineasta disruptivo.
A la medianoche del 31 de octubre de 1756, dos oscuras figuras se recortan por el firmamento que cae sobre los tejados de Venecia, iluminados tenuemente bajo la luz de la luna.