Tierra Adentro
Ilustración: Kelly Vélez

El mini Jesucristo estaba ahí, como si nada, tirado afuera del Palacio Municipal de Rocasuave. Lo encontró Rufina Orellana o, como le decían los burócratas que compraban sus elotes, La Doña. La prensa, para esos tiempos harta de historias sobre alguien que había visto la cara de Jesús en su arroz con leche o las alas del Arcángel Gabriel en el acné de un adolescente, ignoró los rumores que decían que en Rocasuave una humilde cristiana guardaba en el bolsillo de su delantal a un Jesucristo, carne y hueso, de quince centímetros. Pero de cualquier manera, sin necesitar la ayuda de la prensa, pronto el pequeño puesto de elotes de La Doña tenía una fila de treinta, cuarenta, cincuenta personas adornándolo desde que el negocio abría hasta que La Doña empacaba sus cosas y regresaba a su hogar. Los hijos de La Doña, dos torres precolombinas de ojos diminutos y labios inmensos, dejaron sus empleos para ayudar a su madre a manejar el gentío que diario la visitaba. Cualquier Rocasuaveño podía ver al mini Jesucristo siempre y cuando antes comprara un elote.

El Día fue el primer diario de circulación nacional que presentó fotografías del mini Jesucristo, su pelito largo, su barbita, su abdomen huesudo, el taparrabos que le había hecho La Doña con un trozo de seda. A El Día lo siguió La Nación y luego los demás diarios y revistas. Endomira Ishisawa, reportera del Canal 8, viajó a Rocasuave, hasta la recámara de La Doña, para entrevistar a la propietaria del mini Jesucristo.

—¿Y sangra de vez en cuando su mini Jesucristo, señora Doña? —dijo Endomira con el mini Jesucristo acostado sobre una almohada, el camarógrafo sobre él, tomándolo de un ángulo, luego del otro.

—No. Fíjese que nunca lo he visto sangrar. Pero sí suda.

—¿Dijo que suda?

—Sí, fíjese. Suda. Cuando hace mucho calor y estamos afuera, suda.

La Doña tomó al mini Jesucristo con su índice y pulgar, y lo llevó al patio seguida por Endomira, el camarógrafo, el productor, el asistente de producción y las torres precolombinas. La Doña acostó al mini Jesucristo en el concreto y el pequeño comenzó a sudar y brillar casi de inmediato, los ojos se le cerraron un poco. El lente de la cámara se extendió como si todo esto lo estuviera excitando.

—Santa Madre —dijo Endomira—. ¿Lo puedo tocar?

—Sólo que con mucho cuidado.

Endomira deslizó el dorsal de un dedo por el cuerpo del mini Jesucristo.

—Está resbaloso —dijo riendo.

Cuando La Doña levantó al mini Jesucristo para regresarlo a la caja de puros en la que lo guardaba, el productor y el asistente de producción notaron que el sudor del mini Jesucristo había dejado una marca en la forma de un borrego en el concreto. Los dos se miraron y no dijeron nada.

El alcalde —quien rara vez leía un periódico, pero nunca se perdía el escote de Ishisawa en la tele— sacó un comunicado de prensa declarando al mini Jesucristo patrimonio de Rocasuave; el presidente, enemigo político del alcalde, interrumpió la telenovela de las seis para declarar al mini Jesucristo patrimonio de la nación; el obispo de la región de Monteverde declaró que esto no era cuestión de política: el mini Jesucristo pertenecía a la Iglesia Católica.

Un par de hombres trajeados irrumpieron en la casa de La Doña a la mañana siguiente, justo antes de que La Doña y sus hijos salieran para el Palacio Municipal. Uno de los trajeados tenía en sus manos una pequeña caja dorada y el otro le entregó un documento de aspecto oficial a las torres.

—¿Qué hacen aquí? —dijo una de las torres sin siquiera mirar el documento.

—Venimos por el mini Jesucristo.

Los hombres trajeados terminaron acostados en la banqueta, inconscientes, sus caras, corbatas y sacos cubiertos de sangre.

Asustada, La Doña metió al mini Jesucristo a la bolsa de su delantal, tomó algunas cosas de la cocina y subió a la azotea. —¡Que no entre nadie! —le dijo a sus hijos mientras subía las escaleras.

Para cuando llegaron las patrullas ya había una docena de personas afuera de casa de La Doña. —Está allí arriba —le dijo alguien a los policías, apuntando a La Doña sentada en una silla de plástico.

—Bájese de allí —gritó un policía. —Entréguenos al mini Jesucristo.

La Doña no respondió.

Llegaron hombres de la policía federal. Después llegó Endomira Ishisawa con su camarógrafo. A Endomira la siguieron el alcalde y su gente. Para el mediodía ya estaba todo Rocasuave afuera de la casa de La Doña, quien no miraba a nadie ni decía nada, sólo se quedaba sentada en su silla.

—¿Qué va a hacer? —le preguntó un maestro de escuela a uno de los hombres del alcalde.

—¿Yo qué voy a saber? —respondió el hombre.

—Señora Doña —gritó el alcalde— ¿me deja subir a la azotea con usted? Sólo quiero hablar.

—¡Nada! —dijo La Doña. Levantó un cuchillo con una mano y al mini Jesucristo con la otra—. Si alguien intenta subir le corto la cabeza al mini.

—Ándele —dijo un recogedor de basura.

—Es como lo de Salomón —le dijo Rogelio, el señor de las flores, a su prima Aurora.

—¿De qué hablas?

—¿Qué no era Salomón el del bebé con las dos madres?

—Calla, tú. ¿Qué no ves que van a matar al mini Jesucristo?

Todos los allí reunidos —rocasuaveños, políticos, policías, reporteros— rápido se dieron cuenta que no había nada que hacer. La Doña no negociaría. El alcalde le dijo a uno de sus escoltas que tal vez había que quedarse allí y esperar a que La Doña se durmiera o se desmayara.

—¿Y los hijos, señor licenciado? —preguntó la escolta.

—De esos te encargas tú, que para eso te pago.

Llegó el mediodía y con él, el terrible calor rocasuaveño. Vendedores de aguas y refrescos se llenaron los bolsillos gracias al espectáculo. Pero La Doña parecía no necesitar hidratación ni sombra. No se movía: sostenía el cuchillo con una mano y de la otra mano colgaba el sudoroso cuerpo del mini Jesucristo.

Para la una el calor se volvió insoportable. Algunos en la calle notaron que al mini Jesucristo se le habían cerrado los ojos, pero se le había también abierto la boca. No dejaba de sudar, y entre más sudaba más brillaba.

Brillaba y brillaba el mini Jesucristo. —Miren como brilla —dijo alguien.

Parecía que cada segundo que pasaba el mini Jesucristo brillaba más y más. Sudó tanto que se le cayó el taparrabos. Muchos tuvieron que cerrar los ojos o tapar la luz del mini Jesucristo con la mano. Un bebé lloró. Había perdido la vista a causa del brillo.

—¡Madre santa! —gritó un anciano, sus problemas de la vista se habían arreglado de repente. Y no importa qué pasó después. No importa porque ya había habido consecuencias. Todo tiene consecuencias. Las consecuencias tienen consecuencias.

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