Tierra Adentro

Rara vez sucede que un libro de cuentos logre mantener un desarrollo brillante sobre un tema tan popular y quizá por eso tan difícil de asumir sin caer en lugares comunes como lo es en México la lucha libre y el box. Más raro aún que este logro suceda en una primera obra. Entre cuatro esquinas, de Aldo Rosales Velázquez, contiene cuentos que recuerdan al Jack London de “Por un bistec” por lo bien logrado de su narrativa, y por la profundidad psicológica que sus personajes dejan entrever. A lo largo de este libro se plantean preguntas sobre la vocación, el sacrificio, la ética y la perpetuidad. El autor reflexiona sobre el problema de aquellos peleadores que pierden la máscara, su identidad, ya que asumen un dolor aún más fuerte que el de una hurracarrana aplicada con maestría.

Un adelanto:

Promesa

 

No era sólo por la posición, era también por la edad, por la lona recorrida, por la vida misma: las rodillas le dolían, como si en cada una hubiese un corazón que latiera con rabia y dolor. Siempre, y eso no sólo lo decía él, las rodillas son lo primero que se acaba, lo primero que empieza a doler. Un dolor penitente, un dolor de penitente; la lucha también era una penitencia, aunque la gente desde abajo no lo notara.

—Ya casi te vas, ya son las ocho.

Ella se había despertado por fin. Desde la cama, su voz sonaba como un pequeño río, fluyendo lentamente, apenas audible entre el ruido del crepitar de las velas que iluminaban la pequeña pieza y el de las gotas arrojadas desde el cielo. Las llamas se sacudían extrañamente a causa del aire enrarecido. Movió la mano izquierda para acariciarle la cabeza a su marido: sin querer derribó un frasco de pastillas que estaba entre las cobijas; las píldoras escaparon y se regaron entre las piernas de él, como si el dolor le hubiese estallado la piel por dentro y hubiese escapado. Así se sentía el dolor, como pequeñas esferas entre las articulaciones.

—Sí. Oye mujer, vamos a hacer la operación. Voy a perder la máscara. Ya hablamos todo desde hace unos meses. No te había querido decir nada.

La mujer giró el cuello. Lo miró. No, no estaba dispuesta a hacer aquello, no sería por su culpa que conocerían aquel rostro, ni sería aquel día. Tantos años de defender aquella segunda faz, en combates que mucha gente aún recordaba, entre cuatro esquinas no podían morir en una noche tan anónima, en una arena quizás semivacía a causa de la tormenta. No. Y qué diría don Emilio si supiera aquello, de seguro se volvería a morir si supiera que su mejor alumno iba a romper su promesa y a enseñar la cara al público. No, jamás.

—Es bueno el muchacho, tiene agilidad y la gente lo está siguiendo bastante. Será una buena lucha. Así es esto, mujer. Me recuerda un poquito a mí cuando entrenaba con don Emilio: ganoso y entrón… no es su culpa que ahora no les enseñen nada.

La mujer estuvo a punto de hablar pero el hombre le cubrió la boca con la mano, con un gesto suave y hasta caricaturesco en relación con aquellas manos grandes y toscas, como dos rocas bruñidas antropomórficamente. Sintió en los labios los relieves de las falanges duras, algunas salidas de lugar por lesiones nunca reposadas, curadas a fuerza de necedad y hambre. Afuera la lluvia seguía azotando la ciudad, barriendo todo, hasta los cables de luz. Por la única cortina abierta de la pieza se veían, de vez en vez, las gotas de lluvia iluminadas intermitentemente por los rayos que producían ruido segundos después de caer, como en un bosque de penumbras. El hombre tomó los dedos de su mujer con la mano que aún tenía libre y se los llevó a la frente rugosa y destruida.

—Dame la bendición.

La mujer comenzó a trazar la cruz al tiempo que murmuraba débilmente. Concluyó. El hombre le besó la mano y agachó la cabeza. De uno de los cajones de la base de la cama extrajo la máscara que usó la primera vez que ganó una lucha de apuesta; la había guardado desde entonces. Un rayo volvió a estrellarse en la ventana y por un momento iluminó la máscara: haberla guardado húmeda y todavía con sangre suya y del rival, había hecho que se contrajera y cuarteara la tela plastificada; la máscara también se había hecho vieja allá en el olvido.

Él se levantó penosamente, apoyando las manos en la orilla del colchón. A la luz mortecina de la recámara sus venas lucían también como relámpagos en el oscuro cielo de su piel, venas aún impetuosas y fúricas, ahogadas para siempre en su cuerpo viejo, en los nuevos tiempos, en el diluvio de la nueva sangre del pancracio que arrasaba todo lo viejo en las arenas. Echó a andar lentamente rumbo al buró y guardó el recibo de la transferencia bancaria en uno de los cajones: el dinero ya estaba en la cuenta del hospital, ya nada podrían hacer los promotores. Se calzó la máscara y se miró por última vez en el espejo antes de salir; su mujer había caído de nuevo bajo los efectos del sedante.

Bajó las escaleras y salió rápidamente para refugiarse en su auto. Arrancó. La lluvia formaba una miopía inorgánica difícil de vencer. La velocidad del auto asustaba hasta a las gotas. Un trueno hizo pasar a la noche por día durante algunos segundos. Dentro del auto se dejó ver una plástica dermis roja surcada por venas negras, un rostro sin boca y de ojos de corte rectangular, maléfico. Lo único ligeramente humano del rostro eran unos ojos al fondo de la máscara, unos ojos de los que, como en aquella lucha estelar, escurrían lágrimas. Antes de tomar una curva, por instinto o costumbre, pisó el pedal de los frenos, pero luego lo soltó. Agarró el volante como si fuera el cuello de un rival, o las clavículas.

—Cómo cree que le iba a fallar, maestro.

Aceleró para encontrarse con las luces de lo que parecía un tráiler: los claxonazos del otro vehículo le recordaban a las trompetas que usaban en la arena para apoyarlo. Se acordó de cuando iba a debutar, saliendo de la oscuridad del pasillo para encontrarse de frente con las luces, con su destino. No le había fallado a don Emilio. Su mujer estaría bien.

—¿Para qué tener miedo? —y concluyó—, eso es de novatos. Más miedo da estar viejo.

Sonrió confiado porque, como en aquella lucha, estaba seguro de que no iba a perder la máscara.

 

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