Tierra Adentro
Fotografía de Moisés Fonseca, 2025. Recuperada de Pexels.
Fotografía de Moisés Fonseca, 2025. Recuperada de Pexels.

Ese día Julio y yo nos pusimos a chutar frente a la casa del Brujo. Practicábamos pases y despejes, esperábamos que bajara el calor para jugar contra niños de otras cuadras. No había sombra por ninguna parte: el sol nos pegaba de lleno y el sudor se deslizaba como víboras de sal. Julio no entendía por qué yo había insistido en que nos pusiéramos allí, pero luego de un rato dejó de preguntar.

En la colonia casi todos odiaban al Brujo. Decían que su mirada sólo le podía pertenecer a un pervertido. Los muchachos más bellos y las madres con hijos pequeños eran quienes más lo despreciaban. No sé qué tanto de lo que decían era cierto, ni si fuera su problema ser dueño de semejante mirada. Sólo tengo claro que hasta antes de ese día siempre se mostró indiferente conmigo. Varias veces me crucé con él y ni siquiera me miró. A lo mejor le parecía un niño feo y estúpido. Eso me entristecía y me causaba ansiedad.

Aunque su fama entre los vecinos estaba marcada por el desprecio, muchos de ellos, sin importar cuánto les pesara, necesitaban de él. Ya fuera por cuestiones de salud o de dinero, o porque requirieran de un trabajo más complejo, terminaban por pedirle ayuda. De ahí que sus vicios, enemistades y carencias le pertenecieran. Casi nadie escapaba de su dominio, conocía lo peor de sus semejantes. En eso radicaba el rencor que sentían hacia él. Para ellos no era más que un degenerado. Un tipo arrogante, estrafalario. Y su tabla de salvación.

No era raro ver a alguien escabullirse hacia su departamento, en la vecindad más vieja del barrio. Se encontraba en el primer piso, sobre un comercio que cambiaba de giro cada dos o tres meses. La fachada era roja, de un rojo intenso, casi palpitante, y estaba surcada por cuarteaduras que se extendían como ramajes. Tenía un balcón de herrería pintado de negro, en donde el Brujo amarraba a su mastín. Ya había visto perros de esa raza, pero nunca uno tan grande y horrible. De su cabezota se escurrían pellejos anchos y babosos, y sus párpados, también colgados, me hacían pensar en laceraciones frescas, en heridas abiertas que no sanarían porque no eran heridas, sino ventanas sangrantes por las que el mundo se abalanzaba dentro de la bestia.

Con frecuencia llegué a escuchar que el Brujo tenía animales de todo tipo: gatos, guacamayas, lechuzas, armadillos, tejones, micos, sapos, serpientes, gallos, chivos. También escuché que en las madrugadas de martes o viernes hacía sacrificios. Sacaba de su jaula a la víctima y se desataba un ruidero infernal. Cada uno a su manera comenzaban a bramar, a destruir el silencio de la noche sin piedad, a alimentarse con el miedo de quienes los oían. Después de un rato, sus alaridos se fundían en uno solo desquiciante.

Llevábamos una hora chutando cuando el calor empezó a fatigarme. Cada vez me sentía más lento y pesado. La playera se me pegaba a la piel y mi boca estaba seca. Ya no teníamos agua y me negué a ir por más. Hubo un punto en el que veía con dificultad a Julio al otro lado de la calle. Sus pases llegaban con precisión a mis pies. Ignoro cómo le llegarían los míos. Sólo recuerdo que una pierna se me estaba acalambrando.

Para aguantar el cansancio y el dolor pensé en la última vez que estuve con el Machín. Volvió a parecerme la persona más dulce. Preguntó por mis asuntos con auténtico interés: mi madre, mis hermanas, la escuela, mi perro. Su mirada afable, perezosa, de gorila a gusto entre la hierba, hizo que mi pecho se entibiara. Caí en un ligero sopor. Mis dóciles palabras fluían como encantadas. Yo no podía hablar así más que con el Machín. Hombre de extraña gentileza, me acariciaba el alma con su presencia. Era moreno y fornido, muy alto, de barba hirsuta y cejas tupidas. Tenía rasgos de roca y una voz amable. Su semblante me hacía pensar en una fiera mimada.

De pronto tiré con torpeza en dirección de los ventanales del Brujo. El día se transformó en quebrazón, en aguacero de esquirlas que se precipitaba estruendoso contra la herrería. Oí eso, los ladridos del mastín, las groserías de Julio. Su balón era nuevo, de seguro lo regañarían.

El Brujo no tardó en salir. Su voz primero fue ininteligible, no muy distinta de los gruñidos del mastín. Poco a poco se fue articulando, adquiría sentido con una ferocidad implacable, superior a la de su perro. Mi mirada subió hasta él y se posó titubeante en la suya. En el veneno de sus reclamos, en la furia de su saliva, en sus ojos vidriosos y desencajados. También él sudaba, su pálida piel lucía semejante a la de un réptil albino. Rígido y en mangas de camisa, con su esbelto cuerpo desafiante, me pareció la criatura más hermosa y soberbia. Deseaba decirle lo que sentía, expresar mi necesidad de acercarme. Pero sólo guardé silencio, con mis labios apretados y mis ojos a punto del llanto.

Julio intentaba calmarlo, llegar a un acuerdo sobre los ventanales y el balón. Fue inútil, comenzaron a insultarse. Julio le gritaba que iba a acusarlo con el Machín, a lo que el Brujo respondía con carcajadas sarcásticas, además de llamarme pendejo y marica. Me puse a temblar de súbito. No soportaba que la gente discutiera, menos aun por mi culpa.

Julio quiso convencerme de que nada pasaba, pero el mal ya estaba hecho. Aunque en silencio, lloraba por la enorme decepción. El brazo de Julio me jalaba hacia otra parte, fuera del alcance de sus burlas y amenazas, lejos de su mirada imperturbablemente fija, de marioneta rota y olvidada.

Agitados, cruzamos el zaguán de la vecindad donde Julio vivía. Caminamos a zancadas por el pasillo, sin decirnos nada. Yo aún lloraba, no conseguía controlarme. Julio me pidió que lo esperara mientras hablaba con su mamá.

En cuanto estuve solo fui a una pileta, abrí la llave y sumergí la cabeza. Buscaba enfriar mis pensamientos, apagar mis emociones desbocadas. Dentro del agua, aquello se volvía liviano. La luz y el sonido se diluían, igual que mi decepción. Conforme el aire me iba faltando, sentía que me liberaba, que mi angustia se desvanecía. El agua empezó a derramarse. Casi enseguida paró. Alguien le cerró y me tocó por la espalda. Salí de golpe, respiré a bocanadas, di un paso atrás y sentí su corpulencia. Era el Machín, tan tierno y temible como nadie.

Busqué su rostro y lo miré como al cielo cuando está limpio. Podría haber jurado que me sacaba el doble de estatura. No sonrió, tampoco habló, se quedó mirándome a los ojos. Yo apenas percibía lo que estaba a mi alrededor. Alcanzaba a oír el canto de pájaros enjaulados, pero fuera de eso, nada: me hundía en su presencia. Aquella mirada me protegía, se impregnaba de lo que había sucedido, de mi coraje e incertidumbre, y lo mudaba en algo placentero.

Eso sólo fue el principio, después tomó mi oreja entre su índice y su pulgar. Las ásperas yemas comenzaron a frotar mi lóbulo izquierdo. Algo en mí se desanudaba con una tibieza desconocida. Yo ya no sabía quién era, me entregaba de lleno al remedio de su caricia. Mi cabeza estaba ladeada, mis ojos se habían cerrado, mi piel erizada ardía. Dejó de tocarme en el instante justo.

Pero cuando volví a mirarlo, estaba cargado de ira. Se había transformado, líneas sombrías surcaban su semblante. No volvió a mirarme, me dio la espalda y se alejó. Tembloroso y apresurado, fue hasta el altar instalado en el fondo. Y con los mismos dedos que habían acariciado mi oreja, acariciaba ahora su escapulario, en el cual estaba plasmada la misma imagen en que se perdía alucinado: La Niña Blanca.

Al observarlo así, ausente y enajenado, sentí temor, una sacudida que no era capaz de resistir. Eso que habita entre el vértigo y las náuseas. Y sólo hasta ese momento entendí por qué tanto miedo hacia él, por qué los vecinos preferían cambiar de banqueta cuando se lo topaban de frente. Dejó de admirar el altar y salió de la vecindad. Julio regresó para preguntarme si había visto a su hermano. Decidí mentir y le dije que no.

Esa noche me fui a acostar con la mente y el cuerpo deshechos. No cené ni jugué con mis hermanas, tampoco vi televisión. Apagué el foco y me tumbé en la litera sin desvestirme. Habían sido muchísimas emociones. Me daban ganas de sumirme en un agujero profundo. Uno que me librara del mutismo que reinaba en el cuarto y de la luz rojiza que se colaba por la ventana.

La línea del silencio va en zigzag por aquella vereda donde el tiempo se achaparra, engorda, suda, apesta, gime. Las encrucijadas de esos montes se percatan de que no son más que un laberinto ensimismado. Ya la tierra no sirve para mantenernos en pie. Ya el viento no fluye ni refresca. Ya el agua se pudre sin ofrecernos reflejos ni saciar nuestra sed. Ya el fuego se apaga sin repartir entre nuestra hambruna su hogaza de luz y calor. Estamos en una caverna blanduzca, rosácea, purulenta. Fuimos invitados a la fiesta, funestos, ríspidos, acechantes. Una botella de chirridos sobrevuela el eclipse de estas lámparas de oscuridad. Así se ve mejor, así la borrachera va a pegarnos fuerte y rico, así no vamos a perder ni un pliegue de los que van a danzar, ni uno solo de sus movimientos tortuosos, chorreantes, estigmatizados. El pozo ha tomado el lugar de la torre. La lluvia se encharca en las venas de los muertos. El relámpago traza una cicatriz en su caída. No somos lo que parecemos, jamás hemos sido lo que creyeron, fue un simulacro sin tregua, sin compasión. Se acercan ya los danzantes. Se acomodan en el centro, desnudos los dos, pálido y moreno, delgado y robusto, lampiño y velludo, ambos con gruesas cabezas de cerdo. Respiramos gas metano y nos hace mucho bien. Bebemos gustosos grasa quemada. Masticamos minúsculos fetos y nos caen de maravilla. Nos plegamos en nuestras extremidades sarmentosas y contemplamos desde el apretujamiento de las jaulas. Antes que nada se miran, bizcos, embrutecidos. Sus lenguas rosada y morada penden flácidas de sus trompas peludas. Una cae del lado izquierdo, la que pertenece al de pelaje blanco. La otra cuelga del lado derecho, la que posee el de pelos negros. Poco a poco se van arrimando. La música que los seduce sale de nosotros. La tocan nuestros órganos, instrumentos que resuenan entre huesos y fluidos. Vamos sintiendo lo mismo que ellos, la humedad del calor que los empareja, que los iguala. Por fin sus cuerpos se encuentran. Las costillas contra el músculo, la fiebre contra el escalofrío. Se enredan como ávidos pulpos, se manosean como preámbulo a las posturas del baile. El cerdo negro toma en sus brazos al cerdo blanco. Le marca el compás con ruda delicadeza. Lo lleva al norte y lo lleva al sur, lo lleva al este y lo lleva al oeste. Dan vueltas y cambios desenfrenados. Luego lo ciñe contra sí, le echa su vaho pestilente. Lo olfatea, le restriega su hocico con indulgente cariño. Tal afecto repercute en nuestra carne, nos acelera el pulso, hace que nuestras encías se inflamen y nuestras babas escurran. Empezamos a palmotear y aullar. Nos azotamos contra los barrotes que nos cercan. Queremos que nuestras heridas se abran, deseamos que la comunión sea plena. La lengua del cerdo blanco despierta. Tímida de principio, vulgar e incesante después. Lame, lame y lame, no se cansa de lamer. El cerdo oscuro cierra sus ojos bien cerrados, se deja hacer. Permite que la viscosidad de la lengua rosada se unte en el cartílago de su oreja. Entonces la lengua morada responde. Se enlazan, entablan un combate lúbrico y anhelante. Ante esto nuestro pellejo se enchina, bufamos. Nuestro pelaje se eriza y nuestros miembros se agarrotan. Nada nos impide el encierro, somos partícipes de la danza. Antes habíamos visto danzar al cerdo blanco con alguno de nosotros, era bello. Pero esta vez es distinto. Ahora se trata de otro baile, una danza redonda, definitiva. Una que no nace de la mezquindad ni de la envidia. La música se acelera, cobra textura y volumen. Se tiñe y se hincha, nos envuelve, cambia. También la carnosidad de la cueva muta. Se pliega y se dilata al ritmo de los danzantes. Se rellena y se vacía, palpita, nos engulle y nos devuelve. Somos alimento y somos basca. Somos sagrados y somos aborrecibles. Nos supeditamos a las lenguas de estos cerdos que se aman, que no se conforman, que pasan sin dudarlo de los lengüetazos a las mordidas. Primero sólo se mordisquean, pero pronto su piel comienza a desgarrarse. Sus rostros se van reduciendo, se rompen, se deforman, las dentelladas caen alternadamente. Hay pedazos de carne en el suelo, cómo nos gustaría llevárnoslos a nuestras fauces. Así seríamos más uno con ellos. Veríamos con sus ojos, sentiríamos con su corazón. El cerdo oscuro le saca ventaja al blanco y le devora la jeta a grandes bocados. Los trozos pasan por su garganta atropelladamente, como si siempre hubieran sido parte suya. Aquella cabeza va pareciendo un fruto pelado. Jugoso, brillante, pulido, un gran muñón capital. Los colmillos se entierran en el cráneo. Lo resquebrajan, lo trituran, dan con el tesoro. Una sustancia preciosa, ligera, fácil de licuar. Además está sabrosa, se derrite entre los dientes. La caverna palpitante se encuentra a punto de estallar. Bombea sus esencias, sube su temperatura, nos inundan sus vapores. Nos acerca al rojo intenso, nos acerca más y más hasta alcanzar el rojo vivo. Entonces nos perdemos en un remolino de orgasmos. Nos entregamos al frenesí de los rugidos. Desatamos la obscenidad de nuestra canción, el antiguo libertinaje de nuestra música. La condición primigenia que nos distingue y nos unifica. La iniciativa de lucha y apareamiento que nos confiere un destino. Somos la frondosidad, el más fino linaje, las bestias carentes de bien y de mal. Las criaturas que te acompañan, las que todo lo perciben, las sensibles, las que lloran, las que cantan. Y tú no te vas a zafar de nuestro canto. Eres una especie más dentro de esta inmensa fauna. Perteneces a este incendio congelado, a este abrevadero del dolor y del placer. A esta monstruosidad multiforme, a este cerebro destrozado, a este universo que se extingue con tal de que asumas tu verdadera naturaleza.

 

Al otro día, un coche con bocinas pasó vendiendo la nota roja. Mi madre la compró y me dio permiso de leerla por tratarse de gente que conocíamos.

El Machín entró al departamento del Brujo para tomar las medidas de los ventanales que debía reponer. En cuanto el Brujo se distrajo, el Machín lo dejó inconsciente de un solo golpe. Lo maniató con cables, lo amordazó con cinta canela y lo mantuvo así hasta que pasó de medianoche. En adelante, se dedicó a torturarlo. Le clavó cuchillos y tijeras de modo que no muriera de inmediato.

Los vecinos del edificio avisaron a la policía que el perro del Brujo, amarrado en el balcón, no paraba de ladrar. Su escándalo terminó por enloquecer a los animales enjaulados. Algunos vecinos ya se habían quejado por situaciones parecidas, pero esa vez las molestias duraron hasta las tres de la madrugada. Tras forzar las cerraduras, los policías hallaron al Machín en el piso, abrazado al cadáver. Ambos estaban desnudos y bañados en sangre. El Machín se entregó sin oponer resistencia y confesó hasta el último detalle.

Mientras leía, mi cuerpo se iba estremeciendo. Era como si también estuviera desnudo y un viento helado lo atravesara: el repiqueteo de mis mandíbulas tronaba desquiciado. Mi madre se asustó, se acercó para abrazarme, me preguntó qué tenía. Le dije que se alejara de mí, que era mi culpa, que fui yo quien deseó que pasara. Me miró fijamente a los ojos y el silencio nos aplastó.


Autores
Nació en la Ciudad de México en 1987. Es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM y fundó y editó la revista digital sobre temas culturales Altura Desprendida. Ha colaborado en Revista Literaria Monolito, Playboy México, Marabunta, Metrópoli Ficción, Pliego 16, Larvaria, La Izquierda Diario, Food & Wine en Español y Revista Digital Biblioteca de México.
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