Tierra Adentro

A mis amigos

Dos humanos se vuelven amigos en el momento en que aceptan que tendrán que despedirse. La amistad, esa breve confianza compartida, surge cuando se transita en compañía el pasaje esbelto que va de una soledad a otra.

Al menos eso pensé mientras recorríamos de punta a punta el intercambiador Diagonal–Provença. Un poco ebrios, un poco tristes, habíamos empezado a desperdigarnos entre las líneas del metro de Barcelona. La noche estuvo llena de destilados japoneses. Hicimos una despedida para Aina, recién doctorada y con una estancia en puerta. Más tarde entendí los adioses de ese adiós: todos, de cierto modo, nos íbamos.

Quise quitarme de las pupilas la molestia que me causaban las luces del túnel. Me recuerdo frotando mis párpados cuando la festejada lanzó una pregunta al aire:     

—¿Siempre seremos esto?

—¿Qué? —pregunté de vuelta.

—Adultos con mochila.

Abrí los ojos y me encandiló la blancura artificial del metro. Atisbé de pronto la grotesca caricatura que encarnábamos: colgada al hombro, nos acompañaba la pieza textil que caracteriza el paso torpe y aparatoso de los escolares. ¿Qué tanto decía sobre nuestro oficio el hecho de que, para ejercerlo, había que cargar a todos lados con materiales académicos como el niño que no da paso sin deber tarea? ¿Hacer un posgrado era una forma socialmente aceptada de ser un adulto con neotenia?

Durante varios días me pensé como una quimera inepta. Fue por ese entonces cuando la codirectora del proyecto de investigación hizo una visita al laboratorio, casi lista mi tesis y casi frito mi lóbulo frontal. Algo cercano a la determinación me ayudó a confesarle, mientras la acompañaba en el aerobús hacia la Plaça de Catalunya, que no pensaba hacer el doctorado. Al menos no pronto y no con ella. Quise decirle que la academia científica era un esquema Ponzi al que ya no le quedaban cupos, que prefería que me recetaran un supositorio de ácido sulfúrico antes que hacer una sola PCR más. Que no quería ser un adulto con mochila.

—Quiero escribir.

—Pero ya escribes.

—Escribir y ya.

No entendí si era pena o extrañeza lo que condensaba la mirada que me devolvió. ¿Escribir? ¿Por qué me dedicaría a un oficio así de precario, así de inestable? No supe explicar que esas eran la precariedad y la inestabilidad que prefería.

La beca (studentship, grant, llámenlo como prefieran) ha sido entendida históricamente como un instrumento temporal para facilitar la formación académica, pero en el panorama contemporáneo terminó por convertirse en una forma recurrente de subsistencia. En muchos posgrados de investigación, las actividades son prácticamente indistinguibles de las obligaciones cotidianas de un trabajador científico. Los becarios cumplen horarios, registran jornadas en un checador, realizan experimentos, procesan datos, redactan artículos, participan en proyectos financiados y producen conocimiento que contribuye al prestigio de sus centros de investigación.

Hay algo humillante en la rutina de quien labora en una institución que lo explota y que, sin embargo, encuadra jurídicamente su trabajo como una mera actividad formativa. Claro: investigar para obtener un grado implica necesariamente tareas intelectuales orientadas a la adquisición de conocimientos. Eso no lo discuto. El asunto es que las actividades del becario satisfacen necesidades productivas permanentes. El sistema académico reconoce que el becario produce conocimiento, le exige que demuestre esa productividad y se resiste a reconocer las implicaciones laborales de dicha producción.

Si decide convertirse en investigadora, una persona puede dedicar dos años a una maestría, cuatro a un doctorado y varios más a estancias posdoctorales. Durante ese tiempo habrá contribuido a proyectos científicos sin acumular necesariamente los derechos que acompañan a una trayectoria laboral formal. Peor aún: la dependencia económica del becario respecto de la continuidad de su formación puede dar pie a relaciones asimétricas con sus directores. El prestigio simbólico de la actividad científica coexiste con la profunda fragilidad material de quienes la realizan.

Hubo un tiempo (que, como todos los tiempos lejanos e idílicos, mi generación no vivió ni vivirá) en el que la trayectoria académica constituía una progresión conceptualmente muy sencilla: licenciatura, maestría, doctorado, posdoctorado y, finalmente, incorporación como investigador titular. No me corresponde a mí determinar las condiciones que llevaron a los posgrados a dejar de ser una etapa de especialización y convertirse en una estrategia sostenida para conservar ingresos.

El investigador contemporáneo, desde el más mediocre al más brillante, termina su doctorado y busca una estancia posdoctoral. Cuando concluye, solicita otra. Se traslada entre ciudades, países e instituciones, acumula papers, adquiere experiencia y fortalece un currículum vanamente espeso. Mientras tanto, su estabilidad económica continúa dependiendo de financiamientos temporales. En México, el reglamento de becas de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación contempla estancias posdoctorales financiadas mediante becas de consolidación de hasta… ¡sesenta meses!

¿En qué momento un investigador sometido a estas condiciones deja de considerarse alguien en formación y comienza a ser reconocido como un profesional? Supongo que nunca lo sabré.

Fue a finales de enero cuando recibí la llamada. De vuelta en México, me encontraba calculando qué textura de soga le vendría mejor a mi cuello mientras corregía las notas para la defensa de mi tesis de maestría. Al contestar me encontré con la voz de Carmina Estrada: mi primer libro de cuentos había sido dictaminado positivamente por Literatura UNAM. Di un par de piruetas que nadie vio. Antes de volver a casa sentí, brevemente, que mi mochila pesaba menos de lo habitual.


Autores
(Guadalajara, 2000) se dedica a la literatura y la divulgación científica. Formó parte del Diplomado de Escritura Creativa y Crítica Literaria de la UNAM y fue beneficiario del PECDA de Jalisco. Ha obtenido, entre otros, el Premio Nacional al Estudiante Universitario “Carlos Fuentes” y el primer lugar en la categoría de cuento del Concurso 56 de Punto de Partida. Sus textos han aparecido en medios como la Revista de la Universidad de México, Luvina, Punto de Partida, Casa del Tiempo y la revista de la Academia Mexicana de Ciencias. Presente oculto, publicado por Literatura UNAM en 2026, es su primer libro de cuentos.