Tierra Adentro
Fotografía de Mihailo Jovicevic, 2024. Recuperada de Pexels.
Fotografía de Mihailo Jovicevic, 2024. Recuperada de Pexels.

August “Gus” Renner camina en pos de su sombra. Va dando tumbos detrás de aquel fantasma que se prolonga y lo recorta sobre la pálida arena de Nuevo México. Una proyección deforme de sí mismo que pareciera mofarse de su andar cómico y desparpajado. De pronto, le abruma una duda. ¿Será él quien baila al ritmo que impone aquella silueta larguirucha y espectral?

—No dejes que se meta en tu cabeza, Gus. El desierto puede hacer eso. Nublar la razón y enredar los pensamientos como una bola de cardos para volverlos en tu contra.

La voz de Jedediah se abre paso entre el aire de la tarde. August carga el peso tibio del sol sobre su espalda; en contraste, la brisa empieza a ser desagradable en el rostro. Despega los ojos del suelo. Recorre el horizonte. Le urge un sitio donde sobrevivir la noche. A lo lejos, se alza una loma rebanada por un flanco, y a Renner le parece buena idea replegar su humanidad contra el calor guardado en la piedra para mitigar el frío nocturno.

—Jedediah Coats, arriero de Misuri, convertido en una fuente de proverbios —se burla Harlan.

—La cosa cambia cuando te haces uno con la tierra, Hal.

August los ignora. Humedece las grietas de sus labios doloridos, resecos como escamas de serpiente, irritados del polvo fino que arrastra el viento helado de febrero. El gusto salado a tierra y sudor es lo único que ha probado desde hace horas. Nada sólido después de los restos de conejo que ingirió al amanecer. Tres días atrás, no tuvo el valor para desollar al azabache luego de sacrificarlo. Ahora se arrepiente.

—¿De verdad, Gus? ¿En serio me vas a salir con escrúpulos después de todo? —le había reclamado Hal.

Renner no deja de pensar que Harlan jamás dudaría en alimentarse de su cadáver de ser necesario.

—Esto no. Además, no estás en posición de reclamar ni madres. Nada de esto hubiera pasado si no fuera por ti.

***

Jedediah Coats, Harlan Weeks y August Renner cruzaron destinos al enlistarse en las fuerzas de Stockton. Estando en la guarnición de Monterey, el teniente Maddox les encomendó ir a San Juan Bautista por remonta; cincuenta kilómetros de trayecto entre el húmedo aliento del Pacífico engrosado por el sol de agosto, y que de a poco iría transmutando a un calor más seco al dejar atrás la costa. A Jed le hacía gracia la evidente colisión de las personalidades de Gus y Hal; por un lado, a este último le encantaba llevar a las personas hasta el límite de la paciencia, en cambio Renner era conocido por su estrecho umbral de tolerancia a la estupidez. De modo que para el joven Coats un poco más de diez horas de camino fueron todo excepto aburridas.

Cuando llegaron a San Juan Bautista, las lámparas de la plaza ya se hallaban encendidas. Desde el adobe del cuartel viejo de la misión brotaban, como una promesa, los sordos acordes de una guitarra acompañados del canto herido de un hombre. No hubo necesidad de mediar palabra para encaminarse a la Fonda de San Juan, bastaban la sed y el cansancio compartidos.

—¿Tienes whisky? —preguntó Harlan a la mujer que atendía las mesas, una vez dentro.

—Sólo aguardiente y vino de la misión —replicó ella—, a veces es más vinagre que otra cosa.

—Aguardiente será —sentenció August.

Jedediah se tapó la boca y dejó escapar una risita.

—¿Whisky? —Gus le clavó los ojos a Hal—. ¿Siquiera tienes con qué pagarlo?

—August Renner, chupatintas de Pensilvania, descendiente de alemanes y alma de la fiesta —respondió Weeks alzando una copa imaginaria en ademán de brindis.

En la mesa de enfrente, un sujeto abandonó una partida de póquer mientras la mujer les servía las bebidas.

—Deséenme suerte —dijo Jed tras apurar el trago y se levantó para integrarse a los naipes. En la mesa había más pesos que águilas, y los cuartos americanos sonaban igual que un par de reales—. ¿Puedo? —solicitó el muchacho.

Un hombre de sombrero elegante por donde se asomaban restos de cabello oscuro y algunas canas al azar, asintió.

—¿Cómo carajos es que Coats trae dinero para apostar? —preguntó Renner.

Harlan se encogió de hombros, intentando contener la sonrisa.

—¡Maldito mocoso…!

—Espera —murmuró Hal tomando a Gus del brazo—. Jed sabe lo que hace.

—Más le vale, o ustedes le van a explicar a Maddox por qué regresamos sin dinero y sin caballos.

Harlan le dedicó un guiño a Renner, luego intentó imitar al guitarrista tuerto de voz rasposa.

Y si me vooooy…

Por alguna razón, Gus encontró aún más desagradable el español impostado de Weeks que los berridos del artista.

Jed Coats empezó a ganar manos importantes; al cabo de un rato, sólo quedaban él y el sujeto del sombrero; el efectivo en disputa era suficiente para que los rostros expectantes de la fonda dedicaran su atención en la partida. A petición de Harlan, el cantante entonó Old Dan Tucker mientras Hal le daba golpecitos a la mesa al compás de la guitarra.

Old Dan Tucker was a fine old man…

Presa de un ataque de tos, el tuerto paró en seco la ejecución en el segundo verso. En la inercia de la algarabía, Harlan Weeks entró en el coro dando un trío de golpes seguidos a la mesa, tres golpes que resonaron en el silencio abrupto de la canción.

—No voy —dijo Jedediah soltando los naipes.

El hombre del sombrero no dejaba de relacionar los golpes de Hal y la tercia de reyes que sostenía en la mano derecha. No era necesario mucho esfuerzo para entender el cuadro.

—¡Cabrones! —exclamó el hombre buscando su revólver.

Dos estallidos cimbraron el lugar. El hombre arrastró una silla al caer. En el suelo, soltó el arma, buscó su costado. Las balas de Hal le dieron arriba; el aire se le escapaba por donde no debía. Cuando expiró exhalando sangre, los presentes se amagaban en dos bandos. El cantinero habló primero.

—Acaban de matar a un oficial del ejército: al teniente Crowe, apostado en San José. Prácticamente lo asesinaron por la espalda, después de hacerle trampa. No tarda mucho en asomarse por esa puerta el alguacil con un par de voluntarios, y apenas salga el sol habrá un jinete de camino a Monterey para avisarle a Maddox.

”Pero no nos pongamos locos, no hace falta echar más bala. Entre más rápido se larguen de San Juan, mejor para ustedes. Echen cuentas, aunque disparen primero, no saldrían vivos de aquí.

Aunque no hacía falta, Gus hizo la cuenta en su mente. Tres a uno. Dos mesas llenas y el dueño de la fonda contra ellos tres. Ocho fulanos con las pistolas listas para escupir lumbre más el rifle del sujeto detrás de la barra. Por donde lo vieras, el cantinero tenía razón. Arma en mano, Renner empezó a moverse hacia la puerta, Jed y Hal lo siguieron sin conceder la espalda a los parroquianos. En cuestión de minutos galoparon en dirección al este y abandonaron el pueblo.

***

August Renner aviva el fuego con ramas de sabino y hierba seca. Ha llenado el bidón con retazos de nieve sucia que halló detrás de una roca. Sentado en un sarape, persigue los fantasmas de las brasas con la vista. Agradece el crujido del fuego que mitiga el murmullo insoportable del desierto. El aullido de un coyote a la distancia rompe la noche.

—Yo también lo escuché, Gus.

La voz de Hal suena distinta, despojada de ironía. Transparente. No habla del coyote, y Renner lo sabe.

—La fiebre, de seguro.

—Puedes creer lo que quieras, si eso te da un poco de paz. Lo cierto es que yo también oí la sonaja de tortuga, la flauta y el tamborileo, tal cual lo describió Jed.

—Será mejor que no lo invoques, necesito descansar.

—También vi los pies del chico hopi bailando en la oscuridad, pero sólo podía ver eso, sus pies correosos apretados por las sandalias.

—Bueno, de plano no piensas callarte, ¿no?

Aunque August no lo ve, siente cómo Harlan retrocede, se hace pequeño hasta desvanecerse, dejándolo a solas con el crepitar de las llamas y la memoria ambigua de los rostros del muchacho hopi y su padre.

***

Harlan no tuvo empacho en confesarle a Gus que él y Jedediah tenían muy bien ensayada aquella práctica en la guarnición de Monterey, si bien intercambiaban roles, les había dado mejores resultados cuando Hal actuaba fuera de la mesa. Finalmente, Weeks reconoció que no era lo mismo apostar con granos de maíz y exponerse a un triste zape que hacerlo con reales o cuartos de dólar ante desconocidos.

—¡Son unos pendejos! —vociferó Renner—. Y yo más por aceptar venir con ustedes.

Fue idea de August avanzar hacia el este, evitando el Camino Real, los ranchos grandes y las postas de correo. Así atravesaron el desierto de Mojave hasta rodear por un costado el Cañón del Colorado. En un descuido, el moro que montaba Jedediah bebió agua tibia y estancada de un charco; a los días ya estaba tan hinchado que parecía a punto de parir. Hal no dudó en sacrificar al animal ante la incertidumbre cobarde de Coats, y Gus aceptó de mala gana llevar a Jed en ancas, situación poco factible a largo plazo.

Algunos días después del incidente, tras dejar atrás Shongopavi, Renner advirtió a la distancia un grupo de hopis. Los nativos recolectaban víboras cerca de un arroyo. Aquello representaba un caballo posible para Jed, de modo que conservaron una prudente lejanía y esperaron la noche.

En la oscuridad, con la fogata reducida a brasas y los hopis entregados al sueño de la borrachera, Coats se acercó a las bestias. A unos diez metros del campamento, los caballos estaban atados a un álamo junto al arroyo. Luego de observarlos un momento, Jedediah se decidió por el que tenía la mejor montura: una tosca silla mexicana con fuste de madera forrado en cuero crudo que apestaba a sebo y polvo, los otros dos apenas tenían el lomo cubierto por unas mantas.

Mientras Jed seguía examinando a los animales, desde el matorral, Harlan observó cómo uno de los hopis enderezaba la espalda. De reojo, advirtió en la expresión de August que él también lo había visto. Al tiempo que el nativo, aún adormecido y con los ojos entrecerrados de legañas, se dirigía al arroyo, Gus y Hal se encaminaron agazapados como linces hacia el árbol donde Jedediah, ajeno a todo, luchaba por deshacer un nudo. Después de orinar un largo rato, el hopi se despabiló lo suficiente como para percibir la silueta de Coats entre los animales. Al instante, él y Jed intercambiaron miradas incrédulas. Aprovechando el desconcierto, Harlan emergió como un depredador por detrás de los caballos. Se abalanzó sobre el nativo derribándolo sobre la arena. Se trataba de un muchacho más joven que Jedediah, aunque corpulento y alto, aún adolescente; pero Hal no se dio cuenta de ello hasta que ya le había apagado el futuro a cuchilladas.

Otro de los miembros de la cuadrilla se incorporó. Por alguna razón, August asumió que se trataba del padre del chico. Y aunque en su mente el desenlace del atraco había pintado muy distinto, no tuvo más remedio que meterle un par de tiros al hombre que se aproximaba todavía sonámbulo. De unas zancadas ya estaba junto a los restos de la fogata para vaciar la Colt en el par de cuerpos que yacían embriagados a sus pies. Tras los disparos, algo se revolvió dentro de una bolsa de cuero junto a uno de los hombres. Vencido por la curiosidad, August la abrió y enseguida cayó de nalgas cerca de las brasas. Cubiertas de harina, varias serpientes escaparon de la bolsa, arrastrando algunas plumas en su fuga. Al regresar con Jed y Harlan, escuchó balbucear al presunto padre del muchacho, una frase que a Gus le recordó el siseo de las víboras acababa de liberar. Con las manos ensangrentadas oprimiendo los agujeros que le había dejado Renner y el aliento entrecortado, el hombre seguía murmurando desde el suelo mientras August recargaba el revólver. Hasta que un tiro entre las cejas, lo silenció para siempre.

***

Para calentar el cuerpo y engañar al estómago, Gus ha hervido algunas hojas de chamiso. Se frota las manos al calor del fuego, extiende las mangas de la camisa para no quemarse con el hierro desgastado y ardiente de la taza. Escupe una maldición tras escaldarse la lengua.

—Si no fueras un mojigato, ya estarías aplacando la tripa con carne seca —dice Hal—. No vas a llegar a San Antonio, Gus. Al menos no sin mancharte de nuevo las manos.

Renner fantasea con la idea de volver a sentarse detrás de un mostrador, hacer cuentas, leer cartas, traducir textos, lo que sea con tal de dejar atrás aquella cadena de errores y empezar con la libreta en limpio; servicios que sólo podrían ser útiles en una ciudad grande, como San Antonio. Pero Harlan tiene razón, sin caballo, sin raciones de pinole o carne seca y en un desierto cerrado a las posibilidades, lo más seguro no iba a ser lo más honesto. August alza la mirada hacia las montañas del este, a la columna de humo difuminada en el horizonte, si aquello proviene de una chimenea, sin duda debe estar acompañado de provisiones.

—No tiene que ser de esa forma, Gus.

—No, Jed —replica August—, pero que sea lo que tenga que ser. Ya estoy harto. Incluso si me topo con cuerda o plomo, hasta eso es mejor que seguir así.

***

Renner, Weeks y Coats sobrevivieron el otoño y la entrada del invierno alquilándose para la siega de maíz, chile y frijol en las tierras de Antonio José Otero y José Vicente Chávez, a cambio de un rincón donde dormir, granos y algunos reales. Pasaron ese último trimestre de 1846 entre Belén, Socorro, Tomé e Isleta como peones de bajo perfil. Una vez cerrada la cosecha, muy ocasionalmente conseguían trabajo desgranando maíz o arreando borregos, aunque cada vez con menor frecuencia.

Aquella dinámica quebró por fin el 21 de enero, cuando Harlan supo de la convocatoria para integrarse a los Voluntarios Montados de Nuevo México. Ceran St. Vrain, socio principal del recién asesinado gobernador de Nuevo México Charles Bent, ofrecía techo, alimento y la promesa de una futura remuneración económica por parte del ejército a los voluntarios. El único requisito era contar con caballo, fusil y el coraje necesario para usarlos.

Dos días antes, a Charles Bent le habían arrancado el cuero cabelludo en presencia de su familia mientras intentaba escapar. Encabezados por Tomás Romero, un grupo compuesto de nativos pueblo y mexicanos asaltaron la casa del gobernador en Taos, ante la negativa de este a las demandas políticas de los locales, entre ellas, la liberación de prisioneros y ponerle un alto a los abusos por parte de miembros del ejército.

Y aunque aquello no prometía un paseo por la plaza, era peor soportar la incertidumbre del hambre. De modo que, al día siguiente, Gus, Jed y Hal salieron a Santa Fe para anotarse como voluntarios en uno de los almacenes de la Bent, St. Vrain & Co. No hubo preguntas incómodas ni tuvieron que dar explicación alguna de sus orígenes, y para el 23 ya iban rumbo a Taos, bajo las órdenes del coronel Sterling Price.

Junto a las filas de Price, salieron de Santa Fe entre carretas de municiones, infantería y los demás voluntarios montados. Los hombres de Romero se habían dispersado entre los pueblos del norte, y los caminos estrechos favorecían emboscadas desde lo alto de los cañones de la sierra. En Cañada, Jed, Gus y Hal avanzaron entre cercas, acequias y casas de adobe mientras los defensores respondían desde las lomas. Luego vinieron más días de marcha, nevadas y tiros sueltos en los pasos de montaña rumbo a Embudo.   

Al llegar a Taos Pueblo, los rebeldes se habían encerrado en la iglesia de San Jerónimo y en los edificios de adobe contiguos. Price ordenó colocar la artillería frente al templo. Los primeros cañonazos apenas levantaron polvo de las paredes gruesas; después, una brecha se abrió junto a una de las entradas. Cuando los soldados y voluntarios cargaron hacia ella, desde el interior respondieron con fusiles, piedras y flechas. La iglesia cayó antes de que terminara el día, y los sobrevivientes fueron sacados de entre los escombros. Renner encontró a Harlan arrodillado junto a un cuerpo en el suelo de la iglesia. Jed yacía con un par de flechas incrustadas en el estómago, murmuraba algo ininteligible. A Gus le recordó al padre del muchacho hopi.

***

August aguardó la oscuridad en el lecho de un arroyo seco. La chimenea todavía exhala un humo que se dispersa en la profundidad del cielo estrellado del llano. A menos de cien metros, se hallan dos construcciones de adobe. Desde la más grande se filtra débil el ámbar de unas velas por los boquetes de las ventanas. A juzgar por el tamaño de las puertas, la otra debe ser una troje. Mareado y adolorido de cansancio y hambre, Renner camina hacia la segunda, destraba la puerta y se interna en su negrura. Decide quemar un fósforo de los seis que le quedan; el almacén deja al descubierto un costal de grano, maíz seguramente, con suerte algo de avena o cebada, dos mulas, un caballo y algo de heno suelto del campo en un rincón. Antes de volver a la oscuridad, mete la mano desesperada en el alimento de las bestias y se lo lleva a la boca. Huele a rancio y a orines de ratón pero no le importa, sigue machacando con las muelas el grano endurecido mezclado con polvo y restos de chile seco. Luego de saciarse, camina a tientas en dirección del heno. Una mula o un caballo exhala fuerte a su derecha, a Gus le suena como un reclamo o una advertencia. Deja caer el trasero sobre la paja, se recuesta. Un descanso le vendría de perlas, al menos una siesta leve.

***

Desde el verano anterior, Tuwikya despertaba con un gusto de tierra en la boca. A Lomahongva, sacerdote de la Sociedad de la Serpiente en Shongopavi, aquello no le extrañaba. A pesar de que el muchacho no era su primogénito, todo él estaba lleno de señales. Daba la impresión tener el visto bueno de las víboras por la manera en que se desenvolvía entre ellas y viceversa. Además, Sikya ya tenía algunos años de haberse iniciado y no era inusual que dos o más jóvenes de la misma casa formaran parte del grupo. Por eso, cuando Lomahongva lo propuso a los viejos estos otorgaron su consentimiento por unanimidad.

No era la primera vez que Tuwikya acompañaba a la cuadrilla en la recolecta, pero en esta ocasión era diferente. No lo limitarían a cargar agua y el saco para las serpientes, no. Esta vez haría uso de la harina, las plumas de águila; le correspondía recogerlas, hablarles, prepararlas para la plaza. Al fin cruzaría ese umbral que separa el pueblo de los mensajeros, al hopi común de aquellos que se transforman en puente que comunica con los antiguos. El sueño recurrente, la danza en la kiva, al fin materializado.

Lomahongva, su padre, no podría estar más ancho de orgullo, y por esa razón es que los viejos se permitieron un poco de aguardiente aquella noche junto al arroyo. Desacostumbrados al alcohol, cayeron en un sueño profundo. Excepto Tuwikya que no había bebido gota. Cuando despertó y vio a Jed junto al álamo lo confundió con uno de los suyos, y mientras se esforzaba por enfocarlo, nunca advirtió el movimiento fulminante de Hal.

***

Renner se revuelve entre el heno. Sueña con los hábiles pies de Tuwikya danzando entre los agujeros de la tierra que conectan con el inframundo. Baila alrededor de un nido imposible de serpientes. Una de ellas se le enreda en el tobillo, asciende por la pierna del muchacho rodeándolo hasta el tórax, hasta el cuello. El chico la detiene en su boca, la muerde mientras la víbora se retuerce de igual forma que Gus en la troje. August escucha los tambores, la sonaja de tortuga imitando un cascabel, el rumor de una multitud en la plaza. Detrás de Tuwikya está Lomahongva, Sikya, los ancianos y algunos iniciados. Renner se ve a sí mismo desnudo en el centro de la plaza. En las manos lleva la daga ensangrentada de Harlan. La misma que Gus le extrajo de la funda mientras ambos dormían: August en la brumosa frontera entre el letargo y la pesadilla, Weeks inconsciente y vulnerable. Para cuando Renner abrió los ojos, ya le había arrebatado el futuro a Hal a cuchilladas. August se une a la danza, algunos hombres portan máscaras de demonios, aun con el rostro descubierto, se sabe uno de ellos. Gus agita los tobillos, las sonajas responden. Renner se deja llevar por una especie de éxtasis, la piel pálida se le ha oscurecido. Las sandalias se funden con sus pies ligeros que bailan alrededor de un nido imposible de serpientes. Alguien abre la puerta. Una culebra se le enrosca en los muslos. Él la deja continuar hasta tenerla a la altura de su boca, la muerde y las escamas se adhieren a sus labios, ásperas, resecas. De unas zancadas el hombre en la troje ya está encima de Renner. Apunta. Las balas le abren dos boquetes en el pecho. Los disparos reverberan hasta el inframundo, donde Gus no deja de bailar al ritmo que le dictan las sombras.


Autores
(Chihuahua, 1974) escribe ficción especulativa. Radicado en Ciudad Juárez, su obra y proyectos están profundamente vinculados a la narrativa de la frontera norte de México. Ha publicado las antologías de relatos Los cuernos de Alewá y otros relatos oscuros y Conjuros, libros que exploran el horror urbano, rural y sobrenatural. Sus cuentos aparecen además en la antología La vértebra oscura 3: Ecoterror y la revista digital Penumbria.
Similar articles