Tierra Adentro

Para Luis Paniagua y Rosalía Sámano,

que siempre me corrigen y me guían

(a veces a gritos).

 

Para Nelly Jiménez, por patriótica y paciente.

 

Quiero gritar, pero no tengo boca (y, a decir verdad, tampoco madre)

 

El grito se vino rebotando por los paredones de la barranca y subió hasta donde estábamos nosotros. Luego se deshizo.

Juan Rulfo, El llano en llamas

 

Cuenta la leyenda (pero dice Borges que Alá es más sabio) que Chavela Vargas, cantante de rancheras, alguna vez comentó que los mexicanos nacen donde se les pega su rechingada gana. Más allá de referirse a la alarmante cantidad de mujeres que dan a luz en banquetas o en el metro, hablaba de la increíble capacidad de lo mexicano por hallar su origen en otras tierras fuera de los 1,964,375 km² del territorio nacional. La piñata, por ejemplo, símbolo mexicano por antonomasia, nació en China; El taco al pastor puede hallar su origen, según algunos, en el shawarma de Medio Oriente y, que a nadie sorprenda, la Virgen de Guadalupe llegó, como el idioma en que estoy escribiendo esto, desde España. La misma Chavela Vargas, para quien no lo supiera ya, aunque mexicana hasta las cachas, nació en Costa Rica.

A lo mejor es cierto, México tiene la capacidad de resignificar las cosas de una manera particular, volverlas chillantes, incluso estrafalarias, apenas las toca con sus omnímodos brazos de piquín y tepetate, como la fayuca o aquellos legendarios autos “chocolate” (uno de los nombres más cremosos y azucarados para la felonía y la irregularidad). Lo que ingresa a nuestro territorio inicia su metamorfosis y deja de ser producto extranjero, o casi universal, para convertirse en nacional: los perros free of lice terminaron siendo Firulais y el beef steak se convirtió en bistec. Cruzar las fronteras hacia México puede tratarse de un acto mitad tropicalización y mitad prestidigitación.

Aunque si hablamos de productos no precisamente nacidos en nuestro territorio, pero que de tanto tiempo viviendo aquí ya tienen carta de naturalización (sin necesidad de filas kilométricas o documentos imposibles de conseguir), no podría faltar el grito: está en el primer verso de nuestro himno nacional, uno de los símbolos patrios más difíciles de memorizar (sobre todo si se va a cantar antes de partidos de la selección de futbol o peleas de box); está también en la génesis de nuestro país: nosotros, como nación independiente (no sé si humana y generosa) nacimos no con un susurro, sino con aquel famoso grito de Miguel Hidalgo y Costilla para pedir que fueran a coger gachupines. Poco más tarde, cien años después, en esa trifulca que llamaron Revolución mexicana, a gritos y sombrerazos nos reafirmamos como mexicanos pero, sobre todo, como gritones profesionales: “¡Qué viva Francisco Villa!”, “¡Viva mi general!”. Y de allí pa´l real, nuestro país ha hecho del grito uno de sus sellos más característicos (“¡Viva México, cabrones!”), aunque no precisamente de los más nobles (“¡eeeeh, puto!”).

 

Si no sirve el timbre, grite, por favor

 

—No sólo podría hacerles daño a los niños con mi grito —repuso Charles—. También los hombres pueden volverse locos de remate al oírlo.

Robert Graves, El grito

 

Sostiene Robert Musil, en Sobre la estupidez, que quien quiera hablar de la estupidez, o asistir con provecho a una disertación sobre ella, debe presuponer que él mismo no es un estúpido; y, por eso, alardea de ser inteligente, “¡aunque eso se señale generalmente como señal de estupidez!”. De la misma forma, quien quisiera hablar del grito en similar postura, tendría que hacerlo desde el púlpito moral de no ser un gritón él mismo y, por ello, resultar más bien silente, discreto, mesurado. Sin embargo, ¿no es, de cierta forma, subrayar algo, anotarlo, señalarlo, una manera no verbal de gritar “¡volteen a ver esto, volteen a verme a mí!”? En caso de que así fuese, que la nación me lo demande, pero mi pecho no es bodega y esto tengo que gritarlo a los cuatro vientos.

Aquí en México (y dale con México), el grito es más común de lo que pudiera (o quisiera) esperarse: tanto ha sido usado que, en maravillosa licencia poética, le hemos dado cuerpo, por eso podemos echárselo a alguien o, si se da el caso, pegar uno en el cielo. Sin embargo, el grito mexicano es anfibio, puede tener cuerpo o flotar libre en el aire, desobedecer cuantas leyes de la naturaleza se nos antoje o no nacer en sitio alguno. La Llorona, por ejemplo, mientras más lejos se escuche su grito (o lamento, dicen algunos), quiere decir que más cerca está ella; o Gilberto Owen que, en su Libro de Ruth, confiesa que hubiese deseado ser capaz de gritarse, desde la boca de la amada, “no te vayas”. El grito mexicano se pasa por el arco del triunfo las leyes de la proxémica, la física y la lógica; tan potente es, y de uso tan común, que en algunos ha terminado por sustituir la voz misma.

En su texto titulado El claxon y el hombre, Jorge Ibargüengoitia coloca una cita digna de mención: “entre los escritores, el estilo es el hombre”. Más adelante, el mismo Ibargüengoitia se permite senda exégesis de la frase atribuida a Buffon: “entre analfabetos el claxon es el hombre. No sólo el claxon, sino la manera de usarlo”. Diría yo, como para que la frase pegue en las tres bandas, que entre analfabetos el grito es la voz; no sólo el grito, también la manera de usarlo y, además, en dónde: gritar en una construcción puede ser útil (o cuando menos inevitable) si se desea hacer llegar de forma adecuada el mensaje; gritar en una combi con el celular pegado al oído es poco menos invasivo que destapar un bote con birria a media misa y ponerse a calentar tortillas frente a nuestro Señor Jesucristo.

Pero es cierto, el mexicano, cierto tipo de mexicano, no sabe comunicarse ya si no es a berridos: víctima de una especie de Tourette a medias, el mexicano bestia de verdad ya no sabe hablar si no es a gritos, aunque el interlocutor se encuentre a escasos pasos de él, a berridos pide lo mismo que le pasen la salsa verde o le cambien de canal. Como esos guisos o platillos pesimamente preparados que disimulan la insipidez con puños de sal, el gritón generalmente esconde su falta de esencia y la pobreza de sus argumentos detrás de un lenguaje cargado de la sal del insulto, siempre a un volumen alto hasta la náusea.

Sin embargo, en honor a la justicia, quizá lo anterior no sea sólo algo reservado al más bestia de las bestias. Luigi Amara en Larga vida al insulto, plantea que éste posee propiedades curativas y liberadoras no del todo exploradas. Es cierto, muchas veces gritamos, generalmente insultos, como forma de sacar la presión que, de otra manera, nos estallaría en las tripas. El mexicano es experto en usar el claxon, cierto, pero también en acompañarlo con gritos proferidos desde la comodidad y seguridad del interior de su auto, no siempre con la intención de que lo escuchen en los otros vehículos, sino sólo para desahogarse, generalmente señalando cómo hubiera procedido él ante la maniobra automovilística que lo ha hecho enfurecer. El grito es fumarola que permite que no llegue la erupción del puñetazo, el empujón o el volantazo, según sea la situación, así que, si es cierto que los perros que ladran no muerden (mentira total en algunos casos), mexicano que grita no pega. O no tanto.

 

Cualquier cosa, échame un grito

 

pero en seguida se oyó una terrible y sobrehumana voz o grito.

José Revueltas, El luto humano

 

Cuenta la leyenda (otra leyenda, no la de párrafos arriba) que hubo un pueblo cercano a la antigua Roma a quienes los habitantes de dicha polis llamaron “quiritas” por el simple hecho de que vivían en la colina del Quirinal, situada al este del Tíber. El gentilicio de este pueblo, así como el nombre de la colina, representaban un homenaje a su dios de la guerra, Quirino. Dicen que eran tan poderosos que, en el siglo I a. C., el historiador romano Marco Terencio Varrón aseguró que en la sociedad romana había surgido la expresión quiritare, que no era otra cosa que pedir ayuda a los quiritas. Ya después, en el latín vulgar de la Edad Media, el vocablo se convirtió en critare y llegó al español como “gritar”.

Así, y no de otra forma, nació el grito (o por lo menos su nombre), pero, ¿qué es en realidad el grito? Según la RAE (que todo lo sabe y lo que no pues se lo inventa) el grito es “una voz muy esforzada y levantada”, o también “una expresión que se profiere levantando mucho la voz”. Inclusive, en un uso más poético y poco común, señala que el grito es el “chirrido de los hielos de los mares glaciales al ir a quebrarse por estar sometidos a presiones”.

Hasta aquí todo muy bien, pero lo que no dice la RAE es si el grito es pura masa de ruido o puede moldearse en forma de palabras porque, ¿exactamente qué es el grito? ¿Mero sonido informe o palabra distinguible? ¿Ambas? Puede ser. Moldeable según la vocal con la que se inicie (¡aaah!, según nos enseñaron los dibujos animados, grita el que se cae en un hoyo en la banqueta; ¡eeeeh!, profiere, por su parte, el que vitorea en algún evento público; ¡ooooh!, grita, a veces seguido de un “no mames”, el que presencia sendo golazo o un golpe bien conectado en una pelea de box o MMA), el grito es cachirul y juega, como esas estrellas de futbol llanero, donde tú quieras ponerlo: en la media de una palabra dicha en voz muy alta o en la delantera del mero alarido amorfo y rasposo.

El inglés, por su parte, parece tener menos ambigüedades al respecto ya que posee al menos tres verbos para la acción: shout, scream y yell, con marcadas diferencias entre cada uno. El primero es una voz alta, aunque neutra, sin intención aviesa; el segundo se refiere no a una palabra, sino al mero gorgoteo, generalmente consecuencia del dolor, miedo o alegría. Finalmente, at last but not at least, el verbo yell es similar a shout, aunque se distingue de éste por dirigirse a alguien en particular. En español el grito es navaja suiza y puede, con su respectiva preposición o contexto, hacer el papel de aquellos tres: gritamos de dolor, gritamos una palabra o le gritamos algo a alguien. Usted escoja, pero hágalo rápido porque al que no habla, Dios no lo oye, aunque tampoco hay que gritar, que no tiene uno criados.

 

¿Me estás oyendo, inútil?

 

Que envuelve al niño cuando sale de la noche materna y descubre su voz al lanzar el primer aullido.

Pascal Quignard, El odio a la música

 

En la guerra de asedio a Troya, según nos narró Homero, hay un personaje por demás singular: Esténtor, cuya única participación registrada (aunque más bien habría que anotársela a Hera que había tomado su forma) fue para dirigirse a los aqueos y arengarlos a que fueran a coger gachupines o troyanos. La historia no es clara. Sin embargo, la descripción que se hace de él no deja lugar a dudas: el de la broncínea voz “que gritaba tan fuerte como entre cincuenta”. Su nombre, así, pasó a ser sinónimo de una voz potente, de ahí el adjetivo “estentóreo”. Pero cabe aquí la pregunta, ¿es una virtud saber gritar? Quienes disfrutamos del silencio podríamos no considerarlo así, pero según a quién le preguntemos, y dónde preguntemos, puede ser.

Comencemos por aclarar algo: el grito es breve y potente (dice Madre Coraje en la obra homónima de Bertol Brecht, que quien mucho grita pronto calla; ni para media hora tiene fuerza), lo suyo no es la larga distancia, sino la explosividad. Además, cuando se ejecuta de manera individual es mejor reservarlo para ciertos personajes, ciertos momentos y, claro, ciertos contextos: gritar a media calle, uno solo, si no se empuja un carrito de elotes o patitas de pollo, por ejemplo, pudiera ser signo de mala educación o locura. Eso sí, para que dicho grito no constituya una salvajada, ha de ser uno hecho de palabras (shout), no mero alarido (scream), o podría pensarse, por ejemplo, que el de los camotes más que tratar de promocionar su producto, ya se quemó. Dicho lo anterior, ¿resulta plausible pensar en la existencia de gritones profesionales? En México, diría yo (y no por nacionalismo exacerbado), sí.

Opuestos diametrales de los niños cantores de Viena, los niños gritones de México anuncian, voz en cuello, al ganador de la lotería nacional; el voceador (no confundir con el vocero, más refinadito aunque también más mentiroso), practicante de un oficio casi tan extinto como el mismo diario impreso, grita para que volteemos; el repartidor de gas, que tiene un grito que en nada se parece al de ninguno de sus pares, lleva su pregón al extremo; el comprador de fierro viejo o los vendedores de fruta o ropa de paca juegan en liga similar; el merolico, con el gis de su grito, pinta una raya sobre el espacio sonoro de las calles y ay de aquel que la atraviese. En este país hemos hecho del grito mano de obra y, así, al darle un uso comercial, su domesticación (y subsecuente aprobación) está consumada. O casi.

Vivir de la voz no es algo extraño, nueve de cada diez locutores y juglares lo saben, bardos y cantantes también. Estos últimos, por ejemplo, quizá sean los más prestigiados cuando de emplear las cuerdas vocales como sustento es de lo que hablamos. Por ello, tal vez, es que he oído que en dicho gremio uno de los insultos más difamatorios es aquel de “no sabe cantar, más bien grita”. Si lo anterior es cierto, ¿sería posible, valga el probable oxímoron, gritar de forma afinada? Yo diría, y no por chauvinismo, que en México sí. No, no es que el del fierro viejo ande por las calles regalándonos un aria tras otra, o uno piense, al escuchar el anuncio de los cocoles, que Pavarotti ahora se dedica al comercio ambulante, hablo del grito de mariachi, esa explosión patria imposible de describir, ser mitológico con cuerpo de canto y patas de grito, hermafrodita del sonido que, honestamente, parece más fácil de lo que en realidad es. Que tire la primera piedra quien no lo haya intentado, sin éxito para, luego de chillar como pollo descabezado, preferir meter la cabeza en la cubeta de las cervezas y no volver a sacarla en lo que se acaba la fiesta.

Pero, más allá de lo del mariachi, ¿se pueden combinar grito y canto? (que nadie voltee a ver a Alex Lora ni a Charly Montana, por favor). No hablo de una mezcla homogénea como la ya citada, sino algo más heterogéneo, una mezcla coloidal de canto con partículas de grito flotando por ahí. En México, otra vez en México, sí: era 1997 cuando, de la mano de un cuarteto de intelectuales revolucionarios hasta el tuétano, los jóvenes (y no tan jóvenes) adquirieron la costumbre de gritar, al mismo tiempo y sin equivocarse (qué bonitos muchachitos), llegada cierta estrofa, un potentísimo “¡Viva México, cabrones!” que, según dicen, puso a temblar a todos los niveles del gobierno. Sí, la banda es Molotov, sí, la canción es Gimme Tha Power y sí, como dijo Monsiváis, de las masas, la más disciplinada, la más negada a lo voluntarioso, es la del rock.

Amén de la potencia anticapitalista y revolucionaria del grito anterior, no fue el primer caso de rito instantáneo (como calificó Monsi a esa sincronía para hacer lo mismo al mismo tiempo sin que nadie nos lo indique): años atrás, aquella vez de la mano de Rostros Ocultos, los jóvenes, con la canción El final, gritaron un sonoro (¿estentóreo?) “¡Qué poca madre!”, llegado aquel verso que habla sobre infidelidad. Nos gusta gritar a la par de los que cantan, ser su eco (porque somos invisibles y el eco es la voz de lo invisible, según Pascal Quignard), jugar nuestro rol en ese maravilloso rito de la voz convertida en hilo que nos une, no importa qué tan destemplados o aguardentosos sean nuestros alaridos: el grito, una vez camuflado en la muchedumbre, tiende a ser menos juzgado porque pasa desapercibido. Robert Musil asevera, también en Sobre la estupidez, que existe una propensión en particular, la de permitirse, cuando se presentan en masas, todo lo que les está prohibido como individuos. Partidos de futbol, funciones de lucha libre, conciertos y sesiones de la Cámara de Diputados así lo demuestran.

Pero antes de Molotov y antes de Rostros Ocultos, ¿algún otro artista se vio acompañado por su propio grito casi patentado? En los conciertos de Paquita la del Barrio, por ejemplo, ¿la multitud se unía para gritar, al lado de ella, “¿me estás oyendo, inútil?”? En las primeras interpretaciones del himno nacional mexicano, ¿nuestros antepasados acompañaron con un grito eufórico la parte de “mas si osare un extraño enemigo”? Y si hablamos de los nuevos jóvenes, ¿con qué canciones van a gritar? Más aún, ¿sueñan con gritos estas generaciones eléctricas? Cuando se lo pregunto a Luis Alberto Padierna, sonidero retirado (uno de los blasones más originales y estrafalarios que podrían pensarse), él dice que, desde su experiencia, ahora los jóvenes, cuando se trata de canciones y conciertos, ya no gritan: usan imágenes, las comparten entre sí o en redes para acompañar cierta melodía, cierta estrofa. Le creeremos.

¿Imágenes para gritar? Es posible, Edward Munch lo demostró con una de sus pinturas y Pascal Quignard advierte, en El odio a la música, que en las grutas de Ariége los pintores chamanes paleolíticos (gran nombre para una banda de rock) representan los rugidos justo delante de las fauces de las fieras, en forma de trazos agrupados. Pero, entonces, ¿con qué imágenes gritan y qué es eso que gritan?

Si Monsiváis detectó la presencia de “mexicanos de clóset” (aquellos que, en sus palabras, “emergen de su escondrijo nacionalista al amparo de ‘los puntos fuertes de los lados débiles’, de los prestigios del pasado, de las disculpas del fervor alcohólico”), hoy circula rampante el latinoamericano de clóset, ese que, ávido de derrotar al imperio yanqui, pero sin ensuciarse las manos, envía a su mejor guerrero a gritarles sus verdades a esos cochinos gringos en el mero día de su celebración más patriota: el Súper Bowl. ¿Y cómo lo acompañan los jóvenes de hoy en día si no es posible gritar ahí enfrente de la pantalla (al menos sin parecer loco)? Pues con imágenes: compartiendo fotos y videos del evento en cuestión; ni Simón Bolívar se atrevió a tanto. Me robo otra vez a Monsi y medio le cambio lo suficiente para que no sea plagio: ¡qué bonito tropezar con la identidad latinoamericana que se creía perdida, este civismo alborotado anda todo apasionado por volver! A punta de grito hecho de pixeles ha de hacerse la revolución.

Pero el grito, así, a la antigüita, hecho de vibraciones en el aire, ¿volverá? Bueno, pues, para empezar, nunca se ha ido, las viejas generaciones sin sus guardianes: allí donde haya un microbús con el timbre inservible, allí donde alguien coveree, en un bar de mala muerte, a Molotov o a Rostros Ocultos, allí donde no haya argumentos pero resulte imposible quedarse callado, habrá de surgir el viejo y confiable gritón. Lo más viejo siempre vuelve y termina por ser, al menos durante un rato, el último grito de la moda.

 

 


Autores
Aldo Rosales Velázquez. Ciudad de México, 1986. Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento: Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de Cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica: Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang . De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada , El Universal , Casa del Tiempo , Tierra Adentro , entre otras, así como en las antologías: De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el vampiro y otros relatos de la lucha libre (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de Partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar , de La Jornada . Es egresado de la Licenciatura en Enseñanza del Inglés, de la UNAM.