Escribir con sangre
I.
He donado sangre pocas veces. Esto no es una declaración de misantropía. Naturalmente deseo el bien de la humanidad y, muy en el fondo, creo que todos deberíamos ser donantes, de sangre, de órganos, de ropa, de libros. Lo que ocurre es que el procedimiento de extracción me resulta aterrador. Ahora mismo pienso en la aguja que se hunde en la vena y que succiona la sangre como una máquina o un animal a través de una manguera de plástico, pienso en esa sangre llenando una bolsa transparente de medio litro que se balancea sin cesar, para que no se coagule, y de pronto me siento frágil y vulnerable y pequeño, pero, sobre todas las cosas, me siento mortal.
Esto tiene que ver, primero que nada, con que no estoy acostumbrado a ver mi propio interior fuera de mí, es decir, fuera de los límites de mi cuerpo, y entonces la sangre que llena la bolsa me recuerda que estoy lleno de algo, y que ese algo, si me descuido, se me puede salir de pronto. Pero más aún, porque cuando recuerdo las veces que he donado sangre, se me aparecen como fantasmas todos aquellos anónimos que, por alguna circunstancia seguramente funesta, han recibido mi sangre. Pienso: hay algo siniestro y hermoso en el hecho de que mi sangre anime otros cuerpos, recorra las geografías de otras venas. Los otros se han herido, y por esa herida se ha metido mi sangre, mi propio interior.
Todo esto me hace recordar el célebre verso de Whitman que dice “soy inmenso, contengo multitudes”. Es un verso que me gusta mucho, aéreo y microscópico a la vez, y cuando me acuerdo de él, y de mi sangre y de los anónimos que la han recibido, me veo obligado a concluir, supersticiosamente, que soy muchos cuerpos y estoy en muchos lugares a la vez, aunque lo correcto sería decir que son los otros los que me contienen y que, más bien, yo soy uno de los muchos que habitan otro cuerpo, que yo soy una parte de esa multitud.
Todas estas imágenes tienen un origen traumático, un origen en mi propia infancia, lo cual es más bien esperable, porque uno siempre termina por volver a la infancia, o mejor, porque la infancia no deja de volver a uno, sobre todo cuando nos ponemos a hablar sobre sangre. De modo que, para comprender mi superstición, es necesario que retroceda en el tiempo algunos años, más exactamente al año de 1995, que fue el año en que nací.
Según entiendo, los niños salen de la panza de las madres con los más variados colores, a veces grises, a veces verdosos o blancos como la nieve, a veces casi transparentes. Muchos y muy variados son los colores de los niños en el parto, pero del vientre yo salí amarillo, y ese color, como supo explicarle el doctor a mi madre, no estaba en la paleta reglamentaria. El caso es que yo tenía una enfermedad del hígado llamada bilirrubinemia que, como su nombre indica, es la presencia anormal de bilirrubina en la sangre. Y por más que el nombre de la enfermedad remita a las cálidas tierras dominicanas y a la bachata de Juan Luis Guerra, lo cierto es que mi padecimiento era grave, potencialmente fatal, y para sobrevivir debí recibir un recambio total de sangre. En aquella ocasión, el donante fue mi padre y, en efecto, por algunos días o semanas, fue su sangre la que llenó mis venas y mis arterias.
De todo aquello no recuerdo nada y lo supe por oídas muchos años después; el niño que era yo habrá tenido, si acaso, nada más que un dolor sordo, un golpe ciego de pura vulnerabilidad. Pero todo gesto de la infancia, tarde o temprano, termina por volverse metáfora. Todo gesto de infancia termina por volverse una lección, a veces oscura, a veces luminosa, pues es en la infancia donde aprendemos por primera vez la vida es una cosa brutal y tremenda, y cuando crecemos no hacemos más que rumiar, o revolver, o escarbar en esa primera bofetada que nos dieron las cosas.
La lección que me dio la sangre de mi padre circulando por mis venas de niño fue, ni más ni menos, que a veces debemos dejar entrar lo ajeno, lo extraño, precisamente para poder sobrevivir.
II.
Hablando de transfusiones de sangre, en este punto quisiera hacer otro salto temporal, un salto muy grande, algo así como un doble mortal hacia atrás, ya no al año de 1995, sino al año de 1474, que fue el año en que el filósofo italiano Marsilio Ficino escribió De Amore, su libro dedicado a la teoría sobre el enamoramiento. Lo cierto es que el tema del libro, en principio, me parece una cursilería sólo perdonable por el hecho hipotético, que imagino cuando lo leo, de que Ficino estaba enamorado, y a los enamorados se les permite salir impunes de todo tipo de vulgaridades. Ficino, pues, sostiene que el enamoramiento es el producto de una alquimia secreta que se produce en el momento en que el amante y el amado se miran. Cuando esto ocurre, entre sus pupilas se crea un hilo de vapor sanguíneo, una especie de cordón umbilical gaseoso que, sin la voluntad ni el conocimiento de los implicados, conecta sus miradas. Ya establecido el enlace, una pequeña cantidad de sangre del corazón del amado se evapora, se expulsa a través de la pupila, transita, igualmente invisible, por el puente de vapor, y finalmente penetra por la pupila del amante hasta condensarse en su propio corazón. Una vez alojada la sangre del amado en el corazón del amante, esta desarrolla una especie de melancolía, una añoranza del origen, pues anhela regresar a su corazón de procedencia, y gracias a ese anhelo el corazón del amado atrae al corazón del amante, lo llama, lo fuerza a ir en su búsqueda.
Para Ficino, el enamoramiento es, al mismo tiempo, un acto telepático, un hechizo a la distancia, y un envenenamiento material, casi vampírico. Enamorarse, literalmente, implica una transfusión real de sangre.
Pero yo hablaba de mi nacimiento, de mi enfermedad y mi recambio sanguíneo. Ahora se me ocurre que es curioso, escandalosamente curioso, que la sangre que recibiera fuera la de mi padre, una sangre muy parecida a la mía, genéticamente la mitad de mi sangre: en ese gesto, pienso, se me estaba devolviendo algo; la sangre, de algún modo, estaba regresando a su origen.
Se me ocurre entonces que también es curioso, o ya no curioso sino casi un milagro, que durante la transfusión habré tenido unos días de nacido, por lo que es obvio pensar que mi madre me amamantaba, y como quizás sea algo sabido, aunque yo lo aprendí hace poco, la leche con la que nos amamantan no es más que sangre que se ha vuelto leche a partir de una transmutación milagrosa, de tal modo que aquellas dos semanas mi cuerpo fue algo así como el recipiente donde se revitalizó la alquimia de mis padres, la sangre-leche de mi madre que entraba por mi boca, la sangre-aguja de mi padre que entraba por mis venas.
III.
¿Por qué escribo todo esto? Quizás porque me apasiona, porque me parece fascinante, extraño, casi imposible. Pero también, porque todo esto tiene que ver, de algún modo, con mi literatura, más precisamente con mis lecturas, que son la mitad, o muchas veces más de la mitad de la identidad de un escritor.
Me gusta pensar en la lectura, también, como un sistema de intercambio sanguíneo. Pienso que al escribir, o por lo menos cuando yo escribo, algo de mi sangre se evapora y se sublima, y cuando leo, cuando me leen, esa misma sangre viaja hacia las pupilas de los lectores y se aloja en el oscuro interior de cada uno. Leer, en este sentido, es abrirse a una transfusión sanguínea, alojar en el propio corazón la sangre de otros.
Escribir, en ese sentido, es donar sangre. Leer, en este sentido, es recibir sangre. Y si vuelvo a todos aquellos anónimos que han recibido mi sangre, pienso entonces que me han recibido a mi, a mi interior, a mi sangre que es a la vez la sangre de mi padre y la leche de mi madre, y entonces mi sangre-tinta los llena. Y cuando leo, cuando leo realmente, recibo la sangre de los escritores que amo, como a través de un hilo de vapor fantasma, y con su sangre, sin saberlo, escribo yo mismo.
IV.
No está de más recordar aquí, ya en estas parcelas, el mejor bolero de Agustín Lara, aquel que empieza diciendo: “Con lágrimas de sangre, pude escribir la historia de este amor sacrosanto”. Creo que son buenos versos. Muy dramáticos, muy despechados: si los leemos en voz alta, descubriremos que fácilmente se pueden cantar a todo pulmón si las condiciones lo permiten, pues son versos visuales y expresivos, pero sobre todo, porque son nostálgicos, terriblemente nostálgicos. Según cuenta la historia, el flaco de oro se los compuso a María Felix en 1954. La pareja se había separado en 1947, de tal modo que el flaco canta cuando María Félix se ha emparejado ya con el famoso torero Dominguín, y la historia de amor sacrosanto está para efectos prácticos acabada.
Quise recoger estos versos porque la imagen de unas lágrimas que escriben con sangre, con toda su cursilería, me lleva a una conclusión básica: muy en el fondo, creo que escribo, aunque me aterra, del mismo modo en que dono sangre: porque estoy lleno de algo, y escribir es dejar que ese algo halle su camino hacia el exterior, hacia las caras y las manos y las bocas de las personas que amo. Cuando escribo me siento frágil y vulnerable y, de algún modo, mortal, porque no soy dios, porque sangro. Y entonces leer, en el mismo sentido, o en sentido inverso, significa la entrada de lo ajeno, la apertura a la sangre de los otros, como el enamoramiento, como contener multitudes, y abrir un libro o escribir uno es, muchas veces, parecido una transfusión real de sangre.
No se me escapa que, sin quererlo, me estoy encaminando a una metáfora muy cursi, y esta es, precisamente, la de la escritura de sangre, el acto de escribir como el acto de sangrar. Pero lo cierto es que, por más cursi que sea, el paralelismo es natural y no escapa ni al más duro ni al más cínico. Pues como seguramente se habrá podido observar, el color de la sangre a veces es de un rojo muy parecido al negro, al del mar en las noches sin luna, por poner un ejemplo, al de los ojos de ciertos amigos, pero sobre todo, al negro de la tinta. La sangre es muchas veces tan negra como la tinta, a tal punto que es fácil confundirla. Y la tinta, a su vez, se hermana a la sangre por el mismo motivo, y por otro, más secreto, más vergonzoso, que todos estamos dispuestos a aceptar, y es que escribir es en cierto sentido también sangrar, no sólo por la sangre, real o metafórica, que todos derramamos al escribir, sino porque la sangre es también una confirmación: de que no somos dioses, de que las cosas nos tocan y nos penetran, de que las puntas afiladas de las cosas nos hieren, y que por eso escribimos.




