Inventario ortopédico
Vivir consiste en darle extensiones provisionales a nuestro cuerpo. Día tras día, año tras año, nos ocupamos en calzar zapatos y vestir abrigos, portar gafas y amoldar gorras. Incluso el trabajo manual implica el elemental acto de extenderse: prolongar el alcance de los dedos valiéndonos de objetos de asistencia. Si el martillo amplifica los golpes de la mano y el cuchillo la potencia de los dientes, ¿hay en la vida espacio para los artefactos que, primordialmente, no sirven para actuar sobre el mundo? La ortopedia sabe bien la respuesta a esta pregunta.
Hijo de la medicina y la mecánica, el objeto ortopédico carece de interés alguno en modificar el mundo: lo suyo es sostener y restringir, en proporciones variables, la acción del cuerpo. A diferencia del martillo, la férula no le ayuda a la mano a hacer más cosas, sino que le impide hacer aquello que normalmente hace. Qué trágica resulta la condición bajo la cual ha sido creado este tipo de artilugio: la carencia. Compensatorio, suplementario, adicional, habita la frontera en la que el cuerpo ha dejado de bastarse a sí mismo.
Ofrezco un ejemplo. El año pasado, por estas fechas, gastaba mis últimos días como tesista en la Universidad Autónoma de Barcelona. No hace falta detallar las circunstancias que devinieron en un accidente bochornoso: caí, al trastabillar, apoyando todo el peso de mi cuerpo en el pulgar derecho. Mi falange hizo las veces de una palanca contra el suelo. Bastó un par de minutos para que la almohadilla de mi mano se convirtiese en una masa ardiente. A medio maldecirme, recordé que el Estado español me había obligado a pagar un seguro estudiantil con tal de aprobar mi estancia. Incurrí en un exceso que sigue sin causarme la menor pena: tomar el ferrocarril hasta Las Tres Torres para ser atendido en el área de Urgencias del hospital más ostentoso que encontré.
Disfruté de la barra libre diagnóstica. Sonriente, me dejé llevar a una salita de radiografías colmada de advertencias color amarillo fosforescente. Una técnica le dio vueltas y vueltas a mi amoratada mano hasta asegurarse de capturar desde suficientes ángulos la imagen de mi desgajamiento interno. No hacía falta ser traumatólogo para darse cuenta de que se trataba de un esguince. Me indicaron pasar a la máquina de resonancia magnética con tal de hacer unas constataciones necesarias. ¿Quién era yo, cubierto por mi seguro desde los pies hasta el cabello, para negarme? Aprisionado en un ruidoso tubo blanco, con la mano en una prensa que la inmovilizaba, sufrí un curioso desplazamiento perceptivo: supe que uno empieza a sentirse más enfermo cuanto más sofisticado es el aparato que lo examina.
Salí de Tres Torres con una simple férula. Al volver al laboratorio, me di cuenta de que me encontraba menos enfermo pero un poco más inútil. Víctima de una parálisis emparentada con la amputación, abandoné el pipeteo de enzimas y me limité a redactar, a tecleos torpes, informes y una que otra tabla. Así pasaron las semanas hasta que pude prescindir del rígido guante que me aprisionaba desde los metacarpos hasta el cúbito. Abandoné el periodo de recuperación siendo consciente de que volvería a México con un recuerdito inepto, inservible.
¿No es curioso que los aparatos ortopédicos resulten, casi siempre, objetos de un solo destino? Nadie se acerca al prójimo para decirle con entusiasmo: “Tengo un collarín que te puede quedar”. Hay algo casi íntimo en esos artefactos, como si el uso los contaminase para impedir su distribución. Por más buenas que sean nuestras voluntades, rara vez encontraremos un familiar o amigo al que le venga bien, digamos, la bota de órtesis que compramos tras fracturarnos el pie izquierdo: resulta que el probable recipiente de nuestra solidaridad calza un número distinto al nuestro, o, peor, tiene una lesión tan específica que de poco podría servirle el aparatejo que le ofrecemos.
He hablado de zapatos y de abrigos: objetos que se descosen o se rasgan tras el reiterado uso. De los aparatos ortopédicos me gusta su renuencia a envejecer como las demás posesiones. Íntegros y de breve empleo, caducan cuando el cuerpo sana. De lesión en lesión, al recuperarnos vamos creando un inventario ortopédico que puebla los rincones más discretos de la casa. Muletas detrás de una puerta, collarines sobre un armario, rodilleras, vendas elásticas, corsés, botas, férulas metidas en cajas: el ecosistema de un paciente cuyos accidentes atestiguan que ha vivido.
Los miro, a estos pequeños artefactos, con un poco de tristeza. Durante la lesión, están extraordinariamente próximos al cuerpo. Una férula pasa sudorosas horas pegada a la piel y un collarín envuelve el cuello con tal de acotar todos sus contoneos. Indumentaria de almohadillas y de fierros, estos objetos aspiran a constituir una anatomía efímera. Pero en cuanto uno sana, sufren una degradación ontológica tristísima: pasan de ser indispensables a no servir absolutamente para nada. Su utilidad depende del estado patológico que ellos mismos buscan anular.
Hoy he sacado la férula del cajón donde la guardo. Calcificado guante, lo miro con un gesto que se parece al cariño. Se trata de un bulto inútil cuya inutilidad me alegra: ya no lo necesito.




