Thank You Sista
Amada contuvo la respiración y reprimió las lágrimas abrazada a la almohada mientras el despertador del móvil repetía su función. No tenía energía para levantarse. Se sentía demasiado deprimida como para salir de la cama. El despertador insistía. Su saliva tenía sabor a amargura; se mordió el labio. Por fin se tiró de la cama y, al llegar al baño, evitó mirarse en el espejo.
Amada se frotaba los ojos en la cola de la estación de autobuses. No estaba de buen humor esta mañana. Se acostó muy tarde la noche anterior viendo series. Era la única forma que encontraba para no pensar. Lo que menos le apetecía en ese momento eran siete incómodas horas de autobús. Aún estaba medio dormida cuando llegó su turno. La mirada de la taquillera hizo que un escalofrío recorriera su cuerpo. En dos segundos adivinó lo que ocurriría. Antes de que la vendedora de tickets abriera la boca, Amada habló en inglés. La mujer del otro lado de la ventanilla escuchó. Esos instantes de quietud le dieron a entender a Amada que oírla hablar en otro idioma la había desconcertado. Le vendió los billetes sin mediar palabra, sin responder siquiera al “gracias” impregnado de tristeza que, en un perfecto acento español —g y r incluidas—, le devolvió Amada antes de irse. La quietud tras el cristal le hizo suponer que el desconcierto iba en aumento; quizás a ella también le había costado salir de la cama esa mañana. No se quedó a averiguarlo.
Los minutos que faltaban hasta que saliera su autobús los pasó en el quiosco de la estación. Mientras ojeaba unas revistas, sintió un aguijón penetrando en su nuca: la vigilaban. De nuevo su existencia era sospechosa. No levantó la vista de la lectura hasta que sintió que la presencia detrás de ella se hacía más patente. Dio un par de pasos pero, como si de su propia sombra se tratara, la figura siguió controlando sus movimientos. Dejó salir el aire de su cuerpo sin intentar disimular el hartazgo. Una sensación de tristeza iba en aumento hasta que una idea excitante la disipó. Dudó unos segundos, sintió mariposas en el estómago y se decidió a dejar el magazine sobre la estantería, a sacar los auriculares inalámbricos del bolso y colocarlos sobre sus hombros. Buscó el móvil en el bolsillo de la chaqueta aunque, a propósito, no activó el bluetooth. Subió el volumen del teléfono, abrió el reproductor de música, avanzó unos segundos la canción escogida y el estribillo sonó desde el altavoz del aparato a todo volumen.
Gente de mierda a tu alrededor
Errores humanos que fabricó Dios.
Gente de mierda, gente de mierda, gente de mierda
Tú, eres un trozo de mierda
Amada escuchó risas procedentes de diferentes lugares. Risas y una furiosa exhalación. Se sintió eufórica, victoriosa por unos segundos. Pero la presión en la garganta reapareció y creció rápidamente. Ahora sí, colocó los cascos en sus orejas y salió de la tienda.
En el autobús buscaba un asiento vacío. La gente ocupaba el asiento del pasillo, dejando libre el de la ventanilla, para evitar que hubiera otra persona a su lado. Ella tampoco quería compartir asientos. Era un viaje largo para pasarlo al lado de un completo desconocido. No al lado de niñes. No al lado de hombres. No al lado de personas mayores. No al lado de gente que aparente querer hacer amigues.
Las posibilidades disminuían cuando reparó en dos chicas delgadas y esbeltas de su misma estatura. Llevaban el pelo trenzado cada una a su estilo. La más alta, con trenzas del grosor de un dedo meñique y acabadas con puntas abiertas que recorrían su espalda. La otra, de pelo corto, con un trenzado que dibujaba caminos en su cabeza. La más alta estrenaba camiseta. Las líneas del doblado de la prenda la delataban. Un poco fina la ropa para esta estación del año.
Sus pieles oscuras relucían. Amada sintió envidia de su melanina, de la tersura que mostraban. Ella había abandonado la rutina del cuidado de su tez. Aunque a veces se decía a sí misma que era importante realmente, no conseguía que le importara más allá de un par de días. Su epidermis reseca desvelaba su aspereza interna. Se le antojó que las chicas eran de seda y hubiera querido acariciarlas, recorrer con la yema de sus dedos desde el lóbulo de la oreja hasta el final de la nuca, explorar una a una cada una de sus vértebras. Entonces, vio dos asientos libres y se alejó de la idea de invadir —cual conquistadora— el cuerpo de unas mujeres que ni habían reparado en ella.
Se desplomó en su asiento, ocupando el del pasillo. Se entretuvo contemplando las escenas de despedida de la estación. El autocar arrancó y se dejó mecer por el movimiento mientras saltaba de un recuerdo a un pensamiento para caer, al poco, en el sueño profundo. La despertó la voz de la conductora a través de la megafonía. Parada de veinte minutos. Mientras se desperezaba, vio a las chicas de las trenzas incorporadas en sus asientos. Miraban confusas a su alrededor. Al cruzarse las miradas intuyó que las mujeres no entendían qué estaba ocurriendo. Sin pensarlo mucho se acercó a ellas y sintió que era bienvenida. Les habló intuitivamente en inglés y les explicó rápidamente que se trataba de un descanso y que el viaje continuaba después. Se alegró de que esa fuera su lengua, se hubiera sentido muy ridícula si se hubiera equivocado, como en tantas ocasiones se habían equivocado con ella.
Caminó por la estación de servicio. Mientras estiraba las piernas, prendió un cigarrillo. El último que iba a fumar. Era el último desde hacía un par de meses. Dejar de fumar no es sólo una cuestión de voluntad; le gustaba fumar, le daba placer sentir el humo en sus pulmones, el aire caliente saliendo por su boca. Si dejara de fumar, ¿qué le quedaría? Ya había dejado el alcohol, las drogas, el azúcar, la noche… Todo en busca del bienestar. Un bienestar que no encontraba.
Un señor le habló en la distancia. Con el rabillo del ojo vio a un hombre blanco de pasados sesenta años. No entendió lo que le decía pero decidió ignorarlo. Por nada y por todo. El tipo susurró mientras gesticulaba. Amada no lo miró. No le hacía falta saber de qué se trataba. Él hacía señas y se dirigía a la parte de atrás de la estación de servicio. Ella lo siguió. Al girar la esquina y perderse de la vista del resto de viajeros, lo encontró con la cremallera del pantalón abierta. Amada se le acercó. Él sonreía pobremente, con torpeza y sin parar de susurrar. Se acercó más, sin perder el contacto visual. No necesitaba ver lo que tenía entre sus manos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, dio una última calada al cigarro y, mientras exhalaba esa larga bocanada de humo, descendió la mano, lentamente, y apagó el cigarrillo sobre el pene del tipo. Después, gritos ahogados, insultos… él quiso agarrarla pero no pudo alcanzarla.
Paladeó un sabor diferente. Sintió náuseas. Después de todo, quizás este sí haya sido el último pitillo. Temblando, fue hasta el aseo de la estación. Se lavó la boca con fuerza para desprenderse del gusto rancio que empezaba a escurrirse hacia la nuez. Cepilló con tanta rabia sus dientes que escupió un poco de sangre. Frotó sus manos enérgicamente como cuando, por la mañana, quieres borrar el sello de una discoteca a la que te hubiera gustado no acabar yendo. Contempló su rostro en el espejo y, por un instante, no se reconoció; no quedaba rastro de la niña asustada que callaba secretos para no disgustar a les adultes. Veía a una mujer, aunque triste, segura, que vestía con el mismo estilo desde hacía años; vaqueros, camiseta y chaqueta de sport. De pelo corto. Se había cortado el afro que tanto le costó hacer crecer cuando leyó que las mujeres con el pelo muy corto transmitían una imagen de seguridad. Escudriñó su figura frente al espejo buscando alguna fisura en su apariencia que invitara a pensar que era una presa fácil. Se observó largo rato hasta que el pesimismo hizo su aparición. Desvió la mirada. Los recuerdos y pensamientos negativos se apiñaron como una nube de mosquitos en verano. Salió corriendo hacia al autobús dejando atrás el cúmulo de voces que la sujetaban a un pasado tan lejano que rememoraba fotogramas de esas películas de terror que nos hacían escondernos bajo las sábanas durante la infancia. No se cruzó con el hombre. No lo escuchó maldiciendo a lo lejos.
De regreso al autocar, sintió en el estómago una sensación que pensó que era hambre. Desenvolvió el bocadillo de calamares que había comprado la noche anterior. El pan reblandecido y el recuerdo del tipo le produjeron una arcada. Una de las chicas, la de las trenzas largas, se acercó hasta ella. Llevaba el puño apretado. De entre los dedos podían entreverse billetes y un papel blanco. Un ticket de compra. Tardó unos segundos en darse cuenta de que le estaba pidiendo que comprobase si le habían devuelto bien el cambio. Dejó el bocadillo en el asiento de al lado y cogió el ticket con su mano reseca. Tras lavarse las manos en el lavabo no había usado crema y el clima de ese lugar hacía que su piel le recordara a la piel de elefante. La chica tenía la piel de las manos bien hidratadas. Amada no tocó el dinero, no hacía falta. Lo contó echando un vistazo en su palma abierta. La piel era suave como la de la gente que usa guantes para fregar los platos o que no trabaja con las manos. Le hubiese gustado acariciar su mano. La chica sonrió. Al hacerlo, se fijó en las escarificaciones de su rostro. Tres líneas verticales en la parte superior del pómulo izquierdo, cerca del ojo. También mostró los dientes: una dentadura perfecta y una sonrisa cautivadora. Transmitía una inocencia embriagadora. La proximidad del cuerpo de la chica la abrumaba. Había recostado su cuerpo sobre el asiento de Amada invadiendo su espacio. Sin embargo, había algo en su energía que hacía que Amada se sintiera tranquila. Quizás el olor, un olor dulce, un olor como a casa. Era la mujer más bella que había visto en mucho tiempo.
“¿Serían hermanas? ¿Amigas? ¿Podrían ser pareja?”. Amada se esmeró en recordar cuándo había visto una pareja como ellas: ¿en su entorno? No. ¿En su barrio? Imposible. ¿En alguna serie americana? No recordaba.
—¿Ok? —dijo la chica obligando a Amada a regresar al presente.
—Sí, ok.
Los pensamientos de Amada se agolpaban. ¿Qué acababa de ocurrir? Clarísimamente no eran de aquí. Le parecieron tan ridículas sus reflexiones, tan prejuiciosas, que le provocaron una risa interior. “¡De aquí!, ¡De aquí!”, pensó.
Miró a la chica de trenzas largas mientras ocupaba de nuevo su asiento al tiempo que explicaba a su compañera algo que hizo que ésta le sonriese como muestra de agradecimiento.
“¡Qué jóvenes son! Tendrán alrededor de veinte años”. Confusa, Amada sintió vergüenza o ¿era deseo lo que sentía? Se esforzó en pensar en otra cosa.
Buscó una película ligera para distraerse. Selma fue la escogida. Sentía fascinación por la lucha de los derechos civiles en Estados Unidos y le parecía que el tratamiento que daban a las historias era, aunque un poco edulcorado, muy efectivo.
La película no atrapó toda su atención. Por intervalos levantaba la vista para admirar el paisaje cambiante, comprobar el tiempo transcurrido y observar a sus nuevas amigas mientras saboreaban la comida. Amada encontró unos restos de galletas un poco machacadas en la mochila, aunque todavía crujientes, que acompañó con agua.
Se durmió antes de que la película terminara. Al despertar, vio que ellas también dormitaban. La del pelo largo soportaba sobre su hombro la cabeza de su compañera. ¿Cuándo fue la última vez que ella había podido descansar así? ¿En la infancia? ¿Con alguna pareja? Sintió añoranza por no haber tenido nunca una amiga que sostuviera su cabeza mientras se daba permiso a sí misma a descansar. Desde su asiento, intentó leer sus cuerpos pero le resultaba imposible. Tan solo tenía acceso a algunas partes de sus cabezas y a una sección pequeña del brazo derecho. Pensó en levantarse y así tener mayor visibilidad. Sin embargo, la idea se fue pronto de su mente y fue sustituida por la sensación en el estómago que, un tiempo atrás, había confundido con el hambre.
¡Parecían tan indefensas! Se le pasó por la cabeza una imagen horrible que se esforzó por ahuyentar recordando las palabras de su terapeuta. “Siempre creas el peor de los escenarios como medida de autoprotección”, le decía. ¿De qué tenía que protegerse ahora? Sacó su móvil y comenzó a googlear. Buscó artículos y encontró un par de blogs. ¿Podría ser? Pero, ¿cómo podía ella saber si esas chicas estaban en peligro solamente por un par de interacciones? Sólo tenía suposiciones y una palpitación. ¿¡Quién se había pensado que era ella!? Se obligó a dejar de hacer conjeturas.
Otra parada. Las chicas rápidamente le dirigieron una mirada y ella no dudó en acercarse. Amada les habló en inglés. El destino final de las tres era el mismo, así que les aseguró que las avisaría cuando llegaran.
—¿De dónde sois? —preguntó Amada. Esa pregunta no se la hacía a cualquiera. Esa pregunta sólo se la hacía a quien consideraba igual y para aumentar la proximidad con ella.
—De Nigeria, somos igbo —respondió la chica de las trenzas largas.
—Mi madre también era de Nigeria.
—Entonces, tú también eres de Nigeria —Amada sintió vergüenza al habitar de nuevo la confusión identitaria. Apartó esa sensación de su cuerpo entregándose a la conversación.
—¿De qué parte de Nigeria era tu madre?
—De Enugwu.
—¡Nosotras somos de Udi, al lado de Enugwu! ¡Eres igbo como nosotras! —exclamó con sorpresa.
—Me llamo Amada —añadió, intentando evitar que la conversación girase en torno a un país del que desconocía casi todo. Además, no quería hablar de su madre, no quería tener que explicar que la mujer que la crio y la mujer que la parió no eran la misma. Hoy no.
—Amanda —repitió la chica de las trenzas largas intentando, sin éxito, imitar la entonación de Amada.
—No, A-ma-da —pronunció lentamente mientras buscaba la conjugación exacta del verbo love y las palabras precisas para explicar el significado de su nombre. Un nombre con el que intentaron, a la hora de su bautismo, sellar una promesa. Un nombre que encubre una mentira.
—Yo soy Ifé. ¿Qué quiere decir amor? —dijo con entusiasmo mientras se apartaba las largas trenzas que le habían caído sobre la cara.
Las dos se miraron como cuando dos personas llevan tiempo buscándose y por fin se encuentran. Otro escalofrío recorrió el cuerpo de Amada. No debieron ser más de un par de segundos pero a Amada le pareció toda una vida.
—Yo soy Maimouna —intervino rompiendo el silencio la de las trenzas cortas con voz queda.
—Encantada. ¿Qué edad tenéis? —. Las dos chicas se miraron y rieron a la vez.
—Perdón es que…
—No te preocupes —interrumpió Ifé —. Yo tengo veintisiete y Maimouna veintidós.
No repararon en el suspiro que liberó Amada al escuchar su edad. “Sólo son diez años de diferencia”, se descubrió pensando.
A la vez que intentaba aprender algunas palabras en Igbo —palabras que nunca escucharía de labios de su madre— comenzó a inspeccionar sutilmente sus cuerpos en busca de señales, marcas, amuletos o algo que confirmara su hipótesis. Pero no encontró nada. Sólo consiguió que su desasosiego aumentara. Bromearon de lo útil que le serían los saludos que se estaba esforzando por memorizar si en alguna ocasión se topaba con Chimamanda Ngozi Adichie. Amada se sentía disociada, preocupada por ellas y al mismo tiempo confundida por la cercanía que experimentaba, especialmente con Ifé. Se sentía cómoda como hacía tiempo que no estaba con otro ser humano. Ifé no reprimió una carcajada cuando Amada sugirió que igual las tres eran familia de Chimamanda ya que la escritora también era igbo como ellas. La risa de Ifé quedó resonando en la cabeza de Amada durante largo tiempo.
El bus llegó a su destino final. Cuando Ifé y Maimouna le contaron a Amada que su viaje continuaba hasta Roma, ésta sintió cómo se le encogía el estómago. Y se le continuó encogiendo cuando al abrir el maletero y sacar el equipaje, ellas no cogieron nada. Viajaban sólo con las pequeñas mochilas que cargaban a su espalda.
—Es por aquel pasillo. ¡Esperad, que os acompaño! —dijo Amada. Mientras caminaban hacia el andén, Amada sintió vértigos.
—¿A qué vais a Roma?
—De vacaciones —respondió Ifé al mismo tiempo que alargaba la mano para ayudar a Amada con el equipaje.
En busca del asa de la maleta, sus manos se rozaron y una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de Amada. Se había enamorado. Lo sabía. Aún más, lo sentía. Se había enamorado de una mujer a la que apenas conocía y a la que puede que nunca más volviese a ver. Se había enamorado a pesar de haber jurado que nunca más se volvería a enamorar, que nunca más sufriría el dolor del abandono. Pero ahí estaba de nuevo; mientras externamente conservaba la normalidad, en el interior la tormenta se había iniciado: la presión descendía, la marejada, la niebla mental, la precipitación del deseo, las corrientes eléctricas y los fuertes vientos cargados del deseo de proximidad. Estaba a punto de desatarse el huracán. Ahí estaba de nuevo el hambre de amar y ser amada.
Tragó saliva y maldijo en silencio. Repasó su hipótesis queriendo generar distancia entre lo que sentía, creía y veía. Eran jóvenes, estaban de tránsito, apenas tenían equipaje. No podían ser turistas capitalistas de las que viajan sólo con una tarjeta de crédito y compran lo que necesitan al llegar a su destino. “¿Por qué no podían ser turistas?”. El delirio iba en aumento. “¿Que era real? ¿Les turistes viajan dieciséis horas en un bus de tercera?”.
Intentaba mantener lo que pretendía que fuera una conversación cortés con ellas, pero las palabras se le atragantaban antes de salir por la boca. Las palabras se volvieron impronunciables, recelosas de transformarse en proyectiles hirientes que precipitaran una despedida temprana y abrupta. Se sentía incapaz de hacer preguntas directas y no había tiempo para rodeos. Otro escalofrío despertó el recuerdo de Ivana. La primera niña con la que paseó cogida de la mano. La primera con la que pasó largas horas jugando a los cromos en mitad de la plaza o buscando lugares alejados de la supervisión de adultes. La primera a la que besó. La primera de muchas que le romperían el corazón.
Una vez en la plataforma, Amada se detuvo a observarlas de nuevo. Quería decirles que no subieran a ese autocar. Advertirles del peligro que corrían. Pero ella en verdad ¿qué sabía? Había aceptado su teoría sostenida por una intuición. Había asumido que eran víctimas y estaban siendo engañadas. ¿Y si no era así? ¿Y si sabían perfectamente a dónde iban?
Las trenzas le caían de nuevo por la cara a Ifé. Le hubiera gustado retirarlas y decirle que podía contar con ella. Que podía contar con el desayuno en la cama por las mañanas. Que a menudo las tostadas llegarían quemadas porque se despistaba. Quería decirle que cuando el zumo de naranja estuviera aguado sería por sus lágrimas, que por las mañanas se despertaba llorando, pero que, quizás, si amanecía a su lado sería diferente y no se sentiría tan sola. Sola desde que nació hasta ahora. Sola y rodeada de familia. Sola mientras estudiaba. Sola en todos sus trabajos. Sola en el centro del huracán. Sola. Sola al existir en un mundo que no la quería viva. Al que no pertenecía. Sola. Sola sin poder bajar la guardia, sin atreverse a confiar. Sola y desarraigada.
Quizás a ella podría explicarle que sentía que el espíritu de sus antepasadas la llamaba desde diferentes partes del mundo. Quizás, a ella podría explicarle que sentía que su madre biológica no estaba muerta. Quizás, a ella podía contárselo y no se enfadaría replicando que era desleal o desagradecida. Quizás, ella no se reiría tachándola de loca.
Quería quedarse con ella y que sujetara su mano cuando, en mitad de la noche, los escalofríos recorrieran su cuerpo y se despertara desorientada entre gritos y sudores. Quizás, en las noches de insomnio, verla dormir a su lado la ayudaría a creer que la vida tiene sentido.
—¿Estaréis bien? —llegó a preguntar.
—Sí —respondió Maimouna mientras le daba un abrazo de despedida.
Amada entregó un papel doblado a Ifé en el que había escrito su número de teléfono. Ésta lo cogió y la abrazó. Amada sintió el calor de su cuerpo y tembló. En ese abrazo supo que estaba dispuesta a subirse en ese autobús con ellas en dirección a Roma. En ese abrazo sintió que se fundía con miles de mujeres, con miles de mujeres que habían pasado por su lado sin que las viera con miedo a no saber conjugar los diferentes tiempos del verbo amar. Tembló como una hoja a punto de desprenderse de la rama y caer al vacío. Quería quedarse así.
Al deshacerse el abrazo, vio una dulce calma en los ojos de Ifé. Maimouna sonreía. Amada contuvo las lágrimas. Ifé le besó en la mejilla. Amada retuvo la mano de Ifé para que no se marchara.
—Thank you sista.




