Tierra Adentro

Nadie sabe qué es la Alt Lit porque a nadie le im­porta. A mí me importa, pero jamás he sabido definirla. Una vez, Arturo Sánchez —un poeta español al que le encanta Juan Carlos Mestre y Allen Ginsberg y que, por lo tanto, cualquiera diría que puede emocionarse con un poema de Tao Lin— descubrió una de la claves para entender de qué habla­mos cuando hablamos de Alt Lit. Todo el mundo tiene esas dos palabritas breves en la cabeza, pero en realidad sabemos que lo que designan es un panorama de la Literatura Alternativa anglo­sajona, particularmente estadounidense. Sin embargo, Sánchez sugirió que deberíamos referirnos a este movimiento como una Alternativa a la Literatura. Me pareció brillante y siempre había querido robarle esta idea. Creo que nadie sabe lo que es Alt Lit porque nadie quiere animarse a definir este movimiento de escri­tores millennials obsesionados con ellos mismos y con su genera­ción, porque lo cierto es que no conocen otra cosa. Sin embargo, me han pedido hablar de qué es la Alt Lit y siento que tengo que dar cuentas, o dar explicaciones, o atreverme a lanzar mis ideas sobre aquello que tanto nos obsesiona y que tantos quebraderos de cabeza y peleas ha comenzado a generar recientemente en nuestra lengua. ¿Preparados? ¿Listos? Ya.

A VECES MI CORAZÓN EMPUJA MIS COSTILLAS

Imaginemos a un adolescente, hombre o mujer, que vuelve del instituto con un montón de tareas, de complejos y pájaros en la cabeza. Imaginemos que ese adolescente se siente solo, deprimi­do, y, además, sus padres no están en casa. Si no quiere volverse loco, tendrá que conectarse a internet y buscar en un montón de chats o de comentarios en blogs para encontrar la compañía y el cariño que necesita. Lo que ocurre es que sus padres sí piensan que está loco —tantas horas en la red, tantos pájaros en la cabe­za, no pueden ser normales—, y por eso antes de acostarse tiene que tomarse alguna de esas pastillas que el médico le recetó para estar sosegado, tranquilo, alienado.

Imaginemos que años después de esta escena, el adolescente está a punto de cumplir los veintitantos. Se ha visto obligado a dejar la universidad porque no tiene dinero para pagarla, porque nunca le interesaron las relaciones sociales de la facultad y por­que, si quiere huir de la aburrida y serena vida que le hace arder las entrañas, tendrá que encontrar un trabajo. Es aquí cuando nuestro personaje rompe a llorar y escribe un poema sobre esa sensación de vértigo que continuamente le apuñala. Cuando pien­so en esta persona, me acuerdo de la Alt Lit. Cuando pienso en su rostro inexpresivo, me acuerdo de la Alt Lit. Cuando pienso en un país destrozado por la incomunicación y los ansiolíticos desme­didos, pienso en la Alt Lit.

Muchos creen que esta etiqueta nació para designar a un gru­po de hipsters obsesionados con ellos mismos, y cuyas aspira­ciones literarias pasan por hablar de sus iPhones y de lo mucho que les emocionan las letras de Drake. Sin embargo, pocos se han detenido a leer la letra pequeña del contrato que estos escrito­res establecen con el lector, en donde encontramos un grito de ayuda, una llamada a las armas y un retrato generacional que es muy crítico con la sociedad estadounidense —y que lanza sobre la mesa la profunda desesperación de muchos jóvenes.

A veces mi corazón empuja mis costillas, escribió Ellen Kennedy, describiendo esa ansiedad, ese desasosiego que le recorría el cuerpo y que más tarde terminaría por convertirse en su par-ticular tara mental. Afortunadamente, y como explica el novelista Noah Cicero en su novela Pórtate bien (Pálido Fuego, 2014), también existió una solidaridad, una literatura común y un esfuerzo que pudo dinamitar buena parte de estos sentimientos. La Alt Lit, por lo tanto, no es nada sin su comunidad. La Alt Lit no le importa a nadie si no la hacen todos. La Alt Lit es, entonces, como decía el poeta español Arturo Sánchez en su blog, una Alternativa a la Literatura. Una Alternativa a la Vida angustiosa que los medios de comunicación anunciaron para nosotros. Alt Lit es tomar las armas. Salir a la calle —o a internet, que quizá sea lo mismo— y crear una nueva manera de entender el mundo.

TE GOOGLEÉ PARA SENTIRTE CERCA

No soy crítica literaria, ni estudié literatura como para poder dar una definición más clara y estética de lo que este movimiento significa; aunque me aventuraré a decir que la Alt Lit tal y como la conocemos formalmente (el yo, la angustia, las drogas, las palabrotas, la cultura digital) está a punto de morir; o, mejor, transformarse. Una vez puestas las piedras de este movimiento, con Noah Cicero, Tao Lin, Megan Boyle o Sam Pink a la cabeza, lo que sucede desde el 2013 es que un montón de voces nuevas están replanteando el movimiento. Pienso en autores como Gabby Bess y su lucha feminista, Stacey Teague y sus poemas absoluta­mente alegres y llenos de esperanza, Joshua Jennifer Espinoza y su manera de llevar el mundo queer y transgénero a las letras. El “yo” sigue presente en estas escritoras y, sin embargo, es un yo que tiene una lucha mucho más activa que la de hablar de uno mismo o la de mantenerse al margen del lirismo y de la poesía clásica.

Algo está cambiando. Sólo hay que ver cómo la Alt Lit ha contagiado a autores de tantos continentes distintos, no sólo en lengua inglesa sino también a lo largo de Europa y, sobre todo, de América Latina. Escribe la argentina Malén Denis que “te googleé para sentirte cerca”. Pero también escriben Kevin Cas­tro desde Perú, Augusto Sonrix desde México, Alexandra Urbina desde Venezuela, Didier Andrés Castro desde Colombia u Óscar García Sierra desde España con esa voz característica heredada de una nueva ola estadounidense muy pura y entremezclada con la irremediable influencia de la literatura de sus respectivos países.

Por eso no sé qué diablos es la Alt Lit. Puede que la Alt Lit no sea nada. La Alt Lit es cambio continuo. La Alt Lit no tiene fórmula ni forma. La Alt Lit es aquello que está pasando y que pasará. La Alt Lit es levantarse por la mañana y ver las redes so­ciales llenas de poemas. La Alt Lit es saber que en todas partes, a todas horas, hay alguien —no importa de qué edad, sexo o país— dispuesto a compartir literatura. A retratar un mundo. A salvar con su palabra un montón de vidas.