Tierra Adentro
Fotografía por Steven Higgs.

A Nicanor Parra le deberían dar el Premio de Poesía Joven. El jurado no tendrá problemas en comprender que la juventud y la poesía no son edades ni vocaciones, sino formas de vivir. La juventud en Nicanor se nota en su desplante verbal, su temperamento sarcástico, su exabrupto, su andanza que va a contracorriente. En definitiva, cumple con el requisito fundamental para el premio: es joven. Además, como lo afirma Julio Ortega en el prólogo a Poemas para combatir la calvicie, Parra “impregna buena parte de la joven poesía, y no sólo en Chile”.

Con tales méritos, nadie dudará en otorgarle ese reconocimiento. Sólo que hay un problema; Nicanor estaría en total desacuerdo por dos razones: es un premio y es de poesía. “La república hideal del futuro” –según comenta el propio escritor–, “suprimirá los premios literarios / pues no somos caballos de carrera”. Si el vocablo “premio” le causa ruido, pronunciar “poesía” es más que un escándalo. O, mejor dicho, ya no hace ruido de tanto que se vocifera: “Poesía poesía todo poesía / hacemos poesía / hasta cuando vamos a la sala de baño”. Entonces, lo congruente es ir en contra de eso; de ahí que Nicanor se asuma como un antipoeta. Este prefijo, “anti”, rejuvenece a la poesía.

El material de trabajo de un poeta es el lenguaje, entidad movible y frágil que, en poesía, corre el riesgo de caer en un frío inexpresable, en un endurecimiento que perjudica y traiciona a cualquier tradición. Colocarle un “anti” es oxigenar y refrescar el lenguaje poético; suministrarlo de nuevos códigos, combinar amenazadoramente los frutos de la versificación canónica con las hablas violentas y múltiples de lo cotidiano. Dicha tarea exige inteligencia y soltura. El antipoeta cuestiona y sacude las palabras para que la tradición no sufra de esterilidad, comodidad y disección:

Durante medio siglo

la poesía fue

el paraíso del tonto solemne.

Hasta que vine yo

y me instalé con mi montaña rusa.

 

El molde, la fórmula y la consigna que se repite automáticamente son síntomas de la vejez. Y no de la vejez humana, sino de la creativa. Para ser justos, todo poeta debería ser un antipoeta. Es indispensable desafiar en montaña rusa al paraíso del tonto solemne. La juventud poética no puede sino disonar, ponerle el pie a las convenciones, montarse en el mundo no para hallar un sitio cómodo en lo establecido, sino para vivificar la tradición. Eso es lo que en cada línea nos recuerda el joven Nicanor Parra.

No se trata de aceptar de manera sistemática la discordancia, pues ya no habría reformulación de ideas sino conformidad por el anticonformismo. Lo imprescindible es tomar conciencia del prefijo “anti” y ser críticos a todos los fundamentos del lenguaje. El visionario brasileño Haroldo de Campos dijo en cierta entrevista de televisión: “un poeta es obligatoriamente llevado a lidiar con la materialidad del lenguaje”. Una tradición existe gracias a que el creador lidia con esa materialidad. Cultivar un modelo de métrica italiana en el Renacimiento hispánico, reincorporar el alejandrino en la poesía modernista, transgredir los ritmos en las vanguardias o proponer un habla empírica y antipoética, son hechos que transparentan esa tensión necesaria entre el artista y su realidad.

Aceptar un molde, por lo tanto, es ahuyentar la potencia poética, pues el poema se funda en el enigma. Cuando el enigma ha sido decodificado y la disonancia ya no es retadora, no hay otra opción más que trazar nuevas vertientes en la poesía. El camino que inició Nicanor Parra hace sesenta años (con su libro Poemas y antipoemas) resultó exitoso, la prueba está que muchos sucesores lo siguen transitando. Pero la enseñanza del chileno es otra. No nos pide repasar el mismo trayecto, sino desafiarlo. Por ello, no sobra citar el consejo que Nicanor les da a sus colegas que inician este viaje:

Jóvenes

escriban lo que quieran

en el estilo que les parezca mejor

ha pasado demasiada sangre bajo los puentes

para seguir creyendo –creo yo

que sólo se puede seguir un camino:

en poesía se permite todo.

 

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