Donde terminan los nombres
La zona estaba vacía. Naira atravesó la avenida a toda velocidad, temerosa de que la patrulla de guardia pasara de nuevo. La ronda se daba cada veinte minutos. Tiempo suficiente para llegar, abrir la puerta y entrar.
Su reflejo, como una sombra, la siguió a lo largo de los aparadores en el exterior del mercado de artesanías. Si bien, le interesaban más los lugares que ponían a prueba su entrenamiento de parkour, también le gustaba ese lado más misterioso de la exploración. Entrar a un lugar y saber que los objetos olvidados la esperaban abría en su mente un destello creativo con el que disfrutaba inventar historias para su canal en redes sociales. ¿De quién eran? ¿Por qué estaban ahí? ¿Para qué los usaban? ¿Pensarían alguna vez en regresar por ellos?
Otro explorador urbano, de los interesados en arquitectura, había posteado un reel en el que aseguraba que, después de la inundación, nadie había vuelto para reclamar la mercancía atrapada en el interior. Si tenía suerte, llegaría antes que él y publicaría primero su video. Muchos mitos engrandecían el mercado, incluido uno sobre misteriosas desapariciones en los alrededores. Pero ella estaba lista para convertirse en leyenda y desmentir los rumores.
Se detuvo ante las enormes rejas de hierro retorcido y tiró de la cadena hacia afuera. Ni siquiera usó el estuche de ganzúas que ya tenía en la mano. El candado dio vuelta apenas tocarlo. Retiró los gruesos eslabones oxidados para liberar la puerta. Guardó el estuche.
El roce del metal contra el metal fue un murmullo en comparación con el quejido de las bisagras. El eco atravesó la oscuridad ida y vuelta como una bienvenida. Apenas tuvo tiempo de dar un paso y entrecerrar la puerta cuando las luces de la patrulla lamieron el interior del edificio.
Naira se resguardó detrás de un pilar lateral de la entrada. Admiró la estructura de piedra durante el tiempo que los haces duraron, cambiantes entre el rojo y el azul. Los muros se alzaban más de diez metros hasta el techo de vidrio. Las vigas de hierro le recordaban a la vieja estación de tren abandonada en las afueras de la ciudad. Si hubiera tenido tiempo de investigar un poco más, pensó que hubiera encontrado el nombre del mismo arquitecto como encargado de la construcción. Se aseguró de hacer un barrido con la cámara para capturar la esencia que la rodeaba.
Los pasillos recordaban el olor del río: madera hinchada, plantas húmedas, fango y flores secas. Los puestos continuaban abiertos. Del cinturón, Naira desabrochó la lámpara de luz LED y la apuntó hacia el interior de uno de los puestos. Sobre los estantes posaban vasijas rotas, muñecas de trapo cubiertas de hongo negro y varias máscaras de madera que la seguían con una mirada estática mientras avanzaba.
Si alguien había entrado antes, era imposible saberlo. El camino se mantenía enterrado bajo una gruesa capa de lodo, aún húmedo, por la última tormenta. Llamó su atención la silla junto a la mesa de juguetes de madera. Estaba limpia, como si alguien acabara de levantarse. Naira alzó una de las muchas tablas mágicas del montón en la mesa. Los listones habían perdido su color por completo. Sujetó la primera, a través de sus guantes le era imposible percibir la textura. Los bloques de madera dieron un vuelco, y en lugar de caer con la ilusión de una cascada, se soltaron de la tela podrida. La estridencia de cada pieza que caía una sobre otra la estremeció. Esperó a que el eco dejara de exigirle silencio y prestó atención hacia el fondo del pasillo. Nada. Estaba sola.
En el último local descubrió una vitrina caída, volcada cara abajo, con las pequeñas patas de metal corroído quebradas. Por varios minutos pensó que la exploración apresurada había sido un error. Ahí sólo encontraba trompos hinchados por el agua, yoyos desarmados, pirinolas con las caras borradas, muñecas que se deshacían al tacto. Algunos alebrijes en miniatura habían sobrevivido en las repisas más altas de los locales. Pero de la ropa con tejido tradicional, los tapetes y la cerámica, quedaba nada que pudiera vender a los coleccionistas.
Cuando estaba a punto de rendirse, notó entre el barro una figurilla pequeña. Vidrio soplado. La forma de un colibrí apareció en cuanto retiró el lodo con la torpeza que los guantes le permitían. Suspiró. Los pocos objetos que había recolectado no valían su falta a la escuela el siguiente día. Deslizó las puertas traseras de la vitrina que quedaban hacia un lado. Varias cadenas ennegrecidas se esparcían por el fondo. Naira las levantó. Entre ellas se enredaban algunos anillos de superficie amarillenta. Las piedras habían perdido por completo su brillo. Dijes de ámbar. Las manos de maniquí y los cuellos de plástico blancos estaban vacíos. Alguien había estado ahí ya, y había tomado las mejores joyas, pero al menos tenía algo.
Sonrió para sí. Abrió la mochila para guardar el botín.
Con una buena limpieza, vendería la plata en un par de semanas entre los distintos bazares de la ciudad. Y claro, le tomaría algunas horas editar el video que evidenciaba sus faltas al código de exploración: Dejarás los lugares como los encontraste para asegurar la preservación histórica de los mismos.
“Tonterías”, se dijo.
Ninguno de los exploradores que conocía era capaz de mantener las manos quietas o resistirse a la oferta de los coleccionistas que pagan exploraciones por encargos.
Afuera, la tormenta estalló con un rugido que cimbró el edificio. Las gruesas gotas aporreaban el techo de vidrio antes de filtrarse entre las uniones de la estructura.
Hora de irse.
Al topar con la ropa que colgaba del techo mientras salía, la cadena de tendederos se desmoronó sobre ella. El pañuelo que cubría su nariz resultó insuficiente para contener el ataque de tos que el polvo provocaba. Se encogió con la cabeza entre las rodillas, tal y como le habían enseñado un explorador veterano con quien entrenó las primeras exploraciones.
El peso sobre ella la mantuvo ahí algunos segundos, al menos, lo que le tomó darse cuenta de que estaba debajo de tela podrida y que podía levantarse con facilidad. Se sacudió las telarañas y otros insectos que caminaban por sus brazos.
La luz blanquecina de la lámpara LED asegurada en el tirante de su mochila parpadeó. Una vez. Dos más. Al fondo del lugar, entre la intermitencia, vislumbró una figura humana. Su primer instinto fue meter la mano en el bolsillo lateral de su pantalón y sacar una navaja. Esperó a que la bruma de motas de polvo se disolviera. Entre cajas de madera podrida, junto a lo que parecía un antiguo vestidor, estaba de pie un ser, demasiado quieto.
—¿Quién eres? —Su voz quedó opacada por un trueno que hizo vibrar el mercado entero.
La forma humana permaneció en silencio.
Naira podría haber esperado más, pero en lugar de ello se aproximó con la hoja de la navaja apuntando hacia la figura. El color blanco de la piel en manos, cuello y rostro, delató de inmediato que se trataba de un muñeco enorme. La cara estaba cubierta por los detalles que decoraban una máscara. Detrás del maniquí, el cubículo que antaño fungía de vestidor, resguardaba un segundo muñeco.
Entre las telas esparcidas por el suelo, asomaba un bulto similar a una mochila de acampar: grande, de muchas bolsas. Un escalofrío la recorrió. Apuntó su lámpara hacia el maniquí. La máscara era lisa, sin poros; blanca como el resto del muñeco. Las comisuras de los labios ondulaban bordeados por un fino hilo de metal.
Prestó atención a los bordes. Podría jurar que los detalles alrededor de los labios, los ojos y el margen tenían un hilo de plata que simulaban lágrimas. Quizás fuera el objeto más costoso que había visto en todo el mercado. La emoción disipó la duda. Acarició el metal. Un hálito tibio atravesó su guante.
La máscara despedía un tacto cálido cuando tiró de los cordones traseros para quitarla. Aún había montañas de polvo flotante a su alrededor. La linterna iluminó el interior. A través de la bruma distinguía lo que creyó eran unas pestañas. Se retiró el pañuelo hasta la barbilla y sopló.
La lluvia continuaba derramándose en chorros sobre el techo metálico del local. El inconfundible rechinar de la reja de entrada encendió su instinto de alerta. Al darse la vuelta y buscar el botón de su lámpara, la máscara cayó entre la tela y el lodo.
—Maldita sea…
Sumergida en la oscuridad, Naira observó atenta la danza tenue de las sombras que se sacudían en el pasillo. Silencio. El motor de un coche en la calle principal se alejaba. Un suspiro se le escapó al tiempo que tanteaba con los dedos entre la ropa caída. Encendió la linterna.
Dio con la máscara justo en el instante en que el maniquí junto a ella se desarmaba. Sus partes quedaron en un montón sin forma entre la ropa oscura. Había algo que llamaba su atención en aquel muñeco, pero con la prisa era incapaz de concentrarse y descifrarlo.
Acuclillada lograba percibir un leve aroma de perfume fresco y cigarro a pesar del denso olor a barro y óxido que lo impregnaba todo. Otra vez, el quejido de las bisagras en la puerta principal confirmó aquello que su instinto había indicado desde la primera vez. Alguien estaba ahí afuera.
Se quitó la linterna del soporte en el pecho y la metió en su bolsillo. Por encima de la ropa vieja y mohosa le resultó fácil llegar hasta el pasillo, amortiguaban el sonido de sus pasos. Un vistazo rápido. En el primer local, dos linternas se movían perezosas. El rumor de las voces era apenas perceptible. Debía salir de ahí, rápido.
Naira avanzó hacia la salida, segura de que los locales de paso servirían para ocultarse en caso de que los otros visitantes la vieran.
Había avanzado dos locales cuando los pasos, las lámparas y las risas emergieron del primer local. Naira ingresó a la tienda más cercana y se adentró hasta el fondo. Sus manos temblaban mientras buscaba la forma de meter la máscara en alguno de sus bolsillos del pantalón o la mochila para conseguir mayor movilidad
Los hombres se acercaban.
Naira no lograba abrir la navaja, y por el temor de perder la máscara, se la puso. El tiempo pareció detenerse cuando a través de su nariz entró una mezcla penetrante de diversos olores. Perfume dulce, amaderado, seco; sudor, lluvia, humedad, fruta. Fue como si cientos de personas se posaran a su alrededor o acabaran de abandonar el mercado.
A través de la delgada malla que cubría los agujeros para los ojos, distinguió que dos hombres con linternas, guantes y máscaras, al estilo de los pintores, ingresaban a la tienda del frente. Entre las guitarras podridas y colgadas, sus cabezas desaparecieron mientras revisaban el área.
Naira creyó que era justo el momento para salir de ahí, pero al intentar avanzar, sus pies pesaban toneladas. Un vistazo rápido le permitió distinguir que se habían hundido varios centímetros dentro del fango recién mojado por la lluvia que se filtraba de todas partes.
Se estiró hacia la mesa delante de ella donde juguetes artesanales se esparcían sin orden alguno.
Pronto, sus manos dejaron de responder a las órdenes de su mente y le fue imposible enderezar la espalda. El pecho le dolía cuando intentaba respirar, pues el torso parecía estar atrapado dentro de un apretado corsé de hierro. Su aliento tibio se convertía cada vez más en un soplo polvoso.
“Carajo”, pensó al notar que los hombres salían del local del frente y se dirigían hacia ella. Ninguno medía menos de un metro setenta y cinco. Sus cuerpos robustos se desdibujaron cuando la luz le apuntó directo a los ojos y se supo descubierta.
—¿Qué es esto? —dijo la voz más gruesa de los dos.
—Debe ser una broma —respondió la segunda voz, tersa y profunda—. ¿De dónde salió todo esto? Creo que tenemos compañía.
El segundo hombre se acercó hasta quedar a menos de medio metro.
Naira no lograba mover un sólo músculo.
“Por favor, no me lastimes”, intentó gritar al tiempo que la navaja se le deslizaba de entre los dedos completamente paralizados.
El hombre que se había quedado atrás, salió al pasillo y dirigió la luz hacia el fondo del mercado.
—No veo ni escucho nada.
—Asegúrate. Esto me parece muy extraño. Definitivamente los otros ya estuvieron aquí. Veo pasos sobre el lodo.
“¿De qué hablas?”.
Las palabras se quedaban atoradas en ese espacio entre la nariz y la garganta, espesas y dolorosas.
Cuando el hombre del pasillo desapareció de su vista. La figura delante de ella bajó la linterna. Fue entonces cuando distinguió el soporte en el tirante de una mochila y la cámara con estabilizador de movimiento encendida.
—Esos niños están enfermos —dijo el hombre mientras se quitaba la mascarilla completa y revelaba un rostro familiar. Diez años, quizás más, mayor que ella, con la barba oscura bien rasurada y una mirada profunda coloreada de noche.
“Pax… Pax, ayúdame, no puedo moverme”.
En medio del silencio, Pax_Rudy, como lo conocían a través de su canal en las redes sociales, le dio la vuelta mientras tocaba su ropa, los guantes que le cubrían las manos, la mochila.
Naira se esforzaba por girar la cabeza y seguir sus movimientos mientras la rodeaba, pero su cuerpo se revelaba a su voluntad.
—¿Qué diablos es esto? —repitió Pax mientras los cierres de su mochila sonaban al abrirse—. ¡Sato! No dejaré que me asustes. Sal de ahí, deja de esconderte.
Pax aguardó una respuesta, al tiempo que Naira gritaba en una voz muda, como un eco hacia su pecho, que estaba delante de él.
—Deja de gritar, Rudy —dijo el hombre con la voz más gruesa desde el pasillo—. La patrulla pasará por aquí en unos diez minutos. ¿Encontraste algo?
—Tienes que ver esto.
Al tiempo que Pax sacaba un puñado de joyas de la mochila de Naira, el hombre se acercó.
—Trae eso y sigamos adelante.
—Mira bien, idiota. —Pax pasó las manos por el torso de Naira y abría los bolsillos hasta extraer varias de sus posesiones—. Es equipo de exploración. ¿Ves? La cámara, un silbato. La lámpara está encendida.
—Entonces todavía andan por aquí. Revisaré bien los locales, podrían estar debajo de las mesas.
El segundo hombre estaba por salir y Pax detrás de él cuando se detuvieron.
Las lágrimas de Naira bajaban entre la máscara y sus mejillas.
—Esto no es gracioso. —Pax se tronó el cuello—. Apaga la cámara, si nos los encontramos seguimos grabando.
—Rudy, trae las cosas. Esto me da mala espina. Revisemos rápido y salgamos.
—Ok.
Pax desabrochó las correas de la mochila y las acomodó para colgársela al hombro. Pasó la lámpara por la máscara y Naira imaginó que ella había tenido esa misma mirada entre la sorpresa y la admiración por lo hermosa que era la pieza. El segundo hombre esperaba en el pasillo.
—¿Por qué tardas tanto, Rudy?
—Dame un segundo —murmuró mientras deshacía el moño en la nuca de Naira y sujetaba con delicadeza el rostro de la máscara—. ¡Maldita sea! No mames. Esto es una broma de mierda y está cagadísima.
El temblor en su voz delataba un terror que buscaba contener.
—Anda, Rudy. Hora de continuar.
—¿No crees que se parece a la chica exploradora?
—¿Cual, Dora?
Ambos rieron, pero la risa de Pax resultaba forzada.
—No, no. Urbex_Sato, del canal que tiene una serie de cementerios este mes.
—Oh, ya. —El hombre se aproximó—. Pues no, Rudy. No me lo parece.
—Tiene esos ojos rasgados y la nariz pequeña que…
—Vámonos.
“¡Ayúdame! ¿Qué están haciendo? No es gracioso”.
Un relámpago iluminó todo el mercado. De pronto, las formas negras de los objetos abandonados recuperaron un atisbo del colorido que alguna vez tuvieron.
—Pues se tomó muchas molestias para esta estupidez. ¿Por qué dejaría aquí su mochila?
—Me adelanto.
—Te alcanzo en un momento.
Naira hubiera querido detener las manos de Pax que le acariciaban la cara para limpiar sus lágrimas, pero al verlo buscar en el techo algún agujero por el cual se filtrara el agua, supo que no estaba jugando. Él no la veía.
Le bastó una idea, como el relámpago, para comprender que si Pax salía de ahí sin ella, jamás la encontrarían.
“Deja de jugar, Rudy. ¿Qué está pasando? ¡Ayúdame!”.
El corazón le dolía como si un alfiler se le clavara, largo y frío, de lado a lado.
Pax revisó una última vez el local y se agachó para recoger la navaja que había caído junto a la mesa. Se acomodó junto a ella y miró en la dirección hacia la que Naira miraba afuera del local.
—¿Qué quieres que vea, Urbex? —dijo casi en el oído de Naira. Pax levantó la máscara delante de ambos. Hacía justo lo que ella hubiera hecho si creyera que él le había dejado un acertijo. Se colocó delante de ella y trató de imitar su posición al otro lado de la mesa—. ¿Cuál es el truco?
Lo siguiente ocurrió tan rápido que Naira no tuvo tiempo de procesarlo. Pax se colocó la máscara blanca con detalles metálicos y apretó los listones como Naira había hecho. Se giró hacia ella y se quedó inmóvil.
Era tarde para reconocer que las exploraciones urbanas tenían un riesgo y lo estaba viendo pasar ante sus ojos. Las manos de Pax se volvían blancas. Percibió en sus ojos el mismo horror que ella misma debió expresar cuando las extremidades de su cuerpo dejaron de responderle y se convirtió en un maniquí como el que ahora posaba quieto delante de ella.




