Un regalo de cumpleaños y protesta
Para Regi
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alita rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.
Pedro Lemebel, Manifiesto, 1986
En memoria de Katia Daniela Medina Rafael, activista trans de Zapotlán el Grande que fue asesinada en 2025.
En memoria de Óscar Gael Maldonado, un joven homosexual de diecinueve años originario de Puerto Vallarta que fue asesinado en 2026.
En memoria de Jesús Osvaldo Hernández, un joven homosexual de diecinueve años originario de Aguascalientes que fue asesinado mientras la ciudad festejaba la Feria de San Marcos.
Los nombramos, los recordamos, el odio que provocó su muerte sigue vivo, sigue entre nosotros y no podemos ignorarlo ni reproducirlo.
Hace unos días uno de mis amigos más queridos y más homosexuales cumplió veintinueve años. Mientras pensaba en cómo celebrar que seguimos vivos, hice una recapitulación de momentos en los que nuestra compañía ha sido valiosa para nuestra integridad. Cuando él salió del clóset. Cuando a mí me sacaron del clóset. Cuando sufrimos, una y otra vez, por no encontrar nuestro lugar en el mundo, por no entender cómo amar y ser amados. En esos momentos en los que nuestra crianza y nuestro código postal ganaban la batalla, en esos días terribles que la homofobia parecía una piedra pesada apresando nuestro cuerpo. En esos momentos nuestra amistad fue oxígeno, luz, un poco de esperanza y ganas de vivir.
H y yo nacimos en Zapotlán el Grande, Jalisco, un municipio que a veces es de mente abierta, un pueblo en el que el año pasado fue asesinada Katia Daniela, una mujer trans, activista, luchadora social, una voz que habló fuerte y claro para vivir su verdad e invitar a los demás a que hicieran lo mismo. Una voz que fue silenciada para siempre con un crimen de odio.
H y yo hemos observado los cambios en nuestro municipio, ahora algunos chicos de bachillerato les regalan flores a otros chicos, ahora algunas chicas toman de la mano a sus novias en el jardín principal, frente a las iglesias del centro histórico y sus fieles parroquianos que en voz baja y en voz digital censuran estos cambios que no buscan dañar a nadie.
Nosotros fuimos jóvenes de bachillerato en una época en que todo lo anterior era impensable, aunque claro, a H y a mí nos habría encantado tener novios desde entonces, o ser capaces de intentarlo, o al menos sentir que eso era posible, que era normal, que nadie nos odiaría por ser quien somos. A pesar de la homofobia y sus distintas manifestaciones en nuestra vida cotidiana, seguimos aquí, intentando ser felices, intentando cumplir años.
Desde que éramos muy jóvenes (quince años aproximadamente) nuestra amistad se basa en la complicidad cuando se trata de hombres. H fue la primera persona que me hizo sentir seguro para decir: “sí soy, ¿y qué?”, para después decir juntos “sí somos, ¿y qué?”. H y yo visitamos juntos el único bar gay que había en el municipio, el ahora extinto Divas, un acto que aunque efímero se sintió como un grito de rebeldía que corearon los amigos que nos acompañaron.
Durante algunos años H y yo compartíamos las mismas dudas, los mismos miedos: ¿deberíamos decirle a los demás lo que sentimos, decir lo que somos? La soledad a la que nos enfrentamos se veía aminorada cuando éramos libres y honestos, cuando le decíamos a las cosas por su nombre en esa larga y ruidosa conversación que es la amistad entre adolescentes.
Pero más allá del análisis retrospectivo, el relato biográfico y el aprecio por una amistad invaluable, decidí escribir este ensayo porque la juventud de nuestra comunidad está en constante estado de alarma, ¿qué tan libres somos de vivir nuestro género y orientación sexual en un municipio que aprovecha un transfeminicidio para ridiculizar a la víctima? Varios medios de comunicación escribieron “asesinan a un hombre vestido de mujer” y otros insultos que forman parte del crimen de odio, que lo fomentan, lo nutren, lo replican y lo aceptan. Los casos de Katia, de Óscar y de Jesús no son aislados, no son los únicos en México, ni siquiera en el occidente de México. A lo largo y ancho del país los crímenes de odio acaban con la vida de nuestras poblaciones, sin importar la edad o los antecedentes, sin importar el dolor, la herida abierta que se niega a ser cicatriz en los que seguimos vivos y estamos obligados a recordar.
He tenido la fortuna de tener un amigo homosexual desde mi adolescencia, una red de apoyo construida por la mutua necesidad de defendernos de amenazas similares, de falsos aliados, de una aceptación a medias, de una tolerancia relativa. Ni él ni yo sabemos lo que significa enterrar a un amigo que fue víctima de un crimen de odio. Sin embargo, en el occidente de México, tan solo en el último trimestre del año, han asesinado por lo menos a dos jóvenes homosexuales de 19 años. Diecinueve, diez años menos de los que H y yo tenemos en este momento. ¿Con qué palabras podríamos darles consuelo a los amigos de Jesús Osvaldo y de Óscar Gael? ¿Cómo podríamos pedirles que sean valientes, que sean ellos mismos, que no tengan miedo? Ellos vivieron muy de cerca el hallazgo, la terrible realidad del odio.
Y como los casos de Jesús Osvaldo y Óscar Gael no son aislados, es lógico entender que varios jóvenes de diecinueve años han experimentado el daño colateral de ambos crímenes, esa onda expansiva que causa miedo a su paso. Porque detrás de cada crimen de odio existe la intención de intimidar al resto, de aleccionar a los demás. Pero no dejaremos de ser lo que somos y en la medida de lo posible intentaremos envejecer, seguir vivos, seguir recordando a los que ya no están.
El dolor es compartido por personas en todo México, porque en sus municipios, en sus casas, en sus trabajos, en sus familias y en su grupo de amigos, su ausencia tiene una explicación difícil de nombrar, pero necesaria si tomamos en cuenta ese deseo de vivir con honestidad propia, con orgullo de decir: sí soy, ¿y qué? La herida trasciende fronteras.
Quiero creer que en México hemos avanzado y que las parejas diversas podremos mostrar nuestro afecto en público con la misma seguridad que las parejas heterosexuales. Pero vivimos realidades diferentes. La sociedad, tristemente, nos ve con otros ojos, nos evalúa con otras reglas. Cada vez que Manuel y yo visitamos por primera vez un municipio pensamos: “Aquí, ¿cuál será la tolerancia? Podemos agarrarnos de la mano, pero quizás no podemos darnos un beso, quizás es mejor que no sepan que somos una pareja de homosexuales enamorados”.
Pero estas preguntas van más allá de las muestras de afecto en público, van más allá de la vida en pareja. Inciden directamente en nuestra identidad y nuestra vida, a tal grado que en ocasiones es necesario asumir la duda en su estado más peligroso, pues es a lo que nos enfrentamos: ¿alguna vez alguien en la calle ha sentido el deseo de matarnos por ser lo que somos? Si respondo negativamente estoy siendo muy optimista, si respondo con una afirmación asumo que puedo ser parte de las cifras. Además de recordar, ¿qué otra cosa nos queda? La amistad, el amor, la sinceridad y la rabia con la que hemos aprendido a vivir, aunque algunos deseen que ya no estemos, estamos.




