La división del trabajo en la república de Palantir
En agosto de 2000, Jürgen Habermas le envió a Alexander Karp una carta de tres páginas escrita a máquina. El filósofo rechazaba continuar como director de su tesis. “Sencillamente no puedes competir con los críticos literarios y teóricos que han abordado recientemente este tema”, escribió, según el relato posterior del director ejecutivo de Palantir, quien recordó el golpe como “un shock absoluto y una herida”. En noviembre de 2002, Karp recibió su doctorado en la Universidad Goethe con una tesis titulada Aggression in der Lebenswelt,1 sobre la agresión como mecanismo de poder a través del lenguaje.
Karp estudió en Frankfurt el modo en que el lenguaje puede volverse jerga autoritaria y agresión revestidas de autenticidad. Dos décadas después dirige una empresa que vende al Estado sistemas para clasificar personas, vínculos, riesgos, direcciones, enemigos y prioridades. Palantir toma fragmentos dispersos de la vida administrativa, médica, policial, militar o migratoria y los vuelve una forma del mundo legible para quienes deciden.
El idealismo y sus herederos
La república tecnológica de Palantir nace de dos desarrollos filosóficos. Karp procede de Habermas y su teoría de la racionalidad comunicativa. En toda conversación humana genuina, decía, existe una pretensión de justificación, el interlocutor puede pedir razones, refutar, exigir que el poder se explique. Así, la democracia deliberativa es la institución política de esa exigencia, el espacio donde las decisiones deben pasar por la prueba del desacuerdo.
Karp llegó a Frankfurt después del Haverford College y la Stanford Law School. Afinó su alemán, leyó a Talcott Parsons y a Adorno; trabajó sobre el Jargon der Eigentlichkeit2 y sobre la agresión en la vida cotidiana. En sus años de formación, el problema era el lenguaje que domina bajo la apariencia de verdad; en Palantir, ese problema reaparece, pero la discusión pública se desplaza hacia una plataforma que clasifica datos y acelera decisiones.
The Technological Republic, el libro que Karp publicó en 2025 con Nicholas Zamiska, convierte ese desplazamiento en un programa político. Silicon Valley debe abandonar la comodidad de las aplicaciones de consumo y volver al poder nacional. La ingeniería aparece como vocación pública y el software como infraestructura moral de Occidente.
A Peter Thiel, Girard le ofreció en Stanford una teoría del deseo como contagio. Los seres humanos aprenden a desear a través de otros. La imitación produce rivalidad. La rivalidad se descarga sobre las víctimas cuya expulsión recompone temporalmente al grupo. En Girard había una crítica de la violencia colectiva y cierta compasión por la víctima. Thiel conservó el diagnóstico y retiró la compasión. Si el deseo imitativo vuelve destructiva la competencia, la salida racional consiste en escapar de ella. Su máxima, “la competencia es para perdedores”, resume esa postura. El monopolio aparece así como un refugio filosófico del fundador que ha comprendido la trampa antes que los demás.
Sloterdijk vio en Thiel una figura cercana al filósofo rey, estratégico y convencido de que la inteligencia privilegiada concede derecho de mando. Thiel imagina vías de escape de la democracia liberal. Karp traduce el regreso del ingeniero al Estado como responsabilidad nacional. Palantir surge en el punto donde esas dos trayectorias dejan de ser una biografía intelectual y se vuelven un contrato público.
Una arquitectura de trabajo
De esta telaraña idealista nace la división del trabajo que Palantir ofrece al Estado. Arriba están los que interpretan la historia y nombran la amenaza. En medio, quienes codifican la respuesta. Abajo, aquellos que producen los datos con su propia vida y aparecen luego ante el poder como riesgo, expediente, objetivo o prioridad.
El manifiesto de veintidós tesis que Palantir publicó en X en abril de 2026, un resumen de The Technological Republic, puede abordarse como un programa laboral. Habla de Occidente, de enemigos, de poder duro, de servicio nacional. También reparte funciones. A los fundadores les reserva la interpretación histórica. A los ingenieros les asigna la misión. A la ciudadanía la condena al servicio.
Thiel y Karp se dividen la cúspide. Thiel opera como un arquitecto metafísico. Financia candidatos, construye ecosistemas ideológicos y coloca a sus pupilos en posiciones de mando. Karp invoca el deber nacional, la reconstrucción industrial y la defensa de Occidente. Uno desconfía de la democracia liberal, el otro busca la captura técnica del Estado desde el lenguaje del servicio.
Luego viene la élite ingenieril, interpelada en las primeras tesis del manifiesto. “Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso”. “La élite ingenieril tiene la obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación”. “El poder duro del siglo XXI debe construirse sobre software”.
En la base queda la ciudadanía. Cuerpos, trayectorias, expedientes, domicilios, vínculos, historiales, desplazamientos y patrones de conducta alimentan sistemas que actúan sobre ella sin convertirla en interlocutora. “El servicio nacional debería ser un deber universal”, dice la tesis 6 del manifiesto.
Mark Coeckelbergh, filósofo de la Universidad de Viena, ha conceptualizado esta combinación de militarización tecnológica, desprecio por la deliberación, jerarquía cultural y fusión entre poder corporativo y poder estatal como tecnofascismo. La utilidad del término radica en que permite mirar más allá de los uniformes, los partidos de masas y la retórica antigua de sangre y suelo. La ontología puede reproducirse con interfaces, contratos, cuadros de mando, sistemas de vigilancia y una élite que sólo reconoce como tribunal su propia eficacia.
La quinta tesis del manifiesto de Palantir alerta acerca de que los adversarios de Occidente “no se detendrán a participar en debates teatrales”. Habermas había colocado la fuerza del mejor argumento en el centro de la vida democrática, Palantir presenta la discusión como una demora estética frente al enemigo.
La división en uniforme
En junio de 2025, el Ejército de Estados Unidos juró a cuatro ejecutivos tecnológicos como tenientes coroneles de la Reserva dentro del Detachment 201, también llamado Executive Innovation Corps. Entre ellos estaba Shyam Sankar, director de tecnología de Palantir, junto con Andrew Bosworth, de Meta, Kevin Weil, de OpenAI, y Bob McGrew, asesor de Thinking Machines Lab y ex Chief Research Officer de OpenAI.
Sankar escribió ese día que su misión sería ayudar al Ejército a transformarse para las misiones futuras y adoptar tecnología de vanguardia. El directivo tecnológico entra al Ejército sin abandonar la empresa, el uniforme aparece como credencial de servicio.3
El modelo rebasa a Estados Unidos. Palantir lleva dos décadas ejecutando la estrategia que Karp describe como land and expand. Primero, entra con un contrato acotado. Después, despliega ingenieros, para luego imponer una ontología, el esquema de categorías con que el sistema organiza una institución. Cuando la dependencia técnica madura, la institución comienza a ordenar su trabajo con las categorías del proveedor.
La industria llama a esto vendor lock-in. Una agencia pública que adopta la ontología de Palantir empieza a mirar con los ojos de Palantir. Cambian las pantallas, los flujos, los campos obligatorios, las relaciones relevantes, la manera de definir un caso y la forma de priorizarlo. La dependencia técnica produce dependencia conceptual y la dependencia conceptual produce dependencia política.
En el Reino Unido, la entrada se produjo en el ámbito de la salud. Palantir llegó al NHS en 2020 con un contrato de emergencia durante la pandemia. En 2023, obtuvo el contrato de la Plataforma de Datos Federados por 330 millones de libras a siete años. En diciembre de 2025, el Ministerio de Defensa firmó otro con la compañía por 240 millones de libras para el análisis de datos militares.
Palantir también firmó, en enero de 2024, una asociación estratégica con el Ministerio de Defensa israelí para suministrar tecnología vinculada al esfuerzo bélico. Bloomberg reportó que la compañía veía una fuerte demanda de sus productos en Israel desde el inicio de la guerra y describió AIP como una plataforma capaz de analizar objetivos enemigos y proponer planes de batalla.
Otros sistemas israelíes, como Gospel y Where’s Daddy, han sido documentados por investigaciones periodísticas y organizaciones de derechos humanos. Aunque la integración exacta de los productos de Palantir con cada sistema de selección de objetivos permanece fuera del dominio público, Palantir fue señalada por la relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, dentro del ecosistema corporativo que sostiene las capacidades militares y de ocupación israelí.
Peter Thiel visitó Buenos Aires y se reunió oficialmente con Javier Milei en la Casa Rosada el 23 de abril de 2026. El gobierno difundió una comunicación breve. Varios medios argentinos reportaron una agenda reservada con figuras del poder político, entre ellas Santiago Caputo, asesor del presidente Milei.
Del diálogo a la clasificación
Palantir conserva algo de la ambición habermasiana, la intención de ordenar racionalmente la vida pública, no obstante, la empresa abandona el espacio de discusión entre ciudadanos y se instala en una plataforma que clasifica datos y acelera decisiones. La teoría del deseo mimético sufre una operación parecida, sobrevive el diagnóstico de la rivalidad, pero se evapora la advertencia sobre la víctima.
Una empresa formada por alguien que estudió cómo el lenguaje puede convertirse en instrumento de dominación vende sistemas que lo usan para producir acción estatal. Llamar a algo nexo migratorio, asignar a una dirección una puntuación de confianza de 98.95 sobre 100, clasificar a una persona como objetivo priorizado de arresto, cada acto nombra y activa. El Estado actúa sobre aquello que el sistema vuelve legible.
El lenguaje de Palantir tiene apariencia técnica, por eso resulta tan difícil discutirlo. Aparece como campo de datos, alerta, relación, probabilidad, entidad o evento. La jerga autoritaria que Adorno analizó y Karp estudió reaparece en forma de interfaz computacional. Su autoridad proviene de la neutralidad que simula. Quien recibe la clasificación suele carecer de los instrumentos para disputarla. El código es secreto. La ontología es propietaria. El proveedor responde ante la agencia que lo contrata. El afectado aparece al final de la cadena, cuando la categoría ya produjo una consecuencia, arresto, deportación, investigación, vigilancia, exclusión de un beneficio, priorización militar.
La fábrica de alfileres de Adam Smith fue la metáfora inaugural de la división del trabajo moderna. Smith advirtió que el obrero condenado a repetir una sola operación podía volverse “tan estúpido e ignorante como puede serlo una criatura humana”. Durkheim añadió que la división del trabajo genera solidaridad cuando crea interdependencia entre especialistas capaces de reconocerse mutuamente. Marx vio en la alienación la separación del trabajador respecto de su producto, de su actividad y de su propia potencia social. Lenin extendió el problema a una escala imperialista, analizando cómo la concentración del capital en monopolios y la fusión del capital bancario con el industrial producen una nueva división internacional del trabajo. Unas naciones suministran materias primas y mano de obra barata; otras administran finanzas, tecnología y poder. La jerarquía económica también es jerarquía de interpretación.
La alienación adquiere aquí una forma digital. La categoría que define a alguien ante el poder la fija, actualiza y ejecuta una arquitectura que el afectado casi nunca puede ver. El ciudadano queda frente a instituciones que hablan en nombre de un sistema cuya lógica aparece protegida por el secreto comercial, la seguridad nacional o una supuesta complejidad técnica.
La república tecnológica de Palantir anuncia una distribución política del trabajo en la que los fundadores interpretan, los ingenieros codifican, el Estado ejecuta y los ciudadanos son clasificados. Esta fórmula concentra el poder en quienes diseñan las categorías y deja a la ciudadanía frente a decisiones tomadas desde sistemas ajenos, en foros impuestos y por actores que rara vez responden ante ella.
Habermas imaginó una democracia sostenida por la fuerza del mejor argumento disponible. Thiel y Karp han construido una república sostenida por la fuerza del mejor sistema disponible. En la primera, supuestamente cualquiera podría formular el argumento que altere el orden; en la segunda, la ontología es propietaria y el código permanece cerrado. Impugnar una puntuación de confianza de 98.95 sobre 100 asignada a tu dirección por la aplicación de una empresa que vende software al gobierno que te deporta exige contratar a un abogado capaz de citar al juez correcto antes de que el agente llegue a la esquina. Para la inmensa mayoría de quienes entran en el mapa de ELITE, esa opción tiene una puntuación de confianza bastante baja.




