Hipólito, Vacaciones, Argos
Hipólito
Soy Hipólito, enjuto,
casi viejo a los 40;
el cañaveral me llama
para que vuelva,
pero el mundo está hueco
y me atrevo a clamar que la carne y el dinero
pasaron de largo ante mis ojos.
Puedo reír porque estoy loco,
y la amargura de ser pobre se disipa;
y el hambre de pan duro en el fogón
me pertenece.
Policía, padre, escritor:
lo que me rodea
lucha por salvar al mundo
de Hipólito,
para que la gente
pueda hacerse de un tatuaje,
sembrar un jardín en la azotea,
tener zapatos y camisa.
Luchan
para que se me escapen los caballos
y no me sea posible
decir esto.
“Hay que curarlo”,
repiten,
“de su voz
cubierta por la hiel y la ignorancia”.
Nadie quiere ser loco
o pobre,
que es lo mismo.
Nadie menciona de los locos
las ciudades que alzamos,
las fábricas que echamos adelante,
la lengua que inventamos;
pero todos los que pueden
se sacian y se ceban
con el fruto de la locura
y la pobreza,
que es lo mismo.
No quieren de los locos
más que eso:
las ciudades, las fábricas, la lengua,
y el cuerpo enjuto de Hipólito
adentro de las cañas.
Vacaciones
Escupo sobre los que se van de viaje.
Para escribir,
aprieto letras en un papel
que no me sobra.
Escupo
en su dinero,
que usan para cuidarse
e ir al gimnasio.
Quisiera igual y más.
Pero la pobreza crece sin memoria;
ni siquiera puedo ver el rostro de otros pobres:
desconfío.
Viajar te abre la mente,
pero yo no tengo de eso.
Argos
A un perro
le toca
solo un hombre.
Cuando cierro la puerta
alcanzo a sospecharlo.
Mientras atiendo
las llamadas
en la oficina del callcenter,
el perro del que soy
morirá solo.




