Venerado
Me pregunto cómo se sintieron Nadia y Olvido cuando me encontraron en la playa. Después de todo, yo estaba en el mismo sitio donde vieron a su hermano por última vez.
Pienso en él, en Sebastián. ¿Es hermano mío también? ¿O los lazos obtenidos después de la muerte dejan de contar? Aunque no compartimos el mismo ADN, su historia y la mía están tan entrelazadas como esa molécula que determina quiénes somos. También compartimos el mismo nombre.
Es difícil tratar de imaginarlo a los cuatro años sin que se me hunda el corazón. Yo tenía la misma edad el día que sus hermanas me robaron. ¿Qué habrá sentido ese niño cuando las garras del Pacífico removieron el mundo bajo sus pies? Me lo imagino caminando por la orilla, fascinado por el espectáculo de las olas justo antes de que el mar se lo tragara.
Me imagino los pies de mi madre veinte años después, buscándome en una playa desierta.
Olvido se esperó hasta la muerte de Nadia para decirme la verdad. Dijo que ya no tenía sentido guardar el secreto. Que con nuestra hermana muerta, la mitad de la responsabilidad desaparecía. Incluso tuvo el descaro de mostrarme una fotografía de su hermano muerto. A lo mejor pensó que eso me ayudaría a entender la razón de mi secuestro; pero lo único que sentí fue lástima y envidia del niño que reemplacé. Tristeza por la vida que le fue negada. Horror al pensar que nunca sabré cuál es mi verdadero nombre.
Sebastián significa “venerado”. Cuánto pesa sobre los hombros de un niño ser amado así. Cuán ligero fui a los ojos de mis hermanas que pensaron que nadie me extrañaría. Ojalá mi madre me haya dado por muerto. Dejé de existir cuando Nadia y Olvido me rescataron. El resto ha sido sólo un eco. Una onda en el océano. Mis recuerdos me parecen turbios como agua estancada. Miro mis brazos morenos y no los siento míos.
Tampoco mis manos eran mías cuando maté a Olvido. Antes de morir se atrevió a decirme que mientras me llevaba, tomé las suyas sin chistar.




