Siempre cantan los gallos a las cuatro de la mañana
I
Me está diciendo que Pepper Keenan estuvo a punto de ser el bajista de Metallica.
—Güey, si te pones a pensarlo…
—No me gusta Metallica.
—Ya sé que eres joto. Y que te mama el blues. Piénsalo por un momento. Tampoco te estoy pidiendo que escuches todos sus putos discos.
—Ya lo sé, güey. Pero no es ahuevo tocar el tema. Keenan no fue bajista de esos güeyes. Punto.
—Era bien amigo del James, según leí.
—¿Y eso qué? ¿A poco los demás cabrones no tuvieron voto?
—Bueno, en eso tienes razón.
Me está acatarrando otra vez con la misma historia de la semana pasada. Y este güey, de que se suelta a decir mamadas no hay quien lo calle. Nos contó la semana pasada que era un hecho que Keenan, el líder de Corrosion of Conformity—que, por cierto, sí son una bandota—, tocaría con Metallica. Que incluso, algunas rolas del St. Anger las había grabado él, oyesamamada.
Atropellando sus palabras, como hacía cuando se emocionaba, nos había estado escupiendo todo lo que sabía sobre el asunto. Parecía estar al tanto de todo, pero sabíamos que metía de su cosecha. Tenía una inclinación por romantizar cosas que deseaba que le pasaran a él, o a nosotros, para el caso es lo mismo. Somos amigos desde la secundaria. Tocamos en el mismo grupo y nos vemos diario. Isra pasa por mí para ir a ensayar —vive a unas cuadras — y de ahí vamos por este cabrón. Ensayamos en un local que nos presta su jefa.
—El Pepper ya había convencido al Lars y al Kirk— me dice— y que aparece el pinche Trujillo. Como ese cabrón no canta, sentí que con eso se la iba a pelar, pero nel.
Y sí pienso en lo que me pide, pero no quiero darle el gusto de comunicárselo.
Reconozco que me habría gustado que el fundador de una banda que he seguido por años tuviera más reconocimiento, aunque fuera por tocar con esos güeyes. Mejor le digo:
—El primer disco de Metallica en el que le dan créditos a Trujillo es en Death Magnetic, culerísimo, por cierto. ¿Cómo chingados Pepper grabó St. Anger si cuando hicieron el documental y mostraron las audiciones ese disco ya estaba terminado?
—Güey, te estoy diciendo que era bien carnal del Het… acuérdate de que lo iba a suplir cuando se quemó el brazo.
—¿Y eso qué chingados?
Está aferrado. Infla las fosas nasales como siempre que se encabrona. Por un momento nos quedamos callados, pero sólo yo le doy un trago a la caguama. Me mira como para hacerme dudar de lo que acabo de decir. Y de repente, ahí va de nuevo a darle con lo mismo, que lo piense por un ratito nada más. Es como si se hubiera ido la luz y llegara de golpe y de repente.
—Lo que hubiera sido ese güey en el bajo. Los discos después del Death Magnetic sonarían como a ti te gusta que suene el metal, blueserón, con riffs lentos y pegajosos acompañados de unos coros con acento de Nueva Orleans. Imagínatelo. No la hagas de emoción.
—Tampoco seas pinche chismoso, yo nunca dije que quiero que el metal suene así. Sólo prefiero el lado del rock que tiene su base en el riff, en Sabbath, en el blues y así. Además, ni de pedo iban a dejar a Pepper meter su cuchara en la composición, ve cómo trataron a Newsted.
—Tus mismas mamadas, de contreras siempre. Te vas con lo que crees que es diferente. Lo mismo hiciste con Pantera y Down.
—Ah cómo chingas con eso. No es lo mismo, pendejo. Pantera es Pantera y punto. Sólo que en este momento de mi vida prefiero la música de Down.
Y tiene razón. Casi siempre me voy por la contraria. Si a todos les está gustando el nu metal, yo les digo que me quedo con lo clásico. Si ellos eligen ir oyendo a Limp Bizkit o a los Deftones cuando viajamos a otra ciudad para tocar, hago que se chuten, por puro coraje, la rola de Sleep que dura más de una hora.
Desde entonces quiero hablar con él, pero no puedo cambiar de tema.
Habíamos pasado por un cartón de cerveza, pero este güey ya venía medio pedo. Traía su pepsilindro lleno de Tonayán y refresco de toronja. Isra le peló los ojotes, le emputaba que ensayara pedo, aunque esta vez no se la hizo de emoción. Quién sabe en qué vendría pensando porque casi no hablaba y cuando lo hacía era para mentarle la madre a los taxistas. Nos había contado hace poco que iba a ser papá y que el embarazo iba a ser de alto riesgo.
Tal vez era eso. Los últimos días ya no echaba el desmadre de siempre. Recuerdo que cuando nos lo contó, iba con Lety, su morra. Nos estábamos chingando unas paletas de hielo en la banqueta de mi casa. Luego de darnos la noticia se quedó callado, como esperando a que lo consoláramos.
Yo sólo atiné a decir que qué mal pedo.
Luego le pregunté si se iba a salir de la banda.
II
Se baja del taxi y enfila por una calle oscura.
El velatorio está como cinco cuadras más arriba. Quiso bajarse antes para tranquilizarse, no quiere soltarse a llorar. Unos perros salen corriendo de la esquina, se le acercan moviendo la cola, luego uno le pela los dientes, sin ladrar. El aire huele a flores, o al menos eso es lo que percibe. Es verano, hace calor y la camisa negra que le pidió prestada a su papá se le pega a la espalda con el sudor que parece una mano grasosa.
Se detiene cuando ya está a una calle. Hay un poste de luz chueco sobre la banqueta y ahí se recarga. La luz parpadea. Los perros que se habían quedado atrás se acercan como calándolo. Son tres y todos le pelan los dientes. Puede ser su miedo lo que huelen. Piensa en ello mientras se enciende un cigarro y se recarga a fumar en una pared gris. Hay una tienda cerrada y casi frente a la puerta de la funeraria, una señora vendiendo flores. Sabe que se va a ver mal llegando con las manos vacías. Pero no quiere gastar. Sólo tiene cien pesos y quiere comprarse un seis al rato que regrese. A ver si borracho puede dormir. Está a punto de empezar a caminar. Avienta la colilla y la despedaza con la punta del pie cuando el carro se detiene y baja la ventanilla.
—¿Qué pedo, güey? ¿No quieres llegar? —le dice Mónica.
—No mames.
—Súbete.
—Nel, sólo es una cuadra.
Ella le enseña el dedo, arranca y el auto se pierde en la oscuridad.
III
3:27 a. m.
Los números rojos del despertador parpadean. Salta de la cama y sale al pasillo. El teléfono vuelve a sonar. Una luz se enciende en la recámara de sus papás. Se escuchan los resortes de la cama. La puerta se abre y su papá se asoma.
—Pregúntale a esa muchachita si no duermen en su casa, chingado. Me paro temprano a trabajar.
Él escucha la voz de su mamá diciéndole a su jefe que se vuelva a acostar. El teléfono sigue sonando. Levanta la bocina y de inmediato le dan ganas de cagar.
—Bueno…
Nada durante unos segundos. Sólo un zumbido. Él va a colgar, pero entonces oye su voz. Al principio no entiende las palabras. Es como cuando llega el sonido de la tele que están viendo en otra casa. Huecas, opacas, las voces no transmiten nada.
—Se murió, güey. Hace rato.
—¿De qué hablas?
—El muy culero me marcó antes.
—Habíamos quedado en que ya no me ibas a hablar.
Otra vez silencio. Su corazón se descolgó hacia el estómago alojando su latido en los intestinos. De pronto siente que se va a cagar. Por alguna razón sabe de quién se trata. Lo tiene en la punta de la lengua, pero no quiere confirmarlo. De la rendija bajo la puerta de sus papás ya no sale luz. La bocina chasquea, como una corcholata raspando el piso. Escucha llanto, luego tos y el teléfono queda muerto en su mano.
Camina de espaldas hacia el baño que está en el mismo pasillo que las recámaras. Se baja la ropa y se abandona, poniéndose a llorar mientras defeca. Sabe por qué y sabe por quién. Lo que no entiende es por qué Mónica lo había llamado para contárselo. Su estómago está acalambrado. Se vacía y, sin embargo, sigue lleno. Sus pensamientos no paran, brincan de un lado a otro dentro de su cabeza, como si se tratara de un espacio infestado estimulándolos. Como si un aceite espeso se inoculara en sus venas flojas.
Afuera, algunos gallos empiezan a cantar. Ya son las cuatro.
Siempre cantan los gallos a las cuatro de la mañana.
IV
La funeraria está llena de personas.
Revisa los nombres en el pizarrón de recepción y descubre que sólo hay un velorio esta noche. La envidia le da coraje y el coraje, tristeza. Se pregunta si por él asistiría la misma cantidad de gente o si sus padres se quedarían solitos, vencidos por el sueño al lado de su caja. Mónica ya está frente al ataúd. Él no quiso acercarse, pero sí atisba buscando a la madre para darle el pésame. La encuentra en el sofá grande junto a las coronas y flores. Una mujer, entre varias, la sostiene del brazo e intenta que no se vaya de boca hacia el suelo. El trabajo la está superando. Es difícil cuidar a un enfermo o acompañar el duelo de alguien, son actos que suelen convertirse en veneno. La gente nunca quiere probarlo… hasta que le toca hacerlo y ya no hay vuelta de hoja.
La señora grita, convulsiona, entra en un trance donde se mece sobre sí misma. Un bucle doliente que encierra todos los arrepentimientos del mundo. Él se acerca e intenta hablarle, pero siente las miradas molestas. No es el momento, pinche greñudo, parecen decirle. Así que se persigna y camina hacia una parte de la sala que está menos abarrotada. Ahí se topa al Isra sentado junto a Lety. Ella lo ve llegar, no le sonríe. Sus ojos son fríos.
Su amigo sólo pausa lo que está diciendo un par de segundos y también lo mira frunciendo las cejas. Continúa hablando con otra pareja. También los conoce porque tocan en una banda de indie. Místicos, como Isra les suele decir.
—La familia de Lety vive allá —, les está diciendo con la voz que siempre se impone sobre las demás y no logra ajustar a lo que se estila en estos lugares—. Mi suegro me va a dar trabajo.
—¿Ah, te vas quedar, güey? Pensé que nada más ibas de vacaciones—, se escucha preguntarle, muy a su pesar.
Isra sonríe con coraje, como suele hacer, resoplando y mostrando los dientes de forma cordial. Ternura violenta, le dicen. Con una mano barre toda la sala, mostrándole algo de lo que todos, menos él, se dan cuenta.
—Entonces ya valió madre la banda.
—No seas pinche egoísta, cabrón ¿No estás viendo?
—Pues sí, pero habías dicho que tú ibas a seguir dándole.
—No me hagas emputar… ¿o me vas a aguantar un tiro?
Lety le secretea algo a su amigo que se despide de la pareja y se va sin decirle nada. Los gritos de la señora frente al ataúd ya son gemidos. Ocasionalmente lanza preguntas al aire. Nadie sabe la respuesta ¿Por qué me dejaste? ¿Por qué me haces esto? ¿Qué voy a hacer con tu ausencia?
La escena hace que le tiemblen las piernas. Quiere caminar a otro lado, salirse a fumar, pero está clavado en el mismo lugar, cargando un peso que no le corresponde y que no tiene con quién compartir. Siente que todos lo miran, intenta quitarse de ahí, pero sus pies no responden. Mónica sigue cerca del féretro. Él le mira la espalda. Trae puesto el vestido que se puso cuando fueron a ver a Soundgarden. Quiere caminar hacia ella, pasarle un dedo sobre la espalda, oler su cabello.
El aire se ha vuelto espeso. Raspa, se le clava en el pecho como un cuchillo dejado ahí para abrirlo en canal. Ella gira el rostro y sus miradas se encuentran. Camina en su dirección. Sus labios se mueven como las lombrices de tierra. Él intenta apoyar una mano en la pared más próxima y tira una lámpara.
Todos voltean y mueven la cabeza, molestos. Mónica se agacha a levantar la lámpara que se ha roto. Una empleada camina hacia él con un recogedor de plástico y una escoba. La mujer que había estado gimiendo recomienza con su rosario de gritos. Otro grupo de gente entra cargando más flores.
La atmósfera se ha cargado. El aire comienza a cambiar de temperatura. Los recién llegados reaccionan a la bienvenida de la doliente. Sus semblantes se resquebrajan, como si trajeran máscaras hechas con lágrimas y yeso. Sigue sin poder moverse, su pecho es una plasta de algo que no forma parte de su cuerpo y que intenta arrastrarlo hacia otro lugar. ¿Pero a dónde, piensa él? ¿A qué parte de esta sala llena de gente?
Vuelve a sentir el pinchazo de esa emoción que todavía no logra discernir. Otra vez la inyección de aceite que le impregna el vientre y le provoca calambres. Siente que va a desmayarse. Un viejo sube las escaleras que dan a la recepción y lo vigila, tomándolo por un pariente borracho. Mónica sigue moviendo la boca, él no le entiende. Hay un vacío donde el sonido se apaga. El silencio es brutal, como una muerte violenta. Tampoco hay movimiento. Las personas están inmóviles, señalando, como maniquíes de alguna boutique, hacia el féretro. El único sonido es un zumbido. Un ruido que tiene consistencia porque parece gelatinoso, opaco y brillante, una neblina de pus que gotea contorneando la oscuridad. Él no quiere mirar, pero su curiosidad lo domina. Tiene que saber, encontrar la mejor manera para despedirse y luego salir de ahí.
Sus pies recobran movilidad. Avanza hacia el féretro. Todo el día dudó sobre acercarse a mirar el cuerpo. Una despedida congruente con el pasado. Decidió que simplemente iba para acompañar y encender una veladora. Ahora, que sabe que nunca tuvo intención de escudriñar cómo se revela la muerte, camina para descubrirla y contemplarla en su máxima potestad.
Un par de señoras lo observan con una mueca desangelada. Los rostros verdosos le provocan arcadas. Su nerviosismo tiene un talante erótico, involuntario. Siente una erección que roza sus pantalones. Sus pies dan un paso tras otro negándose a hacerle caso. La caja es negra. Adornada con una cruz que se enciende y apaga lanzando fulgores neón hacia el techo. Al examinarla se da cuenta de que es una cruz invertida. Levanta el rostro buscando a quién hacérsela de pedo. Alguien a quién culpar, a quién gritarle que ésta es una broma culera, que esto no se hace. Prefiere tragarse sus palabras. Su mano se posa en el féretro y sus dedos lo acarician de forma obscena. El frío le quema la piel. Dos pasos cortos, ya está en la cabecera. Reconoce un retazo de piel, la corbata negra.
Quiere cerrar los ojos, irse. Pero también quiere ver.
Las personas vuelven en sí. Y le gritan.
¡SÍ! ¡SÍ! ¡SÍ!
Y lo animan, vitoreándolo, desgarrándose el gaznate en un vaivén demencial.
Angustiado, con apenas una reserva de aire que mantiene su corazón en funcionamiento, se acerca al cadáver y siente unas ganas insoportables de darle un beso. Se inclina de a poco. Estallan más risas, más porras. Algunos dolientes entonan un canto.
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Toma aire. Se pasa la lengua sobre los dientes y posa un beso sobre los labios incómodos, ajenos a la carne, a los tejidos, a la piel. Parecen tentáculos, o un juguete de plástico, o almohadillas llenas de arroz o aserrín. Cuando intenta separarse del muerto, su piel se aferra y él tiene que jalar con fuerza para separarse del beso frío, que le recuerda cómo se quedan pegados los perros después de hacer el amor. Cómo parecen mirar suplicantes a la gente que se detiene a observarlos.
El murmullo de los dolientes es ensordecedor. Le quema la cara.
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Coloca ambas manos sobre el pecho del muerto, que se hunde como si las metiera en una masa amorfa lista para hacer teleras y regalarlas con el café rancio. Ha perdido los labios. En su boca lleva puesta una risa de calavera.
Cuando mira otra vez… los ojos del cadáver lo contemplan. Tiene un agujero negro en la sien derecha y ojeras que le hacen juego.
Güey, piénsalo por un momento, lo que hubiera sido… le dice sin mover la boca.
Un gallo canta a lo lejos.
Y él comienza a gritar con todas sus fuerzas.
V
Sabe que tiene que ir al entierro. Su madre entra con ropa limpia que pone sobre la cómoda.
Le dice que se levante, que si no va a comer.
No tiene hambre, apenas logró quedarse dormido. Se abraza de las rodillas y arquea su cuerpo. El aroma a mole y a tortillas calientes le provoca retortijones. Escucha la tele prendida. La voz de su padre hablando con algún proveedor por teléfono. Su mamá abre y cierra cajones.
—No la encuentro—, la escucha decir.
Su papá sigue alegando. Luego silencio. Una silla cruje. Un grito.
—¡Se está enfriando esa comida!
Se desenreda y se sienta. Por un momento todo da vueltas. Busca sus chanclas, pero no las encuentra. Sale descalzo. Entra al baño para echarse agua en la cara. Se mira en el espejo. El cabello le gotea. Toma una toalla y se la echa sobre la cabeza tallándose con coraje. Va a colgarla y alcanza a ver de reojo. Una sombra atravesando el pasillo hacia el comedor.
Sale rápido y ya no la encuentra. Se detiene junto a los cuartos, escudriñando. Sigue mareado. La televisión reverbera con las noticias.
—Tu hijo piensa que la casa es hotel y que eres su pinche sirvienta. ¡Órale, cabrón! Voy a darle la comida a los perros.
Sale encabronado hacia la cocina. Le duelen los pies, el suelo está frío. Atraviesa los metros que lo separan del estudio. Javier Alatorre está hablado con un reportero de nota roja. Gira hacia la cocina, todavía viendo la tele. Su mamá sigue buscando, escucha el ruido de los cajones.
—Juro que la teníamos aquí.
—A él seguro le va a servir más —, su padre, hablando con la boca llena.
Hay alguien más sentado a la mesa. La playera blanca del Vulgar Display of Power salpicada de manchones marrón. Está de espaldas a él. No necesita voltear. Él sabe quién es. De un lado del cráneo, el cabello le brilla como si hubiera entrado al baño con él. Pedacitos de sesos le cuelgan del hombro. El visitante bosteza, pero no va a despertar. Él ya está muerto.
Su madre voltea y le sonríe.
—Mira quién vino.
No puede contestar, no puede tragar saliva. Un absceso le obstruye el cogote. Su papá quita los ojos de la televisión y le dice entre enojado y risueño:
—Qué pinche maleducado, hasta con tus amigos, cabrón.
Su mamá se sube un banquito para buscar sobre el mueble de la vajilla.
—Ay, aquí está. Mira.
En su mano tiene una pistola.
—Y no te preocupes… nosotros no la vamos a usar—, dice extendiéndole el arma a su amigo. La toma con una mano azulada. Un sonido como de gárgaras inunda la habitación.
—No agradezcas, seguro le darás buen uso—, le suelta su jefe con un bocado a medio tragar.
El invitado comienza a girar hacia él.
Venitas estriadas en las fosas de su nariz se empiezan a hinchar, como cuando se emputa.
Primero una parte del iris amarillento se rebela en la puesta de sol. La otra cuenca ocular es un parche de carne. Una sonrisa taimada aparece en el rostro violáceo, como cuando hablaba de los discos que se había chingado del súper. Luego la piel de los pómulos, estirada, como en un bastidor, cruje y rechina. Pequeñas explosiones capilares forman continentes muertos en un rostro burlón, amigable. Se parece a Víctor Pascow, el estudiante con medio cerebro de fuera que sale en Pet Sematary.
—Se está haciendo tarde —escucha la lengua chasquear y luego quedar inerte.
El muerto amartilla el arma y se la pone en la cien.
—Aquí se rompió una jerga…—, le dice. Y jala el gatillo.
Cuando la pólvora explota al salir del cañón, su madre entra a su cuarto con una muda de ropa y le dice que se pare a comer.
VI
Mónica le muerde la oreja.
Gime y luego empieza a llorar quedito, abrazándolo. Él la empuja a su asiento y se sube el pantalón. La mira acomodarse el vestido, mirarse en el retrovisor, encender un cigarro. Cuando gira hacia él, ya no llora.
—Eres un pendejo. Yo no quería.
—No me salgas con tus mamadas. Los dos queríamos.
—Pero no así, cabrón ¿A poco no sientes culpa?
Mete la mano al bolso y saca la cajetilla. Acomoda un cigarro en sus labios.
—He estado viéndolo —, la oye decir.
—Estás loca. Sigue metiéndote porquerías y vas a acabar anexada.
Grupos de personas llegan o se van. No distinguen quiénes son porque se estacionaron mucho más arriba. Él se había dejado guiar hasta el coche. Seguía sin poder hablar cuando Mónica comenzó a besarlo. Entonces su cuerpo volvió a ser autónomo. La erección no había desaparecido. Ella arrancó y se echó de reversa hacia la parte de la calle que era pura tiniebla. Cogieron de forma inarticulada, violenta. Sólo en ese instante la rigidez remitió y en su pecho entró aire.
Abrió la guantera y sacó un kleenex para limpiarse la mano. Los mismos tres perros aullaban unas cuadras abajo.
—Te dije que le contáramos la verdad y mira cómo acabamos, cabrón. Eres un hijo de la chingada. Por qué no me habías contado que lo sacaste del grupo.
—¿Te contó él?
—Eso no importa.
—Para eso te habló, ¿verdad? Pinche chismoso.
Ella repite un gesto. Pasa la palma de su mano por el cabello lacio y oscuro que la obedece. Parece una reina gótica. Siempre le había gustado. Se habían gustado, pero aquel cabrón se le adelantó.
Le hizo la mala obra, a pesar de que él le había confesado que se estaba clavando con ella.
—Eso no importa, te dije. Lo que hiciste fue una pinche bajeza hasta para tus estándares. Le pintamos los cuernos y luego lo sacas del grupo, no mames.
No fue difícil tomar la decisión. Algo tenían que ver el alcohol y un instinto arrollador para seguir al pie de la letra el manual de la autodestrucción. Era mejor sacarlo del grupo. Se lo comunicó esa vez que se quedaron en el local después de ensayar. Cuando hablaron sobre el Pepper Keenan y Metallica.
—¿Para eso te habló?
Mónica está distraída vigilando el espejo lateral. Su barbilla tiembla. La boca exuda un vapor gélido que flota hacia el exterior.
—¿Puedo dormir en tu casa?
—Estás bien pendeja. La última vez te pedí que no me llamaras y te valió madre. Mi jefe no es nada güey y creo que se dio cuenta porque ya no te puede ver ni en pintura.
—Eres un naco hijo de la chingada. No sé por qué me sorprende. Bájate a la verga de mi coche.
Él acaricia su pierna rígida. Le amasa el muslo. Le dice que no exagere.
—Es que ya me cansé de que te hagas el indiferente.
Flagelarse con el remordimiento no sirve. Él cree que ya soporta demasiado con todas las pesadillas que ha tenido desde que su mejor amigo se metió una bala en el cráneo.
—Te dije que he estado viéndolo —la voz de Mónica ya es un susurro —. Lo veo desde antes de que supiera que se había matado. Esa noche llegué de la escuela y estaba en mi cuarto esperándome, sentado sobre la cama. Sus ojeras me dieron miedo.
El hilo de voz se fractura. Gargajos de culpa espesan lo que le va revelando.
—No me dice nada, se queda ahí, nada más… risueño.
Está fuera de sí, piensa él. Atragantada. Quiere, pero no puede contarle que también ha estado teniendo pesadillas. No sabe cómo empezar.
—Estás malviajándote. Tenemos que seguir con nuestras vidas. Sí, nos pasamos de verga, pero lo demás fue su decisión. Ni tú ni yo lo obligamos.
Ella gira el rostro con fuerza. Las cervicales crujen. Su rostro es un rictus avejentado.
—¿Sabes qué me dijo el muy ojete cuando me marcó antes de matarse? ¿Quieres saber?
—No me interesa. Lo que quiero es que te calmes y que platiquemos sobre lo que vamos a hacer. ¿Vamos a andar?
—¡Me dijo que iba a venir a buscarme, pendejo! Y no digas estupideces. ¡Cómo se te ocurre!
Hay algo extraño en las obsesiones. Vives deseando algo con todas tus fuerzas, sufriendo un duelo por algo que no conoces y nunca has tenido. Pasas desvelos, te torturas haciéndote las mismas preguntas. ¿Por qué anda con él? ¿Qué tiene ese cabrón que no tenga yo? Vivir así te carcome por dentro, te incuba un huevecillo hediondo en la boca del estómago. Un capullo del que brota hiel venenosa que contamina todo lo que tocas. Y cuando el milagro ocurre, y finalmente obtienes lo que tanto anhelaste, la tenencia de ese algo te sabe a nada, deja de interesarte, te empieza a aburrir.
—No seas culero. No quiero llegar a mi casa. Me da miedo.
Los perros ya están dormidos. La gente ha dejado de salir de la funeraria. Quizá sólo queden los más cercanos haciendo guardia. Quizá sólo la madre arrancándose mechones de pelo.
Él la jala hacía sí. Ella se acomoda en su pecho.
Lo despierta un ronquido. Más bien una sibilancia, un sonido como de gárgaras que antes ya había escuchado. Mira la hora.
3:37 de la mañana.
Habían pasado dos horas. El silencio en la calle es de vértigo y oculta en su centro a un animal. Los cristales del auto están empañados. Su pierna está entumida. Quiere moverse, salir de ahí.
Cualquier cosa que lo distraiga. El cuero sisea en el asiento de atrás. Mónica se entierra más, un hormigueo asciende hasta sus testículos.
Hay alguien detrás de él. Un aliento brota del siseo eléctrico. Huele a mentol y a otra cosa más dulce.
3:52.
—Moni…despierta. Ya vámonos.
Ella deja escapar un gemido y se aferra todavía más a él. Lo tiene atrapado. No lo deja desentumirse, evitar al pasajero de atrás.
Güey…
Murmullos superpuestos reverberan dentro de su cráneo. Reconoce la voz. Se le enchina la piel.
Piénsalo, carnal…
¡Ni madres! Va a largarse, a hacerse invisible, a desaparecer.
Mírame, güey… me lo debes.
Los ojos se le rebelan. La cabeza que duerme sobre sus piernas pesa y lo hunde en su asiento. En el espejo retrovisor hay un rostro. De la hendidura que tiene al lado del ojo derecho brota un líquido negro.
Sacude a Mónica, la jala del cabello, pero ella no despierta.
—¡Chingada madre, Moni!
Una presión fría le quema el hombro. Una mano de venas gordas aprieta con ternura violenta. Su piel queda tatuada con el tacto del muerto que lleva el traje arrugado y la camisa anegada. Lo peor es su serenidad. El gesto de siempre torciendo su labio inferior. Como demostrándole que ahí donde está todavía se puede reír. Cuando lo hace, libera un apéndice que se desenrosca y apunta hacia sus mejillas. La lengua es áspera y blanca, como la de los gatos. Miles de poros abiertos parpadean. Son ojos que escrutan con cierta bondad, como un reconocimiento tácito y un homenaje a la vieja amistad.
VII
El teléfono de la sala vuelve a sonar.
Mis papás ya no despiertan. Salgo al pasillo despacio. La bocina vibra sobre el mueble donde está el tocadiscos. El ruido es rasposo como el que hacen los pulmones perforados por un arma blanca.
Descuelgo. De la calle me llega el sonido del aire que juega con las láminas de aluminio en la zotehuela.
—Güey… —oigo a Mónica, pero su voz se desgaja en un eco. Hay algo de estática, como si estuviera arrastrando el teléfono en el suelo de su recámara.
—Lo sigo viendo, cabrón. No mames, ayúdame.
—Ya deja de decir mamadas. Te dije que te llevaba al psiquiatra.
Un chasquido lo interrumpe. Algo pesado cae al piso al otro lado de la línea. Un golpe sordo. Uñas que serpentean por el suelo.
—Dile que lo piense, Moni… —susurra otra voz, pegado al auricular—. Piénsalo por un momento, carnal… lo que hubiera sido.
—Te dije que iba a venir por mí, hijo de la chingada.
La llamada se corta. Me quedo de pie algunos minutos con la bocina pegada a la oreja, esperando a que amanezca. El viento mece las cortinas y me doy cuenta de que tiemblo por el frío.
No me quiero acercar mientras siga siendo de noche.
Sé que si me asomo voy a verlos recargados en la barda de enfrente, esperándome, como cada noche desde hace casi tres meses.
Por eso ya quiero que sea de día, tengo que esperar a que den las cuatro y que canten los gallos.
Siempre cantan los gallos a las cuatro de la mañana.




