Tierra Adentro
Fotografía de Sujal Rijal, 2025. Recuperada de Flickr.
Fotografía de Sujal Rijal, 2025. Recuperada de Flickr.

La gente ni siquiera sabe que existe un pueblo, pequeño e inexplicable, oculto al pie de cerros que parecen tortugas descomunales con caparazones cubiertos de selva frondosa y salvaje, en medio de un mundo húmedo, verde, gris y brumoso. El pueblo parece uno de esos lugares que sólo se visitan en sueños, que así dormidos nos parecen rincones reales e incuestionables de la realidad y que, cuando despertamos, nos dejan durante días o semanas con la sensación de que una parte intangible de nosotros ha conseguido tocar apenas algo a lo que nunca debió de haberse ni acercado siquiera. En una primera impresión, parecería un pueblo humilde, pero eso no es más que una ilusión inicial, provocada por la arquitectura minimalista y pálida, que parecería más apropiada para un pueblo de regiones cálidas y desérticas que para una selva húmeda de cielo constantemente gris: en realidad, al estudiar el lugar con más cuidado, las construcciones lucen atemporales, al mismo tiempo ruinas de tiempos remotos y edificios de un futuro tan inconcebiblemente lejano que, quizá, de tan adelantado en la rueda del tiempo lo vemos más cercano como pasado.

Los habitantes de ese pueblo misterioso son callados, tranquilos, como hechos de la misma neblina que se desplaza a lo lejos escondiendo siempre el horizonte en todas direcciones. Igual que con las edificaciones, se tiene la impresión de que los pobladores han estado ahí desde siempre, una misma generación silenciosamente eterna. Parecen modelados en barro, los rostros infantiles se ven húmedos y bien redondeados, los rostros más viejos no tienen arrugas sino cuarteaduras.

Casi nadie conoce la existencia de este pueblo, que apenas se insinúa en rumores vagos, confusos y casi temerosos, aún menos almas han ido a visitarlo, a conocerlo de primera mano. Y nadie del pueblo lo ha abandonado nunca. Existiendo certeza de estas afirmaciones, según los registros que lleva el propio pueblo de su historia, es lógico que un foráneo se pregunte cómo es que el pueblo tiene luz eléctrica, cómo es que hay objetos de plástico, cómo es que se encuentran ecos del mundo de afuera, de distintas épocas y lugares. Se conoce sólo un testimonio formal y razonablemente confiable, escrito por alguien que visitó brevemente el pueblo, y en ese testimonio se puede leer “parece que el pueblo no existe en nuestra realidad, me asustó estar ahí porque me pareció haberme salido del mundo. Creo que es una realidad aparte, esta gente no es gente como nosotros y su vida no es vida como nosotros la entendemos. Con razón a veces encuentro cosas que pareciera no deberían conocerse aquí, son objetos perdidos, que desaparecen de nuestro mundo, y caen aquí, donde las personas los asimilan con naturalidad, porque ellos lo saben todo y nosotros no sabemos nada. Eso siento cuando miro a uno de ellos a los ojos, siento que ellos saben todo de mí y de donde vengo, siento que conocen mi vida entera y el final del mundo. Eso me dio mucho miedo, y por eso quise irme de ahí rápido, para no convertirme yo mismo en un objeto perdido, quedarme varado y nunca poder regresar.”

Si iban a pagarme los gastos de un viaje a donde yo eligiera, con tal de que escribiera un reportaje, yo quería ir a un sitio que valiera la pena, ir a mirar lo que casi nadie ha visto y escribir sobre lo que casi nadie se ha atrevido a escribir. Ese pueblo rodeado de misterio, de rumores y miedo, era irresistible. Quise ir solo, y de todos modos nadie habría querido acompañarme. Me dieron dinero en efectivo y un vehículo todo terreno. Conseguí un mapa trazado improvisadamente, indicando la ruta menos peligrosa para llegar al pueblo, mapa que me dieron no a regañadientes, como los pobladores que intentan evitar el viaje del joven negociador al castillo del vampiro, sino como quien entrega a un niño algo que ha pedido con necia insistencia, aunque sea peligroso, para que se lastime y aprenda de primera mano que una cerilla puede quemar, que una planta puede lastimar o que un roedor puede morder.

Mi viaje en solitario inició sin problemas, pero después no sólo encontré un terreno cada vez más difícil, sino que me alcanzó una tormenta que no se sentía como un clima poco favorable sino como una cosa que me había visto y se había lanzado sobre mí, como si esa tormenta fuera el espíritu guardián que detectó a un intruso y lo fue siguiendo. Si ese espíritu lo hubiera decidido habría podido arrojarme contra los árboles o arrojarme por un peñasco. Hizo lo peor: me dejó continuar, me permitió llegar al pueblo.

En el tramo final del recorrido no había caminos que seguir, fui navegando lo mejor que pude, sentí por un momento el miedo que ha de tenerse cuando se sube por primera vez a un globo aerostático que no para de elevarse y a uno se le ocurre la ridícula idea de que quizá ya nunca bajará y uno abandonará la tierra para siempre. Pero finalmente vi una entrada tan rústica que, hasta la fecha, no sabría decir si estaba armada deliberadamente por hábiles manos artesanas o si era una formación natural aprovechada para marcar, como frondoso arco de verde reluciente por la lluvia, la entrada al pueblo. Había un letrero muy pequeño, de madera, el nombre del pueblo escrito con pintura blanca ya totalmente agrietada, cayéndose como pedazos de costra. Entré al pueblo.

En el pueblo no existen los autos, pero nadie se sorprende de ver uno. Lo dicho, parecen conocerlo todo, aunque sean cosas que nunca han entrado ahí. Lo primero que pensé cuando vi que nadie reparó en mi llegada fue que, o lo conocían todo, o no veían las cosas que traían los de fuera; ambas ideas me inquietaron. Desde detrás del volante, vi un sitio que a ratos me parecía primo hermano de Stonehenge y a ratos una sencilla villa griega.

Según las cosas que había leído en el único testimonio escrito que pude encontrar, había un sitio donde podría hospedarme. Prácticamente nadie de fuera iba nunca a ese pueblo, y sin embargo ellos tenían una pequeña posada. Pensé en que las cosas que están cuando no deberían estar, que no tendrían razón de estar, resultan las más perturbadoras. Pregunté a un hombre al azar, de entre los pobladores que andaban por ahí, con sus ropas grises y sencillas de aspecto tan atemporal como las construcciones del pueblo, y con indicaciones muy claras y voz amable, me explicó cómo llegar a la posada, me dijo además que ahí podría guardar mi vehículo.

La posada era una bonita casa construida con madera gruesa, sólida, de aspecto rústico. Pude guardar ahí mi auto y luego dejar mis cosas en la habitación. La dueña era aún más amable que el hombre que me dio direcciones, y no me preguntó de dónde venía ni para qué había ido. Sentí que daban por sentado que iba a llegar un visitante. Desde luego nadie me dijo nada similar, no apareció ningún anciano de aspecto místico a decirme “te estábamos esperando” y tampoco nadie adivinó mi nombre, pero no conseguía quitarme la sensación de desconocer todo de un sitio donde se sabía todo de mí.

Cuando estaba desempacando en mi habitación escuché las campanas por primera vez. Me pareció que llamaban a misa. Consulté mi reloj y luego miré por la ventana, estaba por anochecer, decidí que para ese día con mi arribo era suficiente, cenaría algo, me iría a dormir y al día siguiente, con buena luz y las energías completas, recorrería el pueblo. El primer lugar que quería visitar era la iglesia, porque de ésa no había leído nada y me pareció que debía resultar interesante asomarse al edificio más místico de un lugar tan rodeado de rumores místicos como de niebla húmeda y espesa.

Cené en la posada. Desde luego yo era el único hospedado. Me trataron bien, la comida era muy buena. Dudé sólo unos segundos antes del primer bocado. Recordé los cuentos, recordé la omnipresente advertencia siempre que alguien visita reinos ajenos al suyo: no hay que comer ni beber nada de lo que ahí se encuentre, de lo contrario no podrás irte nunca. Me olvidé de los cuentos y disfruté una cena deliciosa.

Tres veces en la noche me despertaron las campanas. A la mañana siguiente desperté definitivamente por el mismo sonido. Mientras me vestía me pregunté si en el pueblo las misas eran ininterrumpidas o si las campanas tenían otro uso. Quizá con eso alejaban influencias malignas. Quizá las tañían porque llegó un extraño al pueblo. Quizá eran una señal para que me eliminaran. Sacudí la cabeza y solté un bufido; ahogarme en angustias de mi propia invención no era forma de iniciar el día. Tomé mi cámara, bajé a desayunar y salí a la calle.

La gente caminaba tranquila, a lo lejos vi niños jugando y los perros que parecían no tener dueño estaban gordos y contentos. Se me ocurrió pensar que era un poblado idílico; tendría sentido que los que llegábamos de fuera nos sintiéramos desconcertados e intimidados. Después de todo, el hombre dejó de ser apto al paraíso desde hace mucho tiempo. A lo mejor si intentábamos caminar descalzos por ahí se nos quemarían los pies.

Antes de abandonar la posada, había preguntado a la dueña dónde estaba la iglesia. Ella sonrió y me trazó en un papel un plano muy sencillo, porque, según me dijo, si era la primera vez que iba podría confundirme.

Fui siguiendo el camino marcado, cada vez con más lentitud: efectivamente, me interné en calles irregulares, estrechas, las casas no me permitían ver otros puntos de referencia y luego el terreno tenía desniveles desconcertantes. Fui descendiendo, una curva pronunciada que, se supone, llegaría directamente a la entrada de la iglesia.

No encontré ninguna construcción blanca, ni con adornos de papel; pensé que eran sólo ruinas, porque lo único que se elevaba desde el suelo era un solitario campanario de piedra, de aspecto muy antiguo, con una campana oxidada, descomunal; un faro no de luz, sino de sonido. Luego vi al pie del campanario: la entrada. Me di cuenta de que la iglesia estaba debajo de la tierra. ¿Acaso un templo erigido en una cueva, donde hubo alguna aparición? De cualquier modo, sentí un escalofrío porque me pareció que un lugar santo no debería estar nunca bajo tierra.

Me acerqué con pasos reticentes, intentando ver lo más adelante que podía antes de avanzar más. La puerta era amplia, de madera corroída. No había nadie ahí afuera, así que entré.

Parecía increíble que eso estuviera bajo tierra. Si bien el techo quedaba muy abajo, se conseguía un ambiente sobrecogedor, como debe ser todo hogar de lo divino. Aparecí primero en una especie de vestíbulo muy amplio, con distintas puertas distribuidas en derredor, en círculo. Caminé con sigilo, para no perturbar el silencio sacro. Pronto pude escuchar que, tras una de esas puertas, había una misa en proceso. Decidí no entrar para no interrumpir; haría tiempo investigando las otras puertas, seguramente capillas para personajes específicos.

La primera capilla, pequeña, redonda igual que el vestíbulo, con muros blanquísimos, no tenía ninguna efigie, ni bancas, ni nada de nada, sólo una sucesión de murales pequeños que contaban una historia. Apreté inconscientemente la cámara entre mis manos, pero primero me puse a ver las pinturas. Muy pronto me empezaron a incomodar. En mi vida he visto mucho arte sacro, he visto desde las imágenes más realistas, sombríamente solemnes o festivamente coloridas, hasta pinturas de hechura con franqueza mediocre, pero seguramente hechas con mucha devoción. Las pinturas en esa pequeña capilla eran un híbrido inquietante: evidentemente el autor no tenía la más mínima noción de anatomía, los cuerpos estaban deformes y todo mal acomodado; sin embargo, su técnica, la forma de pintar los volúmenes, las sombras y las texturas, conferían un realismo terrible a esas figuras. Sentí que estaba mirando fotografías de seres deformes viviendo su vida. Procuré abstraerme de esto y mejor intentar descifrar la historia. Era la siguiente.

Primer mural: un grupo de hombres y mujeres estaban tendidos en la tierra, atrás se veían casas que me pareció debían representar al mismo pueblo. Ellos se cubrían la cara, alzaban las manos al cielo o se consolaban entre sí. Estaban sufriendo, evidentemente, pero ninguno de ellos parecía herido, no había indicios de miseria directa a su alrededor. Segundo mural: un grupo de pueblerinos, imposible determinar si el mismo de antes, iba por un camino que, de pronto, reconocí como el que conducía a esa iglesia; de modo que sí, en ese sitio había ocurrido algo, por eso la peculiar ubicación. Tercer mural: el interior de una cueva, seguramente el mismo lugar donde estaba yo parado en esos momentos, pero mucho tiempo atrás. El grupo de pueblerinos rodeaban una roca; yo estaba preparado para ver levitando una virgen radiante, mal pintada; en vez de eso vi, sobre la piedra que parecía un mendrugo, un bebé ensangrentado con la boca muy abierta. Gritaba, supuse que así fue como los pueblerinos lo encontraron en primer lugar. Cuarto mural: una multitud rodeaba una cuna; ellos con gesto beato en rostros deformados por una mano incompetente para el dibujo, la cuna con el bebé ensangrentado, gritando todavía. Sonaron las campanas, la iglesia entera vibró y me sobresalté.

Escuché pisadas y salí de la capilla. Ni siquiera tomé ninguna foto, las imágenes me habían dejado perturbado. En el vestíbulo vi que la gente estaba saliendo de misa, pero en vez de salir, se dirigían a otra de las puertas. Iban entrando ordenadamente, sin ninguna prisa, en silencio, cabizbajos, como en la misma actitud de beata meditación que se espera inmediatamente después de la Comunión. Tras ellos apareció el sacerdote. Un hombre de rasgos bien conservados para su edad evidentemente avanzada; me dio la impresión de que su sotana era blanca porque estaba cubierta de polvo cavernoso. Me vio, me sonrió y se acercó a donde estaba. Inclinó brevemente la cabeza y me saludó con una sonrisa que sentí genuinamente cálida. ¿Era la primera vez que visitaba yo esa iglesia? Sí. Asumió que estaba yo esperando para entrar y purificarme yo también, me pidió que lo siguiera, que no había ningún problema. Fui tras él, entramos por la puerta en la que se habían congregado los feligreses. Descendimos algunos escalones, todavía más abajo en la tierra. Llegamos a otra capilla, más amplia y con el techo todavía más bajo, tan bajo que era imposible saltar ahí, tan bajo que casi cubría la cuna que había en mitad del recinto, sobre una gruesa piedra negra. Alrededor había gente con la cabeza inclinada, las manos juntas y los ojos cerrados. El aire estaba infestado de rezos murmurados. Y entonces estalló el llanto. Alaridos atronadores, con un eco asfixiante. Me asusté y busqué la mirada del sacerdote y lo encontré a él también sumido en la oración. Yo era el único en toda esa iglesia con los ojos abiertos en ese momento. Todos permanecían inmutables en sus susurros a pesar de los gritos, en el borde entre lo humano y lo desgarradoramente animal, deformados por el eco opresivo de ese lugar.

En medio de mi desconcierto, como una súbita epifanía, supe que en la cuna había un bebé, que no había una efigie tallada en madera para recordar cualquier cosa que se hubiera encontrado ahí años atrás, sino que había un bebé real, y estaba llorando y estaba sufriendo como ningún ser humano ha sufrido nunca. Me acerqué unos pasos, alzándome en las puntas de los pies, así en medio de todos, nadie podía verme, porque todos estaban concentrados en su devoción.

Espié por el borde de la cuna, una cuna de madera pintada de blanco, cuarteada. Dentro, entre cobijas blancas, había un bebé, completamente empapado de sangre. Su rostro era un nudo de arrugas con un inmenso hoyo en el centro: su boca desdentada gritando de forma sobrehumana, sus ojos dos rayas perdidas entre los múltiples pliegues que el dolor le estrujaba en la cara. Me pareció que la sangre no manaba de herida alguna ni que se la hubieran echado encima, parecía más bien que brotaba de debajo de su piel, como si escapara de sus poros, un fluir continuo y escabroso. Sin dejar de gritar, volvió la cabeza en mi dirección, las arrugas del rostro se le agitaron como gusanos ansiosos sobre un animal podrido. Sentí que iba a abrir los ojos y me dio un pavor inmenso e inexplicable encontrarme con su mirada.

Volví a poner los pies sobre el piso antes de descubrir qué ojos tendría una criatura así. Salí a trompicones de la capilla, aterrado, confundido y con náuseas. Me detuve a mitad del vestíbulo, por culpa de un mareo que casi me derriba. El sacerdote me había alcanzado, me ayudó a mantenerme en pie y me condujo fuera de la iglesia.

Afuera, atajados de una repentina llovizna, en la entrada bajo el campanario, el sacerdote me mostró una maltratada banca de madera y me pidió que me sentara con él. El sacerdote esperó pacientemente a que se me fuera el mareo, a que se disiparan mis náuseas y a que mi respiración se calmara otra vez. Cuando me notó más tranquilizado, el sacerdote se acomodó en la banca, con la mirada perdida en la lluvia que arreciaba al otro lado de la puerta de madera, y me explicó todo.

—Hace mucho, mucho tiempo —dijo, con un tono de voz bien modulado, seguramente el mismo que empleaba para impartir sus misas—, a este pueblo llegó gente que hablaba del horror y el dolor en el mundo. Nuestro pueblo siempre ha sido un lugar pacífico, y quizá ninguna otra población pueda decir que son más felices de lo que hemos sido nosotros. Sentimos culpa, nos pareció injusto encontrarnos aquí, tan felices, en un rincón escondido en un mundo miserable. Oramos pidiendo perdón por nuestra dicha y pidiendo por todo lo que hay más allá de este humilde pueblo. Después de mucho tiempo, nuestros ruegos fueron atendidos. Escuchamos un lamento que nos guio hasta una gruta en la tierra, y ahí encontramos al Bebé. El mismo que viste hace un momento, el que ha estado aquí durante ya tanto, tanto tiempo. Entiendo que eso debió perturbarte, pensé que alguien te lo habría explicado antes. No es un bebé ordinario, nunca crecerá, se quedará así para siempre. La gente del pueblo tiene como deber orar en este sitio, nos hemos organizado para venir en grupos, de forma ininterrumpida, y al mismo tiempo seguir con nuestra rutina diaria. Funciona así: es sencillo, venimos aquí y, después de una misa, entramos con el Bebé y oramos, pensamos en todos los males, en todos los dolores del mundo, y pedimos que recaigan sobre el Bebé y no sobre el mundo. Por eso sufre, por eso llora y por eso sangra, y será así por siempre. Ha funcionado, ha absorbido mucho dolor que estaba destinado al mundo… ¿Pero sabes una cosa? Nadie lo menciona en voz alta, pero sé que todos se dan cuenta… no es suficiente, aún con todo el dolor y sufrimiento que canalizamos hacia el Bebé nunca es suficiente, las cosas van cada vez peor, el Bebé ya no sólo sangra, para el final del día se le ha caído la carne a pedazos y los huesos se le pudren, tenemos que esperar un poco hasta que se haya repuesto y entonces continuamos. Y aun así no es suficiente… sigue siendo sólo un Bebé, por mucho sufrimiento y tragedia que absorba, hay demasiado que queda suelta y libre de dañar al mundo. Viéndolo en una escala general hacemos muy poco, no conseguimos casi nada… pero al menos hacemos nuestra parte.

Esa fue la explicación del sacerdote. Sus ojos aún perdidos en la lluvia y su tono se había ido tiñendo de una tristeza muy profunda. De pronto me miró a la cara, muy serio, y me preguntó si había visto al Bebé. Le dije que sí, que me asomé a la cuna, él me preguntó, claramente alarmado, si lo había visto a los ojos. Le dije que no, que estuve a punto, pero no. Suspiró aliviado, no por él sino por mí, me dijo; nadie debía verlo a los ojos, eso era peligroso, porque entonces podían saltar a mi interior muchos de los males que se retorcían dentro del Bebé. Me había yo salvado, sin saberlo, de algo terrible.

Abandoné el pueblo esa misma tarde. No había tomado una sola foto, no escribí una sola línea en la posada. Me fui, con un temor absurdo de encontrar la salida bloqueada, el camino cerrado intencionalmente. Pero nadie me miró siquiera cuando abandoné el lugar.

Entiendo por qué hay tantos rumores susurrados alrededor de ese pueblo, por qué el miedo, por qué uno se siente asustado apenas pone un pie en sus calles polvosas. En ese pueblo se guarda algo inconcebible. Nadie debería entrar ahí, nadie debería perturbarlo, nadie debería preguntar nada. Yo mismo no debí haber escuchado ni visto nada.

No puedo evitar preguntarme qué tan notorio sería el cambio en las tragedias del mundo si el Bebé finalmente muriera. Por las noches, antes de quedarme dormido, me pregunto si en esos momentos habrá una misa y el Bebé está momentáneamente solo o si está rodeado de gente. Pienso que a esas horas de la noche debe estar no sólo ensangrentado sino destrozado, como destazado por perros infernales.

Cuando duermo, tengo siempre pesadillas en que vuelvo a asomarme a la cuna, el Bebé voltea y abre los ojos, y puedo ver entonces, directamente, todo el horror discretamente encerrado bajo tierra, en la iglesia del Santísimo Dolor.


Autores
(Tlaxcala, 1990). Ha tomado distintos cursos y talleres sobre cine y literatura. Durante algunos años escribió colaboraciones para periódicos locales y portales en línea, donde también se publicaron ilustraciones suyas. En 2010 ganó el premio estatal de cuento Beatriz Espejo. Su novela El pueblo en el bosque (ITC, 2010) fue seleccionada para su publicación en los festejos del Centenario/Bicentenario. Ha publicado en edición independiente dos novelas cortas, dos libros de cuentos, un compendio de ficción breve e ilustraciones, y un libro de ensayos. En 2025 ganó el premio estatal de ensayo Emmanuel Carballo. Al momento aparece recopilado en tres antologías, además de haber coordinado otra. Ha sido becario del FOECAT en tres ocasiones distintas: dos en jóvenes creadores y una en creadores con trayectoria. También se dedica al dibujo, ha tenido un par de exposiciones individuales y fue seleccionado para la exposición colectiva con motivo de los 500 años de Tlaxcala. En distintas ocasiones ha sido invitado a dar pláticas y talleres en escuelas a alumnos y docentes, y ha participado en eventos culturales tanto institucionales como independientes.
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