No me juzgues tan pronto
No me juzgues tan pronto,
cuando me veas orinando los bustos de piedra
y te parezca fácil.
Acaso antes de llevarte la mano a la nariz
y despreciar la miseria que me cubre,
sentenciosamente señalarás
mi pobre educación y falta de valores,
después, te seguirás derecho sin volver la mirada
con la fortuna de haber nacido
atravesado por otra historia,
bajo otro techo,
con otro nombre de venas cerradas.
Te he escuchado decir,
desde tu figura de mártir ejemplar,
que funcionaría mejor el mundo sin mi sombra,
sin los jirones de mi cuerpo
desperdigados en las aceras;
si, en cambio,
escondiera de una vez la mano que mantengo extendida
y como tú y otros tantos
encontrara ocupación que me sacara adelante.
Pero, compañero,
¿qué es salir adelante?
¿Quién te ha dicho que los hombres como yo no luchan ni lloran?
¿Qué te hace creer que tu medida del éxito
también me sirve para medirme el frío?
Tal vez no lo sepas,
pero no es fácil buscar calor en la fragancia de la mierda.
Temo también al hambre como a la noche,
a las sequías que traen consigo ese delirio
que me atormenta y me confunde.
Mientras tu línea siga trazada,
mientras no tenga pan ni luz para enfrentar mis terrores
y la esperanza no sea sino una carga que agobia el camino
de aquel que no tiene más lugar
que los huesos dentro de su piel
y la lengua dentro de su boca,
no me digas
qué es lo que debería hacer
con las monedas que me han dado.
Sé que no es heroico ni valiente
aspirar el olvido
para esquivar el llanto de la miseria;
pero es lo único que tengo,
no preciso una historia de gloria,
quizás, entrar inconsciente en la muerte
y acaso en eso seamos parecidos.
Pero a diferencia de ti,
y no sé si eso me haga más transparente,
no te pediría
que escupieras fuego en la avenida
para qué supieras que la vida
que a unos les quema
a otros nos arde.




