{"id":59280,"date":"2026-09-01T07:00:41","date_gmt":"2026-09-01T13:00:41","guid":{"rendered":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=58818"},"modified":"2026-10-27T11:37:14","modified_gmt":"2026-10-27T17:37:14","slug":"donde-nace-el-fuego","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=59280","title":{"rendered":"\u00bfD\u00d3NDE NACE EL FUEGO?"},"content":{"rendered":"<p>Los n\u00fameros, dicen, no saben mentir: una de cada diez casas tiene un mo\u00f1o negro sobre la puerta, una de cada veinte almacena p\u00f3lvora en las cisternas, una de cada dos est\u00e1 habitada por gente que se dedica a la pirotecnia o que tiene alg\u00fan pariente que lo hace o lo hizo. Antonio (quien lleva, sin que lo sepa o le importe, el nombre de su barrio, San Antonio Xahuento) escupe las cifras con la calma de quien indica d\u00f3nde queda una calle; si no son exactas, por lo menos son cercanas.<\/p>\n<p>Estamos sobre una bomba de tiempo, aunque a nadie parezca importarle demasiado. Aqu\u00ed se aprende a amaestrar el fuego, pero es imposible que este animal invertebrado no muerda, de vez en cuando, la mano de quienes lo alimentan. Es el municipio de Tultepec y hoy se celebran aqu\u00ed, en el barrio de Santa Isabel, las festividades en honor a \u00e9sta y al Se\u00f1or de los Milagros. Es curioso, mientras m\u00e1s cerveza te metas, mientras m\u00e1s vasos de cart\u00f3n de un litro queden junto a tus zapatos, m\u00e1s lejano se va sintiendo el peligro. Qui\u00e9n sabe, pienso que si algo pasa no sufrir\u00edamos: nuestra sangre se prender\u00eda en cosa de segundos, una de las ventajas de seguir pidiendo cervezas a la se\u00f1ora que abri\u00f3 su zagu\u00e1n para instalar una mesita de micheladas. Hoy, esta es mi se\u00f1ora de los milagros: la tiene casi a precio de cami\u00f3n.<\/p>\n<p>Poco queda en Tultepec que haga honor a su nombre: los \u00e1rboles de tule han sido sustituidos por \u00e1rboles de p\u00f3lvora que florecen, dan fruto y se marchitan en menos de un minuto en la inmensa parcela del cielo oscuro en las noches de fiesta. Ahora al pueblo se le conoce m\u00e1s por su labor de pirotecnia que por sus sembrad\u00edos y se le escuchan m\u00e1s sus tragedias que sus aciertos. Muchos de los personajes emblem\u00e1ticos del lugar son artesanos que innovaron en la industria de los cuetes; no hay ni para qu\u00e9 decirlo, pero algunos murieron mientras creaban o innovaban en su campo: bombas de dos tiempos, de tres, la rueda con dos figuras. Nadie los llama h\u00e9roes, ninguna escuela o callej\u00f3n lleva su nombre.<\/p>\n<p>Antonio y yo nos conocimos a las afueras de lo que fue (y pronto volver\u00e1 a ser) el mercado de San Pablito; me conoce por ser el que pide bolsas de ciento veinticinco ca\u00f1ones cada ocho d\u00edas. La primera vez que nos vimos fue d\u00edas despu\u00e9s de la explosi\u00f3n de diciembre del 2016, cuando empec\u00e9 a rondar con mi bicicleta los escombros del mercado, donde el aroma a azufre surcaba, cuando menos, la imaginaci\u00f3n. La explicaci\u00f3n para comprar tantos cohetes es sencilla y me la invent\u00e9 por si preguntaba: son para mi t\u00eda, quien los vende en una tienda de Cuautitl\u00e1n Izcalli. No existe tal tienda, no existe tal t\u00eda, aunque tal vez a \u00e9l no le importa que las bolsas de cohetes est\u00e9n arrumbadas en mi casa, en un lugar al extremo opuesto de la estufa y del boiler: le basta recibir su dinero y sacar la mercanc\u00eda. \u201cSi abren o no abren el mercado de nuevo, es cosa de ellos: uno tiene que trabajar\u201d; sencillo y lapidario, su di\u00e1logo cerr\u00f3 una conversaci\u00f3n que qui\u00e9n sabe en qu\u00e9 momento hab\u00eda comenzado. A lo mejor si se enterara de que le empec\u00e9 a hacer pl\u00e1tica para sacar informaci\u00f3n para una cr\u00f3nica que nunca termin\u00e9, me dejar\u00eda de hablar, como esas pel\u00edculas gringas donde el gal\u00e1n de la preparatoria enamora a la fea y termina sintiendo algo de verdad por ella. Me cae bien Antonio, eso s\u00ed, por lo que a veces ya ni le compro, s\u00f3lo paso a verlo cuando salgo a andar en bicicleta.<\/p>\n<p>El mercado, o lo que fue y ser\u00e1 en un par de meses el mercado (no hay presente, nada que est\u00e9 hecho de p\u00f3lvora conoce ese tiempo: o ya tron\u00f3 o est\u00e1 a punto de hacerlo) est\u00e1 rodeado por hombres j\u00f3venes y viejos trepados en motonetas Italika, a quienes te acercas, pides la mercanc\u00eda y ellos arrancan para, en cosa de minutos, volver con tu encargo. Se parece al narcomenudeo, aunque esta actividad cobra un poco menos de vidas. Antonio aguarda todos los d\u00edas a bordo de su camioneta, una Van familiar verde oliva, sin placas, a los posibles clientes: a la fecha, sigo sin entender por qu\u00e9 es el \u00fanico que no anda en motoneta. En la parte trasera del veh\u00edculo lleva un par de bolsas con lo m\u00e1s representativo del cat\u00e1logo: ratoncitos, ca\u00f1ones y palomas que parecen creadas por Picasso; p\u00e1jaros triangulares de un solo vuelo. \u201cBrujitas y buscapi\u00e9s para los m\u00e1s putos\u201d, dice a veces Antonio. Se acomoda los pantalones cada que desciende, luego de bajar el volumen de la radio, siempre sintonizada en La Jefa, la estaci\u00f3n de Zumpango donde s\u00f3lo tocan m\u00fasica banda, y da los precios como quien lee el men\u00fa para un cliente. Una sola vez, la primera, me hizo acompa\u00f1arlo hasta su casa porque no ten\u00eda ah\u00ed lo que le ped\u00ed: lo que iba a convertirse en mi tradicional bolsa de ciento veinticinco ca\u00f1ones. \u00c9l avanz\u00f3 en su camioneta y yo lo segu\u00ed a bordo de mi bici hasta su hogar, una casa a orillas de las v\u00edas del tren. Me qued\u00e9 afuera, mientras \u00e9l, con la puerta entreabierta, ped\u00eda a grito pel\u00f3n a qui\u00e9n sabe qu\u00e9 miembro de su familia una bolsa de ciento veinticinco. Tambi\u00e9n ah\u00ed se sintonizaba m\u00fasica banda, aunque de otra estaci\u00f3n. En el patio jugaban un par de ni\u00f1os, formando montoncitos de tierra y dej\u00e1ndola escurrir seca, a punto de desierto, entre los dedos, como prepar\u00e1ndose para cuando fuera su turno de trabajar la p\u00f3lvora sobre un colch\u00f3n, como lo hacen los que saben para evitar hasta donde se pueda la fricci\u00f3n. Antonio prefiere que pagues con cambio; si cometes el error de no pagar los ochenta pesos exactos puedes correr el riesgo de quedarte sin tus veinte de cambio. Supongo que es justo, una especie de seguro de vida.<\/p>\n<p>Son las ocho y todav\u00eda no anochece. Le pregunto a Antonio si \u00e9l sabe cu\u00e1l es el horario normal y cu\u00e1l es el de verano, pero tampoco sabe. Son datos in\u00fatiles, ni para qu\u00e9 acordarse de eso ahorita. Tantito la amnesia, tantito la inutilidad y tantito el alcohol, no podemos rememorar si este es el cielo que conocimos cuando ni\u00f1os o no, bueno, cuando yo era ni\u00f1o: \u00e9l es cinco a\u00f1os menor. Estamos refugi\u00e1ndonos debajo de la lona de una dulcer\u00eda a la que, de pronto pienso, yo hubiera bautizado como <em>El diablo dulcero<\/em>, no creo que nadie se hubiera espantado; qu\u00e9 los va a andar asustando aqu\u00ed el fuego. Es el tercer vaso que pedimos y cada vez resulta m\u00e1s f\u00e1cil olvidarse que podemos volar de un momento a otro; mejor dicho, a m\u00ed me resulta m\u00e1s f\u00e1cil, porque no creo que \u00e9l piense en eso. Junto a nosotros, la banda que caminar\u00e1 hasta la iglesia ensaya una canci\u00f3n que no suena a nada y le bajan a golpecitos el nivel a una botella de tequila que luego, ya vac\u00eda, uno de ellos deja a un lado de la banqueta con toda la discreci\u00f3n que puede tener un trompetista borracho.<\/p>\n<p>Si un perro ladra en la madrugada, ladran todos; una cofrad\u00eda de lobos venidos a menos. Igual con los cohetes en el mercado o las bodegas, si uno solo truena, los dem\u00e1s lo siguen. Dicen que los perros ladran porque va pasando el diablo o la llorona, a lo mejor los cohetes ladran porque saben que por ah\u00ed va pasando la muerte. Son diminutas avispas de fuego, pican una sola vez y luego se mueren. Debe ser eso, que la muerte pasa y los cohetes le ladran, o a lo mejor las explosiones son por el coraje de San Pablo porque no le gusta que lo llamen en diminutivo, y San Pablito, el nombre del mercado de cohetes, le parece ofensivo. Nadie sabe eso, o a nadie le importa, pero bien puede ser que por eso el mercado explot\u00f3 hace ya casi dos a\u00f1os. No, m\u00e1s bien son las cervezas: traen una idea est\u00fapida al fondo de cada vaso, una reflexi\u00f3n in\u00fatil o el recuerdo de un amor ya pasado. Como galletas de la suerte.<\/p>\n<p>\u201cNo, f\u00edjate que de la de antier yo s\u00ed no sent\u00ed nada, eso est\u00e1 hasta all\u00e1 del otro lado, all\u00e1 en San Pablito s\u00f3lo se sinti\u00f3 el madrazo\u201d. La explosi\u00f3n de antier ocurri\u00f3 en La Saucera, a unos dos o tres kil\u00f3metros de aqu\u00ed, en la zona donde hay talleres. Antonio no sabe el n\u00famero exacto de muertos que dej\u00f3 esta \u00faltima explosi\u00f3n o simplemente no quiere decirlo o calcularlo; sea lo que haya sido, ya no est\u00e1n y nada se puede hacer por ellos. Cosa de locos: antier explot\u00f3 un taller y se llev\u00f3 a otros dos de corbata, hoy est\u00e1n celebrando con pirotecnia. Hay que estar muy bragado o muy orate, o a lo mejor son la misma cosa, s\u00f3lo que con otro nombre.<\/p>\n<p>\u201cTe toca y te toca, aunque te quites; no te toca y no te toca, aunque te pongas\u201d, me dijo la segunda o tercera vez que le compr\u00e9, al tiempo que le daba pataditas a la llanta delantera de mi bici y miraba con detenimiento c\u00f3mo se ca\u00edan las costras de lodo seco; est\u00e1bamos esperando a que trajeran mi bolsa de ca\u00f1ones, que lleg\u00f3 en manos de un chamaquillo de diez o doce a\u00f1os. Un auto se detuvo junto a nosotros y Antonio baj\u00f3 el volumen de la radio, les pregunt\u00f3 qu\u00e9 buscaban y el auto arranc\u00f3; s\u00f3lo estaban viendo el mercado, que incluso ahora sigue en reparaciones y bardeado por inmensas placas de pl\u00e1stico negro como el de las bolsas de basura. Qui\u00e9n sabe qu\u00e9 tanto mov\u00eda la retroexcavadora all\u00e1 dentro, pero sea lo que sea no va a volver. Hay rumores de que est\u00e1n retrasando la inauguraci\u00f3n y as\u00ed sea asunto del nuevo presidente municipal. Para decirlo de alg\u00fan modo: que a \u00e9l le truene el asunto en las manos.<\/p>\n<p>Cae una gotita y luego cae otra, como a un metro de la primera. Un rayo no cae dos veces en el mismo lugar, las gotas lo saben y les da envidia, tanta como para imitarlos. Pero a veces a esas dos siguen otras dos, y despu\u00e9s el aguacero se hace imparable. A Tultepec le llueve sobre mojado y si no est\u00e1 caliente est\u00e1 fr\u00edo, nada sabe de tibiezas, nada sabe de silencios. A lo mejor es Dios que les manda tanta agua para mojar toda la p\u00f3lvora y que no vuelvan a tronar, pero los artesanos de Tultepec no entienden o es s\u00f3lo que les mandan el milagro equivocado. Es lo mismo: la lluvia aqu\u00ed tambi\u00e9n tira bardas, tambi\u00e9n voltea carros, tambi\u00e9n cuesta dinero en reparaciones: una explosi\u00f3n de agua gris que empieza por una chispita de cristal. Aqu\u00ed parece que todo est\u00e1 hecho para que se lo lleve la chingada en cosa de minutos. Ahorita no lo sabemos y ni nos importar\u00eda, pero pasado ma\u00f1ana un aguacero va a inundar una parte de estas colonias. Otra vez: a lo mejor Dios quiere refrescarle la piel quemada a San Antonio, pero una mala administraci\u00f3n puede transformar hasta el milagro m\u00e1s hermoso en una tragedia. La lluvia, por ejemplo, es cosa bonita, pero no cuando las calles son de tierra y el drenaje est\u00e1 m\u00e1s tapado que quien se come un kilo de tunas.<\/p>\n<p>El agua deja de caer, nos perdona la fiesta y deja que veamos avanzar por la calle a los toritos, que ya vienen sobre sus carritos de metal. Son la versi\u00f3n ruda de los alebrijes, cada artesano le pone de su imaginaci\u00f3n y le mete los detalles que se le antoja o para los que le da el bolsillo. Uno tiene la forma de Anubis y el abdomen m\u00e1s marcado de la fiesta, otro parece la vaca de Alpura y hay otro al que le pusieron metralletas de cart\u00f3n en los hombros; lo firman los Lunatiko\u00b4s porque, eso s\u00ed, cada toro trae el nombre de una ganader\u00eda o de un artesano. Un torito chiquitito, tama\u00f1o perro callejero, viene hasta delante de la comitiva, empujado por dos ni\u00f1os. Ganader\u00eda San Rafael. Se\u00f1or, bendice a nuestros hermanos ca\u00eddos. \u201cFuerza, Tultepec\u201d, dice una cartulina fosforescente que lleva entre los cuernos. Me acuerdo, mientras termino de orde\u00f1ar mi cuarto vaso, que un amigo me dec\u00eda que antes usaban toros de verdad, les pon\u00edan cohetes en los cuernos y los soltaban en las calles. Me dan ganas de preguntarle a Antonio, pero ya tanta duda se me hace ociosa y las palabras se me deshacen antes de salir, como papel mojado en cerveza. Adem\u00e1s, la gente de aqu\u00ed a veces no sabe la historia de los cuetes ni de los artesanos que los inventaron: el folclor es para los de afuera, para los que no dormimos sobre un polvor\u00edn clandestino, para los que no tenemos un t\u00edo o un primo al que le faltan dos dedos de la mano izquierda, para quienes recogemos trozos de peri\u00f3dico luego de la tronadera de cuetes en a\u00f1o nuevo, no a un pariente o amigo.<\/p>\n<p>Cuando pasa el \u00faltimo toro, uno caf\u00e9 al que le hicieron tatuajes de papel mach\u00e9, caminamos hacia la iglesia, donde aparte de los toros nos espera el castillo. Me gustan estos d\u00edas, es cuando no est\u00e1 prohibido beber en la calle. El cielo sigue nublado, pero qui\u00e9n sabe si sea por el humo que suelta el torito que ya prendieron (uno que en realidad era vaquita: ya aqu\u00ed tambi\u00e9n hay equidad de g\u00e9nero) o las nubes que siguen all\u00e1 arriba aguant\u00e1ndose el agua. Mejor ellas que los pinches borrachos: dos de los se\u00f1ores de la banda est\u00e1n orinando en un terreno bald\u00edo, donde la \u00fanica barda anuncia promesas que el presidente municipal hizo cuando todav\u00eda era candidato. Gris por lo que sea, el cielo sigue pensando si orinarse en la banqueta o comportarse. Cae un rayo que suena como un cierre gigante baj\u00e1ndose y creo que ahora s\u00ed nos llover\u00e1, pero todo queda en amenaza; las nubes cruzan las piernas y se aguantan hasta llegar a las monta\u00f1as.<\/p>\n<p>\u201cBend\u00edcenos, Se\u00f1or\u201d, dice el arco floral que han colocado en la entrada de la iglesia por la celebraci\u00f3n del Se\u00f1or de los Milagros, y los colores se parecen a los de uno de los toritos que reposan en el atrio y que s\u00f3lo est\u00e1 esperando la lumbre para irse de este mundo. A unos metros est\u00e1 el castillo, no muy grande, tambi\u00e9n espera su empujoncito al m\u00e1s all\u00e1. La misa fue a las cuatro de la tarde, y dice Antonio, porque yo no llegu\u00e9, que tambi\u00e9n pidieron por el descanso de los bomberos y param\u00e9dicos que murieron tratando de ayudar despu\u00e9s de la primera explosi\u00f3n de antier. Yo no llegu\u00e9 a misa porque fui a La Saucera a ver si lograba observar algo, pero la zona segu\u00eda medio aislada y no hab\u00eda mucho a qu\u00e9 clavarle el ojo: una barda ten\u00eda pintada una calavera y, debajo, la palabra \u201cPeligro\u201d con letras rojas: era de las pocas, si no es que la \u00fanica, que hab\u00eda quedado en pie. Casi un chiste negro. A menos de dos metros, tres carros estaban en los puros huesos y la tierra chamuscada; como si hubieran sembrado fuego. Los bomberos segu\u00edan removiendo escombros. El saldo de muertos, hasta el momento, iba en veinte, pero Antonio me ha contado que siempre reportan menos, para que las cifras sean menos alarmantes y repercuta lo menos posible en su trabajo y la percepci\u00f3n de la gente. \u201cSi no, hasta San Pablito nos andan cerrando\u201d, luego vac\u00eda su cerveza y deja el vaso junto a la cortina de una papeler\u00eda que ya cerr\u00f3. Por fin, luego de esta peregrinaci\u00f3n donde adoramos a un becerro de papel mach\u00e9 con metralletas en el lomo (Mois\u00e9s se debe de estar revolcando en su tumba) entramos al atrio.<\/p>\n<p>Van quemando los toritos uno a uno, primero los m\u00e1s peque\u00f1itos y van dejando al final al Anubis y al que es propiedad de Lunatiko\u00b4s. Antonio y yo miramos desde la orilla, a uno o dos pasos de un puesto donde resurtimos cerveza y chicharrones. Tengo ganas de orinar, pero no me siento tan bravo como para hacerlo en la iglesia, as\u00ed que saco mi moneda de a cinco y voy a los ba\u00f1os de enfrente, en una casa donde tambi\u00e9n venden botana y alcohol; hay, cuando menos, diez delante de m\u00ed en la fila, que es del mismito tama\u00f1o que la de las cervezas. La cerveza nom\u00e1s se renta, de aqu\u00ed te la llevas y la vienes a dejar despu\u00e9s de un rato. Cuando regreso, Antonio tiene ya los otros dos vasos listos y Anubis y el de los Lunatiko\u00b4s ya pasaron a mejor vida.<\/p>\n<p>Antes de darle lumbre al castillo, alguien viene jalando con una cuerda atorada a la argolla de la nariz, como si fuera un animal de verdad, al \u00faltimo torito de la noche, uno de los m\u00e1s peque\u00f1itos. Lo ayudan a desmontarlo, se lo pone en la espalda y espera encorvado a que alguien le d\u00e9 lumbre. Quien se acerca, luego de prender la mecha, le deja un patad\u00f3n en las nalgas al valiente y luego se echa hacia atr\u00e1s. Pasan dos segundos, tres, que se sienten como minutos, y el toro empieza a escupir fuego por todos lados. El que carga al torito corre de aqu\u00ed para all\u00e1, encorvado; P\u00edpila que quiere llegar hasta el mero coraz\u00f3n de la noche que ya nos rodea y prenderle fuego. Antonio me grita, antes de correr hacia donde ya est\u00e1n todos, que le entre a la corretiza del toro, pero prefiero quedarme aqu\u00ed, a una distancia \u201csegura\u201d a ver c\u00f3mo todos los que rodean al toro le juegan al mozo de estoque y tientan al fuego. No s\u00e9 si sea el ambiente, las cervezas o el darme cuenta de que siempre en realidad estamos separados de la muerte por un pelito, pero de pronto se me olvida lo que pas\u00f3 antier. Se me olvidan las im\u00e1genes en <em>La Prensa<\/em> de cuerpos volteados, flojos como mecha mojada. Se me olvidan los mo\u00f1os negros arriba de las puertas, quietos como mariposas agoreras de la muerte. Se me olvidan los rosarios de mi vecino, el bombero m\u00e1s joven de los que murieron y que no se imagin\u00f3, en la ma\u00f1ana que lo vi pasar rumbo a la estaci\u00f3n, que no iba a regresar. Se me olvida qu\u00e9 hago ah\u00ed pero, sobre todo, se me olvida\u2026no s\u00e9 qu\u00e9 se me olvida, pero mi cuerpo ya dej\u00f3 ir algo.<\/p>\n<p>Pasan los minutos, se disipa el humo, pero no aparece Antonio por ninguna parte. Siento que debo irme porque, adem\u00e1s, es tarde y me tom\u00e9 tambi\u00e9n su vaso. Zigzagueo hasta la avenida a tomar la combi y me entra m\u00e1s estr\u00e9s de no ver pasar ninguna: aqu\u00ed en el Estado la muerte se disfraza de todo, hay que estar siempre a las vivas y da m\u00e1s miedo subirse a una combi vac\u00eda que ponerse encima un toro de p\u00f3lvora. Por fin pasa una (con letreros) y me subo: vac\u00eda. \u201c\u00bfEstuvo buena la fiesta?\u201d, el chofer me mira por el retrovisor, le contesto que s\u00ed y luego me pregunta si fue la de Santa Isabel. \u201cEsa no es nada\u201d, agrega mientras se frena a ver si una pareja que est\u00e1 en la parada se sube, pero arranca al no ver respuesta, \u201cla mera celebraci\u00f3n es la de septiembre\u201d. La combi huele a gasolina: atr\u00e1s del asiento hay unas garrafas llenas. A lo mejor uno siempre est\u00e1 sentado sobre una bomba de tiempo, se dedique a lo que se dedique, y lo mejor es no pensar en ello. No pensar en nada. Dicen que la vida empez\u00f3 con una explosi\u00f3n, a lo mejor irse con una es lo m\u00e1s parecido a conectarse con el universo.<\/p>\n<p>El chofer, despu\u00e9s de un rato, dice algo m\u00e1s, pero no le entiendo: sus palabras son una tronadera de s\u00edlabas revueltas con el humo que le sale de entre los dientes. Debe tener sangre de lugare\u00f1o como para no importarle el olor a combustible y prenderse un cigarro; por lo menos lo lleva en la mano que cuelga de la ventanilla. En el retrovisor, se alcanza a ver el resplandor de la fiesta de all\u00e1 atr\u00e1s dorando la orilla de la noche.<\/p>\n<p>Primero una gotita, luego dos y as\u00ed hasta que la matem\u00e1tica ya no sirve, empieza a llover; sobre el toldo, cada semilla de lluvia suena como una explosi\u00f3n. El sonido me arrulla, pero dormir en una combi sola aqu\u00ed en el Estado es hacerse el harakiri. Conforme nos acercamos a Cuautitl\u00e1n, el nervio va bajando. Aunque me pidiera que me bajara (costumbre de los choferes: si vienen medio vac\u00edos, y ya es muy noche, te bajan donde se les pega la chingada gana) ya no me queda tan lejos caminando. Siento hasta bonito de ver las luces del Walmart; as\u00ed en la luz uno no siente que pueda morirse. A la derecha est\u00e1 la escultura que indica que uno va entrando o saliendo de Tultepec, una torre de aluminio grandota que, hasta hoy, me doy cuenta que es un castillo pirot\u00e9cnico y no un rehilete. La combi empieza a renguear y luego se echa como buey a media carretera. El chofer da marchazo tras marchazo y me dice que orita nos vamos. Regresa el nervio. Pasan dos minutos y nada, nadita. Luego, por fin, se escucha c\u00f3mo detona la gasolina y el motor reacciona. Nunca una explosi\u00f3n me hab\u00eda sonado tan perfecta: con raz\u00f3n as\u00ed empez\u00f3 la vida.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los n\u00fameros, dicen, no saben mentir: una de cada diez casas tiene un mo\u00f1o negro sobre la puerta, una de cada veinte almacena p\u00f3lvora en las cisternas, una de cada dos est\u00e1 habitada por gente que se dedica a la pirotecnia o que tiene alg\u00fan pariente que lo hace o lo hizo. 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Coordinador del Taller de Creaci\u00f3n Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (R\u00edo arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Perif\u00e9ricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de M\u00e9xico, 2020, menci\u00f3n honor\u00edfica en el Certamen Literario Laura M\u00e9ndez de cuenca 2018) y Especies carism\u00e1ticas (Premio Nacional  de Cuento Juan Jos\u00e9 Arreola 2023). Tambi\u00e9n es autor de los libros de cr\u00f3nica Tren suburbano (Malpa\u00eds, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Cr\u00f3nica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo menci\u00f3n honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la cr\u00f3nica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibarg\u00fcengoitia) y del libro de ensayos <em>Basado en hechos reales<\/em> (Casa Bons\u00e1i, 2025). \n\nBecario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de M\u00e9xico (2018) en el \u00e1rea de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comit\u00e9 de premiaci\u00f3n del Premio Nacional de Cr\u00f3nica Joven Ricardo Garibay 2020, as\u00ed como en los comit\u00e9s de selecci\u00f3n de est\u00edmulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor.\n\nHa publicado cuento, poes\u00eda, cr\u00f3nica, ensayo, rese\u00f1a y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, as\u00ed como en las antolog\u00edas De narcos a luchadores (Contrabando, Espa\u00f1a, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilaci\u00f3n de Bernardo Barrientos Dom\u00ednguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el n\u00famero especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y  el n\u00famero especial sobre cr\u00f3nica: La cr\u00f3nica, el arte de narrar, de La Jornada.  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