{"id":59263,"date":"2026-08-03T07:00:09","date_gmt":"2026-08-03T13:00:09","guid":{"rendered":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=58605"},"modified":"2026-10-27T11:47:24","modified_gmt":"2026-10-27T17:47:24","slug":"el-pais-que-se-alzo-de-rodillas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=59263","title":{"rendered":"El pa\u00eds que se alz\u00f3 de rodillas"},"content":{"rendered":"<p>Mi bisabuelo no encaj\u00f3 en ninguno de los bandos que se formaron cuando comenz\u00f3 la Guerra Cristera. Se llamaba Antonio Conchas Villalpando, acababa de cumplir treinta y un a\u00f1os en 1926, y era tan alto y tan rubio, de ojos tan azules y mejillas tan chapeteadas que representaba bien el fenotipo de la tierra roja de los Altos de Jalisco que vio nacer a casi toda mi familia.<\/p>\n<p>Era cat\u00f3lico. Precisi\u00f3n de sobra cuando hablamos de alte\u00f1os, pero sirva para narrar la historia que sigue. Era un cat\u00f3lico de los que creen con la misma seriedad y la misma alegr\u00eda de quienes se saben vivos por una causa que los sobrepasa. La suya era una fe sin aspavientos, honda y callada, del tipo que no necesita demostrarse con palabras ni con fusiles. Por eso, cuando el episcopado mexicano orden\u00f3 cerrar los templos en protesta contra las Leyes Calles y el pa\u00eds entero pareci\u00f3 partirse en dos \u2014quienes estaban con el gobierno y quienes se alzaron defendiendo al Cristo Rey\u2014, mi bisabuelo se hall\u00f3 en un lugar extra\u00f1o y peligroso: en medio.<\/p>\n<p>No simpatizaba con los federales, que ve\u00edan en cualquier cat\u00f3lico declarado un enemigo potencial del Estado. Pero tampoco comulgaba con los cristeros, y no por tibio ni cobarde, sino por evang\u00e9lica convicci\u00f3n: le parec\u00eda una contradicci\u00f3n irresoluble tomar las armas en nombre de un Rey cuyo reino, seg\u00fan su propio testimonio, no era de este mundo, y que reprendi\u00f3 a Pedro cuando intent\u00f3 defenderlo con la espada. En aquella guerra de paradojas, la postura de mi bisabuelo era la m\u00e1s solitaria de todas. Cre\u00eda demasiado para siquiera atreverse a mirar un arma.<\/p>\n<p>Pero el hambre no da tregua en tiempos de guerra. Dos veces por semana recorr\u00eda el camino polvoriento que iba de la rancher\u00eda de Las Cruces, en el municipio de Jes\u00fas Mar\u00eda, al mercado de Arandas. Cargaba su carreta con costales de frijol, de ma\u00edz y de haba; a veces, quesos envueltos en tela y cajeta, y seg\u00fan la temporada, con duraznos y capulines que mi bisabuela lavaba la v\u00edspera. Era un trayecto que conoc\u00eda de memoria, con su \u00fanica subida y bajada, con sus piedras y sus mezquites y sus encinos; un trayecto, sin embargo, que de un d\u00eda a otro se convirti\u00f3 en un corredor de espantos.<\/p>\n<p>A la par de la carretera corr\u00edan los postes del tel\u00e9grafo, y de esos postes, por temporadas, colgaban los cuerpos de amigos y vecinos en un vaiv\u00e9n que acaso invocaba a los zopilotes para terminar con el espect\u00e1culo. Colgaban como advertencia y escarmiento, con la firma del Estado o de la Cristiada en aquella tierra que se resist\u00eda a enlistarse en alguno de los bandos. Mi bisabuelo los reconoc\u00eda a veces por la ropa, a veces por el tama\u00f1o, a veces porque el viento los giraba y alcanzaba a ver sus rostros. Paraba frente a ellos con un responso en los labios. A veces dejaba debajo de los cuerpos, entre las piedras de los tecorrales, peque\u00f1os escapularios entre ofrendas de floripondios, mirtos y nomeolvides.<\/p>\n<p>Su casa en el rancho hab\u00eda dejado de ser casa para volverse iglesia. Cuando, por indicaci\u00f3n de los obispos \u2014o mejor dicho, por la imposici\u00f3n de un min\u00fasculo grupo de jerarcas azuzado por una camarilla de jesuitas\u2014, la parroquia de Jes\u00fas Mar\u00eda cerr\u00f3 sus puertas al igual que todos los templos del pa\u00eds, mi bisabuelo, para no privar de los sacramentos a los vecinos de la rancher\u00eda, hizo de su portal la nave de un templo. No hizo falta mucho: la mesa desvencijada se visti\u00f3 con los tres manteles reglamentarios de lino blanco y se coloc\u00f3 sobre ella el altar port\u00e1til, las sacras, los candeleros y una imagen de la Guadalupana pintada sobre hojalata, que hac\u00eda las veces de \u00e1bside bajo dos gruesas cortinas sobre el atril que era una caja de madera. Una l\u00e1mpara votiva colgaba del techo de vigas con su lengua de luz temblorosa, se\u00f1alando la Presencia Real todos los domingos de la persecuci\u00f3n. Sus vecinos llegaban en silencio a la alborada, con el paso cauteloso de quienes acud\u00edan a un acto clandestino presidido por un cura que delinqu\u00eda desde el gallinero.<\/p>\n<p>Un d\u00eda lleg\u00f3 la noticia de que los cristeros buscaban al pr\u00f3fugo porque lo quer\u00edan con un rifle en la mano, incorporado a la causa de Cristo Rey con la misma l\u00f3gica con que se incorpora a cualquier hombre a cualquier guerra. El p\u00e1rroco de Jes\u00fas Mar\u00eda, que era de quienes cre\u00edan que el quinto mandamiento no admit\u00eda excepciones, no ten\u00eda intenciones de enlistarse; pero los cristeros tampoco ten\u00edan intenciones de permitir semejante desaire. Mi bisabuelo los conoc\u00eda bien. Sab\u00eda de su fervor, de su afici\u00f3n religiosa a deshacerse de cuantos pusieran en juicio su cruzada ideol\u00f3gica; que la iconoclastia no es patrimonio exclusivo de ning\u00fan bando, as\u00ed que hizo lo \u00fanico razonable que pod\u00eda en aquellas circunstancias: liberar a las pocas gallinas que les prove\u00edan de alimento diario y esconder en ese mismo gallinero al buen cura y a mi bisabuela, que frisaba los veintiocho a\u00f1os.<\/p>\n<p>La horda cristera lleg\u00f3 poco despu\u00e9s del mediod\u00eda, anunci\u00e1ndose a lo lejos con el ruido de los cascos y la polvareda de un centenar de jinetes bajo las \u00f3rdenes del cura Jos\u00e9 Reyes Vega, sedientos de hacer justicia al Se\u00f1or que serv\u00edan. Mi bisabuelo los segu\u00eda con la mirada, empu\u00f1ando como \u00fanica arma su rosario. Se detuvieron en el portal. Dijeron que necesitaban dinero, animales y provisiones porque iban a sitiar Arandas. Les dijo que nada ten\u00eda.<\/p>\n<p>Todo un d\u00eda vandalizaron cuanto pudieron: vaciaron del granero el frijol y el ma\u00edz que mis bisabuelos ten\u00edan reservado para el invierno, los quesos y las cajetas y las conservas que habr\u00edan de proporcionarles los exiguos ingresos que la temporada les permit\u00eda. Los cristeros bebieron como se bebe cuando se va a la guerra, que es siempre demasiado. Rezaron tambi\u00e9n, que eso hay que decirlo: entre trago y trago, entre bocado y bocado, alguno se persignaba, alguno invocaba a Cristo Rey con la misma boca con que mentaba madres y maldec\u00eda a los cat\u00f3licos maricones que no defend\u00edan su fe como los hombres. Mi bisabuelo no despeg\u00f3 nunca la mirada del gallinero, aterrado por las noticias que supo de cuanto hicieron los cristeros con las hijas y las esposas de otros vecinos que, a diferencia de \u00e9l, no ten\u00edan ni ma\u00edz ni frijol ni cajetas ni conservas con que calmar la ira divina. Los sublevados deshicieron cuanto encontraron de valor y cuanto encontraron sin \u00e9l, porque el vandalismo no distingue: volcaron muebles, reventaron costales, abrieron cajones para descubrirlos vac\u00edos; alguien encontr\u00f3 unas pocas herramientas y decidi\u00f3 que eran bot\u00edn de guerra. Alguien m\u00e1s entr\u00f3 al establo y descubri\u00f3 el \u00fanico caballo que conten\u00eda, de un precioso negro azabache, agazapado en su oscuridad, ajeno a trifulcas teol\u00f3gicas y pol\u00edticas, regalo de bodas de mi tatarabuelo. Lo sacaron, lo montaron, se lo llevaron entre rechiflas y risotadas. Era lo \u00fanico de verdadero valor que mi bisabuelo pose\u00eda, lo \u00faltimo que le quedaba por perder.<\/p>\n<p>O al menos eso cre\u00edan. Porque \u00e9l miraba todo aquello con unos ojos que no eran los ojos con que se miran estas cosas. No es que no le doliera, no es que no supiera lo que perd\u00eda, es que allende el dolor y la desesperaci\u00f3n hab\u00eda algo que funcionaba como distancia, y es que mi bisabuelo miraba todo con los ojos de la fe. Y antes de que se le recrimine que la fe no es sino consuelo f\u00e1cil y anestesia de incautos, lo cierto es que una fe como la suya suele manifestarse con una mirada en perspectiva: una manera de ver seg\u00fan la cual las cosas materiales ocupan exactamente el lugar que les corresponde, que es un lugar importante pero no el \u00faltimo. Todo lo perdido era real y hab\u00eda que reponerlo o lamentarlo o simplemente aceptarlo con cristiana resignaci\u00f3n. Pero en el orden de las cosas que mi bisabuelo consideraba de veras suyas, la comida y el caballo no figuraban. Figuraban otras: mi bisabuela, su amigo cura, su propia conciencia. Eso nadie se lo hab\u00eda tocado.<\/p>\n<p>La misma casa que hab\u00eda sido iglesia fue entonces cantina. Desmantelado el altar, retirados los corporales y las sacras y el misal, arrinconada la l\u00e1mpara votiva, s\u00f3lo qued\u00f3 en pie lo que nadie se atrevi\u00f3 a tocar: la Se\u00f1ora del Tepeyac. Era una imagen paup\u00e9rrima, de \u00f3leo pintado sobre hojalata, que lo contemplaba todo con acostumbrada paciencia, que la Virgen ha visto cosas peores y seguir\u00e1 viendo. Miraba desde la \u00fanica pared de adobe que los cristeros no se atrevieron a orinar, milagrosamente respetada en medio del desastre, como si incluso en la borrachera algo en ellos reconociera, confuso y avergonzado, que la madre de su Cristo Rey desaprobaba sus desmanes. Hoy la miro yo desde un librero de mi biblioteca, y de cu\u00e1ndo en cu\u00e1ndo me pregunto cu\u00e1nto vio, cu\u00e1ntos rezos absorbi\u00f3, cu\u00e1nto miedo y cu\u00e1nta fe caben en algo tan peque\u00f1o y tan viejo.<\/p>\n<p>Mi bisabuelo no solt\u00f3 el rosario. Lo apret\u00f3 esa noche y la siguiente con terquedad silenciosa, los labios movi\u00e9ndose apenas, murmullo que era casi respiraci\u00f3n, respiraci\u00f3n que era casi rezo. Los cristeros lo miraban rezando con un convencimiento que ninguno de ellos pod\u00eda disputarle. Quiz\u00e1 fue eso lo que les impidi\u00f3 matarlo. O quiz\u00e1 fueron las oraciones de mi bisabuela, escondida bajo un armatoste del gallinero, rezando tambi\u00e9n ella desde su hediondo escondrijo, dos rezos que se encontraban en alg\u00fan punto entre la l\u00e1mina de la pared sin orinar y el cielo. Hay momentos en que la fe salva simplemente porque tiene la obstinada elocuencia de un cuerpo arrodillado que se niega a levantarse, y eso, incluso para los enemigos \u00edntimos de la fe, resulta dif\u00edcil de ignorar y m\u00e1s dif\u00edcil todav\u00eda de matar.<\/p>\n<p>Al otro d\u00eda, apenas se marcharon los cristeros hacia Arandas con tan exiguo bot\u00edn, mi bisabuelo sac\u00f3 a los suyos de su escondite. La mirada azul se detuvo en su esposa un momento antes de decir, o de pensar, o simplemente de saber que segu\u00eda siendo, en lo esencial, un hombre completo.<\/p>\n<p>Recontar esa historia cuesta menos de lo que cost\u00f3 vivirla. La Cristiada est\u00e1 llena de m\u00e1rtires y de h\u00e9roes, de villanos y de v\u00edctimas, de nombres que el episcopado elev\u00f3 a los altares y el gobierno labr\u00f3 en monumentos. Pero tambi\u00e9n est\u00e1 llena, en sus m\u00e1rgenes, de creyentes que, como mi bisabuelo, decidieron no ser ni lo uno ni lo otro, y que encontraron su dignidad precisamente en esa imposibilidad. Lo suyo no fue la gloria del combate ni el martirio del fusilamiento. Lo suyo fue m\u00e1s dif\u00edcil y m\u00e1s oscuro, fue la evang\u00e9lica median\u00eda en la que se mantuvo, en medio de un pa\u00eds que se alz\u00f3 de rodillas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Mi bisabuelo no encaj\u00f3 en ninguno de los bandos que se formaron cuando comenz\u00f3 la Guerra Cristera. 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Ha publicado ensayos y rese\u00f1as en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de M\u00e9xico, T\u00f3picos, Open Insight y Nexos."}],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/59263","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=59263"}],"version-history":[{"count":2,"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/59263\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":62164,"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/59263\/revisions\/62164"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/media\/59631"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=59263"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=59263"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=59263"},{"taxonomy":"author","embeddable":true,"href":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fppma_author&post=59263"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}