{"id":59259,"date":"2026-07-27T07:00:36","date_gmt":"2026-07-27T13:00:36","guid":{"rendered":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=58585"},"modified":"2026-10-27T11:49:11","modified_gmt":"2026-10-27T17:49:11","slug":"jesucristo-contra-el-estado","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com\/?p=59259","title":{"rendered":"Jesucristo contra el Estado"},"content":{"rendered":"<p>Hay conflictos que no surgen de la ambici\u00f3n ni del hambre, ni de la frustraci\u00f3n ni del deseo, sino de la rivalidad de dos \u00f3rdenes que pretenden, cada uno, ser el \u00faltimo. M\u00e9xico vivi\u00f3 uno de ellos. La Guerra Cristera fue la consecuencia armada de una doctrina que afirmaba, con toda la seriedad que vaticinaba incluso una proclamaci\u00f3n dogm\u00e1tica, que Jesucristo gobierna la sociedad tanto como las almas, y que cualquier Estado que lo ignore pierde toda legitimidad. La doctrina en cuesti\u00f3n, sobre el reinado social de Jesucristo, perdi\u00f3 fuerza en el Concilio Vaticano II, no sin antes dejar miles de muertos al grito de \u201cViva Cristo Rey\u201d.<\/p>\n<p>El trasfondo teol\u00f3gico de la Guerra Cristera es claramente ideol\u00f3gico: en 1925, el papa P\u00edo XI instituy\u00f3 la fiesta de Cristo Rey al promulgar la enc\u00edclica <em>Quas primas<\/em>. El gesto podr\u00eda leerse como una celebraci\u00f3n piadosa, un adorno lit\u00fargico m\u00e1s en el calendario de la Iglesia. Pero hacerlo ser\u00eda un error. Lo que el papa fijaba era una tesis de filosof\u00eda pol\u00edtica: que Jesucristo no era rey \u00fanicamente en el orden espiritual de los creyentes, sino en todo el orden social y civil de los Estados; y por tanto, los pueblos, sus leyes e instituciones deb\u00edan reconocer su soberan\u00eda o encontrarse, objetivamente, en estado de usurpaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La doctrina no era nueva. P\u00edo XI la recog\u00eda de una tradici\u00f3n que ven\u00eda de Le\u00f3n XIII y de las guerras culturales del catolicismo decimon\u00f3nico contra el liberalismo, auspiciadas por los jesuitas. Pero la enc\u00edclica la codific\u00f3 con una claridad que resultar\u00eda fat\u00eddica. El reinado social de Cristo implicaba que la Iglesia no era un club de voluntarios devotos que el Estado toleraba con benevolencia: era el cuerpo visible de una monarqu\u00eda paralela, con su propia ley, su propia jerarqu\u00eda y su propia demanda de lealtad, una lealtad que, en caso de conflicto, deb\u00eda preceder a la que se debe al poder temporal:<\/p>\n<blockquote><p>La celebraci\u00f3n de esta fiesta, que se renovar\u00e1 cada a\u00f1o, ense\u00f1ar\u00e1 tambi\u00e9n a las naciones que el deber de adorar p\u00fablicamente y obedecer a Jesucristo no s\u00f3lo obliga a los particulares, sino tambi\u00e9n a los magistrados y gobernantes. A \u00e9stos les traer\u00e1 a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernaci\u00f3n del Estado cuanto tambi\u00e9n aun por s\u00f3lo haber sido ignorado o menospreciado, vengar\u00e1 terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los j\u00f3venes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres (<em>Quas primas<\/em>, 33).<\/p><\/blockquote>\n<p>La enc\u00edclica no dejaba espacio para la interpretaci\u00f3n diplom\u00e1tica: era expl\u00edcito que la soberan\u00eda de Cristo habr\u00eda de ejercerse sobre la educaci\u00f3n de los j\u00f3venes como una pol\u00edtica de Estado. Y es imperdible la gravedad que roza esa amenaza de que Cristo \u201cvengar\u00e1 terriblemente\u201d el ultraje de haber sido echado del Estado por culpa de la secularizaci\u00f3n. La ignorancia, n\u00f3tese, no era una atenuante: era, ella sola, causa suficiente de venganza divina. Un Estado que simplemente no se ocupara de Cristo, que lo dejara fuera de sus constituciones incluso por indiferencia, ya no tanto por hostilidad, habr\u00eda cometido una injuria que exigir\u00eda reparaci\u00f3n. <em>Quas primas<\/em> implicaba, pues, una teolog\u00eda que hac\u00eda imposible la neutralidad. El laicismo liberal, que se contentaba con separar la esfera religiosa de la pol\u00edtica sin perseguir a ninguna, quedaba condenado con la misma l\u00f3gica que el anticlericalismo militante: ambos ignoraban al Rey, y la enc\u00edclica no distingu\u00eda entre ignorancia y ultraje. O el Estado reconoc\u00eda el reinado de Cristo y se subordinaba a sus principios \u2014encarnados, desde luego, en la autoridad de la Iglesia\u2014, o el Estado era, por definici\u00f3n, un poder ileg\u00edtimo que el tiempo y la providencia acabar\u00edan por corregir.<\/p>\n<p>Pero el Estado mexicano que emergi\u00f3 de la Revoluci\u00f3n hab\u00eda llegado a conclusiones diametralmente opuestas y algunos decidieron no esperar a la providencia: la Constituci\u00f3n de 1917 era antirreligiosa por convicci\u00f3n. Sus art\u00edculos 3\u00b0, 27\u00b0 y 130\u00b0 constru\u00edan un orden donde la Iglesia no ten\u00eda personalidad jur\u00eddica, los sacerdotes no pod\u00edan votar ni criticar al gobierno en p\u00fablico, la educaci\u00f3n religiosa quedaba prohibida en la escuela primaria y los bienes eclesi\u00e1sticos pasaban a manos de la naci\u00f3n. La Iglesia cat\u00f3lica qued\u00f3 expropiada, enmudecida, reducida a una asociaci\u00f3n privada sin derecho a incidir en el espacio p\u00fablico.<\/p>\n<p>Desde la perspectiva de la doctrina del reinado social de Cristo, esto era un caso paradigm\u00e1tico de blasfemia institucional. Si Cristo es el soberano leg\u00edtimo de toda sociedad humana, un Estado que le niega ese t\u00edtulo y le confisca sus templos perpetra un acto de rebeli\u00f3n contra el orden divino. El presidente Plutarco El\u00edas Calles, con el anticlericalismo plasmado en las leyes que llevan su nombre de 1926, era visto por los cat\u00f3licos como el mism\u00edsimo Anticristo, el usurpador que hab\u00eda pretendido arrebatarle al Rey verdadero lo que era suyo. Esta lectura, por m\u00e1s que hoy resulte extra\u00f1a, es del todo coherente. Quien acepta la premisa de que Cristo reina sobre las naciones no puede aceptar que un Estado le declare la guerra a su Iglesia y responder simplemente con una queja. As\u00ed lo denunci\u00f3 P\u00edo XI en una enc\u00edclica dedicada exclusivamente a la Guerra Cristera, al deplorar que \u201cquienes instituyeron, aprobaron y sancionaron tal ley ignoraban que la Iglesia, sociedad perfecta con propio derecho, ha sido constituida por Cristo Redentor y Rey de los hombres para el bien com\u00fan, y que tiene plena libertad concedida por Dios para desempe\u00f1ar su cargo\u201d (<em>Iniquis afflictisque<\/em>, 1926).<\/p>\n<p>Los cristeros tomaron las armas porque su teolog\u00eda les dec\u00eda que era l\u00edcito y hasta obligatorio resistir a un poder ileg\u00edtimo. \u201c\u00a1Viva Cristo Rey!\u201d era la declaraci\u00f3n de una soberan\u00eda alternativa. Peleaban, a su entender, no contra el gobierno mexicano en nombre de los cat\u00f3licos mexicanos, sino contra los poderes del infierno en nombre de un Rey cuyo reino no era s\u00f3lo del otro mundo. Y justo ah\u00ed radica el problema teol\u00f3gico de la Guerra Cristera. Aunque se la presenta como un acto de fidelidad doctrinal, en realidad fue una traici\u00f3n a la doctrina de su Se\u00f1or: \u201c\u00bfEres t\u00fa el rey de los jud\u00edos?\u201d, le pregunt\u00f3 Pilato a Jes\u00fas. La respuesta no fue ni un s\u00ed ni un no: \u201cMi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores habr\u00edan combatido para que yo no fuera entregado. Pero mi reino no es de aqu\u00ed\u201d (Jn. XVIII, 36). Fue una puntualizaci\u00f3n may\u00fascula.<\/p>\n<p>Hay que detenerse en esa frase con la atenci\u00f3n que merece, porque Jes\u00fas no est\u00e1 siendo evasivo. No dice que no tiene reino \u2014Pilato insiste, y Jes\u00fas concede que s\u00ed es rey, que para eso naci\u00f3\u2014. Lo que dice es que su Reino no funciona como los reinos de este mundo, y por prueba ofrece el hecho de que, si fuera un rey en el sentido que Pilato entiende, habr\u00eda ej\u00e9rcito. No lo hay. Nadie combati\u00f3 para impedir su arresto en el huerto. Pedro intent\u00f3 hacerlo y Jes\u00fas lo detuvo. La ausencia de violencia defensiva es la definici\u00f3n misma del Reino que Jes\u00fas anunci\u00f3. Un reino que se defiende con la espada deja en ese momento de ser el Reino de Cristo para convertirse en uno m\u00e1s de los reinos de este mundo.<\/p>\n<p>La doctrina del reinado social de Cristo cometi\u00f3 exactamente ese error. Al elegir la monarqu\u00eda como categor\u00eda central para presentar a Cristo ante el mundo moderno, la Iglesia estaba proyectando sobre su Fundador la nostalgia de su propio poder perdido en las revoluciones liberales que vinieron despu\u00e9s de la Francesa. La monarqu\u00eda es, de entre todas las figuras pol\u00edticas posibles, la m\u00e1s saturada de historia sangrienta, la que m\u00e1s naturalmente convoca ej\u00e9rcitos, fronteras, s\u00fabditos. Vestir a Cristo con esa figura era una declaraci\u00f3n de intenciones. Y las intenciones se cumplieron en el Baj\u00edo mexicano, donde hombres murieron gritando el nombre de un Rey que, en su \u00fanico testimonio pol\u00edtico directo, hab\u00eda explicado con toda claridad que los suyos no combaten.<\/p>\n<p>Sin la doctrina del reinado social de Cristo, la Guerra Cristera habr\u00eda sido impensable. Y tan hondo cal\u00f3 el descubrimiento de que la teolog\u00eda se hab\u00eda mancillado, una vez m\u00e1s, para legitimar lo que el propio Cristo hab\u00eda rechazado en el pretorio, que d\u00e9cadas m\u00e1s tarde la Iglesia acabar\u00eda por desmantelar la doctrina que hab\u00eda inspirado la guerra, al reconocer en el Concilio Vaticano II (1962-1965) la leg\u00edtima autonom\u00eda del orden temporal y abandonar la pretensi\u00f3n de que la Iglesia debe gobernar las sociedades. Sin ambages, el Concilio ense\u00f1\u00f3 que el Reino de Dios \u201cno se defiende a golpes, sino que se establece dando testimonio de la verdad y prest\u00e1ndole o\u00eddo, y crece por el amor con que Cristo, levantado en la cruz, atrae a los hombres a S\u00ed mismo\u201d (<em>Dignitatis human\u00e6<\/em>, 11).<\/p>\n<p>Con toda raz\u00f3n el arzobispo Marcel Lefebvre, en su arenga ideol\u00f3gica de ultraderecha, acus\u00f3 de herejes a los obispos conciliares que se opusieron a mantener la doctrina del reinado social de Jesucristo en los t\u00e9rminos en los que hab\u00eda sido proclamada. Ese d\u00eda, propiamente, termin\u00f3 la Guerra Cristera: el d\u00eda en que la Iglesia reconoci\u00f3 que hab\u00eda estado equivocada, que la soberan\u00eda pol\u00edtica no pertenece a Cristo en el sentido en que lo entendi\u00f3 durante algunos a\u00f1os, que el Estado laico es una realidad con su propia dignidad, y que la misi\u00f3n de la Iglesia no es dirigir el mundo, sino testimoniar al Amor que por \u00e9l se entreg\u00f3.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hay conflictos que no surgen de la ambici\u00f3n ni del hambre, ni de la frustraci\u00f3n ni del deseo, sino de la rivalidad de dos \u00f3rdenes que pretenden, cada uno, ser el \u00faltimo. M\u00e9xico vivi\u00f3 uno de ellos. 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